¿Quién fue en realidad Aurelio Aguirre?

El poeta insurreccional murió hace 155 años (1858-2013).- Hay dos muertes que producen especial impacto entre los vivos. La instantánea (sobre todo si es accidental) y la voluntaria del suicida. En el caso de Aurelio Aguirre Galarraga (n. en Compostela, 1833) no se puede descartar el suicidio; pero bastó la noticia de su ahogamiento entre las rocas coruñesas del mar de San Amaro, para convertir su caso en información periodística de alcance, dando lugar a manifestaciones insólitas que desbordaron ampliamente las fronteras locales, provinciales y gallegas. Ni una ni otra muerte explican, pues, lo que sucedió en aquellos días,.meses y años subsiguientes.

Pese a la categoría indiscutible de cuantos se han venido pronunciando sobre el misterioso personaje desde entonces (1858), voy a atreverme a revisar lo poco que se sabe y lo mucho que se desconoce de la circunstancia que aún hoy envuelve en la leyenda a tan interesante sujeto histórico.

 

Refresquemos la memoria de lo sustancial, empezando por recordar que estamos hablando de la muerte inesperada de un joven que no había cumplido 26 años. Del autor de una obra poética que -siendo condescendientes- ni siquiera para él había pasado de primeriza (ensayos poéticos, como el mismo reconocía). En el conjunto de la poesía española e internacional de su tiempo -si no tuviera otra intencionalidad- sería más digna del olvido que del recuerdo. Pero tiene otra intencionalidad y veremos cómo entraña una importancia histórica insospechada.

Los detalles del “suceso”
(“Poeta de los pobres, las pecadoras y los tristes”)

El impacto de la noticia de su muerte y la manera de transmitirla el periodismo tardo-romántico hizo que resulte aventurado fijar con seguridad el día y hora del suceso. Aunque parezca extraño, ese detalle no consta en las informaciones. De todos modos, es fácil conjeturar que Aurelio salió de Compostela para Coruña tras haber vivido con intensidad un acontecimiento supralocal de singular relieve, a cuya brillantez el mismo había contribuido –como ciudadano demócrata– con su legión de amigos y correligionarios. Me refiero a la Exposición Agrícola, Industrial y Artística de Santiago, inaugurada de manera sucesiva en el antes y el después del Dia del Apóstol, 24-27 de julio de 1858. Exposición ambiciosa y oportunamente dispuesta para que Juan Armada Valdés, marqués de Figueroa, diputado en Cortes del distrito, lograra programar la visita a la misma de la reina Isabel II en su primer y único viaje a Galicia (septiembre, 1858). Reina de la que Aurelio había publicado en La Oliva (como demócrata militante) estos versos, claros y contundentes (A mis calumniadores, Vigo, 2-IV-1856):

Ante los ojos de Isabel me infama
Tu labia que rebelde me llamó,
Y a desmentirte mi deber me llama;
La acato como reina y como dama,
Pero adularla como reina, no.

Conclusos los actos inaugurales, la tarde del miércoles, 28 de julio de 1858, Aguirre llegó a Coruña. Allí le aguardaba el ansiado reencuentro con Felisa Taboada (“Es la virgen que yo adoro/ pudorosa sensitiva…”) y los baños de mar.

 

Estamos hablando, por lo que se llegó a saber, de un avezado nadador, amigo de lanzarse al agua en aventuradas zambullidas, y de un amante de su Dama y del Océano. Parecen infundadas, pues, las informaciones de que Aurelio no había salido de Santiago hasta la multitudinaria recepción que le dispensaron progresistas y demócratas de Vigo (agosto, 1857), convocados por El Miño (excelente periódico de los Chao que dirigía e imprimía su viejo amigo, el compostelano Juan Compañel).

El Miño venía siendo una especie de portavoz del poeta, como lo había sido su precedente: La Oliva. En ellos fue dando a conocer a suscriptores e intercambiadores muchos de sus poemas, y estaba publicando al morir su primera novela (Risas y lágrimas), en la que comparecía –según  comentarios dignos de crédito- como prosista de talento. Los principales responsables de su insólita popularidad extra compostelana.

 

Recibido con serenata y grandes muestras de afecto y admiración, Aurelio descubrió aquel verano del 57 la pintura de Serafín Avendaño (Vigo, 1838/ Valladolid, 1916), junto al trato exquisito de su madre; encontró en Felisa Taboada (gran lectora, muy próxima a los Chao y los Avendaño) el amor de su vida, y gozó de todas las virtualidades de tan formidable puerto atlántico. Fue un veraneo largo e inolvidable de casi dos meses y otro síntoma de lo que supuso para la familia el segundo casamiento de su madre. Con ese entronque los Aguirre Galarraga y sus hermanos menores, los Seijas Galarraga (que acababan de cambiar de residencia ese mismo año, pasando de la periferia al centro de Santiago) confirmaron la mejora drástica de su posición social. Ni por ello había dejado Aurelio de ser “el poeta de los pobres, las pecadoras y los tristes”, por decirlo con la expresión de su biógrafo-poeta mejor informado.

Tradiciones atlánticas
(Los primeros demócratas partidarios)

El biógrafo-poeta, Alfredo Vicenti (n. en Compostela, 1850), que había sido niño expósito, fue besado en la frente por Aurelio cuando tenía ocho años, pocos días antes de su muerte. Estaba llamado a ser -con el andar del tiempo- crítico muy certero de su único libro inconcluso, publicado por entregas: Ensayos poéticos (Santiago, 1858). Será, igualmente, el más penetrante historiador de la tradición de la que ambos provenían, al formar parte –uno y otro- de la vanguardia juvenil atlántica en la segunda y tercera generación de demócratas formados en Compostela.

Esa segunda mocedad compostelana -la de Aguirre- venía de la tradición caritativista, progresista y revolucionaria que Juana de Vega (1805-1872) había echado a andar en Coruña, cundiendo su ejemplo en la progresía gallega. Aurelio la protagonizó en su ciudad natal, al colarse como apóstol redentor de la mujer en los prostíbulos; como protector de los expósitos en los hospicios; como predicador de la Asociación libertadora en los talleres artesanos; como estudiante iconoclasta y librepensador en las aulas del Instituto universitario, en la propia Universidad compostelana o en el Liceo de la Juventud

Era, en definitiva, mucho más que un poeta, si bien la poesía formaba parte de sus pasiones intelectuales más acendradas.

 

Dotado de “dulce y armoniosa” voz e inteligencia verbal, gozaba de potente facilidad versificadora, repentizadora e interpretativa. La poesía de dicción oral se convirtió en su actividad más característica; pero, además de ella, tenía formación artística y dotes para la pintura, la música y el teatro. No sólo por ello llamaba la atención. Incluso su original vestimenta era distinta, envolviendo de personalidad la pequeñez de su figura (se libró por “corto de talla” del servicio militar).

Su potencia, en definitiva, aún más que física, era fuego interior y coherencia pública.

 

Del día y la hora de la noticia
(La movilización coruñesa)

Por lo que he llegado a saber con relativa seguridad, su muerte se produjo en la tarde del jueves, 29 de julio. Alfredo Vicenti, que –además de maestro de periodistas- era médico y amigo de su familia, la sitúa unas horas antes.

