De un joven que huía de la policía desnudo

Mientras esperábamos a Valerio para irnos los tres a comer, María me había estado contando  que, después de muchos años de haber perdido la pista de una antigua amiga, esa misma mañana se la había encontrado casualmente en la Gran Vía, saliendo de la librería de Espasa Calpe. Ambas habían estudiado Clásicas y habían compartido la misma habitación en una casa particular hasta el día en que, despertándose de repente con la sensación  de que alguien  la estaba observando, se encontró a su compañera, cuyo nombre no quiso darme por si acaso  la conocía, sentada en el borde de la cama, mirándola fijamente y con unas tijeras en las manos. “¿Pero qué haces?”, le había preguntado sobresaltada, mientras se incorporaba doblando la almohada. “Decidiendo si  matarte”.

 

“¡Pero qué dices!”. Y dando un brinco se puso de pie. “Porque Moncho –uno de sus compañeros de curso- se ha enamorado de ti y a mí no me quiere”. “¡Y por eso has decidido matarme! Si a mi Moncho no me gusta. Espera que se de cuenta y haz que se fije en ti”, le había manifestado, con el corazón en un puño. Hasta que consiguió tranquilizarla y que se volviese a la cama. En cambio, la que se quedó temblando, sin poder pegar ojo, había sido ella. Por lo que, a la mañana siguiente, después de desayunar y despedirse de la dueña de la casa, inventándose una excusa por la que se iba tan de repente, metió sus cosas en dos maletas y se mudó a una pensión mientras encontraba una habitación en una residencia  de estudiantes.

-La seguías teniendo de compañera en la facultad –le dije, con una sonrisa.

-Sí. Mas, mira tú, no la creía capaz de asesinar  en público.

 

El evangelio secreto

-Por fin ha llegado Valerio.

-No se te ocurra contárselo, porque, de lo contrario, ya tenemos pitorreo durante toda la comida.

-Que hacéis ahí murmurando. Seguro que me estáis poniendo a caer de un burro.

-Motivos habría, pero no te creas tan importante. ¿De dónde vienes? Que son casi las tres y  te llevamos esperando desde las dos.

-De la biblioteca de tu Facultad.

-¿Qué hacías tú allí? ¿Y por qué no me avisaste y habríamos venido juntos?

-Por este ¿No se lo has contado?

-Ni me he acordado. Que había ido a buscar una revista para leerme no se qué de un evangelio secreto.

-¡Lo que me faltaba! ¿No me digas que tú, profesor de matemáticas, más bien tirando a agnóstico, y este, que vive haciendo chapuzas, os interesáis ahora por los evangelios?

-Y Julio –le dije

-¿Qué Julio?

-¡Qué Julio va a ser! Si me lo presentaste tú –le dijo Valerio

-¿Mi primo? ¡Si es abogado laboralista!

-¿Y por eso lo tiene prohibido? ¿Qué mejor que semejante trío para leerlos sin prejuicios? –nos justificó Valerio

-Eso mismo digo.

-¡Pues me vais a decir qué hace una chica como yo con semejante compañía!

-Venirse a comer –y, cogiéndola cada uno por un brazo, y yo su inseparable mochila, la llevamos hasta la puerta casi en volandas y nos fuimos al restaurante de Emilio. Donde, ya sentados, María preguntó a Valerio por la revista.

-¿Sabes el titulo?

-Sí. Belfagor.

-¿Y el nombre del autor y del artículo?

-También.

-¿Tiene Emilio wifi?

-Creo que sí. ¿Por qué lo preguntas?

-Para conseguírtelo y poneros al día. ¿Qué plato toca hoy?

-Paella.

-Pues pedírmela, que, mientras tanto, voy a preguntarle a Emilio la clave para conectarme a Internet. Y tú, saca el ordenador de mi mochila y un cuadernito de tapas rojas –y se fue al mostrador a hablar con Emilio.

-¡La que nos va a liar! –le dije a Valerio, sin dejar de controlarla con la mirada

-¡Qué va! María es muy eficaz.

-Ya lo sé. Tengo pruebas suficientes de cuando me ayudó a corregir el estilo de aquel libro de historia de la biología. ¿Te acuerdas?

-¡Cómo para olvidarme! ¡Tuve que venirme aquí a corregir los ejercicios de mis alumnos de los gritos que pegabais!

-Si la hubieses avisado, seguro que te habría resuelto lo de la revista.

– Ya la tenemos de vuelta.

-¿Habéis pedido la paella?

-Sí. La acababan de retirar y nos la servirán ahora mismo.

-Yo ya tengo los datos para entrar en Internet. Voy a probarlos mientras nos la traen –y se puso a teclear en su ordenador ante las miradas escrutadoras de Valerio y mía.

-Pues retira el ordenador de la mesa que viene Emilio con la paella.

-¿Has conseguido conectarte sin que estos  te pongan nerviosa?

-¡Como si a María se la pusiese nerviosa así como así! –le replicó Valerio, asintiendo yo con la cabeza.

-Tú no les hagas caso.

-No estaría con ellos si se lo hiciese.

-Pues buen provecho.

-Gracias. Y ahora me explicas tu interés por los evangelios.

-¿Mientras como la paella? Mi madre nos tenía prohibido hablar mientras comíamos. “¡Comer y callar!”, nos repetía en cuanto abríamos la boca. ¿A vosotros no os hacían lo mismo vuestras madres?

-Tu madre, que bastante habrá tenido con aguantarte, te ordenaría estar callado, si eras ya como ahora, que no paras,  para que dejaras de hablar, al menos durante las comidas: pero, como yo no  soy tu madre, te conmino a que me vayas contando lo de los evangelios mientras comes, algo tan fácil que lo hace cualquiera.

-¿Yo puedo estar callado?

-Mientras no tengas nada que decir, pues claro. Conque, Valerio, ya puedes empezar.

-De acuerdo. Pero como me atragante…

-Lo escupes, pero tapándote la boca con la servilleta.

-Lo ves. Si ya te decía que nos daría la comida.

-¡Empieza! ¡Los evangelios!

-Es que no son los evangelios, sino el evangelio secreto de Marcos, del que habrás oído hablar.

-A ti ahora mismo.

-¿No has estudiado clásicas y das clases de griego en la universidad? La paella está riquísima.

-Es que la mujer de Emilio cada vez cocina mejor. De ahí el éxito del bar por las tapas y del restaurante por el menú.

-Parar, que os veo hablando de todas las paellas que habéis comido en vuestras vidas. ¡Y ya tengo bastante con los programas de cocina en  televisión!

-Que lo dejamos. ¡Y yo que pensaba que lo habrías estudiado en la facultad!

-Valerio ¡que te quedas sin el artículo!   Sabes muy bien que, aunque tal vez no debiera ser así, el griego del Nuevo Testamento no se enseña en Clásicas. Además, puesto que  tú no tuviste griego en el bachillerato, porque elegiste Ciencias en quinto, cuando se empezaba a estudiar esa lengua, el tal evangelio lo habrás leído en castellano o en alguno de los otros idiomas que conoces. De modo que cuenta lo  que  sepas de ese evangelio secreto. El cual, por otra parte, habrá dejado de serlo, puesto que, como poco, ya se lo habrás contado a este y a mi primo.

-Sí, pero yo como si nada.

 

El hallazgo de Morton Smith

-¿Quién y cuándo se descubrió?

-Un tal Morton Smith, en el verano de 1958. Anunciando el hallazgo en 1960, en un congreso de arqueología. Posteriormente, en 1970, había entregado el original a una de las editoriales universitarias más prestigiosas, la Harvard University Press, pero no se publicó hasta 1973, siendo ya profesor de historia antigua en la universidad de Columbia. El texto lo había hallado sin buscarlo, que diría tu Heráclito, en un  monasterio de la Iglesia Ortodoxa -el más antiguo de todos los existentes, según tengo entendido-, a unos cuarenta kilómetros al sureste de Jerusalén.

-A mí me dijiste el nombre.

