Historia social del Pazo de las Torres de Meirás

 Memorias de Tonio.- Hace ahora ochenta años el pazo de las Torres de Meirás pasó de los descendientes de Emilia Pardo Bazán (Coruña, 1851/ Madrid, 1921) a la familia del general Franco. Como las casualidades son así, recolocando papeles dispersos en el pasado puente de mayo de Madrid, di de bruces con un antiguo relato de esta historia, que viene estando de rigurosa actualidad -por unas u otras razones- desde hace ocho décadas. Voy a volver a darla tal cual en LA CUEVA DE ZARATUSTRA. No recuerdo cuándo la escribí, ni qué revista de divulgación histórica española la publicó. Pienso que tuvo que ser entre 1987 y 1992, pues fue en este último año cuando la Televisión de Galicia (TVG) estrenó una de mis Historias con data más recordadas, al producir sorpresa intelectual infinita. Se titula: Fagámo-lo imposible. A utopía nacional-sindicalista de Gerardo Salvador Merino.

Gerardo (Herrera de Pisuerga, 1910/ Barcelona, 1971), jefe provincial en la primavera de 1938 del nacional-sindicalismo coruñés, sito en la izquierda obrerista de Falange, fue cesado de manera fulminante en aquel mes de mayo de 1938, y tuvo que salir por pies a los frentes levantinos de guerra, al mismo tiempo que se iban confirmando todas las noticias de la histórica donación del pazo de Meirás. Una trama protagonizada por el gobernador civil de Coruña (un “carlista blando”, escribió de él Dionisio Ridruejo, nombrado en el primer Gobierno del Generalísimo, y que acabaría siendo jefe de su Casa Civil).

Salvador Merino -en vísperas de ser nombrado para ese cargo en 1937- se desplazó a Burgos. Quiso prevenir personalmente al propio Francisco Franco (Ferrol, 1892/Madrid, 1975) -al que nunca fue afecto- de las malandanzas gallegas de su hermana Pilar, metida entonces en el estraperlo de carne… Como conocía bien el paño, los contubernios y las durísimas tensiones existentes en aquellos meses de guerra en la retaguardia gallega, enriquecería -sin duda- con otros detalles la trágica historia familiar que voy a rescatar para ustedes de mi propio olvido.

 

¡Meirás! ¡Meirás!
¿A quién irás?
Emilia Pardo Bazán

 

Cuenta Manuel Linares Rivas, aquel comediógrafo de antes de la guerra (sordo hasta el extremo de no poder oír los aplausos), un encuentro en las Torres de Meirás cuando la vida de doña Emilia se aproximaba al punto y final. Estaba por entonces el recinto a tope de esplendor. Eran a la sazón contertulios, además del mencionado, otro poeta de cierto éxito momentáneo, José Antonio Cavestany, y la anfitriona. Acaso por esa concesión al lugar común ‑tan propio de las visitas‑ la charla derivó hacia Rosalía de Castro, centrándose en la hondura ‑nostálgica, desgarrada‑ del emigrante que despide la comarca nativa con el memorable:

¡Padrón…! ¡Padrón…!
Santa María, Lestrove
¡Adiós!¡Adiós!

Emilia cogió la cadencia del poema para expresarse a través de aquel susurro:  “¡Meirás! ¡Meirás! ¿A quién irás?”. Estaba obsesionada con el final de su linaje, evidentemente. Tan intuitiva e imaginativa como era, no pudo suponer que aquellas piedras de su pazo esconderían una de las historias más trágicas y significativas de nuestro pasado reciente. Un romance de lobos real y verdadero.

 

La sociedad de los pazos

Emilia Pardo Bazán fue en Galicia la estrella más rutilante de su grupo de edad. Nadie será en vida tan celebrada, respetada, discutida, incluso en círculos oficiales, ciegos siempre a la escalada cultural. Así, como fruto granado de un éxito francamente incomparable, llegó a ponerse en condiciones de alzar ‑casi desde las raíces‑ una obra como la de Meirás, digna de situar a la par de otras residencias ostentosas, principescas, que decían del poderío ‑económico y político‑ alcanzado por determinados personajes de primera fila. Nada, en efecto, aminora la grandeza de aquellas Torres si se comparan con los  palacios que los Eugenio Montero Ríos, José Elduayen o Aguilar y Correa alzaron respectivamente en Lourizán, La Guardia y Sotomayor, convirtiendo a Galicia en punto de mira de las revistas ilustradas de aquel tiempo, cuando tales residencias cuentan entre las más suntuosas del sur de Europa. Está claro que todos buscan mostrar hacia la calle una instalación social que a nadie sorprende en el más prestigioso fichaje izquierdista de  Sagasta (con uno de los bufetes más activos de su tiempo), en el marqués del Pazo de la Merced (que fue el banquero alfonsino del propio Cánovas) o en el linajudo de la Vega de Armijo y Mos, otra pieza maestra de la Monarquía restaurada. El caso de Emilia, comparado con aquéllos, era excepcional. Nace ‑aunque cuento parezca‑ de la pluma y la escritura.