Era la hora del ardiente mediodía cuando llegó sudoroso y jadeante a la Coruña (después de visitar a Felisa en uno de los hotelitos de las afueras de la ciudad, donde ella veraneaba). En compañía de dos amigos dirigiose a las rocas de San Amaro para pedir frescura y vigor al que también era amigo suyo: al Océano. Arrojáronse al agua los tres jóvenes, Aurelio, como de costumbre, quiso buzar, y cuando sus compañeros, alarmados de no verle aparecer en la superficie, corrieron en su ayuda, encontráronle muerto y con las uñas reciamente hincadas en el légano del fondo.

Entre el sol y el mar le habían matado.

Nicolás Martínez Murguía (n. en Coruña, 1835, pero residente en Santiago, donde era su padre boticario y él estudiaba Medicina), uno más de sus incontables amigos compostelanos, muy afectado por la noticia, informaba de ella a su hermano,  Manuel Murguía, residente en Madrid, ese mismo sábado, 30 de julio. La carta ya constata el rum-rum del suicidio, aunque él lo descarta en estos términos:

Es desgracia incomprensible, aunque para mi no cabe duda de que fue casual. El día anterior había empezado a tomar baños de mar, y al siguiente, por la mañana, se le halló cadáver en sitio solitario y bastante peligroso.

Por mi parte te diré que no sé qué me pasa, y supongo que te pasará lo mismo. Hace pocos días (el 15) hablé con él. Me dijo (que) tenía empezado un poema religioso, y me recitó su inspirada Introducción, diciéndome que ya lo tenía bastante adelantado

Localizado el cadáver en la madrugada de ese mismo 30 de julio, el primer telegrama que se recibió en Compostela con la noticia comenzó a circular a las 10,00 horas, siendo plenamente confirmada la información telegráfica a las 11.00. En breve tiempo, “circularon esquelas de convite, impresas, para reunir a los amigos y admiradores del poeta”.

Entre tanto, el intenso progresismo democrático coruñés se había movilizado, comprando un nicho en el cementerio y preparando las más solemnes honras fúnebres.

Hijos de Apolo
(Aurelio, Murguía y Rosalía)

“Si alguna vez en esta tierra (habla de Galicia) que hemos convenido en llamar del buen sentido, fue amado un hijo de Apolo, Aguirre fue ese mortal afortunado; si alguna vez los versos de un poeta fueron escuchados con amor bajo el cielo que se ha convenido también en decir que es poco amigo de las musas, los suyos fueron los primeros… y los últimos!”, escribió Manuel Murguía en el arranque de Los precursores (Coruña, 1885). Un cuarto de siglo más tarde.

Hijos de madres vascongadas, nacidos en Coruña y Compostela en el mismo año (1833), Murguía situaba a Aurelio en su libro –por derecho propio- como el primero entre los pocos contemporáneos dignos de su tratamiento autobiográfico. Nadie, según él, merecía tales honores desde la anterior hornada de progresistas y neo-demócratas compostelanos, tipificada en la figura de Antolín Faraldo (Betanzos, 1823/Granada, 1853). Sin embargo, como el propio autor reconoce, Aguirre no tenía nada que ver con la tradición galleguista que Murguía trataba de abanderar, como si fuera propia, única y exclusiva, en ese libro. Tampoco su poesía, ajena por completo a la idea de poeta patriótico, ossiánico, que el autor proponía en marzo de 1857, con gran contento de quien fue su mayor seguidor en ese aspecto: el efímero pontevedrés José Rodríguez Seoane.

Una contradicción, pues, digna de análisis, porque de los diez precursores a los que se refiere en 1885, seis tienen poco o nada que ver con esa tradición, poética e ideológica. Sin embargo, el garibaldino Leonardo Sánchez Deus (n. en 1835), el clérigo católico, reconvertido en pastor protestante, Félix Moreno Astray (n. en 1823), el miniaturista y humorista gráfico Antonio Cendón (1839), el pintor Serafín Avendaño y los poetas, Eduardo Pondal (1835) y Rosalía de Castro (1837), ayudan –en 1858, insisto– a entender la singularidad de Aurelio Aguirre,  su capacidad de penetración en los sectores más activos y  diversos de la juventud (gallega) de su tiempo, y el impacto de su muerte. Algo que no sucede con Murguía ni con el citado Rodríguez Seoane, duro crítico éste de los Ensayos poéticos de Aguirre en un texto póstumo que el impacto de la muerte de Aurelio dejó inédito (recuperado -tras su propia muerte- por los aguirristas redactores de La Joven Galicia, en 1860), origen de una polémica esclarecedora en la que José Seijas Galarraga –hermano de Aguirre- lanzó la acusación de haber sido escrito “al dictado”. De Murguía, parece claro.

Corona fúnebre
(“De mil recuerdos caudaloso río”)

Hay que poner especial cuidado, pues, con Los precursores, tardío y fascinante libro de recuerdos y semblanzas de Manuel Murguía, precisado –como todas las memorias– de la necesaria iluminación de contextos.

Tal como el mismo cuenta, su relación personal con el privilegiado “hijo de Apolo” fue muy temprana, pero no dejó la menor huella en su memoria personal hasta muy tarde (el verano de 1855, tres años antes de la muerte de Aurelio).

Al margen de sus epistolares desencuentros posteriores (cinco cartas suyas guardó el memorialista, 1856-1858) y a pesar de las sugerencias de Aguirre, lo único cierto es que Murguía –que presumía (1885) de prologuista (preferido) de los Ensayos poéticos- no publicó nada sobre Aurelio en vida de éste. Bien por el contrario, sin ser propiamente hablando aguirristas, los precursores antecitados tuvieron alguna forma de relación, directa o indirecta, con el difunto. El caso de Eduardo Pondal y de su hermana Eduarda es claro; pero aún resulta más revelador el caso de quien ya era la novia de Murguía en julio de 1858, Rosalía de Castro, y el no menos significativo de la prima carnal de ésta, María Hermida (“querida mitad del alma mía”, escribió Aurelio en la hora de su muerte).

En los dos últimos casos, las relaciones directas de juventud fueron tan intensas como para que una persona tan bien informada de cuanto había acontecido en Compostela desde los años 40, el aguirrista y galleguista José Domínguez Izquierdo, situara los versos de marca de Rosalía en la obertura de los homenajes poéticos de la corona fúnebre de Aurelio (Compostela, 1859). Unos versos, por cierto, que Murguía –ausente de ella- no incluyó en su más que cuestionable edición de las obras de su mujer (1909):

Lágrima triste en mi dolor vertida,
Perla del corazón que entre tormentas
Fue en largas horas de pesar nacida,
En fúnebre memoria convertida
La flor será que a tu corona enlace;
Las horas de la vida turbulentas
Ajan las flores y el laurel marchitan;
Pero lágrimas ¡ay! que el alma esconde,
Llanto de duelo que el dolor fecunda,
Si el triste hueco de una tumba anega
Y sus húmedos hálitos inunda,
Ni el sol de fuego que en Oriente nace
Seco su manantial a dejar llega
Ni en sutiles vapores le deshace;
¡Y es manantial fecundo el llanto mío
Para verter sobre un sepulcro amado
De mil recuerdos caudaloso río!

