El sino trágico del general Filangieri

Orgía de sangre en la “Atlántica Memoria”.- El 24 de junio de 1808 fue “miserablemente asesinado”, de la manera más cruel, en Villafranca del Bierzo, Antonio Filangieri Montalto. Doscientos años después, ha llegado la hora de penetrar en las circunstancias de un crimen que todas las historias mentan, pero que -en el momento de producirse- sólo circuló de boca en boca y por lo bajo, como monumental piedra de escándalo. Sin merecer honores de ordenanza, un entierro “como Dios manda”, ni la más mínima noticia.

Para los villafranquinos (que no tuvieron arte ni parte en el asunto), el suceso fue como un mal sueño; pero el silencio resultó clamoroso en la comunidad gallega. Para mayor inri, se produjo cuando ésta acababa de estrenar la primera prensa informativa de su historia (Diario de Santiago, 1 de junio, 1808). La rigurosa censura de la información traslucía el embarazo de la Junta Suprema del Reino de Galicia. Explicaré por qué.

Dado el tiempo lento de las comunicaciones de entonces, los gallegos aún desconocían el día del crimen (24) lo que ya se había hecho efectivo en Villafranca y Cacabelos (20-21): el cese de quien seguía siendo –para los pocos gallegos informados de esta clase de asuntos– su capitán general, al menos como general en jefe del Ejército del Reino, radicado en aquellos parajes monteses.

Tensión social en Villafranca
(El alboroto de las damas, 20 de junio)

Ocho días antes, el 16 de junio, la Junta gallega acusaba recibo de un misterioso oficio del general. Daba cuenta en el mismo de su mala salud y, como consecuencia, de sus limitaciones personales para acometer una guerra contra el más poderoso ejército del mundo.

La Junta encargó a uno de sus integrantes, José María de Prado, la entrega en persona de la respuesta al propio teniente general Filangieri y al brigadier Joaquín Blake. Venía a ser, en realidad, la destitución inapelable del primero y su relevo por el segundo, reconociendo (de manera implícita) presiones (indefinidas e inconfesables), manifestadas “en voces y escritos”.

El general cesado debía regresar a Coruña, no tanto para reponerse como para aconsejar a la Junta sobre cuestiones militares.

Dado el escaso tiempo transcurrido desde la salida de la ciudad para Lugo (día 11, una semana antes) y Villafranca, su misterioso oficio suena más a protesta que a dimisión del cesado, y a aviso de disconformidad con la política que la nueva Junta había desarrollado en el intermedio, desde su constitución (día 5)

El cese y su relevo fue la única respuesta:

A Joaquín Blake.- Reino de Galicia…instruido de la actividad, celo y conocimientos militares de V.S., como igualmente de todos sus Pueblos y naturales, quieren con la mayor ansia, publicándolo en voces y escritos, se le confiera a V. S. el mando en Jefe del Ejército que se halla hoy al cargo del Exmo. Sr. Fr. Don Antonio Filangiery (así), quien no disfruta además de ello la salud precisa, para resistir las fatigas de una guerra que ha de ser porfiada y molesta, por interesarse en ella el honor y Libertad de la Patria, y todos los derechos de su Rey.

El mismo escrito, que ya en el empiece recordaba que los juntistas firmantes habían “reasumido en sí la soberanía y toda la potestad suprema de su Rey”, Fernando VII, “por su ausencia y detención en Francia”, ascendía al gran beneficiario del relevo, el citado brigadier Francisco Blake.

Usando de la Soberanía y autoridad suprema que ejerce en su nombre, le ha hecho a V. S. Teniente General, y confiere el mando en Jefe de ese Ejército con todas las facultades necesarias, para que disponga y decrete, cuanto considere preciso a fin de que se logren los interesantes objetos que deja indicado, instruyendo al Reino de sus Planes o ideas en los casos de importancia.

Joaquín Blake Orbaneja (1857), nieto del flamante general, como historiador militar, con acceso al diario de campaña de su antepasado, reconoce que el cese no tuvo nada que ver con la mala salud de Filangieri:

Ni la ilustración y mérito distinguido de Filangieri, ni su carácter franco y amable, bastaron para ponerle a cubierto de la desconfianza con que en aquellos momentos de exaltación eran miradas casi todas las autoridades establecidas por el antiguo gobierno. La Junta creyó conveniente contemporizar con las ideas populares en este punto, y hallando un pretexto honroso en la salud delicada de Filangieri para las fatigas de una campaña aciva, resolvió que fuese a la Coruña para ilustrar a la Junta con sus conocimientos.

Ni siquiera su abuelo pudo creer tal cosa. La tensión era político-militar. Y Blake conocía mejor que la mayoría el origen del malestar y de la división interna existente en el complejísimo Ejército español, porque la había padecido en sus propias carnes. Reconocería, además, que las condiciones en las que se estaba produciendo la reorganización independiente del Ejército en una provincia española, llamada Reino (como León, Andalucía, Granada, Murcia, Valencia o Navarra), en estado de guerra con el Ejército con mando centralizado más poderoso del planeta, no presagiaban nada bueno.

Además, desde el punto de vista estrictamente militar, el cese era un  error, porque no había motivos militares que justificaran el relevo por Blake, dada la profunda amistad y la concordancia del nuevo con el antiguo general en jefe. Como reconoce Orbaneja, su abuelo “no tuvo que hacer variaciones en el método de marchas y demás disposiciones, pues su íntima unión con el general Filangieri, y la recíproca amistad de estos dos jefes, hacía que todas las providencias se hubiesen tomado de mútuo acuerdo”.

Desde que el Ejército de Galicia (llamado así) dejó la ciudad de Lugo para asentarse en los montes de la vecina provincia-reino de León, que había estallado la más profunda de las contradicciones.

Al criterio defensivo originario de la provincia gallega, había sucedido la ocupación (pura y dura) de otro territorio, con el consiguiente malestar de las poblaciones leonesas, obligadas a soportar la presencia constante de miles de hombres mal alimentados, mal pagados, donde convivían –de la peor manera que se pueda concebir- militares veteranos con reclutas (sacados de sus pagos locales por la fuerza; ébrios, con demasiada freciencia).

En semejantes circunstancias, el polvorín se incendiaba con facilidad. Un rayo -cuenta Orbaneja-, tomado por señal adversa, provocó una asonada vecinal. El bulo de que ese ejército de ocupación ni siquiera tenía el compromiso firme de defender su territorio y sus haciendas ante la avanzada del ejército francés, hizo que el malestar explotara en un primer amago de motín del vecindario.

La concentración lugareña de protesta, protagonizada por mujeres de la localidad, se produjo ante la residencia de Filanguieri el mismo 20 de junio –cuatro antes del asesinato-, coindiendo con la visita de José María de Prado. El encargado de comunicarle  personalmente el cese.

Parecía el sino del general. En sólo 28 días de mando supremo de la Capitanía gallega, fue contestado en público, trasteado, apedreado y asesinado, como si se tratara de un fantoche napolitano con el se podía jugar al pim-pam-pum… Su indignación había llegado al límite.

Así las cosas, Filangieri –en lugar de retornar a Coruña- permaneció en Villafranca, y los planes y la estructura de su Ejército –con el cuadro de mandos y el detalle de las fuerzas integrantes- se publicó –por orden (o con la vista gorda) de Blake- después del asesinato. Era la más pura de las fantasías, propia de la propaganda de guerra. Hablaba de 61.320 hombres, sin contar las 20 compañías de granaderos. Dado a conocer el 26 de junio, dos días después del crimen, de ser cierto (que no lo era) sería la pírrica victoria del general después de muerto. Reconociéndolo así, incluso se publicó (esta vez, sí) en la prensa gallega (Diario de Santiago, día 27), porque -hasta aquel momento- para todos los mandos intermedios, el ejército no era de Blake, ni de Galicia, sino mérito personal del difunto, que –conociendo el peso de los reclutas sobre los veteranos- puso en su formación y entrenamiento el mayor empeño, para evitar su rápido descalabro. Al final del verano, del “temible” Ejército de Galicia no quedaba ni su nombre. Los restos,tras el desastre de Medina de Rioseco, pasaron a formar parte del llamado Ejército de la Izquierda…

Escándalo y censura
(El rum rum del crimen)

José María de Prado, que desconocía la fortísima tensión reinante, comunicó el cese a Filangieri en Villafranca ese convulso día 20, demorándose el encuentro con Blake (a la sazón en Cacabelos) hasta el 21, por lo que ya pudo hacerle entrega de la aceptación formal del general cesado.

Aceptación político-militar memorable, digna del personaje. Formulada en términos claros e inequívocos, incluso en lo relativo a su estado de salud (que nunca había sido boyante, esa es la verdad). Detalle a observar, porque –en posteriores comunicaciones públicas-  la Junta hará pasar lo que fue un cese puro y duro por una dimisión irrevocable del general.

Dada la pública amistad y el gran respeto profesional de éste por Blake, el cesado incluso pasa por alto en su comunicado una novedosa cuestión de enorme alcance, llamada a crear tensiones militares insuperables con el taifado juntista español (entonces naciente –de manera más o menos simultánea- en las distintas Españas sin rey). Me refiero a la ruptura de todas las reglas establecidas en los ejércitos regulares del mundo con relación a los ascensos profesionales. En este caso, con el agravante de pasar a Blake de brigadier a teniente general, saltándose a la torera a los mariscales de campo del ejército de Filangieri:

Habiendo tenido a bien el Exmo. y fidelísimo Reino de Galicia exonerarme del mando de este Ejército en atención al estado de mi quebrantada salud, y fiarlo al brigadier don Joaquín Blake, confiriéndole al mismo tiempo el grado de teniente general de los Reales Ejércitos, se le reconocerá por tal Jefe.

El cesado añadía un punto y seguido, sin duda intencionado, relativo a las exquisitas relaciones que (hasta entonces, en las peores circunstancias) había sabido mantener con todos sus oficiales y subordinados:

Al entregarle el mando me veo en la mayor complacencia en estado de poder dar a todas las clases que le componen las más expresivas gracias por haberse conducido de tal modo que no me he hallado en la triste necesidad de corregir o arrestar individuo alguno de mis súbditos.

