Negocios, andanzas y moradas del Cuco de Lourizán

Hace muchos años, a raíz de la publicación de mi libro Agrarismo y movilización campesina en el País Gallego (Madrid, 1977), donde comparece el protagonista de esta historia como instigador en uno de los más sorprendentes movimientos sociales de la España de entre los siglos XIX y XX, Perfecto Conde Muruais y los amigos editores de la Gran Enciclopedia Gallega de Silverio Cañada me convirtieron en biógrafo de Eugenio Montero Ríos (Compostela, 1832/ Madrid, 1914): El cuco de Lourizán.

Fue una osadía por mi parte. No era consciente entonces de que iba a escribir acerca de una de las personalidades más herméticas, calculadoras y controladas de la historia política contemporánea. Ahora, al repasar mis apuntes de toda la vida de investigador, observo que las primeras notas biográficas de don Eugenio se remontan al día en que se hizo público su primer nombramiento como ministro de Gracia y Justicia en el Gobierno de uno de los pocos personajes por los que siempre demostró gratitud: el general Prim.

 

Comenzaba 1870. Tenía 37 años y en el pelo y la barba aún predominaba el negro sobre el blanco senatorial. Era más bien bajito; pero sin llegar al extremo de Murguía o Aurelio Aguirre. Aunque se movía ágilmente por su poco peso, se inclinaba hacia adelante al andar, y su rostro, iluminado por unos ojos verdes muy claros, sólo ofrecía verdadera confianza en la distancia corta. Se volvían temibles –por fríos, cautelosos y acerados- cuando se adentraba en los enredos políticos, los pleitos o las disputas parlamentarias. Para uno de los mejores intérpretes del cuco en su primera madurez, compendiaba el mandato de Cristo: Sed astutos como la serpiente y sencillos como la paloma.

Ya disfrutaba en 1870 de la mala salud de hierro que iba a acompañarlo hasta la hora de la muerte.  Por eso, a pesar de los deberes ministeriales y de una gestión bastante espectacular, no dejó de pasar su temporadita de junio en Panticosa, como hacía antes y haría después, hasta que contó con su legendaria quinta de recreo de Lourizán. Por lo mismo y porque comía matemático cuando el reloj daba la última campanada de las doce, era distinto de los demás ministros de la Revolución de Septiembre de 1868, amigos incondicionales de la buena mesa. Aborrecía comer fuera de casa, y desconfiaba de los restaurantes caros, porque su comida siempre fue frugal y harto controlada.

 

En aquella ocasión, el nuevo ministro entregó a los periodistas un retrato fotográfico y una nota autobiográfica muy breve; pero no se privó de recordarles que, al haber sido visitado por primera vez pocos meses antes, les había dicho: ¿Vienen ustedes a por mi biografía? Pues han perdido el tiempo. Yo no tengo biografía. Sólo soy un español.

 

Su vida en tres cuartillas
(Los silencios Montero Ríos)

En 1914, cuando a ese español le llegó la hora de su muerte, por disposición suya, la familia puso a circular un resumen biográfico de su vida pública con muy escasos destalles personales. Así pues, treinta años más tarde, cuando los editores de Purcalla encargaron al malagueño Francisco Mota la primera biografía completa de Montero para la serie de Presidentes del Consejo de la Monarquía de la editorial, el escritor se encontró con que no había biográficas disponibles de más de tres cuartillas para documentarse. No es extraño que la firmara con el seudónimo Juan del Arco.

El mismo hermetismo se reproducía en las entrevistas. Rarísimos los detalles personales. Hablaba justo lo que quería decir, y siempre de política. Uno de los más célebres reporteros de aquel tiempo, José María Carretero (El Caballero Audaz) logró entrevistarlo pocos meses antes de morir. Todos los detalles  de auténtico interés procedían de la observación personal que el periodista transmite de su casa de Madrid, no de las declaraciones. Decepcionado, yo creo que tardó más de 30 años en publicarla. Sin embargo, cuando lo hizo, llamó la atención hasta el extremo de recogerla en dos ocasiones, con ligeras variantes en los tomos segundo (1944) y cuarto (1946) de su Galería.  Volveré sobre ella.

 

Claro que había biografía. Ya en 1870. Pero es entonces y sólo entonces cuando arranca su bien nutrida leyenda gráfica, animada por célebres fotógrafos, dibujantes de nota, grabadores, pintores y humoristas, gráficos y literarios.

En ese primer momento, sólo se publicaron –con su retrato- dos variantes de la nota que el nuevo ministro entregó a sendos gacetilleros de dos excelentes revistas ilustradas madrileñas de la época. Y ya desconcierta que, durante muchos años, sólo esas escuetas informaciones se reiteren, incluso en biógrafos y panegiristas que tenían acceso directo al personaje.