La tensión Coruña-Santiago
(Honras fúnebres)

Cuando los compostelanos conocieron la noticia de la muerte de Aurelio Aguirre y los preparativos que se venían haciendo en Coruña para darle una despedida acorde, la tensión histórica entre las dos ciudades afloró de nuevo; pero esta vez la competencia alargó el ritual de las honras fúnebres durante varios días sintomáticos. Tanto en Coruña como en Compostela.

La prensa de Madrid, informada de lo que venía aconteciendo en Galicia por sus corresponsales, amplificó la curiosidad por un personaje al que ya había prestado atención en otras ocasiones, al aparecer íntimamente ligado (desde el verano de 1855) al ala más avanzada de la frustrada revolución progresista.

Como la familia del difunto demostró interés en que su última morada estuviera en Compostela, los coruñeses se vieron obligados a modificar sus planes iniciales para acompasarlos con los compostelanos, sin minorar su brillantez.

Nicolás Martínez Murguía nos contaba cómo Santiago tardó pocas horas en aparecer empapelado con esquelas estratégicas convocando a pública reunión. Celebrada ésta, se tomó -como primera medida- la decisión de embalsamar el cadáver, encargándose de ello de manera voluntaria y desinteresada Ramón Otero, catedrático de Medicina en la Universidad y médico que había sido de los duques de Montpensier.

Aunque hubo importante presencia de notables en la reunión compostelana (el conde de San Juan, el vizconde de Espasantes, el rector de la Universidad, el marqués de Bóveda de Limia, José Varela de Montes, Juan Compañel…), al estar en Compostela un desterrado gubernativo de la Universidad de Zaragoza, nadie osó disputar a Eduardo Ruiz Pons la presidencia.

Las pasadas atlánticas de Ruiz Pons
(Asesinato, ejecución y tensión social en Compostela)

Ruiz Pons (Coruña, 1819/ Oporto, 1865), padronés desde la infancia y compostelano de formación, también era poeta, constante lector de poesía y propagandista de poetas. Se había convertido en un tipo legendario en Aragón, en Madrid, Coruña, Padrón, Compostela, Pontevedra y Orense.

Profesor de los primeros Institutos de Enseñanza Media en Pontevedra y Orense, abanderado de la milicia estudiantil compostelana en el pronunciamiento progresista gallego de 1846, era en 1858 una de las figuras de mayor relieve del partido demócrata, militando –a la manera de su amigo y colaborador, Sixto Cámara– en la extrema izquierda insurreccional, miliciana e internacionalista del movimiento democrático europeo.

Como diputado por la provincia coruñesa en las Cortes Constituyentes de 1854, había votado el destrono de Isabel II (a la que nunca pasó de llamar –como hemos dicho de Aurelio-“señora distinguida”). Defendió en Cortes –al mismo tiempo- la singularidad administrativa de la Compostela histórica y la libertad de cultos, estableciendo una renovadora distinción entre clero católico y curas o frailes trabucaires, mostrando respeto por la labor de los pastores protestantes…

Catedrático a la sazón del Instituto universitario de Zaragoza, dotado de imponente aspecto y voz tronante, lideraba el potente progresismo democrático aragonés y era coronel de su milicia nacional. Mantuvo desde la mocedad hasta la muerte conexiones con unionistas polacos, iberistas (lusitanos, gallegos y españoles) y garibaldinos, partidarios a la sazón de los Saboya del Piamonte y de la reunificación de Italia.

Su pasada por Galicia del verano de 1855 tuvo emoción especial.

 

La tensión por los graves problemas del país (hambruna, peste, escasez de subsistencias) era cortante. Entre otros conflictos, hizo explosiva la relación entre las distintas facciones de la milicia nacional compostelana. Para hacerle frente, restableciendo su control, el Gobierno desplazó de Coruña a Compostela a Pablo Fernández Taboada (otro protagonista destacado de los sucesos gallegos de 1846, casado con Matilde Ruiz Pons, la única hermana del diputado).

Apenas tomada la posesión de su jefatura, Pablo fue abatido y muerto de un balazo, disparado por uno de los milicianos bajo su mando. Ejecutado éste por orden terminante del capitán general tras un juicio sumarísimo, la tensión miliciana subió de punto. Frescos estos sucesos, en ese ambiente emocional, al luto familiar vino a añadirse la admiración por la tarea parlamentaria de Ruiz Pons. Y así estaban las cosas cuando Eduardo llegó a Compostela. Manifestación de lo uno y de lo otro fue la importante concentración de simpatía que tomó por voz los versos del miliciano Aurelio Aguirre.

A ti del pueblo salvador escudo
Lumbrera de su hermoso porvenir:
En nombre de sus hijos te saludo,
Honrados como yo son en sentir.

En nombre de la patria que te adora
Por ser de sus derechos defensor,
Mi lira que jamás fue aduladora
Himnos te da de gratitud y amor.

Habló el poeta en clave ruizponsista, por lo que pudo terminar con este remache galleguista:

Tiende sobre tu patria una mirada…
Sobre la patria que te vio nacer…
(…)
Si, mírala: contempla el desconsuelo
en que sus hijos por su mal se ven.
Vela por ella, y lucirá en su cielo
la suspirada aurora de su bien.

Vela por ella, y se verá Galicia
Grande y temida como un tiempo fue,
y no juguete vil de la codicia
de hombres sin corazón, cual hoy se ve.

Los insurreccionales
(La conexión Aguirre-Ruiz Pons)

Aún gobernaba entonces (1855) un espadón progresista, el general Espartero.

Dada la potente significación de Ruiz Pons desde su primera intervención en aquellas Cortes, no puede sorprender que la prensa madrileña más afín al movimiento democrático progresista prestara atención especial al recibimiento compostelano. La Iberia, el más importante portavoz del progresismo español, lo apunta como mérito del diputado (“es acreedor a esas ovaciones por su fe y energía política”); pero desde entonces la prensa de los demócratas, aprovechará la conexión Aguirre-Ruiz Pons para resaltar la creciente importancia numérica de sus correligionarios en Compostela y en Galicia.

Además de la amistad de Aurelio y Eduardo, que ya fue de por vida, aquel encuentro tuvo otras consecuencias. En el caso de Ruiz Pons, confirmaba su lejana atención (no sólo profesional, como enseñante, también política) a los movimientos juveniles (algo que Mazzini y Garibaldi venían cultivando en Europa, como alternativa necesaria –de corte miliciano– a los pronunciamientos militares clásicos de los espadones del Ejército regular).

