Ramón y Cajal, España y sus separatistas

Ramón y CajalHistorias del Rastro.- Desde hace algunas semanas -en los domingos del Rastro- se vende la que pudo haber sido la Biblioteca de Santiago Ramón y Cajal, o una parte de ella. El punto de venta está en un lateral del antiguo Cerrillo del Rastro, razón de las cuestas que conducen a él. Hoy esa cima se ha convertido en una plaza amplia y muy entretenida. Cada domingo, se pone de punto en blanco. Todas sus leoneras están abiertas y sus puestos callejeros tienen alto interés, por lo variado de la cacharrería que se oferta, y por la gracia de los montajes a ras de suelo, dispuestos para competir durante toda la mañana con los escaparates convencionales.

En el mismo centro se encuentra lo que yo llamo “el probador”, donde los compradores y compradoras de ropa comprueban las tallas. Hay también varias mesas donde se mantiene desde antiguo la original oferta mineralógica, con las piedrecitas dispuestas de manera decorativa, para que las cotejen los coleccionistas.

En el lateral de enfrente a donde están esos libros, arranca la que llamamos los veteranos del Rastro “la cuesta de las pulmonías”, por la corriente de aire gélido que se establece en los días fríos y ventosos de otoño-invierno.

Hoy está dedicada la plaza al recuerdo del general Vara del Rey que, como Eloy Gonzalo (el popular Cascorro) de la estatua que precede a la vecina Cuesta de Curtidores fue a encontrar su momento de gloria en el Desastre de la Guerra de Cuba (1897-1898).

 

La importancia del hallazgo.- Como los libros están situados en mi paseo de entrada, le eché un primer vistazo a poco de llegar, creyendo que procedían de una biblioteca familiar anónima; pero volví sobre mis pasos cuando un amigo me advirtió que eran libros de Cajal, personaje por el que siempre he sentido un respeto infinito como investigador y como coleccionista de libros de memorias y de historias locales, a las que nuestro primer premio Nobel científico (1906) fue aficionado, hasta componer un encantador perfil de médico-profesor, sabio y humanista.

Sin embargo, la información que buscaba para confirmar la importancia del hallazgo fue parca y poco concluyente. El vendedor se limitó a situarme ante un pequeño montoncito de libros con autógrafos dedicados a don Santiago por distintos autores de muy dispar valía. También pude comprobar -a lo largo de estas semanas- la reiteración de títulos de distintas ediciones de sus obras y –una vez más- me complació observar el detalle de que todos los que mantenemos viva la antigua curiosidad intelectual, nos fijamos en títulos de distintos autores con temática harto variada, pero poco convencionales. Así pues, sus gustos de ayer son similares a los nuestros de hoy, cada vez más raros.

También compartimos su experiencia y las razones de su denuncia de una de las pesadillas más pertinaces e infecundas de su España y de la nuestra.

 

Separadores y separatistas (El magisterio zaragozano de Ruiz Pons).- Por considerarlo innecesario, no entraré en detalles biográficos acerca de un personaje del relieve de Santiago Ramón y Cajal, nacido Petilla de Aragón (1-V-1852) y fallecido en el Madrid republicano, el 19-X-1934. Me limitaré a decir, por lo que vendrá después, que su brillante biografía me hizo ver –una vez más- el absurdo comportamiento de los habitantes de nuestro pequeño mundo, cuando seguimos consintiendo que unos pocos abismen (por estrictos motivos de poder político y tocando la tecla pasional que nos religa afectivamente a los pagos natales) las saludables diferencias existentes entre nosotros mismos, con declamaciones patrióticas, hasta llegar a la locura de convertirnos en separatistas o en separadores. Como si nuestras diferencias de origen, cultura o lengua materna, imprimieran carácter, haciéndonos irreconciliables con los demás. Y poniendo fronteras hasta a la evidente falsedad de tal criterio.