Cierto que cuenta con soporte patrimonial que le viene de casta; pero vamos a ver cómo incluso en el sesgo que pega a la administración de sus bienes hubo de poner a prueba su talento. Es bien sabido, por lo demás, que era condesa por reconocimiento pontificio a ciertas actitudes políticas de  su padre, muy bien vistas por la Santa Sede, e hija única de una familia hidalga de limpio abolengo local. Sus padres y abuelos forzaron mucho el rigor de las respectivas proles, estableciendo familias ceñidas a un único heredero, lo que facilitaba entronques y acumulaba herencias que tantos otros disgregaron. De todos modos, hasta los años noventa del siglo XIX, la densidad novelesca de sus pazos literarios nace más de la visita que de la dilatada permanencia en espacios de su propiedad. Aquel de Carballiño, por ejemplo, en el que transitan los personajes de Los pazos de Ulloa, no era suyo. Tampoco lo eran otros muchos en que se complacen sus relatos. Los que parecían destinados a su persona, por venir a dar al patrimonio de sus padres (Cañás, Casanova, Ciobre, Coirós, Dexo, Enchousas, Gándara, Rañal o Zanfoga…) no merecían el desgaste de ponerlos en situación de habitabilidad, según su criterio. Eran demasiado modestos. Dignos para hidalgos de gotera, no ceremoniaban a la triunfadora en plenitud. Los dejará venirse abajo sin apenas ofrecerle otro destino.

Entre tanto, bien reveladoramente por cierto, Emilia descansa del trajín viajero a que somete su existencia en una dignísima mansión urbana, plantada en la ciudad vieja de Coruña, su Marineda literaria. Es la casa de su padre (un contribuyente más bien modesto en el contexto de sus convecinos  coruñeses). Ella era altisonante, pero poco postinera. Sentía orgullo de los líquenes de las paredes; pero conocía al dedillo la estructura social de su ciudad. Contradice, por tanto, una y otra vez, el supuesto coruñés de que en aquel entorno urbano viven gentes de mucho ringo rango, como aún acontecía en Compostela por ejemplo. En realidad la vieja casta aristocrática había huido de Coruña desde bastante tiempo atrás, contribuyendo esa fuga a acrecentar el carácter decididamente burgués predominante. De ahí que incluso habitaran la ciudad vieja progresistas históricos de la mayor notoriedad, amigos íntimos de su familia en algún caso…

 

Querer y no poder

Todo lo más que se podía encontrar allí eran gentes de su condición, en tal sentido prototípica. Los condes de Pardo Bazán disponen todavía, ciertamente, de patrimonio importante, si se comparaba con las medias del país; pero distan mucho de ser opulentos dentro de su propio grupo social. Incluso en Galicia. Don José cobraba rentas abundantes ‑es cierto‑, pero resultaban de costosa obtención, siendo sobrado litigiosas en muchos casos. Pese a sus conocimientos económicos y a su formación jurídica, dependía ‑por lo disperso del patrimonio, sobre todo‑ de administradores diversos, poderosos en ocasiones, que amenguaban gravemente aquel ingreso. Emilia tiene claro, por lo mismo, que en gajes de riqueza su familia sólo cuenta de manera relativa: no figura ‑siquiera en la provincia coruñesa‑ en el conjunto senatorial de los 50 máximos contribuyentes territoriales. Era excelente partido, pese a todo.