Estaba naciendo, en efecto,  en la Compostela clerical, lo nunca visto. Un movimiento democrático mayormente estudiantil, con presencia minoritaria (pero patente) de algunas jovencitas (Rosalía de Castro, María Hermida y Castro, Eduarda Pondal, Peregrina Compañel…), y la primera variante de lo que iba a ser La Joven Galicia de Manuel Ángel Corzo (n. en Santiago, 1841).Esto es: el origen sociológico de los suscriptores compostelanos de La flor (el primer libro de Rosalía, Madrid, 1857) y de los 150 suscriptores compostelanos de la edición por entregas de los Ensayos poéticos de Aurelio (Santiago, 1858). Los  impulsores –tras su muerte- de la Corona fúnebre del propio Aguirre (Santiago, 1859). El más directo e inestudiado antecedente de los demócratas federales posteriores…

La opinión de Murguía, expresada en Los precursores, tratando de despegar a Aurelio Aguirre de ese movimiento juvenilista internacional (al fundir demócrata-y-republicano), para divorciarlo del radicalismo (que da por republicano) de Ruiz Pons, dejándolo flotar al margen de la Historia, me parece insostenible en todos sus matices.

El accidentalismo democrático
(La Discusión, La Oliva y El Miño)

La Discusión, el prestigioso diario demócrata madrileño que dirigía el atlántico gaditano Nicolás María Rivero (1818-1878), nació al mismo tiempo que La Oliva aparecía en Vigo (febrero, 1856). Como en este notable periódico gallego de los Chao, los demócratas y los progresistas más radicales sacaron mucho partido a la siempre necesaria distinción entre demócratas accidentalistas (a la manera de los garibaldinos de entonces, partidarios de la unificación de Italia bajo la real Casa de Saboya) y demócratas republicanos (caso de Mazzini), marchando juntos, a pesar de las profundas diferencias. Justo la lucha que –tras la muerte de Aguirre- ha de abanderar Ruiz Pons y el compostelano Leonardo Sánchez Deus (uno de sus enlaces galaico-portugueses con la plana mayor de Garibaldi en todo el proceso constitutivo de la Legión Ibérica)

Un ambiente que se fue cociendo en Compostela a partir de  aquel verano de 1855 y que tuvo su primer momento álgido con el Banquete de Conxo (marzo, 1856), donde fue Aurelio Aguirre protagonista indiscutible e incomparable.

 

En el tramo intermedio (desde marzo, 1856, hasta la muerte de Aurelio, julio, 1858), se sucedieron en España varios gobiernos de distinto signo; pero contradictorios todos con el progresismo democrático.

Tras el descalabro del espadón Espartero (julio, 1856) y el breve mandato del espadón O’Donnell, retornó el espadón Narváez (¡12 meses!). Les siguió la breve pasada del almirante Armero y la poco menos breve del veterano Istúriz. Y así, hasta que O’Donnell inició su mandato largo (30 de junio, 1858), un mes antes de la muerte del poeta.

Las alternancias gubernamentales originaron los consiguientes bandazos estratégicos en los progresistas de avanzada y en sus aliados históricos: los demócratas, más que variopintos. La relación Aguirre-Ruiz Pons se mantuvo invariable en tan movida circunstancia histórica.

 

Lugar de encuentro de progresistas de avanzada y demócratas de todas clases, La Discusión, La Oliva, El Miño, se valieron en ese intermedio de la personalidad pública de Aurelio Aguirre. Es por ello que el novísimo movimiento democrático compostelano aparece siempre ligado, en los periódicos de Rivero y de los Chao, a la exitosa actividad proselitista del joven poeta santiagués.

Coherente con ese continuado interés por su actividad, el diario madrileño inició el 4 de agosto de 1858 la serie de informaciones sobre su fallecimiento, abriendo su propia suscripción pública para dar la máxima brillantez a los actos que se estaban sucediendo (y los que vendrían después) en memoria del joven poeta de los demócratas gallegos.

Ya en ese día su corresponsal en Coruña, tras dar cuenta de algunos detalles del suceso, lamentaba la inesperada pérdida de un “joven de grandes esperanzas para el partido democrático y más aún para la literatura”.

 

Del sepelio
(La Unión Liberal como mal menor)

El mismo 4 de agosto de 1858 otro importante periódico de Madrid, monárquico y contrario de La Discusión en el plano político, dio la pauta de lo que iba a ser norma ante la inesperada noticia de la muerte de Aurelio.

La España, en efecto, lejos de repetir la actitud observada por la prensa del moderantismo (como había hecho dos años antes, cuando se celebró el Banquete de Conxo, marzo 1856), se mostró llanamente informadora, participando sus parciales locales en los actos de homenaje al poeta muerto.

 

Presionados por su elemento juvenil, el viraje de los moderados y progresistas próximos a la naciente Unión Liberal, el partido que lideraba el general O’Donnell, era lógico, puesto que éste –precisado de apoyos- acababa de tomar, por varios años, las riendas de un Gobierno de infrecuente duración en la España del siglo XIX (1858-1863). Lograr, si no la colaboración, por lo menos la neutralidad, de los admiradores de Aurelio Aguirre, a nada comprometía; pero era un giro revelador.

Resulta harto elocuente que un joven unionista del relieve de Saturnino Álvarez Bugallal (con Eugenio Montero Ríos, los dos alumnos más brillantes, formados –junto a Aurelio- en la Facultad de Derecho de Compostela) fuera aguirrista, hasta el extremo de encargar a su familia la búsqueda de suscriptores a las entregas de los Ensayos poéticos.

 

El viraje unionista es importante, porque refuerza la idea de que –tras la nueva pasada de Narváez por la historia política de España (1856-1857)- el unionismo se consideró (incluso por muchos demócratas y lo que quedaba del maltrecho progresismo) un mal menor. Y esa fue la razón de que fueran juntos, en aluvión, a los actos de homenaje a Aguirre al conocer su muerte inesperada.

Aún hubo otro cambio de actitud que no dejó de sorprender, después de la dura ofensiva librada por el arzobispo García Cuesta y las autoridades eclesiásticas contra Aguirre y Pondal, tras el banquete de Conxo. Me refiero al comportamiento observado por los católicos.

Se puede presuponer, en este caso, que -dada la potencia caritativa laica de Aurelio- la Iglesia tampoco quiso permanecer ausente. Bien por el contrario, se hizo ver de manera ostensible en los actos funerales, a pesar del rum-rum del suicidio y de las ideas del difunto. Fue espectacular, en ese aspecto, la despedida coruñesa del domingo, 31 de julio. En el desfile interminable (junto a la enorme  concurrencia de todas clases, jamás vista en actos de ese estilo) llamó la atención de los corresponsales la presencia de todas las cruces parroquiales de la ciudad.

 

Tras la imponente despedida coruñesa, se produjo la no menos emotiva recepción compostelana. Precedió ésta a la conducción del cadáver embalsamado al cementerio de Santo Domingo de Bonaval. Alfredo Vicenti,  -compostelano- dejó de ella este relato, como suyo digno de leer:

Hablose de un suicidio misterioso, no considerando la congestión cerebral como fin adecuado y suficiente para un poeta tan grande y tan amado, y se produjo un unánime clamoreo protestando contra la idea de que fuese enterrado el cuerpo en La Coruña, ciudad nunca muy querida de los santiagueses, y que lo era menos todavía en aquellas circunstancias.