-Ah, sí. Me lo he saltado. Mar Saba, donde, según Juan Damasceno, quien lo había visitado a mediados del siglo VIII, se guardaban una veintena de cartas de Clemente de Alejandría. Morton Smith se había encontrado el llamado evangelio secreto mientras catalogaba e identificaba los manuscritos de la biblioteca. Escrito a mano en las últimas páginas de una edición impresa, del siglo XVII, de las cartas auténticas de Ignacio de Antioquía, coleccionadas por el humanista holandés Isaac Vossius.

-¿El libertino del que me hablaste anoche?

-No interrumpas. Lo del libertinaje me lo contáis luego. Valerio, perfecto. Cuando quieres ser conciso y preciso no hay quien te gane. No obstante, después de tan detalladísima información contextual ¿qué había escrito en las  páginas, originalmente en blanco, del último pliego?

-Ya te lo he dicho. Una carta de Clemente de Alejandría. ¿Que sabrás quién es?

-¡Por favor!, que incluso he escrito un artículo sobre la trasmisión del Platonismo en los Padres de la Iglesia, entre los cuales Clemente; del que, por cierto, te pasé una separata, que ya veo que no has leído.

-¿Por qué la provocas?

-Para que se luzca.

-Pues ahora lúcete tú resumiéndonos la carta. Porque ¿no te la habrás aprendido de memoria?

-A eso no llego. Luego, cuando volvamos a casa, si lo consideráis oportuno, os la leo.

-Conmigo ya lo has hecho.

-Pues la refrescas –me soltó María

-Me vendrá bien. Casi no me acuerdo.

-En tal caso, y como no hay más remedio, de momento nos conformamos con el resumen. Así que empieza.

-La carta habría sido escrita originalmente en la segunda mitad del siglo II.

-Después de Cristo.

-Eso María ya lo sabe. Escrita por Clemente y dirigida a un tal Teodoro, habría sido copiada, a mano y con tinta, en las páginas finales, como ya os he dicho, del volumen impreso, del siglo XVII, con las cartas de Ignacio que Vossius había identificado como auténticas.

-¿A qué se deberá que los cristianos hayan falsificado o rectificado sus propios documentos con tanta frecuencia?

-Ahora es María la que te interrumpe, pero a ella, en cambio, no la protestas.

-No me doy por aludido y sigo. No obstante, antes respondo a tu pregunta retórica: que eso ha ocurrido siempre que una doctrina se ha impuesto a otras variantes de la misma. Recuerda, si no, el Comunismo y la fotografía retocada que menciona Kundera en una de sus obras.

-No te enrolles, que lo del comunismo te pirra. ¿Le has contado a María la anécdota de Brezhnev?

-¡Que ni se le ocurra! Ahora toca la carta de Clemente –se opuso María.

-Pues sigo. En la  carta, de menos de mil palabras, Clemente rechazaba las doctrinas de una secta, la de los Carpocracianos, quienes poseerían un evangelio secreto de Marcos, en el que Jesús  enseñaba a sus seguidores que no estaban obligados por ninguna ley y que, por tanto, podían hacer lo que les apeteciera sin pecar. Mas lo siento, María, pero voy a terminar la paella y luego seguimos  en casa con el evangelio, sentados en el salón y tomando el café, porque se me está enfriando el arroz. Y de propina os añadiré un párrafo de Clemente  sobre esa secta.

-Que sí, Valerio. Que no pensé que fuese tan largo y tan interesante, y del que me gustaría preguntarte algunos detalles. Así como que nos leas ese párrafo de Clemente. Acabemos la paella calladitos y nos marchamos a vuestra casa para seguir con el evangelio secreto. Y, como yo me doy por satisfecha,  descargo entre tanto la revista para grabarte el artículo.

-¿Es tan fácil? –le pregunté.

-Ya lo verás. ¿Cómo se llamaba?

-Ya te lo dije, Belfagor.

 

La revista Belfagor y los Carpocracianos

-Acaba  la paella mientras la descargo.

-¿Cómo lo haces? –me interesé.

-Entrando en un portal, con una contraseña que nos dan en la Complutense. ¿Ves? Aquí está. Belfagor. Todos los números. La almaceno en mis “Favoritos” y, cuando estemos en vuestra casa, descargo el artículo  y os lo paso a vuestro ordenador ¿Porque seguiréis teniendo ese aparato antediluviano?

-Yo no. Este.

-¿E impresora?

-¡También! ¿Qué te crees, que sólo tú manejas la informática?  He acabado. ¡Emilio, apúntanoslo en la cuenta! Hasta mañana.

 

Ya en casa, Valerio y yo con nuestro café y María con su té, nos sentamos en el salón a continuar con lo del evangelio.

-Lo habíamos dejado en que los  Carpocracianos podían hacer cualquier cosa sin pecar. ¿Estáis de acuerdo?

-¿En que lo dijiste o en lo que dices?

-¡No te pongas borde! En que es lo que dijo. Yo sí –le confirmó María.

-En ese caso, también yo.

-Entonces puedo continuar. ¿Sabéis lo que decía de ellos Ireneo de Lyon?

-Yo no. Ni tampoco quién es.

-¿Y tú, María?

-De Ireneo, que escribió un libro contra las herejías, de finales del siglo segundo o principios del tercero, para ayuda de las autoridades eclesiásticas, que así podían identificarlas y denunciarlas a sus fieles, y del  que he leído, en una antología, partes del Libro V.

-Me parece que en ese no trata de los Carpocracianos sino del fin del mundo. En cualquier caso, fuera en el libro que fuese, los presentaba enseñando que conseguirían la salvación haciendo cosas que los demás no se atrevían a decir y ni siquiera a pensar.

-¿No nos anunciaste que nos ibas a leer algo de Clemente al respecto? –le dijo María.

-¡Sí, claro! Esperar un momento. Vuelvo en un santiamén.

-A ver lo que tarda, porque a veces

-Ya estoy aquí.

-¡Qué rápido! ¡Ni que lo tuvieras a mano!

-Es que lo tenía

-Ya me parecía a mí.

-¿Qué libro es ese? –le preguntó María.

-Los Stromata de Clemente de Alejandría.

-¡Pero, Valerio, ya me explicarás qué haces tú leyendo estas cosas! –María estaba sorprendida.

-¿Qué quieres? ¡Así es  la vida! ¡Que le vamos a hacer! ¿Os traduzco un párrafo de unas diez líneas?

-Por mi parte sí. No te vamos a quitar el gusto. ¡Tú traduciendo para una profesora de griego!  ¡La cara de felicidad que se te ha puesto! A no ser que Nico diga lo contrario.

-Sí, sí. Que lea, que lea.

-De acuerdo. Va de los Carpocracianos. “Se cuenta que ellos y otros aduladores de similares fealdades, reunidos para la cena (no llamaré banquete eucarístico su reunión), hombres y mujeres juntos,  saciándose (y en la saciedad aparece Venus, como se suele decir). Luego, dándole la vuelta a las lámparas, quitan de en medio la luz, que desenmascararía su justicia pornográfica y se arrejuntan como quieren, con quienes  quieren”. Y no sigo para no sacarnos los colores.

-¡Realmente, no me explico cómo ha podido ser que el movimiento cristiano no se haya autodestruido al poco de nacer albergando doctrinas tan antinómicas  y antisociales! ¿Tú lo entiendes?

-¡Nunca me preguntas a mí!

-Disculpa, Nico. Es que, como Valerio ejerce de narrador de la historia, instintivamente se lo pregunto a él. Pero igualmente te lo hago a ti. ¿Cómo explicas que no se haya dividido hasta diluirse en sectas diminutas?

-¿Me lo preguntas a mí y no a Valerio?

-Por supuesto.

-¡Qué nervios! Hace unos cuantos años te habría respondido lo que me habían enseñado en la parroquia, en casa y en el instituto, y lo tenía metabolizado: que Dios protegía a su Iglesia, con aquella frase concluyente: los poderes infernales no prevalecerán contra ella.

-Aunque había quienes la creían indefensa por no contar con ejércitos, como dicen que dijo Stalin –me añadió.

-Sí, pero ahora, con el trato contigo, con Valerio y tu primo, he desaprendido mucho de lo que me enseñaron en mi juventud.