Al ser la vida local y personal (por el contrario de la vida política y administrativa de los Estados y de los estaditos comunitarios), lo más internacional que existe, incluso yo tengo mi pasado aragonés y me siento paisano de Cajal. A mi querido amigo Eloy Fernández Clemente, que es aragonés y aragonesista de relieve, le he hablado en distintas ocasiones de mis personajes atlánticos que se hicieron célebres en su paso por Aragón, o que nacieron allí para consolidar su prestigio definitivo en mis tierras galaicas. El propio Eloy me hizo llegar hace años el libro que prologó a José Ramón Villanueva, Víctor Pruneda. Una pasión republicana en tierras turolenses (Rolde, Zaragoza, 2001), donde se cuenta la historia de los Pruneda, originarios de Ferrol y cuya progenie alimentó diferentes causas en los lugares más diversos por los que fueron pasando. En el caso de Víctor, liderando a los demócratas-progresistas de Teruel, al mismo tiempo que su amigo y paisano Eduardo Ruiz Pons, que era coruñés y padronés, hacía lo propio en Zaragoza, donde fue catedrático de Biología del Instituto Universitario de la ciudad. De aquélla, su progresismo ni era separatista ni separador. Ambos trataban de fundir en una las patrias que se envuelven –por los intereses de sus mandatorios- en distintas fronteras. Así pues, al haberles contado yo en La Cueva de Zaratustra la desgraciada historia del legendario Ruiz Pons, otro amigo de Eloy (y ahora de mi mismo), el historiador de la Ciencia, bibliófilo y naturalista aragonés, Vicente Martínez Tejero, se tomó la molestia de escribirme este detalle que yo desconocía por completo, y que nunca –sin su ayuda- hubiera imaginado: “estoy volcado exclusivamente en temas relacionados con Cajal y creo evidente la influencia que recibió de Ruiz Pons a través de Bruno Solano, entrañable amigo de ambos”. Amigo -éste Solano- que nació en un pueblo de Zaragoza en 1840 y fue a morir a Santander en 1899

 

Lecturas hospitalarias (Mi mal de ojo).- Como fui operado en el Hospital “Ramón y Cajal” de Madrid de la membrana epirretiniana macular de mi ojo derecho (una intervención de microcirugía muy delicada, como otras experiencias poco gratas a las que tenemos que ir sometiéndonos los que estamos a punto de cumplir las 75 primaveras), para hacer llevadera la espera de mi última revisión hospitalaria, se me ocurrió comprar en el Rastro el último libro que don Santiago publicó en vida. El más acorde con los achaques propios de mi edad: El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arteriosclerótico, puesto en circulación el mismo año de su muerte (1934). Con su lectura -en un pis pas- me pasó el tiempo de espera, maravillándome –a través de sus explicaciones médico-literarias- la misteriosa complejidad de mis oídos y de mis ojos, así como su comprensión con otras dolencias que padecí, sufrieron y sufren amigos, parientes o circundantes de mi tiempo.

Lo que no esperaba encontrar en ese libro del octogenario fue lo que ustedes van a leer acerca de una dolencia con la que tuvimos que aprender a convivir los españoles, los ibéricos y hasta los europeos de las más diversas generaciones: la grave enfermedad del diferencialismo político con amenaza separatista. Gravísima dolencia que el médico humanista diagnosticaba para el caso de España hace más de 80 años, lo que –en 2016- supone una triste actualidad casi bicentenaria. Y cuyo remedio –¡que se vayan con sus fronteras a cuestas los que se quieran ir!- no me parece a día de hoy ninguna tontería.

 

LA ATONÍA DEL PATRIOTISMO INTEGRAL
Por Santiago Ramón y Cajal

El patriotismo de ayer. No vamos a remontarnos a la decadencia de España en los siglos XVI y XVII Es fenómeno bien estudiado por escritores y críticos nacionales y extranjeros. Baste recordar que, aparte de la pobreza y despoblación de nuestro agro, de la expulsión cruel y antipolítica de judíos y moriscos, de la incomprensible exención de cargas contributivas del clero y la nobleza, en cuyas manos estuvo casi toda la riqueza de España, contribuyeron decisivamente a nuestra postergación internacional, las continuas intromisiones en la política de países extraños, con que agotamos nuestras fuerzas y dilapidamos los tesoros de América. Como indica Cánovas, hubo siempre, aun en el auge de nuestro poderío, desproporción enorme entre nuestros recursos y nuestras empresas. Y fue lo peor que tamaños sacrificios no obedecían al interés de nuestra patria, sino al sostenimiento de la preponderancia de dinastías extranjeras, cuyo fanatismo religioso ocultaba insaciables ansias de imperialismo europeo. De acuerdo con eximios historiadores, estimo que la evolución genuinamente nacional terminó con Fernando el Católico y el Cardenal Cisneros. Los reyes sucesivos trabajaron pro domo sua.

