Una punta de Europa (Ritmo y matices de la vida gallega), una entre tantas aportaciones del arosano García Martí (1881-1966), alcanzó dos ediciones sucesivas. ¡En España, un éxito!. Su autor, que había sido secretario muy activo del Ateneo madrileño (1920-1922), seguía siendo un ateneísta muy activo y distinguido. El prólogo de Ortega se mantuvo en ambas ediciones, pasando después a las Obras Completas de este último.

La bonita edición príncipe, que ahora tengo ante mis ojos (Mundo Latino, Madrid, 1927), lleva esta expresiva dedicatoria impresa: “A mi ilustre amigo D. Ramón del Valle-Inclán, devotamente, El Autor”.

El libro y el prólogo tenía, pues, una carga de intención adicional. El Ateneo era en aquel entonces el centro de la contra intelectual a la Dictadura del general Primo de Rivera, y D. Ramón “el extravagante ciudadano” del dictador. ¿Cómo podía pasar desapercibida en Galicia la voz de Ortega en un libro como éste sobre la Galicia de aquel entonces? Ya hemos visto, en la cita de Nos, que tuvo discusión en los corrillos de costumbre; pero ahí murió todo.

Los redactores de Nos le aplicaron la habitual “frotadora del silencio”, que diría el poeta. El calvosotelismo (otro silencio al que pronto nos hemos de referir en LA CUEVA DE ZARATUSTRA) era demasiado poderoso y atractivo entonces para molestarlo con afrentas ateneísticas.

En el ambiente galleguista de la Galicia de 1927, con la excepción del solitario Portela Valladares y de los irmandiños alineados con Santiago Casares Quiroga (Antón Villar Ponte, Manuel Lugrís Freire…, que van a guillotinar las Irmandes en 1929), los demás estaban a gustito con la dictadura del general. Y no sólo ellos, por supuesto, también lo estaban amplios sectores del socialismo partidario. Lo estaban, además, unos y otros, con cierta razón, porque la gestión del sector calvosotelista no fue tontería (en Galicia, sobre todo). “¡Que ben aventa!”, escribió a la sazón Antonio Losada Diéguez a otro silenciado: el inagotable pontevedrés, Francisco Javier Sánchez Cantón.

Se entendería, pues, por esa circunstancia, el relativo silencio de entonces; pero no el de después, ni el de ahora mismo…

Hoy, que tanta monserga profesoral se publica a diario acerca de la nación en esta más que confusa España de las Autonomías, es inútil buscar una línea de referencia a esta breve reflexión sintética de Ortega. ¡Ni siquiera a Ortega abundan las referencias bibliográficas en ese género de literatura, despreciativa de cuanto ignora, reiterativa y tópica hasta el desatino!

Aunque sólo fuera por ello, merecería la pena refrescar la memoria.

ESTADO, NACIÓN Y REGIONALISMO NACIONALISTA
Por José Ortega y Gasset

Merece  sincero aplauso Victoriano García Martí por haberse atrevido a en­sayar una definición del alma gallega. Es seguro que a sus juicios se opondrán otros, que habrá disparidad de opinión sobre cómo es esa alma que palpita en una punta de Europa. Pero la discusión no hará sino subrayar lo más importan­te: la existencia, la realidad de un cierto modo humano, diferente de los demás y centrado en sí mismo, que es el ser ga­llego.

Yo creo que una de las cosas más útiles para el inmediato porvenir español es que se renueve la meditación sobre el he­cho regional. Hace años brotó en la vida vida  pública de España bajo desfavorables auspicios. De la idea de región -tan clara y tan fértil- se hizo un “regionalis­mo” arbitrario y confuso. Fue arbitrarie­dad y confusión mezclar desde luego el simple hecho regional con uno de los con­ceptos más problemáticos que existen en el conjunto de las nociones sociológicas: la nación. Se entendió la región como na­ción, es decir, se pretendió aclarar lo evi­dente con lo oscuro. ¿Quién, hablando en serio y rigurosamente cree saber lo que es una nación? A esta primera potencia de confusión se agregó otra mayor: se dio por cierto que a la idea de nación va ane­jo como esencial atributo jurídico la de Estado, es decir, la soberanía separada. Toda esta turbia ideología no ha hecho sino entorpecer el desarrollo del hecho re­gional y su aprovechamiento para una nueva forma de vida pública en España.