-Es lo que decía Erasmo que había que hacer.

-¿Con todo?

-Con todo tal vez no, pero sí con lo que nos enseñan para que nos identifiquemos con ello –concluyó María.

-Pues yo no sabría qué pensar. En cierto sentido, la situación fue la que tú dices que no te imaginas: la coexistencia de pequeños grupos, sin relación unos con otros o muy escasas. De modo que las agrupaciones gozaron de unos tres siglos para repensar la tradición y  organizarse institucionalmente, protegiéndose de sus propias disidencias. Un tiempo durante los cuales sus intelectuales

-¿Llamas intelectuales a los Padres de la Iglesia? –le preguntó María.

-Sí. Aunque tal vez habría que extender el calificativo a la minoría de creyentes, en torno a un cinco por ciento, que sabían leer y escribir, si aceptamos que sus porcentajes eran similares a los de la población del Imperio Romano; que habrán gozado de gran influencia  en las agrupaciones, por ser quienes leían e interpretaban, tanto las cartas de Pablo como los Evangelios y los demás escritos de los que se sirvieran en sus reuniones.

-Ya me dirás, porque anda que no lo tendrían complicado, sobre todo con las cartas de Pablo, si nos fijamos en las muy diferentes lecturas que se vienen dando entre los eruditos contemporáneos, que saben tanto o más griego que ellos y que cuentan con diccionarios especializados –comentó María.

-¿Por qué griego y no también latín? –pregunté yo.

-Por haber sido la lengua en la que se escribieron los textos  cristianos antes de que Tertuliano empezara a hacerlo en la  suya  materna y que las autoridades eclesiásticas de Roma la hubiesen ido imponiendo en las agrupaciones de la ciudad, sustituyendo al griego. Un cambio que algunos historiadores han juzgado  trascendental porque les retiró a los teólogos orientales la influencia que tenían en las agrupaciones de Roma.

-¿Como lo que hacen los nacionalistas imponiendo su lengua? –les dije

-No sabría que decirte. Prefiero no mezclar temas. Aunque es verdad que sorprende que no se tengan reparos con la enseñanza, por ejemplo, del inglés, y se tengan con el castellano. En cualquier caso, lo dejamos para otro momento, si no te importa.

-No obstante, a esos que tú llamas teólogos, yo los catalogaría, siguiendo a Gramsci, de intelectuales orgánicos, por haber sido los que absorbían y reinterpretaban todo lo que hallaban a su alrededor, como la filosofía Griega y el derecho Romano, poniéndolo al servicio de la defensa y propagación de la doctrina cristiana tal y como cada uno la entendiera. De modo que, cuando Constantino reconoció a la Iglesia, ya era una institución consolidada y poderosa –le comentó María

-De acuerdo. Aunque alguna vez tendremos que tratar el tema con más detalle, porque me parece que también el imperio necesitaba una ideología que lo legitimara ante una ciudadanía fraccionada y desarraigada, y que la fuerza bruta de las legiones no bastaba para contener y unificar –le añadió Valerio.

-Estás pensando en Diocleciano.

-No, más no, por favor. ¡Tened piedad de mí, como cuentan que dijo Jesucristo en la cruz!   Basta ya. Todo eso lo habláis vosotros solitos en otro momento. Cuando, con tantas disquisiciones históricas, no ha reaparecido hasta ahora el evangelio secreto.

-Tiene razón Nico. Lo habíamos olvidado. A ver, Valerio, el evangelio secreto.

-Esperar, que voy a por él.

 

Los misterios del reino de Dios

-¿Lo tiene en su cuarto?

-Lo habrá estado releyendo esta noche.

-¿Es muy largo?

-No. Ya le has oído. Unas mil palabras.

-Aquí me tenéis. Como os dije antes, lo utilizaban los Carpocracianos, y del que, según informa Clemente, la Iglesia de Alejandría poseía un ejemplar, que sólo prestaba a fieles de confianza. Os voy  leer uno de los párrafos citados en la carta dirigida a Teodoro.

-Y ese Teodoro ¿quién era?

-Es verdad. Se me olvidó preguntártelo ayer.

-Me parece que no se sabe nada del mismo, salvo lo que se puede colegir de la carta: que en algún lugar había tratado a Carpocracianos, de  quienes le habían escandalizado sus dichos y sus hechos, y que ellos le habían remitido a ese evangelio secreto de Marcos, en poder de la iglesia de Alejandría, con el fin de justificar su doctrina y sus  comportamientos. Es todo lo que os puedo decir.

-Pues sigue con Clemente.

-En la carta, Jesús, seis días después de haber resucitado a un joven rico en Betania

-¿No fue en ese lugar dónde también había resucitado a Lázaro? –le preguntó María

-Yo te diría que no por lo que oirás a continuación. Y os leo lo que  Clemente habría escrito a su corresponsal Teodoro.

-¿Por qué utilizas el condicional? –una pregunta que a mí no se me habría ocurrido.

-Porque sé algo que vosotros aún no conocéis y que no os voy a contar ahora.

-¿Y eso? –protestó María.

-Porque no es el momento.

-Es decir, porque lo dices tú -le dije.

-¡A que no sigo leyendo!

-Que sí. Y tú, Nico, no provoques.

-Vale: “Y llegaron a Betania, y había allí una mujer cuyo hermano había muerto. Y ella vino y se postró ante Jesús y le dijo: `Hijo de David, ten piedad de mí´. Pero los discípulos la reprendieron. Y Jesús, encolerizado, se fue con ella al jardín donde se encontraba la tumba. Y se oyó una voz viniendo de la tumba. Y Jesús, habiéndose acercado, hizo rodar la piedra lejos de la puerta de la tumba. Y entró enseguida al lugar donde se encontraba el joven, extendió la mano y, cogiéndole la mano, lo resucitó. El joven, al verle, le amó, y  suplicó a Jesús que le dejase estar con él. Y, habiendo salido de la tumba, fueron a la casa del joven, porque era rico. Y, después de seis días, Jesús  le habría dicho lo que tenía que hacer; y, aquella misma noche, el joven se reunió con él, llevando una tela de lino sobre su cuerpo desnudo. Y permanecieron juntos toda la noche  para que Jesús le enseñara los misterios del reino de Dios. Y después, al amanecer, retornó a la otra orilla del Jordán”. De modo que la Betania de Lázaro estaba en la otra orilla.

-O Jesús estaba en la otra y el joven se volvía a la Betania de Lázaro.

-Y yo me voy a marchar a mi cuarto si seguís con tanta precisión geográfica.

-No te vayas, que te queremos mucho.  ¿Y dices que Morton Smith  publicó la carta con su nombre?

-Eso mismo le pregunté yo cuando me la leyó ayer, admirándome aún más cuando me añadió que no sólo la había publicado en una editorial universitaria, especializada en temas religiosos, con todo el aparato crítico al uso, de lo que tú sabes más que nosotros, sino también en otra para el público en general y con un título con el que atraer a la clientela, de gancho, como dicen los del gremio: El Evangelio Secreto.

-En el que argumentaba que Clemente era el autor de la carta y que el evangelio secreto se remontaba a los inicios del movimiento cristiano, insinuando, nada menos, o así lo entendieron los malintencionados, que Jesús realizaba con sus discípulos prácticas secretas libertinas. Y con tales ingredientes, lo extraordinario habría sido que las reacciones no hubiesen ido desde la aprobación incondicional al rechazo escandalizado e insultante, incluso con  insinuaciones respecto a  la homosexualidad del autor–completó Valerio.

-¡Qué maldad! ¡Sacar la homosexualidad del descubridor, aunque fuese cierto! ¡Hasta ahí podíamos llegar! –exclamó, indignada, María.

-¡La que le caería encima! –exclamé.

-Pues ahórrate los esfuerzos porque te lo digo ahora mismo. O, mejor dicho, el propio Smith, quien  confesó a un amigo, más o menos un año después de la publicación de la edición popular, que había amontonado una pila de recortes de periódicos de más de tres palmos de altura; y otra, de unos cuantos más, con cartas de lectores, muchas de ellas incluso amenazadoras.