Incorporándonos a nuestro asunto, importa declarar, desde luego, que el patriotismo español, apático o latente, pero jamás anulado en absoluto, alcanzó de repente en 1808 con la guerra de la independencia -que nos sorprendió, como siempre, sin soldados, sin dinero y sin material- notable pujanza. Esta exaltación culminó todavía en 1860, con ocasión de la expedición a África emprendida -¡ironías de la historia!- con miras inconfesables de caudillaje militar y de preponderancia de un partido político.

Siendo mozalbete tuve la suerte de presenciar las vehementes y desbordantes efusiones patrióticas del pueblo y la glorificación de nuestros heroicos soldados y caudillos. ¡Oh, qué gran aglutinamiento es la victoria!… Por doquier, vítores delirantes, arcos de triunfo, hogueras simbólicas, lifaras populares y obsequios a los soldados gloriosos…

Y en las ciudades, Prim, O’Donnell, Echagüe y otros bizarros generales saborearon las mieles de la popularidad ¡Y qué soldados aquéllos! Fornidos veteranos, curtidos en las pugnas enconadas de las guerras civiles, luciendo en el pecho honrosas cruces y en la tostada faz, barbas y mostachos imponentes… ¡Qué contraste con los reclutas adolescentes y lampiños de hoy, cuyo brevísimo servicio en las filas no consiente la adquisición de instrucción militar suficiente, ni el contagio confortador del amor al regimiento y del sentimiento patriótico.

Diéronse al olvido, caso de que los hubiera en forma larvada, antipatías y recelos regionales. Cataluña, no sólo compartió los laureles de 1860, brindándonos un general bravo y genial, sino que reclutó y equipó una legión especial de bizarrísimos voluntarios, los cuales, no obstante ser bisoños, batiéronse como veteranos. Vasconia, menos presurosa, envió a la campaña africana lucida escuadra de voluntarios. Llegaron algo tarde, pero el ademán de Euzkadi fue notablemente españolista. Todos estábamos orgullosos de nuestros soldados…

Más adelante, con ocasión de la guerra de Cuba, dieron los catalanes nuevo testimonio de amor a la patria común, enviando a las Antillas brillante legión de voluntarios, que “se batieron” -y esto lo presencié yo- como leones, junto al ejército regular y al lado de la noble y españolísima hueste de voluntarios asturianos. Al final de la contienda (y éste es el mejor elogio de aquellos bravos soldados) sólo quedaban débiles reliquias de dichas falanges heroicas; casi todos los voluntarios cayeron valerosamente en la manigua cubana o en las enfermerías de campaña. ¡Espectáculo confortador, nuncio de halagadoras esperanzas!…

En medio de mis tribulaciones de entonces (yo caí enfermo en la manigua cubana) sentía hervir en mi sangre, consumida por la fiebre, el fuego del entusiasmo bélico, al presenciar esta magnífica explosión de amor y sacrificio hacia la lejana metrópoli.

No; digan cuanto gusten derrotistas y augures pusilánimes, el ímpetu de nuestra raza no se extingue fácilmente. Padecerá eclipses, atonías, postraciones como las han padecido otros pueblos. De su letargo actual, contristador y deprimente, se levantará algún día, cuando un taumaturgo genial, henchido de viril energía y de clarividente sentido político, obre el milagro de galvanizar el corazón descorazonado de nuestro pueblo, orientando las voluntades hacia un fin común: la prosperidad de la vieja Hispania.

 

Efectos deprimentes del hundimiento colonial de 1898.- Anticipo una rectificación de extendido error colectivo. En la guerra con los Estados Unidos no fracasó el soldado, ni el pueblo (que dio cuanto se le pidió) sino un gobierno imprevisor, desatento a los profundos e incoercibles anhelos de las colonias, e ignorante, tanto de las codicias solapadamente incubadas, como del incontrastable poderío militar de Yanquilandia. Nuestro fracaso se explica sin recurrir a hipótesis alambicadas. Marina y ejercito hallábanse organizadas, no para luchar con la nación más pujante y rica del mundo, sino para sofocar nuestras querellas interiores e inveteradas rebeldías ultramarinas. Ni Cervera, ni Villamil, ni Blanco fueron tan ignaros que desconocieran la superioridad de la escuadra y de los recursos inagotables de la gran República norteamericana. Todos nuestros caudillos confiaban en la neutralidad de ésta, cuyas miras interesadas recató cuidadosamente. De ahí el estupor de los marinos españoles, conscientes de su inferioridad, cuando se les ordenó enfrentarse con los yanquis, invitándoles a un sacrificio imbécil e infecundo.