 

Hay que esperar nueve años (1879) para que El Gallego, madrugadora revista de la Galicia de Buenos Aires, publique una excelente aproximación compostelana –admirativa y crítica- a la enigmática personalidad del ex ministro. La firma Numael. Seudónimo que pudiera esconder un nombre propio del periodismo gallego posterior: Bernardo Barreiro de Vázquez Varela. Dada la procedencia americana, pasó desapercibida.

En España hay que esperar a 1884, cuando don Eugenio –52 años- comenzaba a superar la esperanza de vida de los españolitos de la época, para que otro compostelano como él y como Numael, maestro ya de periodistas, sin firmarla siquiera, publique en El Globo, excelente diario madrileño que servía de portavoz a Emilio Castelar (último presidente de la Primera República Española y gran admirador intelectual del personaje), un texto memorable. Fantásticamente escrito en su vicentiniana escritura inconfundible.

 

Con acceso directo a quien se estaba convirtiendo en el cuco de Lourizán, ese texto, aparentemente anónimo, plagado de confidencias y claves penetrantes, fue objeto de innumerables plagios periodísticos posteriores. Sin embargo, y a pesar de que yo mismo lo incluí –junto a otras valoraciones posteriores del mismo autor, mucho más críticas- en uno de los dos libros que dediqué al gran maestro compostelano del periodismo español (2001) observo con pesar que los actuales biógrafos de Montero Ríos continúan desconociéndolo y, por tanto, enredándose en el mismo laberinto en el que yo me he metido cuando me convertí en osado biógrafo del personaje.

 

Primera clave
(Origen familiar y familismo estricto, hasta más allá de la muerte)

He nacido de un padre pobre; no soy rico, ni tengo esperanza de legar una fortuna a mis hijos. Las pequeñas comodidades que puedo proporcionarles las debo a mi trabajo personal.

Discurso en el Banquete de la Isla de Tambo, 1881

Casi sin excepción, las aproximaciones biográficas se refieren a la modestia de los orígenes de aquel ministro de Gracia y Justicia; pero sólo Alfredo Vicenti aclaró, con precisión compostelana, qué significaba nacer en el seno de una familia como la suya. Con cinco hijos y buen pasar cotidiano, pero dependiente en exceso del sueldo único y de la salud física y mental del padre. Sin horizonte claro hasta que dos de sus tres hijos varones –José y el propio Eugenio, apoyándose entre sí- despejaron su incierto futuro, al hacerse cargo del mantenimiento de su casa patronal.

Un padre “pobre” (entre comillas), receptor de la Audiencia, probo notario, muy bien relacionado por su oficio con la vida oficial y oficiosa de la ciudad, del que no me constan esquelas o necrológicas. Lo que también sucedió con la madre, fallecida en 1869.

Padre y madre impusieron, pues, en aquel hogar modesto el más riguroso y exitoso familismo. Y hay que decir que fue don Eugenio quien iba a llevarlo a sus extremos más rigurosos e ideológicos. Así lo expresó, en el mismo discurso de la Isla de Tambo, tras proclamar la honradez, como clave de su vida. Incluso como fundamento de sus éxitos electorales y materiales:

 

El hombre honrado –dijo- es la unidad constitutiva de la familia honrada, como ésta lo es a su vez de toda la sociedad moral.

 

Fruto de ese familismo estricto y de la suerte de vivir en Compostela, dos de los tres hijos varones de aquellos padres llegarán a tener nombre propio en la vida pública española. Gozaron de influencia y representación constante en distintos distritos, instituciones y negocios. Interpretaron por tanto un modelo sociológico e histórico que nos permite entender una de las vías más transitadas en España –entonces y hoy mismo- para acceder, por sus pasos, a la cúspide del poder político, y por ende, a la oligarquía funcionaria, a la riqueza más ostensible, al nepotismo y al caciquismo prototípico de la España de la época y de nuestra España de hoy. Con normalidad y todo paso a paso.

“¡Ese cura!”
(La suerte de la ciudad natal y los estudios)

Los que tenemos una edad pareja de la mía (n. en 1941) y la suerte biográfica de haber vivido en el seno de un hogar modesto en una ciudad capital de provincia entendemos la importancia de esa circunstancia para nuestros estudios. Y comprendemos, por lo mismo, la ventaja que –en Galicia- tuvieron los nacidos en Santiago de Compostela. Una ciudad, sin esa capitalidad; pero dotada de Seminario eclesiástico y Universidad pública. José y Eugenio Montero Ríos sacaron partido a esa ventaja biográfica. Sobre todo Eugenio. Es muy importante entender el cómo y el por qué.