El mismo día del crimen (24), Blake recibió una nueva comunicación de la Junta (datada el 20 y llevada en mano por el mismo intermediario, José María de Prado). Se variaba en ella la planificación estratégica que había decidido el flamante general con Filangieri, sin contar para nada con el consejo de éste. Un cambio de planes, de alcance dramático, que irá a más, llevando por sus pasos al desastre militar. Desastre que Blake tuvo que asumir con su consecuencia: el cese por la Junta Central y la entrega del destrozado Ejército de la Izquierda al marqués de La Romana, contra el parecer de la Junta del Reino de Galicia. Una Junta que tampoco tardará mucho en pagar con su disolución la cadena de errores político-militares anteriores.

Parece que el general (Gregorio García de la Cuesta), cuando no pueda resistir a los franceses, piensa replegarse a Leon y Astorga y entonces, reunidas sus tropas con las de Galicia, León y Asturias, podra emprender con mejor fruto alguna operación militar, que bien combinada con la de otros Reinos de España tenga muy felices consecuencias.

Así estaban las cosas en Villafranca y Manzanal el día del crimen; pero no estaban así en Galicia, donde –con excepción de la propia Junta- todo esto se desconocía públicamente por completo. Debido a ello, al producirse –con el consiguiente retraso correlativo- la inaplazable información oficial del relevo fulminante de Filangieri (día 24), Diario de Santiago(día 25) ya pudo dulcificarlo, haciéndolo pasar –como he dicho- por dimisión del general, forzada por su mala salud, y no por el disenso con la propia Junta. Añadía el diario:

Y no queriendo aventurar una vida tan necesaria por las luces que el Reino espera de la instrucción y Patriotismo de dicho señor, ha venido en aceptar su dimisión, y que se retire a esta Plaza para ayudarle en sus tareas con sus sabios y leales consejos.

No era ni media verdad, porque el mismo 24, según consta en Acta, la misma Junta se veía obligada a recordar a Filangieri que debía reintegrarse a Coruña, quedando bajo control, en lugar de mantenerse descontrolado en Villafranca.

De puertas afuera todo parecía políticamente controlado; pero la difusión escrita de la dulcificada noticia vino a coincidir, de manera dramática, con el boca a boca del asesinato, convirtiéndolo en secreto a voces. En tiempo de guerra, un escándalo impublicable

Los Filangieri
(Napolitanos de relieve en el Reino de Galicia)

A la gravedad irreparable del magnicidio y a las muchas dudas que sembraron semejantes circunstancias, se añadió la singular envergadura del general asesinado. Un escándalo en toda regla, que estalló de manera especial en Coruña,  Ferrol, Compostela, Oviedo o León, localidades de diverso rango, donde el general Filangieri era conocido y apreciado.

Adelantaré algo de esto, porque -siendo básico- jamás ha sido objeto de relato histórico. Entramos así en la otra cara trágica del personaje: el increíble maltrato que los “historiadores” de la mal llamada (al modo patriótico) Guerra de la Independencia nos ofrecieron acerca de él. Sobre todo de los más tardíos: los que hoy pontifican sobre aquellos complejísimos acontecimientos, sin tomarse el trabajo de considerar –ante un asesinato- los antecedentes del caso.

Segundo de los tres hijos varones de Césare Filangieri, Príncipe de Arianello, y Marianna Montalto, Antonio había nacido en la residencia familiar de las afueras de Nápoles el 27 de junio de 1752. Al morir, le faltaban tres días para cumplir 56 años.

Dotado de cultura internacional, era un tipo sencillo, campechano, discreto y accesible; pero también impulsivo y batallador, si se daban las circunstancias. Nunca lució títulos de nobleza como su padre, su hermano mayor (Giovanni Francesco) o su sobrino Carlo (entonces joven oficial al servicio de José Bonaparte, rey de Nápoles y flamante rey de España, con el que entrará en Madrid poco después del asesinato de su tío, y que llegará a ser –con el paso de los años- renombrado general).

Tampoco disfrutó de la notoriedad intelectual e internacional de Gaetano, su hermano menor, el más próximo en edad y el más querido por Antonio, de cuyos hijos (Carlo, por ejemplo, que era el mayor) fue tutor.

Continuador de Montesquieu, Gaetano fue pronto la joya efímera de los Filangieri y un orgullo para los Borbones de Nápoles (hermanos a su vez de los Borbones de España). Fallecido a los 35 años, dejó para la posteridad Ciencia de la Legislación, un libro emblemático de la alta cultura dieciochesca. Influyó en las Universidades europeas, en el naciente constitucionalismo norteamericano, mereciendo cinco ediciones en español (1787-1836), publicadas de manera sucesiva en la fase constituyente de los primeros regímenes nacidos de la Revolución Liberal y de la Monarquía española, a uno y otro lado del Atlántico…

Los Filangieri (Antonio y Francisco Antonio) eran, por lo tanto, un lujo de la sociedad gallega, donde se radicaron en 1802, manteniendo su peso en la Corte de Nápoles, en la Villa de Madrid, en Cataluña y en la Corte de España, mucho antes de que Napoleón fuera emperador y Murat lo que sería a su vera, con el andar del tiempo.

Me parece increíble que vaya a ser yo el primero en contar estas “novedades”, dos siglos más tarde y en LA CUEVA DE ZARATUSTRA.

El napolitano Antonio Filangiri, al cumplir los 20 años, solicitó de Carlos III, rey de España y ex rey de Nápoles, la entrada en la brillante Escuela de Guardiamarinas de la Real Armada española, llegando a teniente de navío e ingresando (como tantos otros marinos españoles) en la Orden de San Juan de Jerusalén, luciendo de por vida (con orgullo) el frey de los caballeros cruzados de Malta. Pasó después a la Real Infantería, completando su exigente formación militar en el Ejército francés (con destino en la Bretaña), retornando a los Regimientos “italianos” del Ejército español en 1780. Sargento primero del Regimiento de Infantería de Nápoles, lo manda a partir de 1783. Ante la Revolución Francesa (1789), sin ser propiamente un contra-revolucionario, asume la crítica a la inglesa de la misma, interviniendo con brillantez en la Guerra de España y Portugal contra la Convención, alcanzando el generalato relativamente joven, en 1795, con 43 años.

A Galicia llegan los Filangieri, tras servir en Cataluña, pienso que por interés personalísimo del marqués de Mos, Benito Fernando Correa Sotomayor (59 años), embajador especial a la sazón en la Corte de Nápoles, y de su joven esposa (26 años), la portuguesa María Luisa Felicidad Pinto de Sousa, hija de Luis Pinto de Sousa Coutinho, caballero cruzado de la Orden de Malta. Son años claves, cuando se está gestionando el cruce de casamientos en Barcelona de los príncipes napolitanos con sus primos españoles. Para algunos, el origen más remoto de la disidencia fernandina (primer matrimonio de Fernandito, príncipe de Asturias, futuro Fernando VII, con María Antonia de Nápoles, 1802-1806)

En Galicia, los Filangieri gozan de sus tertulias y padecen sus humedades, permaneciendo desde 1802 a 1808.

Nunca vivieron ocultos o de tapadillo, porque no podrían aunque lo intentaran.

Taranco y Filangieri
(El Capitán General y el Segundo Comandante de Galicia)

Antonio era –ni más ni menos- uno de los ¡cuatro! tenientes generales que convivieron en Galicia por aquellos años, dada la importancia estratégica y militar de la Capitanía gallega. Y con mucho mando, además…

Al comenzar 1808 Francisco Taranco, el capitán general del Reino (1804-1808), residía en la Casa da Feitoría, en Oporto, donde había establecido su centro de poder como gobernador general y como jefe del ejército español de ocupación de la provincia portuguesa de Tras-os-Montes; Félix Ignacio Tejada Suárez de Lara y Francisco Melgarejo y Rojas, máximos mandos de la Marina, que tenían más de 70 años, residían en Ferrol

A pesar de ser –con mucho- el más joven de los cuatro tenientes generales, Filangieri se convirtió en el segundo comandante general del Reino de Galicia, por lo que, en distintos ámbitos, cubría la ausencia del capitán general, manteniendo –como éste- excelentes relaciones con Manuel Godoy, el poderoso superministro de Carlos IV.  

Fue también desde su llegada a Galicia el más itinerante de los cuatro tenientes generales, pese a que nunca gozó de excelente salud.

El 15 de diciembre de 1807, cuando Taranco sólo llevaba dos días en Oporto, Filangieri obtuvo un permiso oficial para trasladarse a su Mediterráneo natal (Valencia, en este caso) para reponer la quebrantada salud. Las circunstancias de la ocupación portuguesa y los temores (fundados) de que Gran Bretaña, como represalia, atacaría Ferrol, lo retuvieron en esta localidad hasta bien entrado el nuevo año, cuando llegó su relevo, de menor rango: José Urbina, conde de Cartaojal, mariscal de campo. Con trazas, por tanto, de que se trataba de un relevo provisional.  

Al morir Taranco, de manera inesperada, el 26 de enero de 1808, Galicia quedó en situación de interinidad, por lo que se refiere al máximo mando jurídico-militar, perdiendo el control de la ocupación española del Norte de Portugal, hasta que se produjo el nombramiento más lógico, pero retardado por gravísimos acontecimientos: Filangieri. Excelente conocedor de la situación del país. Volveré sobre esto más adelante.

Como antiguo marino y como general de Infantería, desde que llegó a Galicia en el verano de 1802 hasta enero de 1808, Antonio tuvo a su cargo la vigilancia defensiva de la extensa costa atlántica del Departamento Marítimo ferrolano, manteniendo estrecha relación con las milicias provinciales, la naciente milicia urbana y los antañones caudillatos locales. Taranco (pienso que a instancia suya) acometió entonces la modernización de los mandos del paisanaje militarizado en esta clase de organizaciones, desvinculando los caudillatos y las milicias urbanas del control de la potente nobleza militar, dominadora absoluta de las milicias  provinciales.

Desde la ausencia forzosa del capitán general (diciembre, 1807), hasta su salida hacia Valencia (enero, 1808), el segundo comandante general del Reino acrecentó su peso en la Capitanía coruñesa, manteniendo -ya por entonces- excelentes relaciones con Francisco Biedma (n. en 1732, subinspector de Artillería, casado en la ciudad en 1767 con la heredera de la casa de los Ponte, prima carnal del juntista Francisco Somoza de Monsoriú) y Antonio Alcedo (n. en 1735, gobernador militar de Coruña, ilustrado, talentudo y escéptico personaje, con inglés e importante obra geográfica). Dos mariscales de campo con más de 70 años, veteranos burócratas, curtidos en el desempeño en funciones de la Capitanía, la Audiencia y el Gobierno militar de la ciudad portuaria. Sus más destacados colaboradores en los acontecimientos de mayo y junio de 1808.