Ante el brutal ultimátum de los Estados Unidos no cabía sino esta solución: el reconocimiento fulminante de la independencia cubana, medida salvadora que habría aportado la tranquilidad a millares de hogares peninsulares, convencidos de que Cuba, con sus reiteradas rebeliones y su clima insalubre sería el cementerio de la raza hispana.

¡Cuán difícil es adoptar las medidas más sencillas y salvadoras en un país ignorante y ofuscado! Tamaña solución, la única racional, intimidó a nuestro Gobierno instigado por una prensa populachera y por las amenazas de sublevación de nuestro ejército peninsular. Así caímos inocentemente, cual sencillas alondras, en la red que se nos tendía. Y fuimos expulsados de un mundo, cuya conquista nos costó ríos de sangre generosa. Mientras, Inglaterra con su inmenso Canadá y su Jamaica, Holanda, Francia y Britania con sus Guayanas, se mofaban de nuestro absurdo quijotismo, riéndose a la vez de la cacareada doctrina de Monroe, proclamada por los yanquis: Vae victis!… Así aprendimos un poco tarde que para ser respetados es preciso o ser fuertes como las naciones próceres o prudentes y discretos como Portugal, Holanda, Bélgica y Suiza.

Las deplorables consecuencias del desastre colonial fueron dos, a cual más transcendentales: el desvío e inatención del elemento civil hacia las instituciones militares (ejército y marina) a quienes se imputaban faltas y flaquezas de que fueron responsables gobiernos y partidos, y sobre todo la génesis del separatismo disfrazado de regionalismo. Cataluña sobre todo (¡quién lo dijera después de las nobles explosiones de españolismo de 1860 y 1873!), inició una ofensiva a fondo contra el Estado, inaugurada con los discursos fogosos reivindicatorios del Dr. Robert, las propagandas separatistas de Prat de la Riba, la Asamblea de Parlamentarios, la  difamación reiterada del ejército que, lo mismo que en Cuba, juzgó patriótico tomarse la justicia por su mano, atropellando redacciones de periódicos antiespañoles (con que logró resultados contraproducentes, provocando el movimiento de la Solidaridad catalana, en la que se juntaron, con miras electorales y facciosas, todas las fuerzas vivas de Barcelona, desde el carlista duque de Solferino, hasta los separatistas o autonomistas más descarados como Prat de la Riba y Cambó). Mientras tanto continuaron las campañas de la Lliga; propagandas exasperadas que impresionaron al Gobierno y culminaron y cristalizaron en la obtención de la Mancomunidad, concesión forzada que, lejos de purificar el ambiente antiespañol, sólo sirvió para acrecentar sus estragos. Las plumas catalanas se desataron contra el odioso centralismo español, el chivo bíblico portador de todas las culpas. Y Madrid compartió con España el desprestigio causado por la imprudencia de la vieja política de los partidos de turno y de la inexplicable impunidad de la propaganda secesionista.

 

El odio infundado a Castilla y a Madrid.- ¡Pobre Madrid, la supuesta aborrecida sede del imperialismo castellano! ¡Y pobre Castilla, la eterna abandonada por Reyes y_Gobiernos! ¡Qué sarcasmo!

Ella, despojada primeramente de sus libertades, bajo el odioso despotismo de Carlos V, ayudado por los vascos, sufre ahora la amargura de ver cómo las provincias más vivas, mimadas y privilegiadas por el Estado le echan en cara su centralismo avasallador: Vedla prosternada y sumisa una vez más, a los pies de sus ambiciosos explotadores, para quienes representa simple colonia industrial. Por acordarse demasiado de los demás, se ha olvidado de sí misma. Carece de carácter, personalidad y de elevadas aspiraciones. Y para fomentar las ajenas prosperidades ni siquiera se ha cuidado de crear una industria propia, o de fomentarla, al menos, en las provincias unitarias. En su evangélica resignación no sólo ha prescindido de represalias y reivindicaciones, sino que ha proporcionado a las regiones rebeldes, con los votos de una mayoría castellana, los dos más resueltos y calificados campeones de los Estatutos (Azaña y Bello). En aras de la concordia, Madrid ha consentido reformas humillantes, por ejemplo: la de los enlaces ferroviarios, que, a cambio de parvas comodidades de tráfico general, convertirá la Capital en una estación de tránsito, con daño irreparable de teatros, fondas, comercios y transportes interurbanos. Como nadie abogó por el aborrecido Madrid, su Universidad, sus Hospitales, los palacios de la Diputación y del Municipio, siguen siendo los más mezquinos y miserables de España.