 

El grupo de edad que fue viniendo al mundo entre 1830 y 1839, como consecuencia de la Revolución Liberal-Democrática en marcha, fue el primero que se educó en los nacientes Institutos provinciales o en los universitarios, anexos a las Universidades. Esto es: dentro de un nuevo concepto revolucionario de Enseñanza Media, que comprendía también a las Escuelas Normales. Una revolución dentro de la Revolución de enormes consecuencias para las juventudes de esas localidades. La enseñanza media se convertía así, bien en destino o bien (en los estudiantes más privilegiados) en la puerta que daba paso a la formación Superior, universitaria, destinada en exclusiva a las futuras élites.

Pues bien: durante casi medio siglo, Montero guardó silencio sobre este secreto biográfico que conocía todo el mundo en la Compostela natal, porque él –a diferencia de su hermano José, de Manuel Murguía o Aurelio Aguirre- utilizó en diferentes tiempos la doble ventaja de contar en su ciudad con Seminario y Universidad, sacando máximo partido a la posibilidad de estudiar en una y en la otra institución.

 

Alfredo Vicenti, que era republicano y siempre tuvo un toque volteriano, al desvelar por primera vez ese secreto biográfico en El Globo, lo explicó mejor que nadie.

En lo que iba a ser su máxima especialidad académica y jurídica como eminente canonista, esto es, como informado leguleyo de la Iglesia Católica y del poderoso clericalismo español, ningún lugar mejor que el Seminario. Para su escalada política y sus ambiciones mundanas más inconfesables nada mejor que el profesorismo del Instituto Universitario y la Universidad pública: la madre endogámica de todos los nepotismos, caciquismos, absentismos, intrigas, banderías, corruptelas y corrupciones, como ya predicaba en su tiempo el inefable Basilio Álvarez.

 

El joven Eugenio acertó plenamente al alargar –con la ayuda económica de sus padres y de su hermano- esa formación intermedia, tan novedosa entonces. Por eso llegó más tarde que sus condiscípulos al grado de Bachiller (a los 19 años) y al de Licenciado (¡a los 26!), pero con máximas calificaciones y un currículo incomparable y legendario.

Dado el éxito formativo, lo repitió con sus hijos.

En 1997 fui a Compostela para contar lo que jamás había sido relatado de un personaje como él, impulsor y rector de la enseñanza privada laica de la Institución Libre de Enseñanza. Pero hice notar entonces lo que no se dice: que el mismo don Eugenio (con el cardenal Payá y Rico y el conde de Toreno, a la sazón ministro de fomento de Cánovas del Castillo) también ayudó lo suyo a sacar adelante la enseñanza privada de la Iglesia Católica y, particularmente, la muy prestigiosa de los jesuitas (quienes aún lo llamaban –por su gestión ministerial revolucionaria- Lutero Ríos). Y les dije también que los hijos del familista Montero Ríos se educaron en las dos enseñanzas privadas, la laica de la Institución Libre y la jesuita de Camposancos. Origen de Deusto y Comillas.

 

No es raro, pues, que hasta su admirado amigo, el general Prim, se refiriese a él con la expresión ¡Ese Cura!, porque del seminarista le quedó, además del gusto por ayudar a misa en el oratorio de su casa de Madrid y en la capilla de Lourizán, el saber latín y otros rasgos prototípicos de los curas. A añadir a los horarios de comida, la siesta frugal con paseo posterior, tan personales y distintivos del personaje.

Desde pequeñito, Eugenio se despertaba con los pájaros, al romper el alba, y se acostaba con las gallinas, al anochecer. Cuando los españolitos gozaban de sus mayores goces callejeros y los intrigantes intrigaban por doquier, él ya estaba horizontal, pero despierto, leyendo o recibiendo visitas íntimas. Se dice que en todas las ocasiones en que fue ministro, la gestión del nombramiento lo pilló en la cama y que en días normales, al dar las once –con un escueto Mañana es otro día– apagaba la luz (que ya era eléctrica, incluso en Lourizán, desde 1887).

 

Un olvido biográfico inexplicable:
Joaquín María Sanromá en la Compostela democrático-progresista

Aún era estudiante de la Facultad de Derecho cuando publicó su primera obra, en edición pagada por uno de sus profesores y por sus compañeros, de los que siempre fue más admirado que temido.

La fama de aquel estudiante, de máximas calificaciones, llevada con orgullo por ese profesor (sólo cuatro años mayor que él, al que Montero dedicó la publicación) trascendió a Madrid. Verán por qué.

 

Entre mis lecturas centradas en el estudio del fascinante siglo XIX español, los dos tomos de las excelentísimas Memorias de Joaquín María Sanromá ocupan lugar de preferencia. Hoy se pueden leer en internet, pero yo aún guardo mis fotocopias de aquellos volúmenes, llenas de notas y avisos acerca de sus revelaciones. Y no acierto a comprender cómo -incluso en nuestros días- el relato de su pasada por Compostela, como profesor progresista de distintas materias y sobre todo de Economía Política, no es lugar común de todos los biógrafos de Eugenio Montero Ríos.