Desde la llegada a Galicia (1802), por el interés que puso en ello el citado marqués de Mos, Antonio Filangieri era muy bien recibido en el Consulado coruñés, donde aquél había tenido enorme peso, estableciendo intensa amistad con Joaquin Zuazo Mondragón, marqués de Almeiras (prior de la institución y uno de sus edecanes, tras los acontecimientos de mayo), y con el cónsul de Francia, Charles-Louis Fourcroy (n. en 1770: un funcionario con experiencia directa de los EE.UU. de Norteamérica, cultura anglosajona, dominio del inglés y singular prudencia, como acreditan sus amistades y sus informes sobre la situación general de Galicia, muy equilibrados y penetrantes (informes que evitaron –es lo más probable- la temida ocupación napoleónica del país gallego en mayo de 1808). También era bien recibido en las ciudades universitarias de Compostela y Oviedo, porque -en los círculos académicos más avanzados- el libro de su hermano Gaetano –a pesar de estar en el Índice de los prohibidos de la Iglesia Católica- era leído, estudiado y discutido.

José María Queipo de Llano Ruiz de Saravia (n. en 1786), futuro Conde de Toreno, juntista asturiano de máximo relieve, muy joven entonces, recogió la caracterización trágica de Antonio Filangieri que le transmitieron su padre y sus parientes, gallegos y asturianos:

Hombre moderado, afable y entendido, hermano del famoso Cayetano, el defensor de los derechos de la humanidad… Adorábanle los oficiales, le querían cuantos le trataban; pero la desgracia de haber nacido en Nápoles le privaba de la multitud, tan asombradiza en tiempos turbuentos.

En Ferrol –desde mucho tiempo atrás- residía Francisco Antonio Filangieri, comandante de las tropas destinadas a la defensa del Departamento marítimo, bajo el mando directo de Antonio. Tampoco era un desconocido, ni un amigo de los embozos.

En enero de 1807, cuando comenzaba el bloqueo continental napoleónico, escribió a Pedro Ceballos (ministro de Estado a la sazón), invocando la relación de amistad de éste con los Filangieri, para denunciarle la violación de la correspondencia y, sobre todo, la censura de los envíos de prensa española y extranjera editada en el exterior, procedente de Bayona (Francia):

Hace ya algunos meses que se reciben con atraso las gazetas de Bayona, y como en este lóbrego país, sin teatro, ni otra diversión, rodeado siempre de montañas y nubarrones, y en donde he perdido también mi salud, las noticias públicas forman la única diversión mía y de mis antiguos contertulianos, y por no mendigarlas de los comerciantes que ordinariamente las tienen vagas e incorrectas, desearía que Vmd. proporcionase el modo que yo recibiese la mía sin atraso…

El ministro, molesto con la insolencia del comandante, confirmó la censura en su respuesta, porque los Filangieri no sólo querían recibir la información oficiosa de las gazetas napoleónicas, sino la prohibida que contenían las españolas disidentes con la línea oficial del Gobierno de Godoy y Carlos IV, de las que (por cierto) no era Francisco Antonio el único suscriptor en Ferrol (cfr. en internet: Elisabel Larriba, Hispania Nova, 2004)…

Filangieri y Blake
(El prestigio de las misiones napoleónicas)

Tampoco eran los Filangieri los únicos napolitanos que residían en Ferrol, Coruña, Galicia o el Norte de Portugal.

El antiguo Regimiento de Infantería de Nápoles (que el propio Antonio había mandado como coronel en otro tiempo) fue incorporado más tarde al Regimiento “Voluntarios de la Corona”.  De enorme importancia en esta historia.

A finales de 1804, tal vez por influencia del propio Filangieri, este Regimiento pasó de cuartel a Ferrol, para reforzar sus defensas, al ser objetivo constante de la Armada británica, en vísperas del desastre de Trafalgar (en el que los del Corona tomaron parte). Esa estancia ferrolana marca el origen de la excelente relación de amistad personal y colaboración profesional entre el coronel en jefe del regimiento, Joaquín Blake, y los Filangieri.

Allí vivieron, con la admiración que se puede presuponer en esta clase de profesionales, los grandes éxitos militares de Napoleón Bonaparte. Cuando en toda Europa, incluso los anglófilos más recalcitrantes, se volvieron admiradores (confesos o silenciosos) del emperador de Francia; pero, como ya hemos dicho a propósito de sus lecturas, tanto los Filangieri como buen número de estos napolitanos, distaban de ser bonapartistas, dado que –en muchos casos- sus familias habían padecido la ocupación de Nápoles por los Ejércitos de Napoleón y el relevo de los Borbones por José Bonaparte. En el caso de los Filangieri, a pesar de la progresión militar de Carlo en el entorno de éste, como profesionales napolitanos integrantes del Ejército español, servirían al rey de España, fuera quien fuere, si bien su predisposición estaba más a favor de los Borbones que de los Bonaparte. Además, estos napolitanos vivieron y padecieron en Portugal una experiencia similar a la de sus familiares de Nápoles.

Veamos esa transición de lo napoleónico a la insurgencia anti-napoleónica. Importantísima experiencia, que padecieron también muchos gallegos, asturianos y leoneses, integrantes de los Regimientos que participaron en la ocupación española de la Lusitania Septentrional.

Joaquín Blake Yoyes (español de Vélez Málaga desde su nacimiento, 1759, pero de origen irlandés), sin ser, rigurosamente hablando, un bonapartista, cuando Galicia se convirtió en uno de los principales nutrientes militares de las misiones napoleónicas de ocupación en el Norte de Europa (tras decretar Bonaparte el bloqueo continental de Gran Bretaña), estando de cuartel en Ferrol, quiso formar parte de la alta oficialidad en la expedición napoleónica del marqués de La Romana. Tras consultar a Filangieri, escribió a Godoy el 6 de mayo de 1807, en estos términos, claros y profesionales, compartidos por la mayoría de los oficiales españoles:

Al ver que se dispone en España una División de Tropas auxiliares para unirse con los Ejércitos de nuestros aliados, al mismo tiempo que parece muy remoto un ataque de los Ingleses sobre nuestras costas que proporcione ocupación activa a los cuerpos destinados a su defensa, no han podido menos de arrebatarme los deseos más vivos de ir con la División auxiliar del mando del General Marqués de la Romana a participar de las glorias de las armas francesas, y adquirir conocimientos del arte de la Guerra en aquellos portentosos teatros de ella.

Además de los criterios profesionales, de prestigio, también había cuestiones materiales, crematísticas. Uno de los motivos de tensión interna en el Ejército español a partir de entonces. Veamos esta importantísima cuestión, pocas veces abordada.

Los primeros insurgentes anti-napoleónicos
(Tensiones intestinas en el complejísimo Ejército español)

Los deseos de Blake no fueron satisfechos. Tanto él como sus hombres, con el contingente de napolitanos, padecieron esa frustración.

En lugar de cobrar del Imperio francés, formando parte de los Ejércitos internacionales de Francia (como los integrantes –gallegos y españoles- de la División de La Romana), fueron incorporados -desde el primer momento, y hasta el final- a la División que, bajo el mando del general Taranco, ocupó el Norte de Portugal en nombre del rey de España, Carlos IV. Fue éste otro motivo de división y disgusto militar, porque –aunque estaban en misión napoleónica, tratando de lograr que tuviera éxito el disparatado plan imperial de bloqueo continental contra Gran Bretaña- el Ejército de ocupación de Taranco continuó cobrando de España, y no de Francia.

Bien por el contrario, sí que cobraba de Francia (al entrar en Portugal como refuerzo del Ejército francés que comandaba –en nombre del emperador- el mariscal Jean Andoche Junot) la división española que operaba bajo el mando directo del capitán general de Extramadura, Juan Carrafa, encargado de ejecutar con sus hombres las órdenes del mariscal francés. Para mayor agravio comparativo, una y otra división coincidieron –con cometidos distintos- en el Norte de Portugal, estableciendo sus cuarteles generales respectivos en la misma ciudad de Oporto…

Comenzaba así la sorprendente política española del general Taranco en la provincia occidental portuguesa de Entre-Miño-e-Douro, apoyada personalmente por Manuel Godoy, radicalmente distinta (como la observada por la División La Romana en Centroeuropa y en los Mares del Norte) de la francesa. Por tanto, radicalmente distinta también de la que tuvieron que cumplir y hacer cumplir los hombres de Carrafa, bajo el mando superior de Junot, en relación a la población ocupada en la provincia oriental de Tras-os-Montes.

Al producirse la extraña e inesperada muerte del capitán general de Galicia, esa política entró en contradicción, cada vez más manifiesta, con la de Carrafa-y-Junot, sobre todo cuando este último –siguiendo indicaciones del emperador- hizo añicos lo poco que quedaba del Tratado de Fontainebleau, desconociendo por completo la Ocupación española y la Regencia portuguesa, convirtiéndose en el único rey sin corona de todo Portugal. Desde ese momento, 1 de febrero de 1808 hasta el 6 de junio, los Regimientos españoles que mandara Taranco se convirtieron en auténticos rehenes de Francia. Detalle importantísimo, pasado por alto en las historias nacionales, donde parece como si los únicos rehenes de Francia fueran –en el caso de España- Carlos IV y Fernando VII (dos monarcas que –como debiera ser de todos bien sabido- se fueron por sus pies a Bayona, y vivían –por el contrario de sus soldados- “a cuerpo de rey”)

Dada su circunstancia, la división en los Ejércitos de ocupación fue creciente, porque –aunque tampoco lo digan las historias nacionales de España y Portugal- a partir de ese día (tres meses antes del dos de mayo de Madrid) estuvo claro –hasta para los ciegos- que la ocupación napoleónica no se limitaba a Portugal. Era ¡continental ibérica!