Y para coronar la obra de decapitación de la corte, y del empobrecimiento de Castilla, la Asamblea revolucionaria decretó una Constitución que reconoce y proclama el derecho de las regiones a organizarse en régimen de amplia autonomía, no sólo administrativa, a semejanza del de las provincias vascas, sino política, social, universitaria, de orden público, etc. Ello implica la cesión de casi todas las contribuciones más saneadas y remuneradoras. El nuevo régimen se ha establecido ya en Cataluña y pronto se generalizará a Vasconia, Valencia, Galicia, etc., si causas imprevistas no lo estorban.

 

Inquietudes actuales ante las amenazas, veladas o explícitas del separatismo.- En mi calidad de anciano, que sobrevive, no puedo menos de cotejar los luminosos tiempos de mi juventud, ennoblecidos con la visión de una patria común henchida de esperanzas, con los sombríos tiempos actuales, preñados de rencores e inquietudes. Convengamos, desde luego -y eso nos lo echan en cara diariamente los extranjeros- en que moramos en una nación decaída, desfalleciente, agobiada de deudas, empequeñecida territorial y moralmente, en espera angustiosa de mutilaciones irreparables.

Yo bien sé que catalanes y vascos consideran ilusorio tamaño peligro y hacen fervientes manifestaciones de su adhesión y amor a España. Y no se me oculta que lo mejor del pueblo vasco, catalán y de otras regiones, comparten tan nobles sentimientos. ¿Pero lo comparten las masas fanáticas de las mismas y los avispados caciques que las sugestionan? Yo desearía creer en dicho ingenuo optimismo, compartido por algunos catalanes prestigiosos, y sobre todo por D. Marcelino Domingo; empero por cada día aparecen síntomas menos tranquilizadores. Descuellan entre ellos la catalanización de la Universidad; los ultrajes reiterados a la sagrada bandera española; las manifestaciones francamente antifascistas, pero en realidad francamente separatistas con los consabidos mueras a España, por nadie reprimidos; el cántico retador, aun en manifestaciones ajenas a la política, de Els Segadors; el hecho incuestionable de que son o fueron separatistas los gobernantes de la Generalidad (como lo son en el fondo los peticionarios del Estatuto vasco), y sobre todo la pérdida o progresiva tibieza de esa cordialidad de sentimientos fraternos, causa generadora de suspicacias y excesos pasionales con el menor pretexto. Y esto, aun después de otorgado el Estatuto, cuando parecía natural que los catalanes manifestaran su satisfacción y gratitud con ovaciones a la bandera y ejército españoles. Ni olvidemos que el alzamiento antimonárquico se produjo en Cataluña a los gritos de ¡Viva la República catalana! Aun hoy se profieren con cualquier pretexto hasta en plena Generalidad.

A tan fundadas alarmas responden los catalanes con la frase estereotipada de Incomprensión. Y nos prometen atenerse estrictamente a la letra y el espíritu de la Constitución y del Estatuto concedido por las Cortes. Fuerza es convenir que, leído el documento estatutario, parece poco alarmante, aun contrayéndonos al problema vitando de la Universidad, cuyas clases podrán darse indistintamente en los dos idiomas. Pero luego de implantada la autonomía universitaria, se ha comprobado una vez más que la vida y el sentimiento desbordan siempre los artificiosos cauces legales. Sobre la letra siempre prevalece el espíritu, y más que el espíritu de una ley o reglamento las pérfidas intenciones de las personas encargadas de aplicarlos.