-No era para menos. Aquí habría ocurrido otro tanto.

-O más, porque los católicos aguantan menos. Son más intolerantes –dije yo.

-No sabría qué decirte. Puestos a intolerantes, quienes creen tener una  verdad monoteísta, exclusiva y excluyente, religiosa o política, antes o después caen en la intolerancia; y, si no, mira a tu alrededor, también por el lado político, o exclusivamente –me rectificó María.

-Y eso que todavía no os he leído una frase que Clemente menciona, aunque no del evangelio, sino supuestamente añadida, o así la interpretaba él, por el propio Carpócrates, igual que otros párrafos a los que Clemente alude sin citarlos, calificándolos de mentiras, añadidos por aquel.

-¡Aún más escandalosa!–exclamamos María y yo.

-Sobre todo porque despoja al párrafo anterior de la ambigüedad con la que, con buena fe y sin prejuicios, se le  podía interpretar.

-¡Pues qué haces que no nos la lees! –le urgió María.

-No hace falta. Me la sé de memoria. Es sólo una frase: “Hombre desnudo con hombre desnudo”.

 

“Hombre desnudo con hombre desnudo”

-¡Cómo! ¿Qué dices? ¡Repite!

-“Hombre desnudo con hombre desnudo”.

-¿Y entendida  como la entendería cualquiera? –exclamé, tanto o más sorprendido que cuando se la escuché por primera vez.

-No sé cómo la entendéis vosotros –nos dijo Valerio

-Por mi parte, me parece que como Nico. De ti, no pondría la mano en el fuego.

-¡Qué cosas se te ocurren, María! ¡Cómo la  va a entender! Pues lo mismo que nosotros.

-¡Qué queréis que os diga! Tal vez no –y Valerio lo pronunció como si  le atemorizara lo que iba a pronunciar.

-¿Qué para ti no se trata de una relación homosexual? –le pregunté, conteniéndome el grito.

-Puede que no. Depende de cómo se interprete un párrafo del evangelio canónico de Marcos, que no se si habréis leído.

-Yo ya te dije ayer que no. María seguro que sí.

-No creas. Los evangelios no son mi lectura preferida, aunque el de Marcos, por haber sido el primero de los sinópticos, según reconoce la mayoría de los especialistas, lo he estudiado para contrastarlo con el género biográfico greco-romano. Pero, espera, que no quiero que te pases a otra cosa sin contarme antes cómo reaccionó a la publicación el mundillo académico, porque me sorprendería que hubiesen aceptado el descubrimiento sin división de opiniones. Y que acaso no fuesen de guante blanco.

-Ah, claro. A Nico ya le hice ayer un resumen.

-Pues házmelo ahora a mí.

-Házselo. Pero, en versión resumida. Que ayer, aunque era entretenido,  hubo momentos en que estuve medio perdido.

-Venga, Valerio, que  somos todo oídos.

-Allá va. Como bien sabes, la unanimidad no es  deseable en ningún caso. Pues, según un dicho rabínico, cuando todos están de acuerdo, seguro que se equivocan.  Afortunadamente, no es lo que prima en el mundillo académico. Y, en este caso, paulatina e inexorablemente, se fue extendiendo el rumor, entre la tribu erudita, que el hallazgo de Morton Smith era una falsificación.

-¿Qué le habían engañado como a un chino? –se sorprendió María.

-¡Peor aún! Le acusaban de ser el falsificador.

-¡Pero qué irresponsabilidad! ¡Cuando era tan sencillo demostrar que no!

-¿Sencillo? ¿Por qué eres tan atrevida? -la acusó Valerio.

-Porque bastaba con llegarse hasta el monasterio de Mar Saba. Lo que, en los tiempos que corren, es coser y cantar. Te coges un avión y estás allí al día siguiente.

-Efectivamente, facilísimo, siempre que estuviese el volumen de las cartas de Ignacio esperando la mano graciosa que viniese a arrancarlo  de las estanterías de la biblioteca,  para hacer los análisis que se exigen en estos casos. Examinar el manuscrito en cuanto tal y no su contenido. Sin embargo, mira tú, resultó que no estaba.

-¿Que Morton Smith se había inventado la existencia del libro?

-No. La ficha estaba.

-¡Que podía haberla falsificado él! –según María.

-¡Mira tú! Eso no parece que se les haya ocurrido. ¿Lo dejo entonces?

-¿Qué dices? ¡Estaría bueno! ¡Sigue, sigue!

-Lo que había desaparecido era el volumen con las cartas de Ignacio. Y, mientras no apareciese, era imposible hacer los análisis de la tinta y el papel que permitiesen autentificar el documento. Ya que, como bien sabéis

– Yo no se nada. A mí que me registren.

-Nico, mira que eres tonto. Valerio ¿qué hago  con él?

-Aguantarte. El sentido de la oportunidad no es su fuerte. Mas, como sabéis, también tú, para la crítica contemporánea un documento es auténtico si satisface unas exigencias técnicas mediante las que se determina que su aspecto material se corresponde con su verdadera naturaleza.

-Lo que en este caso ¿cómo este propio ha de entenderlo? Si María me da permiso para preguntar.

-¡Lo mato! ¡Sigue!

-Que la tinta y el papel no eran del siglo XVII ni tampoco de las fechas en las que Morton Smith los habría podido adquirir en cualquier papelería.

-Por tanto, al haber desaparecido el libro, no había comprobación posible –concluí.

-Me jugaría los pendientes que no llevo a que sí. ¡A que apareció el texto!

-¡Ni que fueses adivina! Pero es lo que ocurrió ¡Y con qué testigos!

-Eso, Valerio,  no me lo contaste ayer.

-¡Si no dejabas de protestar por la cantidad de nombres propios que estaba mencionando! ¡Cómo para añadir media docena más!

-No, eso no. Esos otros nombres los habría incluso retenido porque cambiaban la historia. Me he ido a la cama con la idea de que el volumen de las cartas de Ignacio con la de Clemente se había perdido y ahora le informas a María que había reaparecido. ¡Es que no hay derecho! ¡He padecido una discriminación negativa!

-Me parece que Nico tiene algo de razón.

-¿Os ponéis los dos contra mí? ¡Me habría gustado que hubieses visto su cara de aburrimiento! En cualquier caso, te pido disculpas; y te añado que, a efectos prácticos, cuando te fuiste a la cama, y tantas veces como lo hagas, el libro como si no hubiese aparecido.

-¡Pero bueno! ¡Valerio, no nos vuelvas locos! ¿No acabas de decir que apareció y que, además, los testigos habían sido personas de prestigio? –le dijo María.

-Eso he dicho y mantengo los dos dichos.

-¡Valerio! –y no me lancé a su yugular por estar la mesa entre medias.

-¡Qué pasa!

-¡Que no nos tomes el pelo! ¡O una cosa o la otra! ¡O lo que aprendimos en lógica no sirve, en este caso al menos! –y aunque lo dijo María, yo lo iba repitiendo por lo bajines.

-Pues sigo en mis trece ¿Por qué no puede haber  unos testigos de confianza que hayan visto el libro con la carta manuscrita de Clemente y, no obstante, que  no haya estado disponible para hacer las pruebas con las que determinar las fechas de fabricación de la tinta y el papel?

-Eso es hacer trampas. Nos presentaste como simultaneo lo que ahora resulta ser una secuencia. Conque explícate –María se me estaba revelando un encanto.

 

La mejor universidad alemana en el exilio

-¡No se te pasa una! Pues sí. La primera parte fue que, el hoy conocido investigador del gnosticismo y de las relaciones del movimiento cristiano con el Judaísmo, Guy Stroumsa, había llevado en su coche al monasterio de Mar Saba, en la primavera de 1976, a dos prestigiosos profesores de la universidad de Jerusalén, a la que algunos llamaron la mejor universidad alemana en el exilio, ya sabéis por qué.

-Yo no lo sé. ¿Y tú, María?

-Por los muchos y excelentes profesores Judíos Alemanes que habían huido a Jerusalén escapando de los Nazis.

-¡Ah! ¡Qué cosas!