 

Montero Ríos y Saturnino Álvarez Bugallal –escribe Sanromá- fueron dos de mis discípulos más notables en la cátedra de Santiago. Cuando Montero se matriculó en Derecho, poseía un rico caudal de estudios teológicos que le facilitaban el cultivo de la alta especulativa aplicada a las Ciencias morales y políticas. Era el primero en todas las clases, y nadie se hubiera atrevido a disputarle aquel puesto.

 

Sanromá no utilizaba manuales, ni se limitaba a explicar su asignatura. Abría siempre un tiempo de preguntas y –con el alumnado- montaba lo que hoy llamaríamos unos seminarios específicos donde se trataban las cuestiones del día a día.

 

Aprovechaba Montero aquella coyuntura para entrar conmigo en corteses polémicas, y entonces era cuando podíamos apreciar la precisión de sus conceptos, su juicio clarísimo, su no común erudición, el vigor de su palabra severa, sobria, elocuente y, sobre todo, aquella portentosa habilidad que ha hecho del eminente canonista uno de nuestros más consumados políticos y una verdadera especialidad en táctica parlamentaria.

¿De qué se trataba en aquellos parlamentos? Es fácil adivinarlo si se sabe que Sanromá vivió en Santiago el llamado bienio progresista (1854-1856), cuando la mayoría de las cuestiones canónicas más características del futuro ministro, se estaban tratando ya en aquellas Cortes. Con especial protagonismo –precisamente en ellas- de un diputado galaico-padronés de voz atronadora y excelente formación compostelana, representante de Coruña, con potente influencia en la Compostela estudiantil y juvenil, liderada –en los Talleres artesanos y en la Universidad- por un compañero de Montero en la Facultad de Derecho: el poeta Aurelio Aguirre.

 

Eduardo Ruiz Pons, catedrático de Biología en el Instituto universitario de Zaragoza a la sazón, demócrata de corte más bien republicano por entonces, amigo personal de Garibaldi, guía político del compostelano Leonardo Sánchez Deus, el máximo exponente gallego de los garibaldinos españoles y de la Legión Ibérica, había votado el destrono de la reina, Isabel II, a quien llamaba en Cortes señora distinguida. No hacía política en el aula, pero era en la calle lo que ya había sido en Compostela: un profesorista insurreccional y un oficial armado de la milicia nacional. Justo lo que Sanromá combatía con más saña de sus compañeros progresistas en aquellos coloquios, por considerar que la insurrección provocaba al beligerante clericalismo ambiental compostelano, tan carlistizante. La razón de que –atrapado entre dos fuegos- quisiera huir de Compostela a poco de llegar.

 

Es por esa matizada posición de Sanromá -entre dos fuegos- como podemos entender la marginalidad estudiosa de Montero, si se compara con el liderazgo estudiantil del legendario Aurelio Aguirre, propagandista confeso y entusiasta de Ruiz Pons. Una antítesis de la calculada y brillante indefinición de Eugenio. Pero podemos entender también las cuestiones relevantes de la vida internacional que el brillante profesor padronés metió en Compostela: la reunificación de las tres penínsulas del Sur de Europa, el iberismo, las relaciones de la Iglesia y el Estado, la cuestión de Roma, los poderes temporales del Papa, la libertad de conciencia, cultos y enseñanza, etc. etc. Las grandes cuestiones políticas y parlamentarias del mejor Montero Ríos.

 

De la estrategia:
La indefinición, el asalto a la cátedra y el primer sueldito del Estado

Francisco Cañamaque fue el primero en expresarlo con contundencia. En 1879, a propósito de los oradores de diez años antes:

Mirad como hace equilibrios… Siempre está dudando, recelando, dando quiebros y capeos. Jamás le veréis los pies en firme. Yo lamento su política de triquiñuelas.

Reconocía, con todo, que fue uno de los grandes hallazgos de la Revolución, si bien para mi tiene un defectillo que no le perdono; oye misa todos los domingos y fiestas de guardar.

 

Durante algunos años, aunque no conste en los aportes biográficos (ni siquiera en el de Vicenti) Montero Ríos siguió la estela de aquel profesor inolvidable. De la mano de Sanromá, por la puerta grande, entró en Madrid con lo puesto. Ligero de equipaje, hizo brillantemente el preceptivo doctorado en la Universidad Central y fue estableciendo, también de su mano, los primeros contactos personales, abriéndose paso en el Ateneo, escribiendo a destajo (literal) en las revistas de pago y en las publicaciones profesionales, tratando asuntos harto variados, pero neutros.