Reconozcamos, además, que los gestores del Estatuto se olvidaron de crear un representante del Estado, apoyado directamente en el ejército, y con atribuciones para reprimir con prudencia y energía los vergonzosos desmanes de los escamots. Por sinceros que sean los sentimientos españolistas del Presidente de la Generalidad, en cuyas manos ha puesto el Estado el orden público, dicha autoridad, que debe su elección a un partido donde abundan los nacionalistas, no se atreverá nunca a sancionar los ultrajes a la bandera del Estado español. Urge, pues, si se desea una convivencia cordial entre España y Cataluña, la reforma parcial del Estatuto, al objeto de evitar diarios conflictos y, sobre todo, el odio de las regiones unitarias.

Iguales recelos suscita la demanda autonómica de los vascos. Si casi todos los defensores de la autonomía catalana y vascongada han sido separatistas, según dejamos dicho ¿cómo evitar que los Estatutos se vicien y desvirtúen, derivando en la práctica hacia la plena independencia?

No me explico este desafecto a España de Cataluña y Vasconia. Si recordaran la Historia y juzgaran imparcialmente a los castellanos, caerían en la cuenta de que su despego carece de fundamento moral, ni cabe explicarlo por móviles utilitarios. A este respecto la amnesia de los vizcaitarras es algo incomprensible. Los cacareados fueros, cuyo fundamento histórico es harto problemático, fueron ratificados por Carlos V, en pago de la ayuda que le habían prestado los vizcaínos en Villalar, ¡estrangulando las libertades castellanas!… Y tampoco recuerdan estos flamantes nacionalistas enviados a las Cortes por Vizcaya, que, conquistada Euzkadi por los franceses, en el siglo XVIII, hubo de rescatarla, cediendo al invasor, a guisa de honorarios, la isla de Santo Domingo. Sobre que la citada región fue siempre un feudo de Castilla, otorgado a adelantados castellanos. ¡Cuánta ingratitud tendenciosa alberga el alma primitiva y sugestionable de los secuaces del vacuo y jactancioso Sabino Arana y del descomedido hermano que lo representa!…

Decíamos en otro libro que Vasconia y Cataluña, al revés de lo ocurrido con los amputados que sienten dolor en los miembros perdidos, se avienen prudentemente con la pérdida de una Vasconia y una Cataluña irredentas, situadas allende el Pirineo. ¿No entrarán por algo en ese olvido, la consideración de que Francia no admite bromas autonomistas y la seguridad de que la abatida Castilla perdió hace tiempo las justicieras espadas de Sancho el Bravo y de Gonzalo de Córdoba?

También los catalanes necesitan para fundamentar sus juicios situarse a espaldas de la Historia. Castilla no expolió jamás al Principado. Ella fue víctima, como Cataluña, de los funestos déspotas austríacos y borbónicos. ¿Qué culpa tiene de que Felipe IV, el imbécil, atropellara los fueros del Principado y de que un rey francés intruso, Felipe V, arrebatara cuanto restaba de los “antiguos privilegios.

 

La ingratitud incomprensible de los vascos, los niños mimados de Castilla.- Deprime y entristece el ánimo el considerar la ingratitud de los vascos, cuya gran mayoría desea separarse de la patria común. Hasta en la noble Navarra existe un partido separatista o nacionalista, robusto y bien organizado, junto con el tradicionalista, que enarbola todavía la vieja bandera de “Dios, Patria y Rey”. En realidad Euzkadi y Navarra constituyen de hecho feudos vaticanistas, y son perdurable amenaza de guerra civil. Y esto a pesar de los halagos y generosidades del Estado, de los privilegios y exenciones otorgados, y de la exigua contribución con que acuden aquéllas a los gastos de la nación. Por el libro de Iribarne me entero de que el aborrecido régimen republicano, ha prestado 10 millones de pesetas sin interés a la opulenta Diputación de Vizcaya, amén de los 30 millones que, según Carner, se giran a Bilbao en concepto de primas a la navegación. En fin, actualmente se ha dispuesto conceder a San Sebastián, para la construcción de escuelas, dos millones seiscientas mil pesetas, en números redondos. Y eso que la capital de Guipúzcoa es una de las más prósperas de España, gracias a las franquicias del Concierto económico y a la autonomía administrativa. Añadamos que sólo el veraneo de los pacientes castellanos, aragoneses y andaluces en Donostia reporta a esta región privilegiada cientos de millones. Y no digamos nada de los ingresos inherentes a los miles de hoteles y chalets que esmaltan y hermosean las cercanías de la urbe y de otras poblaciones litorales construidos por forasteros idólatras del clima del país vasco y de las costumbres patriarcales de sus moradores.