-A los dos eminentes profesores y al chófer y estudiante Stroumsa les acompañaba el archimandrita Melitón.

-¿Y eso qué es?

-En la Iglesia Ortodoxa, el abad de un monasterio o el supervisor de varios, por encargo del obispo. Y los cuatro se dirigían al de Mar Saba con el fin de comprobar la existencia de la carta de Clemente a Teodoro.

-¿La encontraron? –me adelanté a María

-Sí. En las estanterías polvorientas de la torre, a donde Morton Smith había devuelto el ejemplar de las cartas de Ignacio.

-¿Y qué? –ahora había sido María quien se me adelantó.

-Que convencieron al archimandrita para que se llevara el libro y lo depositara en la biblioteca del patriarcado ortodoxo de Jerusalén. Sin embargo, ya allí, resultó imposible convencer a las autoridades eclesiásticas para que  prestaran el volumen a la policía israelita, la única institución en Jerusalén con los medios técnicos adecuados con los que determinar las fechas de fabricación, tanto del papel como de la tinta. Y, posteriormente, no se sabe ni cómo ni cuándo, el volumen volvió a desaparecer sin que se haya vuelto a saber de él. Así que mis dos dichos son verdaderos.

-¡Borra esa cara de satisfacción! –le amonestó María

-La borro. Y te vuelvo a preguntar, porque Nico ya me dijo ayer que no lo sabía. ¿Qué párrafo del evangelio de Marcos  se puede vincular con lo que hemos leído en el evangelio secreto?  ¿Y no me digas que no lo reconoces?

-¡Oye, Valerio, no te hagas el exquisito y te burles de los demás porque no sepan lo mismo que tú!

-¡No te enfades! ¡Era una broma!

-¿Qué dirías si yo te preguntara por las laringales?

-Pues que será algo que tenga que ver con la laringe.

-¡Dejarlo que me va a dar un desmayo! Dínoslo  y se acabó ¿Cuál es el episodio del evangelio de Marcos, el fetén, que debíamos conocer de ser tan cultos como tú?

-Aquel en el que los esbirros, enviados por el Templo, detienen a Jesús en el Monte de los Olivos; y los discípulos que estaban con él  lo abandonan, salvo un joven, envuelto en una sábana; el cual, cuando los esbirros lo detienen, se suelta de un tirón, se da la vuelta, la abandona, o se le resbala, y huye desnudo.

-¿El mismo joven del evangelio secreto? –pregunté atolondradamente.

-¿Tú que crees?

-¡Qué va a creer! Cuando bien sabes que no se puede saber.

-Gracias, María.

-Si yo no lo decía tanto por vosotros, como por los muchos especialistas que han  publicado  las conjeturas más descabelladas respecto a la identidad del primero.

-¿Cómo cuáles?

-Sólo te puedo enumerar algunas de las muchas  ocurrencias publicadas sobre ese joven que huía desnudo. Concretamente, las dos que más me han llamado la atención por lo extravagantes: una, la de que era una especie de prefiguración enigmática de la suerte de Jesús.

-¡Ya es echarle imaginación! –exclamé.

-Y tanto. La otra, que tampoco se queda corta, que era su hermano Santiago, porque Eusebio, en la Historia Eclesiástica, lo presenta vistiendo siempre una prenda de lino. También los hay que defienden que el joven que se queda en la huida como su madre lo trajo al mundo era el mismo que aparece en la tumba vacía, en el evangelio de Juan, fuera quien fuese.

-¿Qué quieres decir quien fuera o quien fuese?

-Me refiero a si vosotros os representáis de algún modo a Marcos, Mateo, Lucas y Juan, por no mencionar a todos los nombres propios que aparecen en el Nuevo Testamento.

-Pues sigo sin saber qué quieres decir ¿Y tú, María?

-Supongo que Valerio nos está preguntando si les ponemos cara, ojos, nariz, boca, orejas, pelo, con todas sus variantes: color de la piel,  nariz respingona o puntiaguda, ojos negros o azules; las diferencias mediante  las cuales se identifica, aunque vagamente, a los individuos. Pero sin saber nada en concreto sobre ellos.

-En efecto, a eso  me estaba refiriendo; a que no sabemos nada sobre esos personajes, salvo de Pablo. Cuando, ni siquiera podemos identificar con certeza lo que distinguía a Esteban y su círculo de los otros fieles de la agrupación de Jerusalén, a no ser que  admitamos como suyo el discurso que pone en su boca Lucas en Hechos, que no puede ser sino una recreación imaginaria del que haya pronunciado en el sanedrín, de donde no hay noticia de que hubiese escribientes.

 

El terremoto y la resurrección de Jesús

-¡Me tienes asombrada, Valerio! ¿Cuándo has aprendido todo eso?

-Entra en su cuarto y te enterarás, viendo los muchos libros y papeles desparramados por el suelo. ¡Y tú no me mires con esa cara, que no estoy revelando a María tu amor secreto! Además, pensaba que estaba al tanto.

-¡Ni por asomo! Me acabo de enterar. Y ahora desembucha, que seguro que tienes en reserva tus propias interpretaciones para los dos episodios.

-Enseguida. Pero antes me gustaría poner la guinda sobre el pastel. Una de esas guindas que, no sé por qué, suelen aparecer en historias como la del evangelio secreto. Maduraron cuando uno de los que buscaban pruebas para demostrar la falsificación señaló las semejanzas que se daban entre la supuesta invención del Evangelio secreto y el argumento de una novela, publicada en 1940, según he confirmado en Google, El misterio de Mar Saba, cuyo autor, María, te pasaré luego.

-No te olvides. También el del investigador.

-Y Morton Smith la había conocido y le había inspirado el evangelio secreto –afirmé.

-Eso, Nico, no habría sido la guinda, sino todo el pastel –me replicó Valerio riendo.

-¿Por qué no nos cuentas el argumento? -le apremió María.

-Un intento de los nazis para dar un golpe mortal, simultáneamente, a la religión de los ingleses y al Imperio Británico.

-¡Qué osadía! ¿Cómo esperaban conseguirlo y qué papel jugaba el monasterio ortodoxo?

-Primero lo último. Por su antigüedad y su fama de atesorar manuscritos muy antiguos. Y lo primero, porque se habría descubierto allí un documento, firmado por Nicodemo, quien reconocía que había retirado de la tumba el cadáver de Jesús después de que un terremoto  hubiese desplazado la piedra que la cerraba. Por eso las mujeres que habían ido a ungir el cadáver se la habían encontrado  vacía y habían creído que Jesús había resucitado.

-¡Qué imaginación tan calenturienta! Mas volvamos a tu historia. Mencionaste ayer, respecto al  muchacho que perdía la sábana en la huida, al Paraíso Terrenal.

-Al Paraíso Terrenal y a la desnudez de los niños. Como también, si se lee sin la sombra pervertida de los Carpocracianos, al evangelio secreto.

-Pues yo no veo qué pinta aquí el Paraíso Terrenal, si no ha cambiado desde que, a mí y a todos los que íbamos a hacer la primera comunión, nos lo exponía don Julián en la catequesis –les interrumpí.

-Cuéntanos lo que recuerdas que os enseñaba el tal don Julián. ¿Qué sería un cura?

-El párroco de San Miguel.

-¿Y por qué no lo leemos directamente de la Biblia y no atosigamos a Nico?

-Tienes razón. Olvidaos de lo que os he  dicho. Voy a por la Biblia y lo leemos.

-¿Cuál has traído? –le pegunto María con su obsesión bibliográfica

-La primera que he encontrado. La Biblia de Jerusalén. ¿Te vale?

-Supongo que, para lo que vas a leer, dará lo mismo una que otra.

-En efecto. Empiezo. Génesis, 2:25: “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban el uno del otro”. Y sigo con Génesis, 3:7, después de haber comido del árbol del bien y del mal: “Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron un vestido” ¿Qué me dices?

-¿Que si ya tenían hilo y aguja?

-No te hagas la Reimarus.

-¡Te está insultando!

-¡Qué va! Me está piropeando.