Tanto en los Regimientos que –como el de Blake- entraron en Portugal desde Galicia, como en los que entraron desde Extremadura, bajo el mando directo de Carrafa, el malestar se fue agrandando, situándose pronto en los límites de la insurgencia, previa a la insurrección armada anti-napoleónica (en ese tramo temporal, sin ir más lejos, el propio brigadier Blake pidió el retiro en distintas ocasiones, sin que le fuera concedido). Con el andar de los meses, ese profundo malestar llegó también a los ocupantes en misión napoleónica de los Mares del Norte, inflamados (como los que operaban en Portugal) por la propaganda británica.

Esa es la razón de que en el Norte de Portugal comenzara a hacerse patente la irreversible división militar entre partidarios de la insurgencia armada anti-napoleónica y los partidarios del emperador de Francia. En los Mares del Norte, llegado el momento de escoger entre una opción y otra, 9.000 españoles allí radicados optaron por la insurgencia, la insurección armada contra Napoleón y la incorporación –en buques británicos- al Ejército de la Izquierda,que continuaba bajo el mando de Joaquín Blake; pero ¡6.000! decidieron permanecer en los internacionales ejércitos del emperador, cobrando de Francia. ¡¡Tal era la división reinante en el complejísimo Ejército español!!.

En Portugal sucedió –meses antes- algo parecido; y ese campo de tensión extraordinario tuvo consecuencias –dada su procedencia- tanto en Galicia como en la Lusitania septentrional; pero el malestar no fue meramente militar.

En el Norte de Portugal, como en Galicia, Asturias, León y  Extremadura, en efecto, dados los parentescos, esa tensión militar originaria se fue haciendo cada día más señorial, socialmente irreversible y generalizada, aproximando –aún más que en tiempos de Taranco- los militares españoles a los milicianos y regulares portugueses, y a la estrategia de la propia Gran Bretaña, señora absoluta de mares y fronteras. Como los militares-rehenes tenían mujeres, hijos y familias, radicadas en sus pagos originarios, sus cartas sembraron el desasiego, generalizando el malestar, razón de las iradas presencias de sus damas e hijos en las protestas.

Aunque nunca se haya enfocado desde esa tensión la insurgencia anti-napoleónica española, será ésta una de las claves de la insurrección armada galaico-lusitana de mayo-junio de 1808. Antecedente directo de la vigorosa reacción armada de 1809, cuando se consume la primera ocupación napoleónica de Galicia y la segunda ocupación del Norte de Portugal. Tal es la potencia explicativa y la razón de ser de la Atlántica Memoria, cuando se trata de explicar los orígenes de nuestra contemporaneidad.

Pues bien: la primera de esas insurgencias, con el restablecimiento de las relaciones (ineludibles) con Gran Bretaña y la implícita declaración de guerra a Napoleón Bonaparte, tuvo que gestionarla -en sus pocos días de mandato- Antonio Filangieri al hacerse visible en Coruña, el 27 de mayo de 1808.

Como excelente conocedor de la política iniciada por Taranco y como novísimo capitán general de Galicia, esa gestión –con el desatranco internacional del asunto- se iba a convertir en el más resonante de sus éxitos personales (éxitos jamás estudiados por ningún historiador, ni reconocidos hasta este momento). Tampoco en su tiempo le fueron agradecidos por la gran beneficiaria: la  Junta Suprema de Galicia, pese a que la importancia de ésta –con relación a Gran Bretaña y a las demás Juntas provinciales de España- cambió por completo como consecuencia de la gestión internacional de su precedente: la Junta Suprema y Gubernativa, timoneada por sus predecesores, los citados Filangieri, Biedma y Alcedo, bajo la dirección y la responsabilidad del primero.

Los historiadores que practican las historias fronterizas, doctrinarias y cerradas sobre sí mismas, patriótico-pontificales, y los profesores de Historia, tendrán a partir de ahora que corregir (y de manera drástica) sus manuales, si no quieren continuar participando en el sino trágico de un talentudo general (y de tantos más) que, habiendo sido linchado de manera brutal en la realidad, también lo viene siendo en esa clase de juicios insostenibles, fruto de la repetición de tópicos y de la más supina ignorancia. Tópicos que ni siquiera concuerdan con las versiones de protagonistas y analistas próximos a los acontecimientos. Vayamos a ellos.

De la atrocidad
(Lo que sabemos del crimen)

Dejando al margen el madrugador Diario del Ejército de Galicia y las actas de las sucesivas Juntas del Reino, la referencia escrita más próxima que tenemos del rum rum que generó el asesinato de Filangieri procede de una carta privada, escrita en Coruña y enviada a Madrid con data de 15 de agosto de 1808, cuando se restablecieron –como consecuencia del éxito militar de Bailén- las conexiones postales directas entre las dos ciudades. Su autor, Francisco Bouzas, la dirige a un tal Francisco Somoza, interesado en conocer con detalle los acontecimientos gallegos desde mayo al día de la fecha. Forma parte de los curiosos documentos que Juan Antonio Llorente (Juan Nellerto) incorporó al tercer tomo de las Memorias para la historia de la revolucion española (París, 1814).

Tras aludir a los numerosos alborotos, sobresaltos y al asesinato de un regidor perpetuo en Orense, Bouzas escribe:

Peor suerte tuvo el general Filangieri. Un sargento y algunos soldados del regimiento de Navarra le asesinaron en Villafranca, ya fuera de Galicia… Es posible que se aprovechasen para la venganza los momentos del desorden general, por otra parte no se descubre interés de un sargento y de pocos soldados en asesinato tan atroz, lo cierto es que no se le podía imputar falta de patriotismo, pues antes bien (además de otras providencias, hijas de su gran talento y profunda instrucción) luego que vio acordada la guerra contra los franceses (31-V-1808), procedió como quien considera preciso realizar grandes esfuerzos contra enemigo tan formidable para salvar la patria.

Termina así: “Su muerte fue subseguida de incalculables desgracias.

La primera versión histórica (y la más completa) de las llamadas de culto que conocemos del “miserable” asesinato (cura Posse),  la incorporó el alicantino José Muñoz Maldonado (1807-1875), conde de Fabraquer, a su madrugadora Historia política y militar de la Guerra de la Independencia de España contra Napoleón Bonaparte, desde 1808 a 1814, escrita sobre los documentos auténticos del Gobierno (3 volúmenes, Madrid, 1833). La segunda es la clásica, cientos de miles de veces citada en las lenguas más diversas, escrita en el brillante castellano de su autor, el ya citado conde de Toreno, en la monumental Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (5 tomos y media docena de reediciones, desde 1835 hasta nuestros días)

Lo suave de la condición del general y el haberle llamado la Junta (de Galicia) a La Coruña, alentó a algunos soldados (del Regimiento de Infantería) de Navarra, para acometerle y asesinarle fría y alevosamente, el 24 de junio, en las calles de Villafranca. Los abanderizó un sargento, y hubo quien buscó más arriba la mano oculta que dirigió el mortal golpe. Atroz y fementido hecho, matar a su propio caudillo, respetable varón e inocente víctima de una soldadesca brutal y desmandada. Por largo tiempo quedó impune tan horroroso crimen; al fin, pasados los años, recibieron los que lo perpetraron el merecido castigo.

¿Recibieron castigo? ¿Cómo y cuándo se celebró tal causa? Toreno, juntista el mismo de primera hora (y de gran relieve), más complaciente que crítico con la discutible actuación general de las Juntas, sólo parece haber leído -sobre el caso Filangieri- la versión dulce del cese que difundió la Suprema de Galicia a través del Diario de Santiago. Tampoco entra en los detalles de esa causa, a la que alude. No sabemos, pues, si hubo mano oculta o si -como se dijo (y aún hoy se dice en casos similares)- sólo hubo exceso del populacho o de la soldadesca incontrolable. Un mecanismo similar al que justificó, convirtiéndolo en motín popular, el golpe de Estado de Aranjuez, o el mismo dos de mayo de Madrid (donde, por cierto, como he contado muchas veces, no murieron –relativa y significativamente- tantos madrileños como foráneos. Y entre éstos, sobre todo, asturianos, gallegos y aragoneses…)

Bouzas, como acabamos de leer, no desconocía el nivel de brutalidad del asesinato de Filangieri; pero lo da por sabido, dada la atrocidad desatada en aquellos días de juntismo patriótico desbocado y unilateral, con lujo de escarapelas fernandinas, cruces de Santiago, apelaciones a la santa  cruzada, vivas y mueras. Como Toreno entre líneas, ambos sugieren una versión bastante coincidente en cuanto a los agentes y a los motivos que circularon para explicar (de alguna manera) el crimen ¿inexplicable?.

Tomo la versión del primero, más precisa, aunque peor expresada:

Se interpretó su muerte como efecto de los resentimientos formados por causa del envío del regimiento (de Infantería de Navarra, de cuartel en Coruña) a Ferrol contra la voluntad de algunos oficiales….

El antes de la declaración de guerra
(Bastonazos, sables y la prodigiosa historia del “excusado”)

La del Regimiento de Infantería de Navarra es una de las alusiones rituales más confusas de las muchas insostenibles que se dan por ciertas en relación a los acontecimientos del 30-31 de mayo de 1808 en Coruña. Por veces, parece la única formación militar gallega, por su omnipresencia en los escritos, siempre con la alusión a ese traslado a Ferrol, puerto militar de embarque de tropas.

El más autorizado relato que conozco acerca de esa historia es el menos citado, por desconocido.

Acaba de difundirlo parcialmente en su blog Rianxeiros nuestro amigo Pepe Comoxo (cuyas figuraciones de Filangieri y su trágico final ilustran este texto y han enriquecido en más de un punto nuestra investigación). Es de la autoría de Antonio Alcedo (mariscal de campo, ya citado, gobernador militar de la plaza y, por ende, responsable del orden público). Además de lo anterior, Alcedo fue uno de los más hábiles y activos protagonistas del primer juntismo coruñés (y gallego) del que ya se confiesa hasta la coronilla ¡a los siete días!

Evoca Alcedo –de manera bastante precisa- la dramatización popular de la insurgencia anti-napoleónica, previa a la declaración de Guerra a Francia. Dramatización –insisto-, financiada y tramada con anterioridad (como era regla de aquellos tiempos, ¡y de éstos!), poniendo especial cuidado en que concordara (en la medida de lo posible) con el orden político pre-establecido, hasta lograr este objetivo: la “unánime” y “tumultuosa” (dentro de un orden, si vale decirlo así) declaración de guerra a Francia de los intervinientes.