Su temprana boda con un segundón de los Quiroga (1868) viene a abundar en esta estricta realidad, tan observada en aquel tiempo. La fortuna adquirida a pulso de talento y trabajo por la escritora, tiene así un destino muy selectivo en lo que hace a ostentación mundana. Se orientará, antes que nada, a abrillantar ese linaje familiar, mostrando en las Torres de Meirás una residencia principesca, pero en la que ella misma dejó muchas horas de trabajo manual. Las demás casas y casonas del patrimonio heredado, iniciaron un proceso irreversible de deterioro manifiesto, llegando a nuestros días ‑en el mejor de los casos‑ muy tocadas de aquel tiempo. Y otro tanto aconteció con las rentas, objeto de litigios y violencias, acrecentados por la propia resonancia de su nombre, por la creciente notoriedad de su yerno y por la escasa habilidad de su hijo, de visión alicorta en cuestiones sociales. Estaba cantado que aquel patrimonio se desintegraría. Nadie ‑ni ella siquiera‑ pudo jamás imaginar de qué manera.

Emilia, como se sabe, rompió la tradición de las generaciones inmediatas. Sacó adelante tres hijos de su raro y prematuro matrimonio: dos mujeres (Carmen y Blanca) y un varón (Jaime). Desde bien pronto orientó a éste hacia la administración del patrimonio territorial. Se convirtió así en una especie de cruzado a la contra de los movimientos agrarios antiforales, revitalizando ‑fuera de tiempo y de sentido‑ la actitud abiertamente forista de su abuelo. Los Pardo‑Bazán, debido a ello, pasaron a ser objeto privilegiado de todas las resistencias al pago de foros, originando ruidosas controversias y violentos conflictos, que en algún caso alcanzaron a nuestros mismos días. El rey Alfonso XIII y el general Primo de Rivera fueron informados y aconsejados por esta familia en relación a la cuestión de los foros, en la que (como en otras muchas cosas, la actitud llegará a ser, más que reaccionaria, insostenible). Emilia se demostró mucho más prudente que su prole. Empezó por complacer al poder establecido, aceptando desde 1886 ‑en que demuestran interés por tratarla personalmente‑ los elogios  de Cánovas y las zalamerías de Palacio, generosamente dispensadas por la mismísima Reina Regente. Se alejó así ‑también en este plano‑ de  la actitud carlistizante de su esposo legal y de ella misma en la lejana mocedad. Acabaría por cobrarse de ese vínculo con la dinastía gobernante en el trueque de su viejo título pontificio por el palatino condado de la Torre de Cela que pasaría a su hijo. Dispuso, además, con cuidado las estrategias matrimoniales, sin darse prisa alguna en los casamientos. El primero de ellos anunciaba para la casa la mayor prosperidad. Fue, sin lugar a dudas, el origen verdadero de tantas desventuras posteriores.

 

El esplendor de las Torres de Meirás

Tampoco pudo Emilia superar la contradicción profunda en que descansa su sentido: a caballo entre un mundo que se marchaba atropelladamente para siempre y otro ‑aburguesado, modernista‑ que detesta en gran medida, hizo el esfuerzo de conciliarlos a su manera. Meirás fue piedra importante en ese intento.

Dada la envergadura económica del proyecto, dejó que transcurrieran una serie de acontecimientos biográficos de alcance: la muerte de su padre (1890), en primer lugar. Heredera universal del patrimonio, se alió con su madre en la tarea de ir soltando lastre de aquel legado  territorial, concentrando el esfuerzo en un espacio físico privilegiado: es así como la vieja Granja de Meirás, que acaso llenara de sentido las curiosas ideas económicas del difunto, pasó a convertirse en sueño fastuoso de mujer emprendedora. Auxiliándose de sus propias ideas, del historicismo de la época y del consejo de Vicente de Lampérez, arquitecto‑arqueólogo de su intimidad (casado con una de sus mejores amigas, Blanca de los Ríos) las obras echaron a andar con cierta celeridad en 1893 (el mismo año, por cierto, en que los cacos pegaron a la casa coruñesa un asalto que alcanzó honores de noticia).

Pero la obra costó años y muchos sudores. Otro de sus amigos, el clérigo Manuel Vidal Rodríguez, nos ha dejado la imagen de aquella mujer, tan peripuesta para la vida de sociedad, llena de corsés que diesen forma a su exuberante fisonomía, privada de aderezos, ejerciendo con sus propias manos la condición de labradora, arando su jardín, en lucha viva contra la potencia de la madre naturaleza, disponiéndolo todo para el ajuste a su gusto hasta en los más nimios detalles. Fue así Meirás obra de su vida, tan mimada como las páginas de su literatura.