Bien advertido por Sanromá de la ultra politización reinante en España en lo que a las cátedras y a la formación de tribunales de oposición se refiere, mantuvo una indefinición calculada y enigmática; pero aprovechó las excelentes relaciones de su compañero, Saturnino Álvarez Bugallal y de su admirado paisano, el masón Antonio Romero Ortiz, con el unionismo gobernante, para firmar la convocatoria a una cátedra vacante en la Universidad de Oviedo. Y no deja de ser revelador que –además de conseguirla- en todas las circunstancias posteriores en las que el mismo fue llamado a formar parte de tribunales de oposiciones, siempre fuera en mandatos de la Unión Liberal y siendo ministro de Fomento su antítesis existencial e ideológica, y quien acabó por ser uno de sus contrincantes en el liberalismo partidario, sobre todo en Pontevedra: el linajudo Antonio Aguilar Correa, marqués de la Vega de Armijo. Heredero y restaurador de otra de las grandes residencias principescas de la Galicia y la Pontevedra de entresiglos: el castillo de Soutomaior.

 

Ya era un estratega. Sin pisar Oviedo, por medio de una permuta cocinada con anterioridad, se situó en Compostela en unas horas. Parecía otro, pero era el mismo: pasa que el indefinido –dotado ya de su cátedra vitalicia y el consiguiente sueldito del Estado– entró en la política partidaria a cara descubierta, creó su primer órgano periodístico, La Opinión Pública, y comenzó a hacer lo que haría a lo largo de toda su vida: actuar más como serpiente que como paloma entre un progresismo partidario que permanecía anquilosado en Compostela ante el empuje de demócratas e iberistas como Ruiz Pons, y el unionismo de los que se llamaban resellados, caso de Romero Ortiz o de su siempre admirado general Prim.

Según Numael, el informado compostelano de El Gallego de Buenos Aires, ya en aquel entonces Eugenio Montero se daba buena mano para aliarse incluso con el Diablo conservador, a la hora de combatir al invencible candidato a Cortes por aquel distrito santiagués que sería enteramente suyo, pero muchos años más tarde: Juan Armada Valdés, marqués de Figueroa

 

“Voltaire averiado”
(Madrid, el bufete y el casamiento)

Desde la primera visita a Madrid, cuando el doctorado, Eugenio dejó todo dispuesto para volver. En enero de 1859, un año antes de ganar la cátedra de Oviedo y de asentarse como catedrático en Compostela, se colegió como abogado en la Villa y Corte, y esa primera conexión con los bufetes cortesanos tuvo singular importancia en su actividad profesional santiaguesa y madrileña, como catedrático y como abogado de empresas.

Sus cuatro años compostelanos fueron –en la cátedra- una continuación de la obra que Sanromá había iniciado, batallando –abiertamente esta  vez- contra el clericalismo ultramontano; en el partido progresista, aprovechó el paréntesis en que se marginó de la lucha electoral para reorganizarlo con 150 integrantes y establecer conexiones directas con el comité central madrileño y con su portavoz más prestigioso: La Iberia de Pedro Calvo Asensio; en el periodismo anónimo de La Opinión Pública mantuvo el mismo compromiso; en la vida social, contribuyó a la creación del Casino e inició su interminable serie de  representaciones de la sociedad civil como socio distinguido de la antañona Sociedad Económica de Amigos del País. Todo por sus pasos, como siempre, pero con las lógicas consecuencias.

 

No sabemos si, como era su costumbre, fue llamado a capítulo por el flamante cardenal García Cuesta; pero –como desveló Vicenti- fue público que aprovechó una carta de Carlos Rubio dirigida contra el purpurado compostelano, para hacer célebres sus cartas (aparentemente anónimas) a La Iberia, iniciando así su larga serie de encontronazos periodísticos y parlamentarios con la jerarquía católica española, más papista aún que el último Papa que quiso ser rey, por lo menos en Roma. Así, por sus pasos, antes de situarse en Madrid, ya era conocido donde quería darse a conocer.

Nada más llegar a la Villa y Corte, con su fama de crítico del clericalismo dominante (lo recordaba siempre el pontevedrés Indalecio Armesto) comenzó a aparecer por los cafés y las tertulias donde circulaban los demócratas, incluso los republicanos. Allí reinaba el anticlericalismo más ramplón; pero él disimulaba. Intérprete de sus silencios, Cristino Martos, su compañero de viaje en tantas y tantas cabriolas y  trasacuerdos como estaban por venir, sabedor de sus secretos, silencios y misas, decía a sus amigos que Eugenio era una especie de Voltaire averiado.

 

Resulta cuando menos sintomático que Montero Ríos, que llega a Madrid cuando van a sucederse las grandes cuestiones universitarias y los conflictos estudiantiles de los años sesenta, setenta y ochenta del siglo XIX, sólo padeciera por ellas en la de 1875, originada en gran medida por su desplazamiento a Compostela en días lectivos, para intervenir en la Junta General de una empresa privada y tras haber publicado en El Imparcial una apuesta política de claro corte antigubernamental. Por el contrario de sus compañeros de sufrimiento, don Eugenio nunca fue desterrado, ni encarcelado, ni apenas molestado en toda su vida.