El “Liceo de la Juventud” se encargó de realizar la aspiración del público. Tampoco los camaradas de Aguirre podían consentir en abandonar el cadáver de Aguirre a otras manos y otra tierra.

Previas las necesarias licencias, para cuya concesión se mostraron animadas de iguales deseos las autoridades civiles y eclesiásticas, y cuidadosamente embalsamado el fúnebre despojo, entró a los pocos días en la ciudad natal, guardado por una escolta de amigos.

La juventud del “Liceo” y los obreros demócratas esperaban al ataúd en el lugar llamado “Crucero de las Coruñas”, con hachas encendidas en las manos.

Cuando hubo llegado la querida carga, tomáronla a hombros los más íntimos, y se dirigieron con ella al cementerio general, seguidos de todo un pueblo.

A las puertas del campo santo y vestida de luto estaba una mujer que, al asomar el cortejo, gritó con vida y alma: “Aurelio, Aurelio mío”, y cayó por tierra desmayada y moribunda.

Los camaradas se subdividieron entonces; la mitad condujo el ataúd a la fosa, la otra mitad rodeó a la prometida del maestro. La multitud, conmovida y llorosa, siguió a los primeros y se apartó con respeto de los segundos.

Ciertamente, los que hoy reflexionen y mediten sobre esto, los cultos y mesurados hijos de la generación actual que rinden culto no más que a las conveniencias, y temerosos de dar en lo ridículo ocultan su dolor como si fuese un vergonzoso pecado, no comprenderán aquellos sucesos y pensarán que cuantos en ellos tomaron parte tenían algún tanto soliviantado el juicio.

Bien puede ser que estén en lo cierto, pero ¡oh noble y santa locura!

La insurrección poética de Conxo
(El aguirrismo)

Nuestro amigo Justo Beramendi, en un esfuerzo de muchos años digno de agradecer, ha dedicado más de mil páginas a la historia del galleguismo y el nacionalismo gallego, utilizando exhaustiva información galleguista y reordenando en lo posible las propias fuentes del movimiento. Las únicas reiteradas hasta la extenuación por los “historiadores” gallegos; pero en el más puro desorden. Pese a tan grande esfuerzo, todas las claves ideológicas e históricas que ayudan a explicar el caso Aurelio Aguirre y el aguirrismo histórico brillan por ausencia en su libro. Y no por criterio selectivo de este historiador, sino por la insuficiencia de un enfoque condicionado por las precarias fuentes susodichas.

La causa polaca de Mickievich, la incansable lucha insurreccional de Mazzini, el talento militar de Garibaldi, el carbonarismo, etc, fundamentales para acercarnos a Ruiz Pons, Sánchez Deus y los movimientos juvenilistas (La Joven Italia, La Joven Europa, La Joven España, La Joven Galicia, La Joven Asturias…) y sus análogos portugueses, están literalmente ausentes, como si no hubieran existido ni tuvieran nada que ver con Galicia y el galleguismo liberal-demócrata decimonono. Sin embargo, el himno de los casacas rojas de Garibaldi (sin ir más lejos) compitió con los de Riego y la Marsellesa en todas las celebraciones políticas de la avanzada gallega desde entonces hasta el fin de siglo. La lucha por la Italia unificada y la cuestión romana fueron asuntos cruciales de la época desde ese momento, y objeto de constante atención en La Oliva y El Miño desde sus orígenes.

 

La presencia en Galicia del iberismo y el carbonarismo, con sus chozas clandestinas, permanece ausente de la historiografía gallega y galleguista, contra toda lógica. Sin embargo, como Beramendi sabe mejor que la mayoría, el neo-nacionalismo de los pueblos de Europa va aparejado a esos movimientos juvenilistas. Más integradores –bajo formas diversas- de las pequeñas en las grandes patrias, que secesionistas.

Murguía, bien por el contrario, se situaba en otra posición, más bien antitética. Incluso en la velada oposición a la muy candente reunificación de Italia y a su consecuencia: el enfrentamiento con el poder temporal del papa por la cuestión de Roma. De ahí su intencionado silencio, tan grande como un mar, acerca de trayectorias tan próximas a su personal experiencia.

Ese sí que era, sin embargo, el contexto internacionalista de Ruiz Pons, Aurelio Aguirre y del importante iberismo español y galaico-portugués de aquellos tiempos. Razón de que fuera Oporto la ciudad donde el desterrado Ruiz Pons va a desarrollar su última actividad proselitista, y donde se mantiene su tumba (lugar de peregrinación de los demócratas gallegos durante décadas)…

 

El banquete de Conxo (domingo, 2 de marzo, 1856), de clara inspiración ruizponsista, ya despertó –como avanzamos- enorme expectación y oposición.

Era un síntoma del malestar de los demócratas (y de los progresistas más próximos) hacia el progresismo reaccionario del Gobierno de Espartero-O’Donnell, cuando ya tocaba sus días postreros.

Los toques panfletescos anti-monárquicos (“Brindo por el primer torero que capee en la plaza con manto real”) o las alusiones iconoclastas a la libertad de cultos (“Brindo, aunque al Papa cause risa,/ por el primer protestante/ que en España diga misa”), son anecdóticas, aunque reveladoras del ambiente. Podían incluso ser consecuencia del era o viño, meu ben, era o viño, tan propio de la mesa gallega; pero lo de Eduardo Pondal y Aurelio Aguirre fue otra cosa. Sobre todo, la intervención de Aguirre.

Su intervención en esa formidable representación ritual, plagada de ingeniosas novedades, celebrada en el bosque más monumental que se pueda concebir, ante centenares de “hijos del pueblo que los amaban y los hubieran seguido, si necesario fuese, lo mismo que al festín a la batalla” (escribió Vicenti), fue sencillamente memorable. La mejor prueba de su gravedad, si se mira desde el llamado “orden establecido”, es que su brindis (por el contrario del de Pondal) nunca más se publicó íntegro. Ni siquiera al día en que cierro este capítulo de la Atlántica Memoria (octubre, 2013). Y La Oliva, el único periódico gallego que salió en su defensa, tardó más de 10 días en hacerlo.

Aclararé esto.

Hojas volanderas
(El documento de la Biblioteca Nacional de España)

Importa tomar nota de este pequeño detalle, hasta aquí desconocido. Las publicaciones impresas de Aguirre no se limitan a las 9 entregas de los Ensayos poéticos.

Demasiado aislado en Compostela, donde no había periódicos propiamente dichos en aquel entonces, no deja de llamar la atención que -desde los 17 años (1850)- se conozcan cuadernos autógrafos diversos (propios de Aurelio o copiados a mano por sus devotos admiradores). Contienen dibujos y poemas (uno satírico, en gallego, de notoria importancia analítica, lanzado contra cierto profesor compostelano, fue localizado por José María Álvarez Blázquez en Asturias un siglo más tarde, y dado a conocer en la revista Grial, 1966).

A partir de determinado momento, en las apariciones públicas de relieve, Aguirre repartía esas hojas volanderas, impresas en distintas imprentas compostelanas. Hay una significativa colección de ellas en el Museo de Pontevedra. Su presencia regular en La Oliva y El Miño interrumpió o minoró esta tendencia, al hacerla innecesaria; pero en el Banquete de Conxo su intervención pudo haber sido repartida entre los asistentes de ese modo. Escrita e impresa. Esa nos parece (al menos) la intención.