Se desmadró, sin embargo, como sucede de manera habitual en casos tales, desde la víspera (día 29), cuando algunos descontrolados apedrearon (por distintos motivos) la oficina de Correos y las residencias de Filangieri, Biedma y el cónsul Fourcroy, sin poner en peligro el objetivo.

En el caso del nuevo capitán general (que también tenía –como he dicho- esa vena, irada y riesgosa, si lo exigían las circunstancias), el apedreo de Capitanía fue respondido por él a bastonazos, disolviendo en solitario la manifa de vísperas, sin recurrir al cañoneo, ni al Ejército o la Milicia (única policía de aquel tiempo). Señal clara, por lo demás, como sucederá al día siguiente (cuando se habla de su uso del sable) de que no había tantos valerosos apedreadores como se quiere sugerir. Y lo que nos parece más relevante: que el interés de las máximas autoridades buscaba que –en modo alguno- inteviniese el Ejército o las milicias en una asonada que debía hacerse pasar por “popular”. De ahí que intervinieran sus mandos y no la fuerza armada. A bastonazos o a “sablazos”. A pesar de su edad, a cuerpo limpio.

El acto central del día 30, 10,30 horas, fue escogido para la representación central de la insurgencia. Es otro motivo contínuo de confusión de parte de los que afirman la improbada -y más que improbable- existencia de otros juramentos posteriores de Filangieri ante la Junta Suprema, constituida el 5 de junio (juramento que no consta en documento alguno).

A esa hora del 30 sí que estaba públicamente anunciada con anterioridad la celebración del rito del juramento de su cargo de capitán general (“tomar el santo”, lo llama Alcedo), por parte del propio Filangieri. Lo hizo ante Biedma, pues este veterano coruñés consorte, tras haber ejercido el mando en funciones de la Capitanía en tiempos muy complicados (cuando se daba por probable alguna forma de ocupación francesa de Galicia, Asturias, León y el Norte de Portugal)actuaba ahora como presidente de su Real Audiencia.

Alcedo alude en su memoria a una conspiración indefinida y pertinaz contra Biedma, buscando enfrentarlo con la población (conspiración asumida más tarde por la mayoría de los “historiadores”, siguiendo -con fidelidad digna de mejor causa- al conde de Toreno).

Historiador y geógrafo el propio Alcedo, su descriptiva memoria nos permite imaginar –casi visualmente- las dos concentraciones de la dramatización en este momento: la oficial (minoritaria, dentro de la Audiencia, con asistencia de las autoridades) y la populosa de sus  afueras. Fundamentales las dos, para lograr el climax de forzamiento “popular” (el pueblo) de una decisión de enorme alcalce, tramada con anterioridad en todos sus detalles sustanciales. Lo clásico, por lo demás, de esta clase de movilizaciones, antaño y hogaño.

Se conmovió y alborotó el Pueblo, agolpandose de tropel infinita Gente (para Coruña -se entiende- que no era París precisamente)   en la Plaza de Palacio, apedreando las ventanas, queriendo forzar la escalera, y pidiendo a voces las cabezas de Biedma y Filangeri.

Alcedo va relatando los dos momentos más delicados de la concentración.

El primero acabó en asalto y escapada de la comitiva oficial.

En los relatos “históricos”, esa escapada contradice la imagen del Filangieri de vísperas (el que anduvo a bastonazos contra los tirachinas). Ahora –bien por el contrario- parece sugerir la imagen del general, con sus galas, cagadito de miedo, huyendo por el “excusado” (nuevo éxito expresivo mundial del conde de Toreno), refugiéndose en un convento (primera presencia, por cierto, de una de las claves de la trama secreta, junto a los militares: el clero secular y regular, con los dineros del mismísimo arzobispo Múzquiz)

La cuestión del Navarra
(Controles y descontrolados)

En el segundo momento crítico del día, cuando el propio Antonio Alcedo (como responsable del orden público, insisto) había logrado reconducir el “motín” de la mañana, comparece la confusa historia, mil veces citada de las maneras más diversas, del Regimiento de Navarra (implicado directo o indirecto más tarde –según las fuentes antes citadas- en el asesinato de junio, como consecuencia de estos sucesos coruñeses):

Volví a Palacio y me hallé solo porque el General Filangeri y cuantos estaban con él escaparon por la huerta y se embarcaron por un Postigo inmediato, a poco rato vinieron el Mariscal de Campo Don Geronimo Verde y el Capitan de Artilleria Don Manuel Torrado que fueron los únicos que me acompañaron y trabajaron en contener al Pueblo que nuevamente volvió a enfurecerse con la noticia de que en el Ferrol se estaban embarcando en un Navío de Guerra seis mil fusiles para América por orden de Murat; y por la orden que habia dado Filangeri para que marchase inmediatamente al Ferrol el Regimiento de Navarra que habia más de dos años que estaba de Guarnición en esta Plaza, rompieron todos los vidrios y papeles de las paredes de Palacio, hicieron pedazos cuantos muebles habia en él llevandose muchas cosas, y por ultimo embistieron el Parque de Artilleria y sacaron todas las Armas que habia en él. Cansados ya y en fuerza de mis persuasiones y de Verde y Torrado y de haberles ofrecido que inmediatamente se desembarcarían los Fusiles y volveria el Regimiento de Navarra se aquietaron.

Los movimientos de Regimientos y milicias provinciales ordenados por Filangieri, fueron constantes desde su llegada y tenían su lógica, porque Galicia (al tener la flor y nata de su Ejército regular en los Mares del Norte de Europa y al ser gallegos una buena parte de los 10.000 españoles que permanecían en el Norte de Portugal) no contaba con fuerzas regulares suficientes para su defensa.

Por lo demás, Coruña y Ferrol (que eran las localidades mejor custodiadas, por su importancia militar y su  vulnerabilidad) sufrían el cerco de la Armada británica (que también andaba -como se dice de los Pericos por sus casas- vigilando los movimientos marítimos de los demás los puertos), mientras España –no se olvide- alidada de Francia, aún estaba en estado de guerra con Gran Bretaña…

Así pues, el Navarra  (que también participó con Taranco en la ocupación de Portugal), fue destinado a Ferrol por la misma razón que lo fueron algunos Regimientos provinciales de milicias. Acaso en misión policial. Para custodiar –allí sí- el orden público, en víspera de gravísimos sucesos.

No deja de ser revelador que en Coruña –donde se dramatizan los momentos centrales de la insurgencia gallega y el salto a la insurrección armada anti-napoleónica-  la sangre no llegara al río, por el contrario de lo que iba a suceder en Ferrol el 31.

Ni siquiera los mejores conocedores de la historia ferrolana a los que hemos consultado parecen saber hoy que Ferrol se había convertido entonces en el punto más convulso de Galicia. El 31 de mayo, según el Diario del Ejército de Filangieri, se produjo el asesinato y arrastre ritual de los llamados traidores, que ha de padecer Filangieri, Juan José García, comandante general del Arsenal. Tres semanas más tarde, en pleno mandato de la Junta Suprema, el orden público se había degradado de manera tan seria que Joaquín Fidalgo, flamante gobernador militar y político de la misma, denunciaba desacatos constantes a las nuevas autoridades, refiriéndose también a “robos, asesinatos y otros crímenes lamentables”. Su relato, por cierto, está datado el 24 de junio. El mismo día en que Filangieri fue asesinado en Villafranca.

Asuntos rigurosamente censurados, impublicables, tras el estado de guerra.

En Coruña no acaeció nada de esto. La prueba de normalidad con relación a los del Navarra está en su rápido regreso y en que el coronel en jefe continuó siendo Rafael Martinengo. Un militar que -como Joaquín Blake- viene a ser otro destacado colaborador de Filangieri, desde mucho antes de 1808 hasta la hora de su asesinato, cuando Martinengo mandaba la tercera división de su ejército.

Continuar insinuando, después de lo que va explicado, tanto de Coruña como del Norte de Portugal, que el traslado obedecía a que algunos de sus oficiales eran los primeros partidarios inequívocos de la insurgencia y la insurrección armada anti-napoleónica en Galicia, es rigurosa fantasía.

Alcedo, que tendrá mucho peso –por orden de Filangieri- en la histórica entrada en contacto directo con el comodoro Sir Henri Hotham (1777-1833), jefe de la flota británica que cercaba Ferrol y Coruña, enlace directo con el Almirantazgo británico, con amplios poderes de su Gobierno, atribuye a “los franceses” el estado de tensión y confusión reinante; pero bien sabemos que el malestar –sobre todo en los círculos militares, con sus damas e hijos, familias y amistades- venía de lejos:

Me pidieron armas para armar el Pueblo y que se entregasen las Personas de Filangeri y Biedma, pero negándome a ello les dije que yo no tenía más armas que las precisas para defender la Plaza, como habia Jurado, para lo que contaba con ellos y los armaría; pero no para armar Mujeres y muchachas, y (que) estuviesen seguros que me tendrian siempre a la cabeza hasta perder la vida, y que los dos Generales (Biedma era mariscal, no general) eran fieles vasallos del Rey y verdaderos españoles que deseaban acreditarlo en defensa de la Justa causa de que Yo respondía, y que no diesen credito a voces que nacian de los Franceses para sembrar la discordia, ni manchasen el honor español ni el de Galicia.

Filangieri, capitán general
(Intrahistoria de un nombramiento)

Incluso en la madrugadora Historia general de España, editada por los Gaspar y Roig (Madrid, 1848-1851), su director, nuestro paisano Eduardo Chao, en su interesante actualización del relato del conde de Toreno, además de dar una imagen absolutamente desenfocada de Filangieri, mete el detalle de que (al ser nombrado capitán general) recibió órdenes directas de Murat para sacar 3.000 hombres por Ferrol en dirección a América.

Tengo, pues, que aclarar esto, dada su importancia y por el respeto que siempre he demostrado por su autor.

Cuenta Antonio Alcedo –testigo de calidad, como se viene observando- que Filangieri recibió la orden de hacerse cargo de la Capitanía gallega, firmada por el infante Antonio Pascual de Borbón, cuando este presidía la Junta Suprema de Gobierno que Fernando VII dejó en Madrid al iniciar su disparatado viaje hacia Bayona (Francia). En los últimos días de abril o en los tres primeros de mayo de 1808, porque Antonio Pascual –después de haber liado los más intensos follones desde el golpe de Aranjuez- desapareció con un “ahí queda eso”, digno de su extraña familia, el 4 de mayo.