-¡Ah, sí! ¡Qué piropo tan raro! Es la primera vez que lo oigo. ¡Pero qué bobo soy. Me estáis tomando el pelo! Reimarus no es castellano.

-Valerio, ¿caemos en esa trampa saducea o sigues con el Génesis?

-¿Te basta con saber que Reimarus es el autor de unos fragmentos, publicados por Lessing, a mediados del siglo XVIII, como encontrados anónimos en la biblioteca del príncipe al que servía, y en los que se cuestionaban las doctrinas y los milagros de Jesús y la verosimilitud de muchos relatos de la Biblia?

-Me basta, puesto que me parece que ni María ni tú creéis en  milagros. Disculpa la interrupción.  Sigue cuando quieras.

Génesis, 8:11 “Oyeron luego los pasos de Yahvé Dios que se paseaba por el Jardín a la hora de la brisa”.

-¡Para tomar el fresco! ¡Qué Dios tan majo!

-¿Y qué me dices de que tenga cuerpo?

-¿Que qué?

-Que ya me explicarás cómo podían oír sus pasos de haber sido un ser espiritual.

-¡Ahora entiendo que Valerio te llamara la Reimarus!

-¡Dejémoslo correr! Sigo con Génesis 8:11: “Y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahvé Dios por entre los árboles del jardín. Yahvé llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”. Éste contestó: “Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí”. ¿Qué os parece?

-No sé, Valerio. Tú, dirás –y yo como María, aunque sin decir nada.

-Lo he citado para que tengamos presente que el Paraíso era el referente, para cualquier Judío del mundo perfecto; por lo menos hasta que los rabinos lo interpretaron de otra manera muchos siglos después.

-Espera. ¿Que cambiaron el texto? ¿Para qué? –ya me estaban metiendo en otro lío.

-El texto no lo cambiaron, porque en cuanto tal es mudo, sino su o sus interpretaciones. Y para explicar la presencia del bien y del mal en los hombres de un modo que poco se parecía al  que arrancaría con la doctrina del pecado original, cristiana o paulina, y la pérdida de la inocencia, a la que nos estábamos refiriendo.

-¡Qué interesante! –exclamó María

– Sí. No obstante, si te parece, y antes que Nico nos llame al orden, lo dejamos para otro momento.

-Menos mal, porque, de lo contrario, os extenderéis hasta dios sabe dónde, que os conozco, y no me enteraría qué pinta el Paraíso en esta historia.

-Ya lo he dicho, pero lo repito. El mundo perfecto, el Reino de Dios. De cuyo relato Jesús ha podido colegir, de un modo  que yo al menos no me atrevo a imaginar cómo, que no avergonzarse de la  desnudez era la prueba del algodón, la demostración palpable, de la recuperación de la inocencia. Y deduciendo, no me preguntéis con qué razonamiento, disparatado por lo literal, que quienes permaneciesen desnudos sin avergonzarse habían vuelto al Paraíso de los Elegidos.

-¡Pues claro! ¡En efecto! ¡Por eso el Paraíso! ¡El reino de Dios! Pero antes mencionaste otras. –se me habían abierto los ojos

-No corras. A ver, el experto –intervino María.

-Valerio, te tocó.

-Efectivamente. Tú y yo somos libre oyentes.

-O más bien  moscas cojoneras –Valerio lo dijo sin mala intención.

-Admitido el título. Una de las tales moscas vuelve a preguntar: ¿cuáles otras?

-Las referidas en textos rabínicos, muy alejadas de las promocionadas por Pablo y compañía. ¿Las queréis oír?

-Por mi parte, sí.

-Y por la mía también.

-Voy a mi cuarto a por los papeles

-¿De los que recubren el suelo? –la bromista había sido María

-Una broma más y no vuelvo.

-¡Anda que no tienes mal genio! ¡Cógelos de donde estén!

-No repitas lo de su desorden, cuando para él tal vez no lo sea, que se enfada –me advirtió Nico

-Si se lo he dicho de bromas.

-Ya lo sé y él también. Pero que se lo digas tú le molesta más que si se lo digo yo. Calla que viene.

-Aquí me tenéis con los papeles.

-¡Qué rapidez! María, tendrás que reconocer, al menos por una vez, que los tenía bien ordenados.

-¡Y tanto!

-Vamos a ver. Y te lo pregunto a ti como filóloga.

-Y haces que requetebién, siempre que lo que le preguntes también lo entienda yo.

-Es muy simple. ¿Cómo interpretas el  versículo del Génesis donde Yahvé se propone  crear al hombre?

-Valerio, que yo no conozco el hebreo, salvo alguna cosita suelta

-Ya lo sé. Pero, para lo que te estoy preguntando, espero que nos sirva cualquier traducción. ¿O prefieres alguna en especial porque te merezca más confianza?

-No. Cualquiera. La misma que estamos usando.

 

El Dios creador del judaísmo

-La Biblia de Jerusalén. Génesis, 26: “Hagamos el hombre, según nuestra semejanza”. Ya está.

-¿Y ahora qué? –pregunté

-Que traduce un término hebreo que desconozco por “hagamos”.

-Un plural mayestático habitual. Los Papas y otras autoridades que se dicen laicas lo utilizan diariamente –volví a intervenir.

-Sí. Pero ¿quién nos dice que Yahvé lo usaba del mismo modo?

-María, has dado en el clavo. Porque ha sido la lectura no mayestática del pronombre personal, sino la habitual, suma de uno mismo y otros conocidos, yo y vosotros, la que ha llevado a los rabinos a interpretar el texto bíblico de la creación del hombre como un diálogo entre Yahvé y la hueste de los ángeles, cuya conversación, o mejor dicho las  variantes de la misma, las  recoge  el Génesis Rabbah.

-¿Qué es Rabbah?

-Comentarios. Comentarios de rabinos al Génesis.

-Ahora que recuerdo, en alguna de las traducciones del Génesis que he leído

-¿Otra más que las tres que hemos traído del cuarto de este?

-Me parece que no. Casi juraría que era una nota respecto a ese “nos”, que me llamó la atención por haberla juzgado innecesaria e incluso extravagante. Y precisamente en esta Biblia, ya que es la última que he ojeado, para añadir una referencia en un articulo que he publicado sobre Prometeo y la creación. Mira en las notas a los primeros párrafos del Génesis.

-Ya voy. Pues mira, tenías razón ¡Qué memoria! Aquí está. Os leo la nota completa pues no tiene desperdicio: “Este plural puede indicar una deliberación con su corte celestial; la traducción griega, seguida de la Vulgata, así ha entendido nuestro texto. O bien expresa la majestad y la riqueza interior de Dios, cuyo nombre común en hebreo es la forma plural, ´Elohim. Por este camino va la interpretación de los Padres, que han visto insinuada aquí la Trinidad”. ¡Bingo, María!

-Bingo ¡y qué locura! ¿Qué pinta en ese contexto la Trinidad? ¡Ni cogida por los pelos! –exclamé.

-Porque siguen con la manía de encontrar alusiones o precedentes para todos los arreglos que se han tenido que  hacer con el fin de acomodar y componer las creencias o los credos, muchos de las cuales, si no todos, habían ido surgiendo entre los fieles, independientemente de los teólogos, y que, por muy disparatadas que fuesen, gozaban de tal arraigo que había que  mantener y justificar.

-Explicármelo, que  no sé por dónde vais.

-Pues que no hubo, en el origen, una mente creadora y unificadora de la doctrina, sino que, por un lado, estaba el Dios creador del Judaísmo; por otro, Jesús, cada vez más exaltado por los fieles, puesto que su crucifixión había abierto las puertas del Reino a los que creían en su resurrección; y además el Espíritu que hablaba en las profecías. Tres personas distintas y un solo Dios verdadero, como se decidió en Nicea con el beneplácito de Constantino. Pero a los traductores de la Biblia de Jerusalén no les habrá parecido suficiente y, aprovechando que el Pisuerga pasaba por el Génesis, han señalado una posible premonición de la Trinidad.

-Y yo me voy a por un vaso de agua porque me has dejado con la boca seca. ¿Queréis?