El documento (una joya para el analista) lo conserva la Biblioteca Nacional de España, manteniendo su tenue toque de color. Y está perfectamente fichado en el catálogo electrónico de la extraordinaria institución.

La hoja parece haber sido donada para la Sala de Varios -creada en 1867- por José M. Landeira (¿Domínguez?), “joven literato”, según una dedicatoria de su amigo Eduardo Pondal (El País, Pontevedra, 1858). Así reza, en efecto, un resaltado que ha carcomido el tiempo, y según consta en nota a lápiz, datada en 1869 (donación del 7-IX), en pleno sexenio democrático.

Nuestro inolvidable amigo pontevedrés, Antonio Odriozola, ya nos hizo saber hace muchos años que Manuel Otero Landeira fue un impresor demasiado efímero para no despertar sospechas. Nuestro amigo, que era tenaz en esas búsquedas, como bibliófilo de nivel internacional, sólo llegó a conocer un par de folletos salidos de su imprenta. Murguía (1862), uno. Los editores del utilísimo catálogo A imprenta en Galicia. Século XIX anotan cuatro (una hoja relacionada con el célebre banquete, buscando rebajar la tensión política acumulada; un programa revelador del Instituto Universitario de Santiago para el curso 1856-1857; una novena, y los estatutos de la novedosa Sociedad de Seguros “La Titular” de Narciso Zepedano). Todo en unos 10 meses del bienio, 1856-1857, por lo que se refuerza la idea del ahogo político del impresor por la difusión de esa hoja…

La excepcionalidad del documento de la Biblioteca Nacional se refuerza con este detalle. Por lo que yo sé y hasta el momento en que escribo esta historia nadie ha citado jamás ni parecía conocer la existencia de Brindis pronunciado en el banquete democrático que se celebró el dia 2 de marzo en las inmediaciones de esta ciudad (Santiago, s.n., 1856. Imp. Manuel Otero. 1 h., 31 cm.)

Se puede y se debe sospechar que José M. Landeira es un pariente próximo del impresor, interesado –como el propio Pondal- en que se conservara, y en lugar seguro.

Que ninguna biblioteca ni particular conocido guardara en Galicia esa hoja de Aurelio, nos hace sospechar también que su retirada pudo ser gubernativa, y debió producirse –si no en el mismo banquete- en la propia imprenta. Lo que da idea de la tensión que se llegó a crear en torno al mismo.

Hay otro detalle revelador de esa tensión: el fuerte despliegue del Ejército regular en misión de orden público, dada la desconfianza y la falta de control del Gobierno sobre la milicia nacional, muy tensa internamente desde los graves sucesos de 1855, cuando se produjo el ya aludido asesinato del cuñado de Ruiz Pons. Sabemos que fue en aquel entonces cuando –en medio de la agitación social por los problemas de todo orden allí anotados- saltó por primera vez al ruedo social e ideológico compostelano otro nombre cargado de significación revolucionaria, por su incidencia en la cuestión vertebral de toda revolución social: el cuestionamiento de la propiedad, la riqueza y la renta. Me refiero a Pierre-Joseph Proudhon. Una incidencia que parece haber alarmado de manera especial arzobispo García Cuesta…

El diseño teatral del Banquete
(Aguirre y Pondal)

Siempre hay antecedentes, pero nadie podrá negar la originalidad del Banquete de Conxo, minorando su importancia en la historia política de la época. De ahí su repercusión informativa y propagandística, a pesar de la censura. Razón de que fuera imitado en otras latitudes, manteniéndose vivo –como noticia- durante bastante tiempo (y -como modelo- durante muchos años). Incluso en la prensa de Madrid (y reveladoramente, en la de Aragón y Galicia).

La puesta en escena –teatral y muy intencionada, sin duda obra de Aguirre- nos recuerda la evangélica última cena, con la mezcla –que sólo él era capaz de lograr- de estudiantes progresistas y neo-demócratas con el proletariado de la ciudad afín a esas tendencias.

Falta llamar la atención sobre el hecho de que lo mismo Aurelio que otros varios asistentes, universitarios y proletarios, eran –a la vez- milicianos nacionales (legales entonces, con uso consentido de armamento por lo tanto). De ahí proviene, en mi concepto, la tensión ciudadana ante el inusual despliegue militar, insólito en Compostela. La razón de que –temiendo el enfrentamiento de regulares y milicias, tan de época- se vaciaran de paseantes los encantadores espacios del paseo dominical compostelano. Falsa alarma, porque no hubo barricadas, ni nada parecido. El retorno de los comensales fue pacífico y nada vociferante…

La teatralidad de los brindis la puedo describir aquí con seguridad, al tener delante el documento de la Biblioteca Nacional y la publicada intervención de Pondal, de la que también constan variantes.

En aquella “ópera” hubo dos “tenores”, por así decir: Aurelio y Pondal, si bien éste (como acaba de probar el profesor Félix Neira Pérez), presionado por su familia (recurrió al cura de su parroquia para que intercediese ante el arzobispo) se desdijo a los cinco meses. Aguirre, bien por el contrario, al ser llamado a capítulo, plantó cara al prelado, pero pensó muy seriamente en abandonar la ciudad, recurriendo para ello a la prometida ayuda de Ruiz Pons (en mala hora, porque el largo martirio de éste también había comenzado, manteniéndose la implacable persecución gubernativa –con respaldo de la propia reina- hasta su muerte, 1865).

El buen juicio acabó por imponerse en Compostela, sin embargo. Aurelio se supo apoyado en el ámbito civil por el fiscal de Santiago y por las autoridades académicas, presionadas éstas por el temor (harto probable) a la movilización miliciana de los escolares.

Los poetas comenzaron su lectura teatral intercambiando la cita inicial de sus propios poemas. Pondal, en la suya, escogió esta obertura anti-señorial e igualitaria de Aguirre:

Hijo del pueblo soy y me envanece
Digno vástago ser de su linaje.
Oprobio, mengua o maldición merece
quien el blasón de su virtud ultraje

Aurelio, por su parte, escogió para la suya esta cita de Pondal:

Oye pueblo… sectario de una idea
Bendecida por Dios, oid hermanos:

La insurrección cubana en Compostela
(“El primero las armas tomaría”)

En este caso, sin embargo, las exigencias del guión teatral del banquete y de los brindis obligaron a Aurelio a prescindir del comienzo que tenía previsto y que repuso, por lo menos, en el último de los cuadernos autógrafos a los que nos hemos referido: el titulado Recuerdos de agosto (Vigo, 1857), que guarda el Museo de Pontevedra.