No soy adversario, en principio, de la concesión de privilegios regionales, pero a condición de que no rocen en lo más mínimo el sagrado principio de la unidad nacional. Sean autónomas las regiones, mas sin comprometer la Hacienda del Estado. Sufráguese el costo de los servicios cedidos, sin menoscabo de un excedente razonable para los inexcusables gastos de Soberanía.

La sinceridad me obliga a confesar que este movimiento centrífugo, es peligroso más que en sí mismo, en relación con la especial psicología de los pueblos hispanos. Preciso es recordar -así lo proclama toda nuestra historia-que somos incoherentes, indisciplinados, apasionadamente localistas, amén de tornadizos e imprevisores. El todo o nada es nuestra divisa. Nos falta el culto de la patria grande. Si España estuviera poblada de franceses e italianos, alemanes o britanos, mis alarmas por el porvenir de España se disiparían; porque estos pueblos sensatos saben sacrificar sus pequeñas querellas de campanario en aras de la concordia y del provecho común. Es menester imponer la unidad moral de la península, fundir las disonancias y estridores espirituales en una sinfonía grandiosa. Mas para ello hace falta el cirujano de hierro de que hablaba Costa.

 

Las ventajas del arancel generosamente otorgado por España.- Por todo lo antedicho, me asombra que la mayoría de los catalanes deseen emanciparse y cortar las amarras, según frase favorita de la Rambla. ¿Tan mal les ha ido a las oligarquías barcelonesas, explotando el atraso y dejadez industrial castellanos? Cierto que en el Gobierno central hubo algún lamentable exceso de celo unitarista, sobre todo en los tiempos de la dictadura. Pero París bien vale una misa y los efectos beneficiosos de un arancel casi prohibitivo para las industrias textiles y fabriles extranjeras merecen indulgencia y olvido de algún abuso del poder central, sobre todo teniendo en cuenta la inestabilidad y versatilidad de los gobiernos.

Sería injusto atribuir exclusivamente al arancel la prosperidad inaudita de Cataluña. En ella han intervenido también primordialmente las excelentes cualidades de los catalanes: laboriosidad infatigable, espíritu de ahorro, carácter emprendedor. A su bienestar ha contribuido hasta el régimen del hereu, que lanza a la emigración a muchos segundones instruidos de casas ricas, para crearse una fortuna. Altamente significativo es que Barcelona, que en 1852 contaba 159.000 habitantes en números redondos, haya llegado en menos de un siglo a un millón cien mil, y que su riqueza urbana, industrial y agrícola se haya centuplicado. No tengo estadísticas a mano, pero me basta para fundamentar tal aserto la comparación del perímetro y exigua extensión de la capital del principado en 1870 durante mi primera visita a la gran urbe, con la dilatadísima y monumental urbanización actual, merced a la cual se ha cubierto de mansiones suntuosas toda la dilatada llanura mediante entre la plaza de Cataluña y las faldas del Tibidabo. En análoga proporción han aumentado la riqueza y densidad demográfica de los principales centros fabriles de la provincia, singularmente Tarrasa, Sabadell, Mataró, etc. La visión actual de Barcelona deslumbra y sorprende: el francés recibe la impresión de hallarse en Marsella o Lyon.

A pesar de todo lo dicho, esperamos que en las regiones favorecidas por los Estatutos prevalezca el buen sentido, sin llegar a situaciones de violencia y a desmembraciones fatales para todos. Estamos convencidos de la sensatez catalana, aunque no se nos oculta que en los pueblos envenenados sistemáticamente durante treinta y cuatro años por la pasión o fascinados por prejuicios seculares son difíciles las actitudes ecuánimes y serenas.

 

Nuestra conducta ante la consumación del desmembramiento.- Pongámonos hipotéticamente en lo peor. ¿Qué debemos hacer si, desengañado nuestro optimismo, dos, o más regiones estatutarias se declaran plenamente independientes?