Por lo demás, logrado el objetivo de la cátedra, sabedor de que los carguitos y los encargos, públicos y privados, iban a llegarle, contrató a un taquígrafo para que tomara sus lecciones, poniéndolas a disposición de quienes le suplieran y de los estudiantes. Desde 1881, cuando volvió a la cátedra tras la renuncia voluntaria de 1875, sólo dio con gusto cursos del doctorado. De las lecciones magistrales del eminente canonista nunca más se supo. En 1906, tras el breve paso por la presidencia del Consejo de Ministros, el gran reformador del 69 estaba acabado. La prensa de la derecha y de la izquierda lo acusaba a diario de ser al mismo tiempo una “hormiga familiar”, una “araña togada”, una “polilla intelectual” y “una antigualla” política.

 

La mezcolanza de lo público y lo privado
(Los negocios ferroviarios y la representación de Pontevedra)

Desde 1851, cuando Montero Ríos –tras su formación teológica en el Seminario– comenzó Derecho en Compostela, la cuestión de las comunicaciones ferroviarias de la incomunicada Galicia se planteó con toda la crudeza que era de esperar en un asunto tan decisivo. La prensa política casi no tuvo otro objetivo central que el de defender los intereses locales, afectados de lleno por el trazado.

Desde su regreso a Compostela de 1860, como miembro de la Sociedad Económica y como abogado estuvo en esta lucha, tratando de evitar que las opciones de Vigo y Coruña, como ciudades terminales, marginasen a Santiago. Así, por pura estrategia, sus intereses comenzaron a confluir con los de Pontevedra, Vigo y Tui, acaso pensando en relanzar un ambicioso proyecto de trazado ibérico que había abanderado el general Prim aprovechando un viaje a Galicia en el ya lejano 1858: la conexión norte-sur gallega con Extremadura y Andalucía, aprovechando el ferrocarril portugués en construcción entre Lisboa y Oporto. La vía ferroviaria portuguesa que Eugenio Montero iba a utilizar en sus continuas idas y venidas a Galicia y a Madrid, desde entonces hasta pocos años antes de su muerte, con cargo –tantas veces- a las empresas ferroviarias. Siempre pasando por Lisboa, con cuyo Colegio de Abogados tuvo pronto conexión directa. Y ésta fue la primera razón de lo que iba a ser su trampolín político-electoral (1869): la representación en Cortes de Pontevedra, que lo eligió por abrumadora mayoría. Incomparable a la que obtuvo en Compostela. Razón por cierto de que quisiera pagar esa deuda de gratitud consolidando su enfeudamiento pontevedrés y sentando las bases de lo que sería Lourizán. Su residencia gallega.

 

La propiedad de la Isla de Tambo y Lourizán
(De la marginalidad a la ostentación de la opulencia)

Abogado con mucho peso decisorio en la naciente Sociedad Ferrocarril Compostelano el retorno a Madrid de 1864 se vio precedido por el casamiento con su novia de toda la vida. No era un niño. Tenía 32 años cuando comenzaron a gestarse sus hijos a lo largo de once. Esto es: hasta que nació Avelino Montero Villegas en 1875. El momento en que, tras el descalabro de la Revolución del 68 y el desastre de la Primera República, sumida España en dos guerras civiles simultáneas, la cantonal y la carlista, volvió a la indefinición calculada durante una década, en la que se convirtió en terrateniente con dos estilos de propiedad que siempre movieron la codicia de nuestros políticos desde el Antiguo Régimen: las islas atlánticas y las quintas de recreo continentales.

 

Nos explicaba Filgueira Valverde en el Instituto único de Pontevedra, que el poeta Luis de Góngora no sintió la más mínima admiración por las brumas, las gentes y los paisajes gallegos, con una única excepción: el inenarrable entorno de la Isla de Tambo –hoy machacado- al que dedicó uno de los cantos del Polifemo. Pues bien: por un pleito foral del antiforista Montero Ríos, buena parte de la Isla de Tambo, que era de la marquesa de Astorga, pasó a ser suya, con otros enclaves próximos, como pago de servicios abogadescos. Así comenzó a aventurarse en la navegación marítima y en los negocios navieros. Todo muy económico, pero espectacular.

 

El caso de Lourizán merece este pequeño comentario previo para que se entienda mejor la envergadura de la operación de compra.