Conociendo lo que va contado en este episodio, era el de Filangieri un nombramiento lógico, dado que su beneficiario –además del rango de teniente general- ya había sido el segundo mando de Galicia con Taranco. Pero hay más detalles circunstanciales a relacionar. Y todos fundados.

Conocido el firmante y los integrantes de la mentada Junta Suprema de Gobierno, se puede aventurar que en el nombramiento no tuvo Murat arte ni parte.

Filangieri encontró dos valedores muy distintos; pero de calidad. Uno palatino, más discreto; el otro, más explícito. Ambos sugirieron –con mucha lógica- su nombre al infante, dada la tarea que Filangieri había desempeñando en Galicia y en un espacio geográfico y estratégico muy delicado: la frontera marítima y terrestre con Portugal, donde –además del contrabando incontrolable y la presencia británica inevitable- permanecían como rehenes de Francia las crispadas tropas españolas de ocupación, que procedían –mayoritariamente- de la Capitanía gallega, radicadas en la Lusitania Septentrional, bajo estrica vigilancia francesa.

Los valedores a los que me refiero fueron, en mi concepto, el ya citado marqués de Mos, gentilhombre de cámara con ejercicio y destino en el cuarto del firmante, Antonio Pascual, y su joven esposa (portuguesa, de familia identificada con la política iniciada por Taranco y mantenida por sus continuadores, contra el parecer del mariscal Junot). Todos partieron hacia Francia el 4 de mayo.

El segundo apoyo a la candidatura de Filangieri fue del ministro de Marina, Francisco Gil Lemos, gallego de gran relieve y respetada gestión en aquellos difíciles momentos, que –como Fiangieri, antiguo marino- era caballero cruzado de la Orden Militar de Malta. Ministro desde antes de la caída de Godoy y después del relevo de Carlos IV por Fernando VII, estaba al tanto de la fortísima tensión reinante en el Ejército español que había participado en la ocupación de Portugal. Tensión que –como es lógico- también se había hecho patente en las Capitanías implicadas en la ocupación: Galicia, Extremadura y Andalucía. Tres puntos calientes –como vamos a ver- de este trágico episodio, de la insurgencia y de la insurrección armada. Fronterizas las tres con Portugal.

Dada la densa gravedad de los acontecimientos madrileños del dos y tres de mayo de 1808, parece razonable pensar que ni Murat ni el Borbón firmante estaban para nombramientos en tan gravísimos momentos.

La orden se tuvo que producir algo antes, a finales de abril (aventuro), retardándose la entrega directa a Filangieri hasta que fue aflojando un tanto la extraordinaria tensión de aquellos días, agravada -en Galicia y Asturias- por las cartas de los innumerables testigos directos de la masacre madrileña de gallegos y asturianos, origen de las primeras manifestaciones insurgentes documentadas, tanto en Galicia como en Asturias y León.

En Galicia, Asturias y León, en efecto, se vivían días de calma tensa. Tensión que ya advirtió en su visita informativa a Coruña (con pase de enviados especiales a Asturias) un peso pesado: el mariscal Jean-Baptiste Bessières, llegado expresamente de Burgos (J. de Juana/ X. Castro, 1990).

Momento delicado que Biedma tuvo que gestionar, difundiendo con profusión un bando –acaso apócrifo o cocinado en Coruña- en el que se contenían avisos que el mencionado infante Antonio Pascual de Borbón, “para tranquilidad y sosiego” de la población, pasó a Gonzalo O’Farril, ministro de Guerra, en el momento de su partida hacia Francia (con el marqués de Mos y su séquito) el 4 de mayo.

Al coincidir su difusión con las esperpénticas renuncias de Carlos IV y Fernando VII a la corona de España, la gravedad del momento hizo tambalear incluso a un insurgente anti-napoleónico irreversible. Pedro Quevedo Quintano, legendario obispo de Orense, el 17 de mayo, recurría al mandato evangélico de demostrar amor, incluso a los enemigos, privándose de darles mal por mal, referido a los franceses, pues habían sido autentificados como aliados, contra todas las evidencias, por los propios reyes:

¿Y con cuanta razón deberá esto ejecutarse con los Soldados Franceses que vengan a nuestro país?. Son Huéspedes, y se precian de amigos nuestros; y para asegurar la felicidad de España los han recomendado nuestros Reyes Carlos y Fernando.

Añádase a lo anterior –en el caso concreto de Galicia- la dramática circunstancia militar de una Capitanía, sin capacidad de defensa, como he dicho: 10.000 hombres, con sus familias, continuaban atrapados en Portugal, algunos miles más seguían en los Mares del Norte de Europa, sin olvidar a los detenidos españoles en los recientes enfrentamientos americanos con Gran Bretaña, con la que también se estaba (formalmente) en pie de guerra…

Biedma, primero, y Filangieri después, tuvieron que gestionar todo esto y no consta que cometieran al hacerlo la más mínima atrocidad. Es más: a medida que la situación dramática del país se fue entendiendo, no sólo el obispo de Orense, incluso la insurgencia interior mejor documentada (la Marina de Vilagarcía y Luis López Ballesteros, por ejemplo) se sumó a la calma tensa y a la expectación por un rumor –cada vez más fundado- que fue en aumento a partir del 20 de mayo. Se va sabiendo entonces que hay nuevo capitán general de Galicia, muy conocido en el país, y de gran prestigio.

Los asturianos, por ejemplo, al difundir el día 26 la carta apócrifa de Fernando VII, cocinada en casa de Francisco Bernaldo de Quirós y Mariño de Lobeira Cienfuegos y Pardo Figueroa, marqués de Campo Sagrado y de su esposa, María Ignacia de Llanes (con intensos parentescos directos con la nobleza militar gallega implicada en la trama insurgente y en la posterior insurrección gallega y portuguesa) escriben a Filangieri, pidiéndole ayuda para su propia insurrección armada. Antes –incluso- de que éste se hiciera visible en Coruña…

Según Antonio Alcedo, Filangieri ya estaba en Coruña el 27 de mayo. Sin embargo, las primeras señales de actividad pública –según la historiografía gallega mejor informada- se retrasan hasta el 29, cuando la trama de lo que ha de ser la dramatización del 30 comienza a desarrollarse. En vísperas de que se confirme la declaración de guerra. Un día dramático en Cádiz: cuando se produce el asesinato de su capitán general, Francisco Solano, marqués del Socorro, capitán general de Andalucía. Veamos algo de esto.

Magnicidios transfronterizos
(Muertos que sabían demasiado)

De pronto, al aplicar el enfoque atlántico al nombramiento de Filangieri, su asesinato (24 de junio) se complica, cobrando otra dimensión. Su muerte violenta vino a sumarse, en primer lugar, al fallecimiento (en extrañas circunstancias) de su predecesor en la cúspide de la Capitanía gallega: Francisco Taranco, jefe de la ocupación española del Norte de Portugal, muerto de repente (¿envenenado?) en Oporto, el 26 de enero de 1808, objeto de formidable entierro (nunca visto en la ciudad), pese a ser el general en jefe de una ocupación militar. Primer síntoma –esta formidable manifestación póstuma- de malestar portugués y de reconocimiento de la política (nada napoleónica) iniciada por el difunto y continuada –en la medida de sus posibles- por su desconsolado amigo, el mariscal Domingo Belestá (prestigioso ingeniero militar alicantino, n. en 1741), su sucesor en el mando, pero (por su rango) bajo las órdenes superiores del general Carrafa, presente también en el impresionante entierro.

En el intermedio, se produjeron tres ejecuciones violentas de altos mandos político-militares de los que fue culpado el populacho o la soldadesca en menos de un mes.

Una cuestión de alcance, pues; pero jamás aclarada de manera convincente, porque nunca fueron relacionados entre sí, pese a que esas violentas ejecuciones se concentraron en el alto mando de las tres Capitanías militares que protagonizaron la ocupación hispano-napoleónica de Portugal (1807-1808). Esto es: en los capitanes generales de Galicia, Extremadura y Andalucía (y también, como hemos dicho de Ferrol, en el jefe del Arsenal).

Los tres capitantes generales recibieron la orden de ejecutar lo que Manuel Godoy (extremeño), Carlos IV o Fernando VII tenían obligación de saber que era una misión napoleónica imposible de cumplir en la “frontera” portuguesa, porque el bloqueo continental dispuesto por Napoleón Bonaparte, para impedir el denso comercio internacional que venía desplegando (a través de Portugal) la Gran Bretaña, contaba con la lucrativa colaboración de los señoríos fronterizos españoles y portugueses.

Importa recordar al efecto que el 29 de mayo de 1808 (el día de los bastonazos de Filangieri a los tirachinas) fue asesinado en Cádiz, con despliegue de la más sañuda atrocidad, Francisco Solano (n. en Caracas, 1768), marqués del Socorro, capitán general de Andalucía, encargado de ocupar (en nombre del rey de España, pero en misión napoleónica de control de fronteras) el Sur de Portugal.

Un día más tarde, el 30 de mayo, festividad de San Fernando, mientras se producían las pedreas de la Audiencia y los primeros ¡Muera Filangieri!, era asesinado –esta vez en Badajoz- Toribio Grajera de Vargas (n. en Talavera la Real, 1757), conde de la Torre del Fresno, mariscal de campo extremeño, en funciones de capitán general de Extremadura. El equivalente, pues, del vilipendiado Francisco Biedma.

Bien por el contrario, en el caso coruñés, este 31 fue el día de la “reconciliación general”, por así decir. Cuando, tras la fáctica declaración de guerra a Francia, se produjo la manifestación unitaria y el paseo simbólico de Fernando VII, ideado –parece- por el miliciano Sinforiano López (conocedor de la trama y maestro en gajes de movilizaciones populares) y presidida –como prometiera Alcedo- por Filangieri y Biedma.

Conseguimos que al dia siguiente sacando en Publico el Retrato de nuestro Rey fuesen a mi lado los Generales Filangeri y Biedma seguidos del Pueblo y victoreados por esto, y empezaron a volver al Parque las Armas que habian sacado y mandó la Junta que se había formado de orden de la Audiencia compuesta de las Autoridades que tenían empleo por el Rey y de otras clases en numero de cuarenta.