-Yo sí

-Yo también y si puede ser con un cubito de hielo.

 

 

Los rabinos y el Génesis

-¡Qué fresquita! Y ahora, Valerio, explícanos cómo se las apañaban los rabinos con ese “nos” que englobaba a Yahvé y a los Ángeles –y me apunté en silencio a la requisitoria de María.

-Solo puedo resumiros lo que he leído en una traducción inglesa del Génesis Rabbah y en un artículo, en la Harvard Theological Review, titulado algo así como el “Triunfo de la misericordia”. El nombre del autor y la fecha de la publicación te los enviaré también a tu correo.

-Sí, a mí esos datos me gusta tenerlos.

-Y a mí se me pone cara de tonto porque no sé de que estáis hablando.

-Del modo como en ese texto

-¿Qué texto?

-¡No te despistes, Nico! El Génesis Rabbah, donde, como ya te he dicho, se recogen comentarios de rabinos sobre la creación del hombre a partir de ese “nos”, que, según ellos, englobaría a Yahvé y a los Ángeles; lo que les lleva a teatralizar un supuesto debate celestial entre acerca de la oportunidad de crear al hombre, un ser que el mismo Yahvé reconocía que podría hacer el mal.

-Ahora no me he despistado y bien que me habría gustado. ¿En qué quedamos? ¿Dios es omnipotente o no lo es? ¿Qué dices tú? ¡Porque Valerio seguro que me lía!

-Pues tendrá que ser él, porque es el único que conoce de lo que está hablando. Yo, de momento, no lo capto.

-Entonces, Valerio, a ver si lo explicas al nene y la nena, como nos decía el profesor de filosofía del bachillerato, calificándonos de tontos y a sí mismo de un Aristóteles redivivo.

-¡Qué oportuno! Supongamos que eres carpintero.

-¡Yo no me imagino nada y menos carpintero, cuando sabes que soy incapaz de clavar una alcayata sin machacarme los dedos!

-Por eso Valerio te ha dicho que lo supongas. Pero dejémoslo. A ver ¿qué le ibas a decir?

-Nada especial. Era sólo era para mostrar que  Yahvé, cuando decide crear el hombre, ha tenido  que pensar necesariamente en un ser concreto, no en cualquier cosa a la que luego bautizar. Porque podía crearlo de la nada, pero no como le viniera en gana, sino como lo que la palabra significaba. Por eso los ángeles ponían reparos a su creación, ya que ni dios podía evitar que en el hombre convivieran  dos inclinaciones, una hacia el bien y otra hacia el mal.

-¿Estás afirmando, como un compañero mío, que lo primero es el logos? –le preguntó María.

-Mas bien que Yahvé estaba obligado a crear según las ideas. Que lo creara de la nada, pues sí, mas como algo ya idealmente determinado.

-¡Qué majaderías estáis diciendo! ¡Si ninguno de los dos creéis en Dios!

-Tampoco creemos en otras muchas cosas y, no obstante, hablamos de ellas. Pero te haremos caso y  dejaremos la teología a sus practicantes. Y nosotros siguiendo donde nos quedamos.

-¿Dónde te quedaste? ¿En lo de la desnudez?

-Sí, y en que Jesús había ejemplificado la inocencia en la desnudez de los niños.

-Que  no es lo que exponía nuestro obispo, en la pastoral  que publicaba  todos los veranos sobre los trajes de baño a  llevar en las piscinas y en las   playas del río, donde hasta los niños tenían que vestir taparrabos y las niñas un bañador de dos piezas –nos recordó María.

-¿A qué no os imagináis lo que se le ocurrió al respecto a uno de nuestra pandilla? –les dije.

-¡Me temo lo peor! –exclamó Valerio.

-Pues me olvido.

-Que no. ¡Cuéntalo! ¡Que Valerio es un pusilánime! –me reclamó María.

-Que se imaginaba al obispo con una monja al lado, en paños menores, a la que le iba tomando las medidas de hasta dónde tenían que cubrir los trajes de baño y q  se las dictaba al magistral, quien las apuntaba  para la redacción posterior de la pastoral.

-¿Y los trajes de baño de los hombres los medía en el magistral? –me preguntó María de cachondeo.

-Los hombres no contaban ni para el obispo ni para el de la pandilla.

-Porque las mujeres, para los obispos y para la Biblia, somos la tentación. Tanto en el paraíso como aquí en la tierra. Aunque ahora con el feminismo, ¡vaya usted a saber!

-¿Queréis que hablemos de los primeros autores del movimiento cristiano y sus opiniones sobre las mujeres?

-Yo estaría encantada porque me serviría para hacer méritos en mi departamento e incluso para conseguir alguna beca. No obstante, lo dejamos de momento y tú sigue con lo del desnudo.

-Es que vuestros obispos no habían leído la logia 37  del evangelio de Tomás.

-A mí ese evangelio no me suena.

-Y a mi tampoco.

-Porque, tanto vosotros como yo, hemos sido educados en ambientes  familiares y sociales en los que, aun siendo católicos, o acaso por eso mismo, poco o nada se hablaba de religión. Y mucho menos del evangelio de Tomás. Del que no supimos nada, ni por el párroco ni por los profesores de religión. Como tampoco de ninguno de los hallazgos que se estuvieran haciendo sobre los inicios del cristianismo –nos dijo Valerio

-Y porque, para nuestros padres, nuestros párrocos y nuestros profesores, no podían darse novedades en una doctrina que juzgaban verdadera, inmutable e imperecedera –sentenció María.

-Así es. Aunque también hay que reconocer que, cuando se descubrió el evangelio de Tomás, yo, que soy el mayor de los tres, no había cumplido los seis años. Y, además, como quien dice hasta ayer, la religión no  formaba parte de mis preocupaciones.

-Pues menos mal, que de haberte apasionado en tu juventud, en vez de un profesor de matemáticas, tendríamos con nosotros a uno de los más eminentes doctores de la Iglesia –se explayó María

-Más bien uno de los más eminentes herejes.

-¡Anda que no sois exagerados! ¡Dejaros de chorradas! ¡A que no os informo de lo del evangelio de Tomás!

-¡Si lo estás deseando! ¡Desembucha!

-El evangelio estaba entre los manuscritos aparecidos en Nag Hammadi, al norte de Egipto.

-¡Pero qué tonto soy! ¡Ahora me acuerdo! Lo leí en una revista de divulgación mucho más tarde de que se diera el descubrimiento. El montón de papiros, encuadernados en cuero, metidos en unas tinajas, que unos hermanos se encontraron, por casualidad, cuando buscaban combustible para hacer una hoguera en el desierto con la que calentarse, a la espera de que pasara por allí el asesino de su padre y vengarse, matándolo, descuartizándolo y comiéndole el corazón.

-¡Santo cielo! ¿Te das cuenta que, en un abrir y cerrar de ojos, has transfigurado uno de los más importantes hallazgos del pasado siglo para el estudio de la diversidad de los primeros grupos cristianos, en un relato de terror? ¡María, apunta su nombre por si alguna vez organizas unas jornadas sobre ese género en el mundo antiguo!

-¡Ya estamos! ¡Es que no se puede decir nada! Si nos hubieses leído sin más la no se qué de ese evangelio de Tomás.

-Que de cuándo se supone que es.

-Según algunos estudiosos, el original, en griego, del que se habría traducido al copto, de los años cincuenta.

-¿Contemporáneo o incluso anterior a algunas cartas de Pablo? –le dije.

-Así es –me contestó.

-¿Y qué dice? ¿Cómo la has llamado?

-La logia 37, más alguna otra que me reservo para si sois buenos. Voy a buscarla.

-Podíamos irnos a tu cuarto para que no tengas que estar moviéndote cada vez que necesitas un libro.

-¿Al cuarto de Valerio, dices? ¡Estás loca! ¡Si aquello es una leonera! Maruja, la asistenta, que también va a tu casa y que fuiste tú nos recomendaste, tiene prohibido entrar, salvo si está él delante y le va diciendo qué cosas puede recoger del suelo y cuáles dejarlas donde están.