Si yo pudiera retroceder a mis veinticinco años, henchidos de patriotismo exasperado, contestaría sin vacilar: la reconquista manu militari, y cueste lo que cueste. Propondría la máxima de Gracián (contra malicia, milicia). Pero en los tiempos aciagos en que vivimos, dos guerras civiles equivaldrían a la bancarrota irremediable de España y a la consiguiente intervención extranjera. Además, una guerra suscita automáticamente nuevos conflictos bélicos. Fuerza es convenir en que la fuerza, aplicada a las pugnas intestinas de un país, no resuelve nada. Enconaría las antipatías y cerraría el paso a soluciones de cordial convivencia.

En trance de balcanización inminente -según frase de Marsillach– yo, si me asistiera el talento político y fuera diputado a Cortes, propondría pura y simplemente la separación de las regiones rebeldes; separación amistosa y hasta acompañada de algunas compensaciones fiscales.

Nuestra política debería, pues, orientarse (y esto antes de consumarse la ruptura) en el sentido de industrializar a España, todo lo más rápidamente posible. Se impondría la intensificación de la producción agrícola, y la implantación de fábricas de maquinaria, rieles, vigas, cristal, producciones textiles, papel, automóviles, etc. Para ello sería necesario montar altos hornos en las minas del Rif, aprovechar los ya existentes en Santander, utilizar para toda suerte de fábricas el litoral de la Montaña, Asturias, Málaga, Murcia, Sevilla y Huelva, sin olvidar la hulla blanca que podrían proporcionarnos los ríos Ebro, Pisuerga, Tajo, Guadalquivir, Duero y Guadiana. Y para estimular las iniciativas individuales en las regiones unitarias, acaso fuera preciso dictar leyes de exención de contribuciones por un período de quince a veinte años (algo de esto se ha hecho con resultados brillantes en la construcción de la Gran Vía). La pauta y modelo de estos empeños industriales, los encontraríamos en las muy prometedoras, aunque insuficientes, fábricas instaladas en Santander, Zaragoza, Béjar, Alcoy y Sevilla. No nombro a Valencia, porque supongo que obtenida la emancipación catalana, defendería la suya.

Quedarían naturalmente excluidos de las citadas iniciativas industriales los naturales, y representantes de las regiones segregadas. Y el Estado debería prevenirse contra la posible inmigración de fábricas catalanas y vascas.

Y no me detendría la consideración moral del achicamiento de la patria. De hecho, desde Rocroy, y mayormente desde las guerras de América y de África (1898 y 1921, etc.), hemos perdido rango de nación de segundo orden. Exiguas son en población Suecia, Dinamarca, Bélgica, Suiza y Holanda y gozan del respeto y consideración de todo el mundo. Algunas de ellas, dotadas de la inestimable virtud de la previsión, han conservado importantes colonias (Holanda y Portugal). Además, como dijo Séneca, nadie ama a su nación por ser grande, sino por suya. ¿Por qué España, con más recursos naturales que Suiza, no habría de emular sus triunfos industriales, científicos y políticos? Huelga consignar que durante el planteamiento y ejecución del régimen industrial susodicho, atravesaríamos una fase inevitable de confusión y de trastornos económicos. Pero, en cambio, terminados tanteos y rectificaciones, podríamos alcanzar, en lo posible, el ideal de toda nación moderna: bastarse a sí misma.

No hay, pues, que amilanarse demasiado, si se cumple el vaticinio, harto improbable, del abandono de la meseta por las dos fértiles y prósperas regiones norteñas fronterizas de Francia, de donde importan casi todo su utillaje industrial. Y voy a cerrar este fastidioso e interminable capítulo.

Cuando se tiene la desdicha de vivir demasiado, se confirma la teoría de los ciclos históricos. Mi existencia se ha encuadrado entre dos revoluciones similares, aunque algo dispares: entre las ignominias del cantonalismo de 1873 y la revolución con miras autonomistas de 1931. ¡Quiera Dios que en el intervalo de estos sesenta y un años haya surgido en nuestro cerebro, antaño prepotente y señero, el lóbulo del sentido político y de la prudente tolerancia! ¡Y quiera Dios también concedernos perspicacia bastante para no facilitar con nuestras locuras el cumplimiento del aciago vaticinio tan temido por Cánovas y estampado con letras de fuego en el resumen final de su libro sobre los Austrias: la separación definitiva de la España supra ibérica ensoñada por Napoleón, y en siglos remotos por Carlomagno, el de la Marca hispánica.

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