Así pues, procesión cívico-militar con expresiva presencia de autoridades y músicas de los Regimientos.

Por el contrario de Cádiz y Badajoz, los mueras del día anterior trocaron en vivas, mientras comenzaba a funcionar –como si nada- la Junta provisional de los cuarenta, nacida de los acontecimientos, pero realmente conducida por ellos tres. La dramatización, pues, tantas veces narrada al modo patriótico, había concluido con éxito memorable de organización y sin contabilizar un solo muerto (si bien al alto precio de iniciarse con ella la borrascosa historia de su enfrentamiento intestino con el naciente juntismo compostelano y con trágicos desórdenes en distintos puntos…).

Más delicado aún era el caso de Portugal y del Atlántico, por así decir. Esto es: el cómo volver en contra de la Francia napoleónica lo que Coruña y Ferrol tenían enfrente. Nada menos que la Armada de Guerra de la Gran Bretaña. Siempre dispuesta para la intervención armada, directa o indirecta.

Miremos con la ventaja del tiempo, como historiadores, en una y otra dirección.

Mientras sucedían los crímenes sucesivos en Cádiz, Badajoz y Ferrol, el titular de la Capitanía extremeña, teniente general Juan Carrafa (que –como he explicado-, por el contrario de Taranco y Solano, entró en Portugal con el encargo de dar apoyo al ejército francés del mariscal Junot en la ocupación de la provincia de Tras-os-Montes, asegurando al mismo tiempo la comunicación entre Oporto y la capital portuguesa), permanecía atrapado por éste en las inmediaciones de Lisboa, en un Portugal partido en dos; sin comunicación entre el Norte y el Centro. Sin escapatoria ni capacidad de movimiento. Con todos los hombres (y mujeres) que operaban bajo su mando, sujetos a la más estricta vigilancia francesa. En un clima de desconfianza generalizado que alcanzaba a todos los españoles inmigrantes (gallegos, sobre todo; pero también extremeños y andaluces, con sus familias). Y con los buques de la Armada Británica cercando Lisboa, dispuesta a entrar en acción.

El cambio de alianzas
(La gestión internacional del capitán general Filangieri)

La decoración no era distinta en Oporto, Ferrol, Coruña… o Carril, justo en el momento en que Antonio Filangieri se hizo visible en la ciudad, el 27 de mayo, tres días antes de jurar oficialmente su cargo en medio del tumulto, tras años de experiencia en el mando de esa frontera marítima. Los británicos –siempre al tanto de lo que se movía en tierra- se anticiparon incluso a los asturianos, tendiendo puentes hacia el nuevo capitán general.

En realidad, el primer desembarco británico sintomático, en son de paz, ya se había producido en el puerto Carril el 20 de mayo de 1808. Desde entonces, los contactos de los implicados en la trama insurgente con los británicos se sucedieron en la comarca arosana y en la propia Compostela.

Lo mismo se puede decir de la más potente presencia armada británica. La del citado comodoro Hotham, que cercaba Ferrol, manteniendo estrecha vigilancia de Coruña. Su información de lo que estaba sucediendo en tierra era fluida. Así de bien la describe Francisco Bouzas:

A todo esto barcos británicos bloqueaban Ferrol, cuyos mandos sabían cuanto estaba aconteciendo al ser informados por pescadores y contrabandistas cada día. De retorno, venía la propaganda y el hacer cuanto más daño mejor a los franceses.

Nos enteramos, pues, en este informado relato, de que los bulos de tierra, que parecían creer a pies juntillas los apedreadores del 29 y el 30, no procedían (en su totalidad al menos) de los franceses, como escribe Alcedo. Su silencio sobre esta otra cara del asunto tiene enorme interés histórico, porque –según su propio relato- ya a estas alturas tenía en su poder dos cartas del comodoro invitándole a establecer contactos directos, para tratar cuestiones de alcance: el canje de prisioneros, por ejemplo.

Filangieri y Alcedo, en sus primeras conexiones (aún indirectas) con el comodoro, añadieron a la cuestión de los prisioneros un asunto delicado, pero fundamental, de la Capitanía. Arrancaron el compromiso británico de sacar de los Mares del Norte la División del marqués de La Romana. Según infiero de la memoria de Francisco Bouzas, los enlaces que Filangieri y Alcedo utilizaron en estos contactos iniciáticos fueron quienes estaban llamados a cumplir días más tarde la destacada misión oficial en Londres: Francisco Bermúdez de Castro Sangro y Joaquín Freire de Andrade.

Dos caballeros de La Coruña, oficiales de Marina retirados, fueron a tratar con el comandante inglés, que ya estaba sabedor de cuanto sucedía.

El bloqueo continental napoleónico, como vamos viendo, no era sólo inoperante (y uno de los motivos del descarado incremento de la ocupación militar francesa, tanto en Portugal como en España), era imposible, dada la relación de fuerzas marítimas y terrestres en la costa atlántica, dominada de manera absoluta por la Gran Bretaña.

La excelente información británica de cuanto sucedía en tierra obedecía, además, a razones profundas. Muy poco conocidas o desconocidas por completo. El obispo de Orense, en memorable carta a Carlos IV (1806), cuenta una de ellas. La tripulación de los buques británicos que faenaban por las costas atlánticas de la vieja Iberia no era enteramente británica. ¡Era parcialmente española!. En sus palabras: “los oficiales y trabajadores que de Cádiz, Cartagena y el Ferrol se despiden o les falta paga… pasan al servicio de Inglaterra”.

El propio Antonio Alcedo, responsable de contener el contrabando en el puerto coruñés, reconocía que -en aquellas mismas horas, tan revueltas- los contrabandistas –con apoyo británico- iban y venían a su aire (y ya debía ser sabido –por la lectura de los mejores historiadores internacionales especializados en materia económica- que en pleno bloqueo continental napoleónico los beneficios comerciales británicos se dispararon). El mismo cónsul Fourcroy se lo había explicado a su gobierno con detalle, aclarando el mecanismo por el que incluso los prestigiosos diseños pontevedreses (las célebres panas de los hermanos Lees) eran de origen británico. Se metían –como si fueran gallegos– por la siempre segura vía galaico-lusitana. Y con la complacencia –por supuesto- de los “patrióticos” señoríos fronterizos, gallegos y portugueses, sumados a la trama insurgente anti-napoleónica galaico-portuguesa, para defender esta clase de intereses (non santos) en sus propios estados, amparados por la sempiterna corrupción de sus autoridades y encargados de la vigilancia de fronteras.

Excelente conocedor de aquella evidencia con la que el mismo había tenido que lidiar durante años, Filangieri –además de formar parte del naciente juntismo coruñés- operó con gran seguridad; pero sin tocar, por supuesto, lo intocable: el contrabando y la densa actividad corsaria.

En pocos días, la decoración política de tantas décadas de alianza oficial con Francia cambió por completo. A la perfidia británica (“la pérfida Albión”, ni más ni menos) sucedió en el discurso patriótico oficial del nuevo juntismo gallego la perfidia francesa. A pesar del protestantismo y el anglicanismo, hasta la Iglesia más beligerante de la contrarreforma transigió con el paciente inglés, fundiéndose –de la noche a la mañana- los vivas a la Gran Bretaña y a Fernando VII.

Primeras acciones de guerra de Filangieri
(La detención de Quesnel y la militarización general)

Con todo, lo más importante acaeció en el Norte de Portugal, la cuna de la insurgencia y la insurrección armada más madrugadora y violenta.

El éxito de la trama galaico-portuguesa fue total. Contó con enlaces de lujo, caso del propio Blake y, sobre todo, de Francisco Javier Losada Pardo de Figueroa, el señor de Pol, sumado entonces a su regimiento Voluntarios de La Corona, y encargado de enlazar toda la trama, operando –con gran libertad de movimientos- desde Oporto (Belestá y su primo Baltasar Pardo de Figueroa, conde de Maceda, sus enlaces), Compostela (Juan José Caamaño Pardo, cuñado del anterior, primo político por tanto, con tentáculos en la Marina y bailío de la Orden Militar de Malta) y Coruña.

Nacido en Pontevedra (1777), formado en las milicias provinciales (mandó y volverá a mandar el Regimiento Provincial de Compostela), con enorme peso social en Coruña (donde era regidor), el señor de Pol acabará por redondear una de las carreras militares más espectaculares de su tiempo, acumulando por sus pasos los títulos más resonantes de la nobleza militar gallega que intervino -desde el comienzo- en insurrección galaico-portuguesa: conde consorte de San Roman, marqués de Figueroa, conde de Maceda…, entre otros títulos menores, cuyo diagrama (con los consabidos entronques familiares) conduce a otras tramas atlánticas simultáneas de primer nivel, implicadas en la insurrección armada de Galicia, Asturias, León, Extremadura, Madrid o Portugal.

En Galicia, esa trama ni siquiera se improvisó en mayo. Venía de lejos. Había estado presente en el golpe de Estado de Aranjuez y en el Dos de Mayo de Madrid, manteniendo conexiones bien conocidas con los corsarios y la Armada británica desde marzo. Había logrado, además, financiación suficiente para acometer la empresa, con importantes movimientos de fondos señoriales y conexiones secretas variadas, en las que jugaron papel destacado esos freis, los bailíos de la Orden Militar de Malta.

En Coruña y Compostela, la dramatización callejera de la insurgencia, coordinada por el señor de Pol provocó –como hemos dicho- muy pocos incidentes; pero esa no fue la tónica general de Galicia. Los casos de Ferrol y Orense no fueron únicos. La movilización militar, iniciada por Filangieri el mismo 31 de mayo, también tenía esa finalidad: sacar tensión y malestar, metiéndolo bajo su autoridad en los regimientos movilizados.

En Portugal, la insurrección armada de la Lusitania septentrional de junio de 1808 ya fue un anticipo de lo que sería la espeluznante resistencia armada galaico-portuguesa de 1809.