En este confuso e ineludible manuscrito, Aguirre restableció el arranque de su intervención con la cita originaria, ya que era propiedad intelectual de “su mejor amigo”, el joven poeta cubano Francisco Curvia (hospitalizado de tisis en Compostela y fallecido en ese mismo año), amigo con el que Aurelio había desplegado -de principio a fin de su terrible enfermedad- todo su enorme potencial caritativo. Es importante esa apertura, sin embargo, porque la relación con Curvia nos da otras dos ideas claves, relativas al internacionalismo insurreccional mazziniano y ruizponsista al que me he referido:

Quién pudiera decir al mundo entero
a ese mundo gigante aprisionado,
que ser libres los hombres no es delito
que no nacen los hombres para esclavos.
Francisco Curvia

La esclavitud de los hombres (que apenas empezaba a ser ilegal en muy pocos espacios), en la ideología mazziniana y ruizponsista marcha en correspondencia con la esclavitud de los pueblos. Así se lo explicaba Aguirre en otro poema fundamental al amigo moribundo, a propósito de un tabú: el movimiento insurreccional de Cuba, contra la España (colonialista) de la época:

¡Oh! yo soy Español, pero si un día
A Cuba mi Destino me llevara
Y en contra de bastarda Tiranía
El grito de los libres escuchara
El primero las armas tomaría
Aunque traidor también se me llamara.
Que si un pendón de libertad ondea
Nunca es traidor el que por él pelea.

Pero esa misma amenaza insurreccional, en la que Sixto Cámara (m. en 1858) y su amigo y colaborador Ruiz Pons (m. en 1865) perderán la carrera, la salud y la vida, ya está prefigurada en la estrofa maldita que Aurelio Aguirre pronunció (algo dulcificada) en el Banquete de Conxo y que –sustituida por puntos de autocensura- jamás he visto impresa y publicada en ninguna de las innumerables referencias posteriores al histórico encuentro compostelano:

Jornalero, levántate y despierta.
Abandona un momento los talleres
que tu sueño al baldón abre la puerta.
Vela por tus derechos, si no quieres
ver de tus hijos la deshonra cierta…
si no quieres mirar a tus mujeres
arrastrando por ti las infelices,
el epíteto vil de meretrices…

La estrofa maldita
(“Estamos en estado de sitio”)

En realidad, la estrofa insurreccional de Aurelio era más dura y explícita en su primera versión. Aguirre consintió (o tuvo que consentir) en darle esa forma más blandita en el brindis impreso que guarda la Biblioteca Nacional. Sin embargo, en Recuerdos de Agosto, 1857, en pleno Gobierno de Narváez, restablece la originaria con toda su crudeza, en coherencia con lo que hemos leído del poema simultáneo de homenaje a Curvia y con la lucha que venían librando Ruiz Pons, Sixto Cámara y otros demócratas radicales por entonces:

Jornalero, levántate y despierta
Abandona un momento los telares
Que tu sueño al baldón abre la puerta
Echa manos de las armas si no quieres
Ver de tus hijos la deshonra cierta…
Si no quieres mirar a tus mujeres
Arrastrando por ti las infelices
El epíteto vil de meretrices.

Contra lo que pudiera parecer, no se trata de una llamada a la insurrección armada agraria sino a la internacional proletaria y democrática, y marcha muy apegada también al uso de la palabra jornalero (de jornal), reiterada en el discurso político de Ruiz Pons en Aragón, y –contra Narváez- en el Manifiesto al Pueblo Español de la llamada Junta Nacional Revolucionaria de 1857 (léase en Clara Lida, Anarquismo…). Manifiesto (firmado por Sixto Cámara) que Ruiz Pons difundió en Zaragoza.

¿También se difundió en Galicia ese Manifiesto?

Es fácil presuponerlo, sabiendo lo que vamos conociendo. La sospecha gubernamental de que había sectores del progresismo y demócratas gallegos en ese movimiento, era fundada.

Eduardo Chao y su cuñado, José Ramón Fernández Domínguez (Carballo), ideólogo y auténtico editor-propietario de La Oliva, respectivamente, estaban por esa guerra insurreccional, incluso antes del aludido mandato de Narváez (1856-1857). La persecución gubernativa (“Estamos en estado de sitio”, escribía Alejando Chao, director formal del periódico vigués en febrero de 1857), precedió a su muerte. Era el comienzo de la radicalización armada, con el clásico recurso a las chozas carbonarias.

El cese del periódico vigués tuvo un damnificado: Alejandro Chao. Sin futuro en Galicia (como Manuel Otero, el impresor compostelano del brindis), el benjamín de los Chao tuvo que optar por el destierro que supuso su dolorosa emigración a Cuba (1857).

A pesar de las apariencias, la posición en que quedaba Aurelio Aguirre en su aislamiento compostelano (destierro interior) no era más favorable.

En la apariencia –insisto- hubo dos beneficiarios: Juan Compañel y el propio Aurelio. El primero, con el respaldo de los dueños de La Oliva (sus futuros hermanos políticos, tras el casamiento de 1863 con Emilia Chao),pudo imprimir y dirigir El Miño (a pesar de los inevitables contratiempos), navegando con gran habilidad sobre arenas movedizas, hasta la emergencia de la Unión Liberal, el mal menor; pero el periódico no pudo recuperar la denominación originaria hasta octubre de 1868, cuando Aurelio ya llevaba diez años enterrado. Al triunfar la llamada Revolución de Septiembre.

Para levantarle su decaído ánimo, Compañel y los Chao prepararon cuidadosamente la apoteosis olívica del poeta insurreccional en pleno mandato de Narváez (Vigo, verano de 1857). Pero fue entonces cuando Aurelio (al sentirse rendidamente enamorado) empezó a caer en cuenta de que “no tenía oficio, carrera, ni beneficio”. Nada que ofrecer a su prometida…

Con tamaña incertidumbre entró en su tramo final, definitivo. El ahogo compostelano y la falta de futuro abonaron la sospecha del posible suicidio, frente a la versión más cruda del accidente (un golpe en la cabeza, al lanzarse –despreocupado y feliz- al buceo entre las rocas de San Amaro).

Las demás discordancias del documento de la Biblioteca Nacional y los Recuerdos de agosto de 1857, en relación al brindis, son importantes para entender el internacionalismo democrático mazziniano y ruizponsista del propio Aguirre (“Pueblos de Europa, pueblos de la tierra…/ no hay más que una nación y un soberano”), pero no añaden demasiado a la versión difundida del mismo brindis que se puede leer en Poesías selectas (Edición de Leandro Saralegui Medina para la “Biblioteca Gallega”, Coruña, 1901, con múltiples reediciones posteriores).

Final con fin

Parece indiscutible, pues, que Aurelio Aguirre estuvo -desde los orígenes-en ese movimiento conspirativo e insurreccional cuya evolución –en su caso- truncó la muerte irreversible. En El martirio de Eduardo Ruiz Pons, documental biográfico en fase de realización por nuestro Taller de Ediciones (nuevo lujo de la Atlántica Memoria audiovisual) aclararé los contextos a través de este personaje, desconocido y memorable.

Consumado el traslado de restos y el sepelio compostelano, interrumpida para siempre la publicación por entregas de Ensayos poéticos, el interés por la figura de Aurelio se mantuvo viva, en Galicia y en Madrid, durante algunos años.

A finales de 1858 se supo que el cuerpo escolar compostelano estaba colectando lo necesario para la Corona fúnebre que José Domínguez Izquierdo llevó a puerto.