En 1830, cuando nació su hermano José,  circulaba por España un bulo que difundieron los partidarios del absolutismo y de don Carlos. El pontevedrés José Arias Teijeiro lo metió en su Diario. Se decía que el ministro más brillante y austero de Fernando VII, el arosano Luis López Ballesteros (otro familista de postín) parecía dispuesto a comprar la Granja de los Sierra, que había vendido uno de nuestros grandes personajes de la Atlántica Memoria: Ramón Patiño Mariño de Lobeira, marqués del Castelar (el carcelero que –tras detener a Manuel Godoy en Aranjuez, reteniéndolo encarcelado sin consideración alguna- le salvó la vida). Se hablaba de un millón de reales a pagar a los Marcó del Pont, sus dueños de entonces. El diario de Arias anotaba (con razón) que si el ministro podía gastar semejante cantidad  algún milloncejo más tendría ahorrado, y se hacía la pregunta retórica de cómo el honrado Ballesteros había podido ahorrar semejante cantidad…

Pues bien: Montero Ríos, apenas lograda la diputación en Cortes por Pontevedra en 1869, daba los primeros pasos para hacerse con esa formidable propiedad. Como siempre, por sus pasos. Todos discretos.

 

En 1876 (sin dejar los usos de granja, que mantendría hasta la muerte, con anuncios periodísticos de ventas al exterior de reses de raza, productos hortícolas, vino y hasta hielo) ya la había reconvertido la propiedad en quinta de recreo. Lo sabemos porque ese año un ahijado suyo alcarreño, de posterior renombre americano y evolución anti-monterista, Justo Sanjurjo López de Gomara, al que Montero protegía entonces con su familismo proverbial (el niño quedó húerfano de padre y madre), publicó en La Moda Elegante Ilustrada en su fase gaditana unos versos de vida y muerte muy bien tirados y evocativos de lo que iba a ser Lourizán:

 

En el lugar más bello/ que hay en Galicia/ se ve, en lo más frondoso/ de su campiña/ una casita blanca/ como la nieve,/  y a su alrededor mil flores/ que la embellecen.// Por un lado una ermita/  y un cementerio/ por otro lado el campo/ verde y risueño,/ detrás espeso bosque/ y el mar enfrente./ ¡Que admirable conjunto/ de vida y muerte!.

 

Si son aficionados, les propongo que confirmen esta investigación mía. Busquen la palabra “Lourizán” en los digitales de la Biblioteca Nacional de España antes de esta descripción poética (en el tramo 1860-1875). Verán que ni siquiera comparece. En años posteriores, cuando ya la habita el cuco, las presencias en los digitales españoles cuentan por cientos y hasta por miles. Lourizán y Montero Ríos se convierten en sinónimos. Las idas y venidas fueron pisto de toda suerte de gacetilleros y ustedes se preguntarán qué habrá sido de sus clases de la Universidad y de cómo pudo moverse de aquí para allá con tal desgaste físico y costo económico, a añadir al costo de mantener –cada vez más espectacular, ¡y con calefacción a 20 grados!- aquella propiedad que fue algo así como una exposición continua y permanente de su progresión política y de sus consecuencias: los favores del gran conseguidor trocados en regalos que mostraba en su célebre galería. Todo a costa del contribuyente o de las empresas que asesoraba. Como el personal de servicio, sin costo para él. A mayores de los lustrosos destinos de su familia, los coches oficiales y el personal a su servicio…

 

Las dos casas
(Disposiciones funerarias)

La Casa de Eugenio Montero Ríos de la Calle Velázquez de Madrid, a la que llamaba “mi modesto hogar” es digna de ser visitada. Vamos a hacerlo de la mano del ya citado José María Carretero. Año 1912.

Se accedía por amplia y suntuosa escalera de mármol, con pasamanos de peluche granate y alfombra roja, ceñida por barrotes dorados. En el rellano, las primeras estatuas de mármol y bronce. Todo el servicio era del Senado. En la antesala, por ejemplo, había un magno recibidor en el que, ante una mesa vestida de seda adamascada, roja, un portero, con uniforme del Senado, ordenaba tarjetas en una bandeja de plata.

Hasta llegar al anfitrión, El Caballero Audaz, guiado a su vez por  Elías Cristóbal, secretario particular de don Eugenio, tuvo  atravesar otro salón donde un mozo con rostro de cura tecleaba en una máquina de escribir. En la habitación contigua, separada de la anterior por un grueso tapiz está otro despacho más suntuoso que el anterior. La luz es suave, dominada por estores y visillos. El decorado severo y de buen gusto. Es en ese momento cuando comparece quien era entonces presidente del Senado.

Viste trajecito oscuro, calza zapatos de estilo y tiene los pies descansando sobre un cojín de lana. A su cuello se anuda un pañuelo de hilo. También tiene sobre los hombros una mantilla ligera. Lee con lentes. Carretero le agradece la deferencia ya que conoce su fama de no prestarse mucho  a esta clase de molestias periodísticas, pero don Eugenio lo contradice.

 

Esos son cuentos, como el de que soy friolero… Ya ve. En mi casa hoy no hay ninguna calefacción y yo ando por toda ella sin cuidarme de las diferencias de temperatura. El Senado, cuando yo soy presidente, lo tengo a 20 grados; los demás presidentes a 24. ¡Unos tienen la fama y otros cardan la lana”.