Dada la situación en la que estaba el general Carrafa, sólo un teniente general como Filangieri, nuevo capitán general de Galicia, como integrante de la novísima Junta provisional del Reino recién creada, pudo –por sus grados y prestigio- recuperar para su Capitanía el control del ejército radicado en el norte de Portugal, como en tiempos de Taranco. Bien informado por el señor de Pol, pudo cursar esta orden (francamente histórica y de alcance internacional) el 2 de junio de 1808. Dirigida a sus amigos Joaquín Blake y Domingo Belestá, sería ejecutada por el conde de Maceda.

Los acontecimientos del día, que son bien notorios a V. S., llaman la atención de los celosos Españoles para la defensa de la Religión, del Rey y de su Patria. Estas circunstancias hicieron hoy en la Sala del Real Acuerdo, a su presidente con todos los Ministros del Tribunal, los Jefe militares, el Cuerpo político, la nobleza y todas las autoridades; se ha resuelto y se declaró esta Junta por Suprema y Gubernativa en todo el Reino de Galicia, sin perjuicio de los derechos de éste por no haberse reunido aún todos los diputados de las provincias. La junta acordó se diga a V. S. y encargue estrechamente que como buen español y amante de su Patria, se retire con presteza a esta plaza donde debe hacerse uso de los acreditados y distinguidos conocimientos de V. S. para la defensa del Reyno, sirviendo a V. S. dé noticia que se pasa orden al mariscal de Campo don Domingo Belestá para que entre en Galicia con el Cuerpo de su Ejército, y no obedezca más órdenes que las que le comunique esta Suprema Junta, y no las del Gobierno actual de Madrid.

Francisco de Medina y Manuel Acha acompañan al general como firmantes del histórico oficio, en el que se registra otro detalle de la mayor relevancia. El Antonio Filangieri va precedido del tratamiento distintivo de los caballeros cruzados de San Juan de Jerusalén, la tantas veces citada Orden Militar de Malta, detalle de enorme importancia, dada la implantación de la misma en la Casa Real de Bargança, en el Ejército y sobre todo en la Marina de Guerra de España y Portugal, colaboradores fundamentales de Filangieri (antiguo marino) en la trama insurgente de Galicia y en la relación posterior –incluso bélica- con Gran Bretaña.

En las afueras de Oporto, el 6 de junio de 1808, el conde de Maceda ejecutó con precisión que dice de su prestigio, el golpe iniciático más espectacular: Quesnel, "gobernador-geral das provincias do Norte", que era el hombre de Junot en la Lusitania septentrional, con sus hombres, pasaron de carceleros, encargados de vigilar a los españoles, a prisioneros de Filangieri, quien ordenó el habitual traslado procesional de Sur a Norte de los detenidos.

Jefe superior de la militarización general del país y del alistamiento de obligatorios y voluntarios, Filangieri tuvo menos éxito en este aspecto.

A pesar del jolgorio patriótico, apenas hubo voluntarios y los obligatorios buscaron mil resquicios para desvincularse de las armas y los uniformes. Su intento de mezclar veteranos y reclutas, para acelerar el nivel de formación, ante el temible enemigo, fue duramente contestado por la disidente Junta de Santiago, recelosa, sobre todo, del Regimiento de Cataluña.

Las tropas españolas que procedían de Portugal, formaron el núcleo formativo más importante, siendo incorporadas –sin apenas descanso- a su Ejército. Sólo el legendario Regimiento de Infantería de Zaragoza que mandaba el conde de Maceda, como éste, permaneció en Portugal, encargado de completar, con las milicias y el liberado ejército portugués, la insurreción señorial y militar de todo el territorio.

En el intermedio, desde el 6 de junio de 1808 hasta el 24, fecha del asesinato del general, la importancia de la Junta Suprema del Reino de Galicia (constituida el 5, en Coruña) y de la propia ciudad coruñesa acreció dentro del contexto de la insurgencia fernandina española de manera incomparable. Y Gran Bretaña le rindió los consabidos honores.

Un éxito internacional indiscutible de Filangieri que lo metió en el centro del huracán de vanidades, característico de los movimientos patrióticos. El que va a generar el caldo de cultivo que provocó por sus pasos el cese y la ejecución, pura y dura, del hombre que había protagonizado la fase más delicada de la transición.

Volvamos, pues, tras la explicación del contexto histórico-biográfico, una vez más, a lo que se llegó a saber del espeluznante crimen.

La invención del traidor napolitano
(Judíos, patriotas y judiadas)

La versión de Maldonado (que pudo conocer detalles de la causa y del fallo oficial a la que alude Toreno), es muy esclarecedora en ese punto. Y muy distinta de las anteriores. El tan mentado Regimiento de Navarra desaparece sin dejar rastro, coincidiendo –punto por punto- con la información que anotó en Acta la Junta de Galicia.

Estos serían, según su información, los autores materiales del crimen:

Los conscriptos procedentes de las Mariñas, instigados siniestramente por uno al que en la conmoción de aquella ciudad (Coruña) el 30 de mayo había dado un golpe (parece entenderse que se lo dio Filangieri) con el sable, se puso en insurrección, y apedillándole traidor corrieron a su casa a asesinarle.

El vengador, en esta versión, esperó ¡26 días! para asaltar la casa donde moraba el general (destituido 48 horas antes), acaudillando un nutrido grupo homogéneo de reclutas (“conscriptos”) de las Mariñas coruñesas (que –al ser novicios, mezclados con los veteranos, con posterioridad a la declaración de guerra a Francia- no intervinieron, ni siquiera presenciaron, los sucesos coruñeses del 30 de mayo). Sólo lo hacen, pues, al grito histérico unitario convenido con el instigador, al calor del alcohol y el ambiente: ¡Muera El Traidor!

Cuesta trabajo creerlo con lo que va dicho del personaje; pero Bouzas aclara este punto, describiendo un mecanismo antropológico de cultura popular que algunos curas y frailes (a quienes culpa –como a ciertos oficiales- de la locura patriotera desencadenada en Galicia) manejaron con maestría. Mecanismo de escasa gravedad en lo que se refiere a la vida cotidiana de los días corrientes; pero temible en las condiciones exaltación bisceral patriótica de aquellos días de mayo y junio, cuando hasta los ingleses lucían escarapelas con ¡vivas y mueras rituales!.

El mecanismo consistía en identificar al extranjero (de nacimiento, salvada la excepción del inglés) con el judío bíblico, dado el odio popular (vigente hasta no hace tanto en las misas y en la Semana Santa), alimentado por los clérigos de la Iglesia Católica contra (todos) los judíos. No sólo contra los autores directos de la evangélica crucifixión de Cristo.

Al furor patriótico, fanatizado y teledirigido contra el extranjero-judío, se añadiría -en el caso concreto del napolitano Filangieri- la judiada de que (como hombre de ideas avanzadas y como capitán general de Galicia) se empeñaba en distinguir entre franceses y franceses y en exigir que se guardase el debido respeto a los prisioneros de guerra, fueran civiles (como el cónsul Fourcroy) o militares (como Quesnel y sus hombres, a quienes las damas más enfurecidas de Ferrol querían ejecutar de inmediato), sin convertir al común de los franceses en pérfidos partidarios de Napoleón Bonaparte.

No es de extrañar, pues, que quienes mantuvieron semejante templanza (para nosotros admirable) en medio de la locura patriotera –tan fácil de provocar y nefasta en cualquier circunstancia- se convirtieran en judíos-extranjeros-napolitanos, reos de muerte, sobre todo si los inducían aquellos que temían lo que pudiera contar Filangieri acerca de su pretendido patriotismo con el andar del tiempo… Algo parecido vino a escribir Pedro Agustín Girón, marqués de las Amarillas, en relación al asesinato de quien fue su general en jefe en la ocupación del sur de Portugal:

En Ronda supimos sucesivamente las ocurrencias de Cádiz y Sevilla, trágico fin del mal aconsejado marqués del Socorro, suceso que llenó de oprobio aquella Guarnición, que nada hizo por salvarlo, y que fue el primero de los crímenes de aquella época, tan fecunda en venganzas y desórdenes, cubiertos con la santa capa del patriotismo, como si éste pudiera nacer y subsistir con otra cosa que virtudes.

Pero nadie podía imaginar siquiera que Filangieri –tras la gestión desarrollada en las peores circunstancias- fuera a sufrir el duro martirio de los inocentes, acusados de traición. Como un Cristo, además.

“Arrastremos al Traidor”
(La tumba desconocida)

Acusado de traición, en ese ambiente pasional –exaltado, alcoholizado y mal alimentado, del verano de 1808-, la embriagada soldadesca (reclutas, en realidad) asaltó la casa señorial que servía al general de residencia, acaudillada por ¡un sargento!. El relato de Maldonado vuelve a ser la fuente ineludible en ese momento.

Ante la crueldad de la acometida contra un hombre inerme y solitario, sólo un criado (u otro caritativo residente) trató de prestar ayuda al agredido.

Filangieri encontró abierta, de pronto, una salida de emergencia; pero al saltar el muro para iniciar la precipitada huida, cayó mal, quedando iinmobilizado, a merced de los asesinos. Dispuestos éstos a rematar la faena lentamente, como corresponde a los sacrificios rituales reservados a los traidores, además de apalearlo en tránsito, lo arrastraron hasta algún espacio señorial, relacionado con el marqués de Villafranca, donde expiró el general en medio de una orgía de sangre, alcohol, destrucción e improperios, que continuó hasta deshora.

Allí permaneció el cadáver todo ese tiempo sin que nadie –en un pueblo aterrado- lo levantara.

La Junta local de Gobierno –reunida secretamente al efecto, aterrada también- quiso rendir a sus restos los honores debidos, pero no se atrevió a hacerlo. Sólo tomó la decisión de trasladar el cadáver de tapadillo a la iglesia más próxima, disponiendo después su enterramiento secreto. Y así siguen las cosas doscientos años más tarde.

Los villafranquinos, que tuvieron ocasión de presenciar el horrendo espectáculo, nunca se gloriaron del mismo, como es lógico. Fue el peor día de San Juan de la historia de tan bello pueblo. El asesinato consta en todos sus historiales, pero sin detalles y sin mentar siquiera el lugar del crimen y el punto donde fue enterrado el ilustre muerto. Nuestras pesquisas resultaron tan infecundas como las de cuantos nos precedieron. Las fotos de nuestra amiga Cristina Dapía nos conducen a los escenarios más probables, donde se vivió el contraste entre la indiscutible belleza de Villafranca del Bierzo y los horripilantes detalles del suceso.

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