No es derramando fuera de sí misma la idea de región, centrifugándola hacia conceptos más amplios, cual es el de na­ción, o radicalmente cual es el de Estado, como se extrae de ella la mayor sustan­cia, sino al revés, reteniéndose en sus lí­mites y aun recogiéndose hacia dentro de ella. Por eso, al mismo tiempo que aplau­do el sentido de estudios como el presente y en su beneficio, considero ineludible de­nunciar el viejo regionalismo.

Toda mi fe en la fecundidad de un nue­vo regionalismo presupone que gallegos o vascongados o catalanes abandonen la creencia tan falsa como ingenua, de que basta con que exista una cierta peculia­ridad étnica, un cierto modo de ser cor­poral y moral para tener derecho a constituir un Estado. No se comprende que durante algunos años haya corrido este pensamiento como verdad evidente por sí misma. En primer lugar, no existe un de­recho a ser Estado, ni siquiera existe el principio o norma de que quepa derivar­lo y atribuirlo en justicia. Pero de existir ese principio sería más bien opuesto a lo que se supuso en los años del regionalis­mo nacionalista. Porque la nación, si algo medio claro significa, es comunidad de sangre y de las inclinaciones que la san­gre trasmite. Ahora bien, por muchas vueltas que se dé a los conceptos de soberanía y de Estado, no se halla en ellos la menor referencia a la comunidad sanguí­nea. Lejos de eso la convivencia estatal, la unidad civil soberana radica en la vo­luntad histórica -y no en la fatalidad biológica- de convivir. Y, en efecto, el origen del Estado y su desarrollo ha con­sistido siempre en la unión política de grupos humanos étnicamente desunidos. Mientras se siga amparando la decrépita y vaga doctrina que ve en el Estado una última amplificación de la familia y en ésta una especie de Estado germinal y nativo, no se entenderá nada del proceso histórico efectivo. El Estado nace siem­pre antes que la familia sensu stricto y si por familia se quiere entender sólo el grupo zoológico de padres e hijos será preciso decir que el Estado ha nacido en oposición a la dispersión de las unidades familiares o sanguíneas, obligando a és­tas a una unidad superior trans-zoológi­ca, que trascienda precisamente la diso­ciación étnica de hordas, pueblos, razas.

De esta manera, un nuevo regionalismo debería invertir los términos de la cuestión. Dada la diferencia étnica evi­dente -por ejemplo, Galicia, Vasconia, Cataluña- no debe preguntarse qué dere­chos políticos le corresponde, sino al re­vés, cómo puede aprovecharse en benefi­cio del Estado esa diferencia, precisamen­te por ser diferencia. Así viene el nuevo regionalismo a completar la idea de Es­tado, en vez de anularla como en el fon­do quería el viejo. Si el Estado es el prin­cipio de la unidad (jurídica), en lo hete­rogéneo (biológico) el regionalismo es el principio que subraya la fecundidad de lo heterogéneo dentro de aquella unidad. Para un racionalista al modo antiguo la heterogeneidad de fuerzas étnicas dentro de un Estado es un mal. Hoy empezamos a ver que la diferencia entre las almas regionales es una magnífica riqueza para el dinamismo del Estado, riqueza que es preciso aprovechar políticamente.

Cuando se leen estas páginas de García Martí en que aparece tan acusado el per­fil del alma gallega frente a los de otros grupos peninsulares, sorprende con ma­yor vehemencia que el hecho enorme de la peculiaridad regional no arroje la me­nor proyección sobre el régimen civil de España. Revela ello que nuestro Estado es un ente abstracto, como fraguado por generaciones muy geométricas: es un Es­tado en que sólo se afirma la dimensión de la unidad sin más modelado, relieve y calificación. ¡Unidad pobre, sin articula­ciones ni interna variedad!

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