La edición (Compostela, 1859) abre con un interesante estudio biográfico introductorio de quien fuera gran amigo de los Aguirre Galarraga en su pasada por la Universidad de Santiago: Eduardo H. Bustillo (1836-1908), escritor atlántico y demócrata asturiano, de notable proyección posterior, que se había iniciado -con Aguirre y Rosalía de Castro- en la acción teatral del Liceo de la Juventud.

Es importante resaltar, sin embargo, que la versión originaria de esta aproximación biográfica se publicó –antes que en ninguna otra parte- en La Discusión, el diario demócrata madrileño de Rivero. Y no fue la única presencia significativa del poeta difunto en la prensa de Madrid. El Museo Universal de los Gaspar y Roig (la mejor revista española de la época, donde tenía peso histórico Eduardo Chao) volvió sobre él en marzo de 1859.

Todo apunta a que, en este caso, el interés informativo de la gran revista fue resultado paradójico de la visita de la reina Isabel a Compostela. De ahí que se hiciera cargo del tratamiento literario J. de Dios de la Rada Delgado, el cronista del Museo que llevó el peso de la expedición real a Galicia en septiembre de 1858.

Dadas las características, se le dio cuidadoso tratamiento gráfico en la plana de apertura, insertando en ella la primera variante conocida del único retrato fotográfico de Aurelio, dibujado y grabado esta vez por Alfredo Perea y José Severini.

En ese texto introductorio de la Corona fúnebre, multidifundido en la prensa demócrata, Bustillo reconocía que –hasta su aporte- sólo Eduardo Ruiz Pons había prestado atención publicística al personaje. Y era cierto.

Para anunciar con útiles apuntes autobiográficos la salida inmediata de los Ensayos poéticos de Aurelio, Ruiz Pons escribió en Zaragoza (11-IV-1858) una larga carta en la que informaba a La Discusión de la inmediata salida por entregas del libro de su amigo, correligionario y colaborador. La carta la difundió en el diario demócrata madrileño uno de los jóvenes redactores más populares: Manuel del Palacio (escritor-humorista que contaba con pasado coruñés y que iba a contar con inolvidable futuro como pontevedrés de verano, razón de que figure en el callejero urbano de Pontevedra desde hace un siglo). También fue Del Palacio el encargado de glosar en su “Revista de Madrid” la “Muerte de un poeta”.

Cerraré la intrahistoria de la amistad de Aurelio y Eduardo diciendo que en el ejemplar de su Corona que custodia el Instituto “Padre Sarmiento” de Estudios Galegos está anotado a mano, cerrando el texto impreso, firmado con iniciales (E. R.), este poema o ensayo de tal, de Ruiz Pons. En su calidad de poeta y como último homenaje al amigo y correligionario difunto:

No es tan triste la noche silenciosa
Con su manto de estrellas tapizado,
Como el recuerdo que a Galicia hermosa
De tu lira sonora le ha quedado.
Los ecos de tu voz dulce, armoniosa…
Por doquier que fuiste han resonado,
Mas la parca cruel de tu existencia
El reflejo empañó con inclemencia.

* * *

La notoriedad de Aguirre aún continuaba viva en 1864, un año antes de la muerte en Oporto del desterrado Ruiz Pons (1865).

Además de múltiples aportes poéticos de homenaje y de la recuperación en la revista La Joven Galicia (Compostela, 25-XI-1860)del polémico inédito de José Rodríguez Seoane (fallecido ese mismo año), se sucedieron los tratamientos de Murguía (Diccionario de Escritores, 1862) y Félix Moreno Astray (Historia de la ciudad compostelana, 1863). A aquel año (1864) corresponde el interesante retrato pictórico de Ramón Buch que guarda el Museo de Pontevedra. Después, fallecido Ruiz Pons, el interés se apagó. Casi de repente.

En 1868, el aguirrista Manuel Ángel Corzo, impulsor de los Ensayos poéticos y demócrata republicano (devoto de Ruiz Pons), con los jóvenes demócratas federales del Grupo de Fonseca (Vicenti, los hermanos Muruais, Waldo Álvarez Insua, Valentín Lamas Carvajal, etc.) trataron de traer los restos de Ruiz Pons para que descansaran junto a los de Aurelio en Santo Domingo de Bonaval… Sin embargo, Alfredo Vicenti ya escribía en 1870:

¡Aurelio! Esa turba fría
tirana y sierva del goce,
a quien encantaste un día,
vivo, no te comprendía,
Difunto, no te conoce.

¡Gloria póstuma! ¡locura!
Sólo un juglar pasajero
Se acerca a tu sepultura,
A decirte con ternura:
Descansa en paz, compañero.

Waldo Álvarez Insua (1856-1938), al recordar muchos años más tarde (1917) ese fallido intento de recuperar la memoria de Aurelio por su propio grupo generacional, nos informa (a propósito de Alfredo Vicenti) de que su obra tampoco tuvo continuidad en lo que se refiere a la colaboración y camaradería que había logrado Aguirre entre obreros, artesanos y estudiantes, cuyas relaciones entre sí empeoraron ostensiblemente:

¡Qué violentas y estrepitosas discusiones las que teníamos en nuestro “Club”, situado en una sombría casa de la calle del Franco en la que vivía uno de nuestros conjurados! ¡Qué resolución tan firme para lanzarnos al campo! ¡Qué desdén olímpico hacia las cosas pequeñas, las cosas materiales, las viles conveniencias personales! ¡Cómo íbamos a vencer y a humillar a los detentadores de la libertad humana! Hazañas dignas de ser cantadas por Homero, eran las que nos proponíamos realizar. El que más se distinguía por su prisa en pelear era Andrés Muruais, especie de Hércules con la maza siempre erguida contra los enemigos del pueblo, y que ensayaba sus futuros ejercicios bélicos apaleando a los artesanos, siervos del Cabildo, que surtían las procesiones, rezaban el rosario en San Benito y solían, con harta frecuencia, obedeciendo órdenes episcopales, tomar el camino de Navarra y Aragón para nutrir las filas carlistas. Alfredo (Vicenti) con su palabra persuasiva y apostólica calmaba sus ímpetus, conteniéndole en sus “loitas” que, algunas veces, empezaban en los bailes del exconvento de San Agustín y terminaban en la Falcona cuando no en el hospital.

Valentín Lamas Carvajal (1874), Alfredo Vicenti (1879), Manuel Murguía (1885), Leandro Saralegui Medina (1901), restablecieron –de manera más o menos instantánea- el interés con posterioridad… El último intento de hacer reflotar la memoría de Aguirre se produjo con ocasión de los centenarios del Banquete de Conxo (1956) y de la muerte del demócrata (1958), en pleno franquismo. Los jóvenes neogaleguistas, sin embargo, que acababan de redescubrir la importancia de la lengua gallega como instrumento de acción política, al ignorar cuanto les he contado, en lugar de promover el estudio del personaje, se opusieron a esa vitalización del recuerdo, propiciando el desconocimiento absoluto posterior de este entrañable capítulo de la Atlántica Memoria.

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