 

De pronto, se ofrece a enseñarle el resto de la casa. Tenía 80 años, pero demuestra pasmosa agilidad, física y mental. Atravesamos el comedor. En la chimenea y en las paredes refulgía la vajilla de plata repujada. Adornan los ángulos monumentales jarrones de Sèvres. Después continuamos por un pasillo; a la izquierda, un oratorio. Se decía misa en él todos los domingos. En el dormitorio dos camas juntas, “de ébano, con incrustaciones de nácar. Sobre ellas, un gran óleo de la Virgen del Rosario, pintado por Tiberio Ávila. El armario, de amplias lunas; la “coqueta”, las mesas de noche y las sillas, son también ébano y nácar”.

Ésta era la alcoba de la duquesa de Santoña. Me costó 30.000 pesetas en la almoneda. Y no hay más. Ya le he enseñado mi modesto hogar.

 

Aquella casa, en la que murió pocos meses más tarde, era el primer símbolo del triunfo familista de Montero Ríos; pero no el único. El otro estaba en Galicia y se compone de distintas piezas, que fueron naciendo a lo largo de 40 años de idas y venidas: el principesco palacio de Lourizán, construido por fases, cuyo remate es de 1910, la enorme finca de 55 hectáreas, cercada por formidable verja decorativa de hierro fundido, y una parte de su entorno: la ya aludida Isla de Tambo y la propiedad de Los Placeres, donde –con sus hijos- estableció el mejor hotel de la Galicia de 1900, la Casa de Baños y el Salón Teatro.

Todos los interiores –con los despachos de hijos y yernos- a juego con su casa de Madrid. Las descripciones son fantásticas e innumerables. En la intimidad, en aquellos parajes, don Eugenio vestía ropa de pana, hablaba gallego o español según los interlocutores y calzaba botas altas, para caminar entre los tojales. Era allí donde concentraba cada verano –además de las embajadas políticas que iban a la meca del poder, cargadas de regalos- a toda su familia. El lugar donde celebró la apoteosis: sus bodas de oro en 1912.

 

No sólo reunía la familia nuclear –debo insistir en ello- sino la extensa de los supervivientes de su generación y de las subsiguientes. Una auténtica gran familia extensa de abuelos, abuelas, hijos, hijas, ahijados, yernos, sobrinos y nietos, en la que el culto al patriarca que los dotó de cargos, casamientos y prebendas, con su influencia, fue proverbial.

Un patriarca indiscutido que, a pesar de la mala salud de hierro llegó a los 82 años, y que dispuso –en 1897, cuando aún le quedaban 17 de vida- cómo debía ser la cripta del monumento funerario, diseñado por el escultor Vidal Castro, donde pasaron a reposar sus padres, dos de sus hijos y uno de sus yernos. Y en la que -se dice, con fundamento- metiéndose personalmente en el nicho, para que quedara justo a su medida, señaló el lugar exacto donde debía reposar su cuerpo, vestido con su austeridad característica, a la manera antigua. Sin envoltorio alguno. Con las disposiciones de obligado cumplimiento, formuladas por escrito, ordenando –incluso al rey- que su cuerpo debía aparecer desnudo de todos los honores mundanos que había ido acumulando en su formidable progresión desde la modestia a la opulencia. Único punto –su cuerpo vestido y descubierto, y sin tapa el ataúd- en el que las autoridades no transigieron, temiendo la descomposición del largo viaje fúnebre desde Madrid, por lo que (al no caber el ataúd en el cubil) hubo que romperlo, de mala manera, en la hora definitiva de su primer entierro. El multitudinario de 1914. Tan esperpéntico como el segundo, desolador, de 30 años más tarde. Cuando todos los Montero fueron literalmente desterrados de Lourizán para siempre…

 

* * *

Pongo aquí punto y final, recordando que el caso de Montero Ríos no fue –ni es- único ni exclusivo. De ahí su extraordinaria importancia en los estudios de historia social y de sociología histórica. Particulariza  el modelo de la muy transitada grúa hacia el poder y la opulencia desde una cátedra vitalicia del Estado y un despacho de abogado. Con ellos, el funcionario entró en la política, llegando a ser paradigma del gobernante de gran talento estratégico, capaz de hacer uso de todas las virtualidades, corruptelas y corrupciones que un sistema político consentía y consiente a los políticos-funcionarios públicos. En su caso, para sostener todo lo que había ido levantado en Madrid y en Galicia, paso a paso, con recursos públicos y estrategias privadas. Para mantener esa opulencia, insisto, se vio obligado a mantenerse en el poder institucional hasta el último suspiro, soportando algunas de las más duras caracterizaciones de la historia política. Todo inútil, porque –tras su muerte, a pesar de la estatua compostelana y del poderío de sus hijos, yernos y partidarios- su mundo se vino abajo con estrépito.

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