-En ese caso, Valerio, tráelo tú. Porque  no estoy dispuesta a ir  por el cuarto dando saltitos, como las gallinas, para no pisarte los papeles.

-Enseguida vuelvo. Lo tengo en la mesilla de noche.

-Estamos de suerte, porque a veces se desespera al no encontrar lo que busca y, aunque hace propósitos de enmienda y ordenarlos, nunca lo cumple. Aquí lo tenemos.

-Ya está.

-¡Tan grueso!

-Es que reúne los evangelios canónicos y  los apócrifos. Y, como anuncia la portada, traducción de las lenguas originales de todos los textos evangélicos conocidos. Editados por un especialista, Antonio Piñero. Vamos a ver. Logia 37. Os la leo: “Sus discípulos dijeron: ¿`Qué día te manifestarás a nosotros y en qué día te veremos´?.

-¿Se están refiriendo a cuando hubiese resucitado? –pregunté

-No parece que se pueda entender de otro manera. Y sigo. Jesús dijo: `Cuando os desnudéis y no os avergoncéis, toméis vuestros vestidos y los pongáis bajo vuestros pies, como hacen los niños pequeños, y los pisoteéis, entonces veréis al Hijo del viviente y no temeréis´”.

-Ya veo a dónde vas.

-Pues yo no –dije.

-¿A dónde?

-Que si, para el Judío Jesús, el Paraíso Terrenal, versión de la serpiente, antes de la expulsión, era el paradigma del mundo perfecto, la desnudez formaba  parte del mismo. En consecuencia, permanecer desnudos sin sentir vergüenza era la prueba irrefutable de que uno estaba entre  los elegidos.

-¡Claro! ¡Tiene razón María! ¡Seguramente  Jesús y sus seguidores más cercanos se reunían en lugares apartados, por la  noche, con el fin de manifestar su inocencia desnudándose! ¿No es  como  lo interpretáis vosotros?

-Yo al menos no. –me respondió Valerio

-¡Que no! ¡Pero si has sido tú quien ha relacionado la predicación de Jesús con el Paraíso!

-Eso sí. Pero tú imaginación calenturienta, tal vez heredada del gamberro de tu pandilla, ha añadido que se reunían en lugares apartados  para practicar el desnudismo; y en eso no estoy de acuerdo. Los ritos de iniciación, habitualmente, se hacen una sola vez y no se repiten.

-Tiene razón Valerio. De hecho, es el joven al que había resucitado del único que sabemos que cubría su cuerpo desnudo con una sábana.

-También  el que le seguía un trecho cuando Jesús fue detenido por los esbirros. A no ser que los identifiques como el mismo. Además, que Jesús haya predicado a sus seguidores que el Reino de Dios, es decir, el Paraíso Terrenal, no había que esperarlo, sino que estaba aquí, yo lo interpreto como que ya en este mundo se podía vivir como se había vivido en aquel, antes de la expulsión. ¿No os importa que especule un poco?

-No. Pero antes nos preparamos otros cafés y tú, María, ¿un té?

-Sí, vale. Y, mientras los preparáis, llamo por teléfono a Maruja para que no me espere y se vaya cuando acabe de recoger. Que ya le pagaré otro día.

 

-¡Ya tienes el té!

-Ya estoy allí. Conque, Valerio,  a especular toca.

-Vamos a ello. Admitamos como comprobado, que no lo está, que Jesús se había convencido, por lo que hubiese oído o leído, que el Reino de Dios no había que conseguirlo, como pensaban muchos de sus compatriotas, expulsando a los Romanos con la ayuda de Yahvé mediante un Mesías y reconquistando la Tierra Prometida, sino que bastaba con volver al Paraíso.

-¡Anda! ¡No te digo! Sencillísimo. Coser y cantar –y no me eché a reír por tratarse de un asunto muy serio.

-No lo sería mientras Jesús no haya caído en la cuenta y se haya  convencido de que Adán y Eva habían sufrido una transformación al comer la manzana.

-¿Cuál? Porque no sería que habían engordado.

-¡Nico! ¡Por favor! –me reprendió María.

-Que Adán y Eva se habían descubierto desnudos y  sentido vergüenza, en primer lugar tal vez entre ellos y después ante Yahvé, cuando volviera del paseo vespertino.

-¿Y qué?

-Que Jesús había concluido que quienes no sintiesen  vergüenza desnudos, como los niños, volvían al punto de partida, a la inocencia de antes de haber comido la manzana. ¡Y no me hagáis preguntas sobre la personalidad de unos tipos que  creían tales historias!

-Y entonces, el joven al que se le resbalaba la sábana…

-Estaba pasando por la sesión mediante la cual se comprobaba que él era uno de los elegidos –nos ilustró, la mar de contento, Valerio

-¡Has dibujando un escenario que me ha  dejado patidifusa.

-¿Puedo añadir un par de dichos de Jesús?

-¿También del evangelio de Tomás? –le preguntó María

-Sí, claro

-Pues adelante.

-Empiezo por la logia 70, acompañándola con el comentario de una especialista, Elaine Pagels –y como María no preguntó de quién se trataba, yo tampoco abrí la boca.

-La logia: “Cuando deis a luz lo que hay en vosotros, eso a lo que deis a luz os salvará”. Y el comentario: “no dice nada de creencias, sino que anima a descubrir lo que está oculto en nosotros mismos.”

-Suena a socrático. ¿Y la otra? –dijo María

-La 22: “Jesús vio unos pequeños que eran amamantados. Dijo a sus discípulos: “Estos pequeños que son amamantados se asemejan a los que entran en el Reino”. Ellos le dijeron: “¿Es, pues, siendo pequeños como entraremos en el Reino?”. Jesús les dijo: “Cuando hagáis de dos uno y lo interior como lo exterior, y lo exterior como lo interior, y lo de arriba como lo de abajo, de tal forma que convirtáis en uno solo lo masculino y lo femenino, para que lo masculino no sea masculino ni lo femenino femenino. Cuando hagáis ojos en lugar de un ojo, y manos en lugar de una mano, un pie en lugar de un pie, y una imagen en lugar de una imagen, entonces entraréis en el Reino”. ¿Qué os parece?.

-Que quieres que te diga. Quedándome en la anulación de lo masculino y lo femenino, ya que lo que sigue no lo entiendo, lo interpretaría como la superación de las diferencias, que diría un hegeliano.   –María se expresaba como quien anda tanteando a oscuras.

-Pues de volver ahora, como en algunas novelas, a ver como se las arreglaba con los que solo quieren ser lo que se dicen que son. Pero sigue –intervine.

-No, espera ¿En el paraíso se moría? –María lo preguntó, mirando al suelo.

-¡Qué pregunta! –exclamé

-A mi modesto entender,  diría que no, ya que la muerte es una de las consecuencias de la expulsión, por lo menos en la interpretación  paulina. Pero habría que preguntárselo a algún rabino. ¿Por qué lo dices?

-Porque si en el Paraíso no se moría y Jesús y los que no se avergonzaban estando desnudos se creían, de algún modo, viviendo ya en él, aunque nosotros, o yo al menos, no podamos ni imaginar cómo, tendrían,  en consecuencia, si razonaban más o menos, ahora sí, como nosotros, que pensarse inmortales.

-Y eso, por si María no se atreve a decirlo, es pero que  muy fuerte. Y no dijo como lo habría expuesto el que tú llamas el gamberro de mi pandilla, porque María, no es que me diera una patada, es que me rompería la cara.

-Dilo. Dilo –me animó ella.

-Para tirarse un pedo.

-¡Qué irreverencia! Aunque a mí también me lo parece, pero no estamos hablando de nosotros, sino de unos Judíos radicales, los cuales, con una lógica aplastante, interpretaban de ese modo tan rotundo el relato del Paraíso Terrenal en el Génesis, uno de los libros de la Biblia más leídos, según se desprende por los muchos fragmentos hallados en las arenas de Egipto y en otros lugares.

-Dicho lo cuál, me vuelvo para mi casa.

-Y yo a dormir mi siesta.

-Pues yo a mi cuarto a seguir con el cristianismo.

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La Cueva de Zaratustra

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