Situado el lugar en las afueras de Coruña, en el ayuntamiento de Sada, paraíso residencial elegido por las mejores familias coruñesas, unía a las más exquisitas preferencias paisajísticas y ambientales la circunstancia de la proximidad al castillo Santa Cruz, sito en la isleta de su nombre, donde fija  residencia el padre de sus hijos. La estratégica situación va a permitirle, por lo tanto, poner a prueba su propio gusto, comparándolo con el de todos los nombrados. La complacencia de sus retoños fue primera clave del éxito alcanzado. Adoraban Meirás, ajenos sin duda ‑como la mayoría de los visitantes‑ a la íntima tragedia de su propio futuro. Alguno de éstos nos dejó el relato de aquella exuberancia. Es el caso de Melchor Almagro San Martín, que visitó Meirás por encargo de La Esfera en 1917, cuando estaba en todo su esplendor.

 

La militarización y la cultura

Flameaba el conjunto un estandarte rojo. El viajero quedó  maravillado, asumiendo al completo el punto de vista creativo y ornamental de la anfitriona. Para ambos, en la Coruña de entresiglos, cuando estrena la ciudad ese brillante aspecto de cristal que hoy nos parece filigrana, resultaba todo de dudoso gusto. Algo muy propio de aquella burguesía modernista. Ante la imponencia de Meirás, bien por el contrario, Almagro se entusiasma. Llama castillo al palacio medievalizante. Penetra admirado en sus espacios interiores. Con prosa feliz nos sugiere  el diseño y el moblaje: un eclecticismo  muy propio de aquel tiempo en el que se concilia lo “español”, cargado de barroquismo (damascos rojos, mesas bargueñas, sillones fraileros, loza de Talavera y Alcora, retratos de familia) con el aire militar ‑feudal, almenado‑  de una residencia en la que todo es imponente, proporcional a la mole tres veces torreada del conjunto. La luz creaba en el interior una sensación de templo, penetrando cenital, a veces a través de vidrieras multicolores. Los tapices que cubren las paredes rompen el encuadre eclesial para rendir homenaje a las faces de escritores y artistas del parnaso abigarrado de la dueña.

Emilia ‑evidente‑ sale por doquier. Está en el salón de fiestas, de gusto italiano, en el enorme comedor con tapices flamencos, en las chimeneas graníticas de galáico sabor, en el despacho, en el estudio de la torre principal (“La Quimera”, con su formidable biblioteca), en la escalinata solemne que le sirve de entrada, en la misma capilla de ambiente aldeano, con el retablo barroco salvado de la quema del pazo de Santa María…

En aquel recinto, una vez concluida la fase de su restauración,  se celebró en 1910 la ceremonia en la que Emilia esperaba dar al mundo el fruto más completo de tan laboriosa exuberancia.

 

Boda principesca en Meirás

El 24 de octubre de 1910 se celebró en el pazo de Meirás la boda de Blanca Quiroga Pardo‑Bazán con el militar más condecorado de su promoción. Tenía nombre de opereta: José Cavalcanti de Alburquerque y Padierna de Villapadierna. Venía, además, de ilustre familia florentina, con importante presencia literaria entre sus antepasados. Jamás abandonó su relación con Italia, de quien recibirá en vida abundantes distinciones e influencias. La resonante carrera de la madre, la prometedora  del novio, el marco elegido para la celebración, el anunciado padrinazgo de los infantes, Teresa y Fernando, convirtieron aquellas nupcias en acontecimiento digno de las mejores plumas “de sociedad”. La Voz de Galicia, por ejemplo, se distinguió en el recuento de comensales, en el detalle de los regalos, en la suntuosidad del marco. Hubo, cuando menos, cuatro generales y ofició el obispo de Jaca, Antolín López Peláez. Bien mirado, tampoco aquel acto, pese a la probada solemnidad, pasó de ser ‑en el contexto de la alta sociedad española‑ de tercera preferente. Tuvo mucho de quiero y no puedo. Los príncipes, por ejemplo, figuraron, pero no comparecieron. La crema aristocrática (incluso la gallega) estuvo más bien ausente, por lo que parece.

Para más, las gozosas previsiones se torcieron pronto. Cavalcanti (39 años) y Blanca (32 cumplidos) no tuvieron descendencia. La propia doña Emilia murió en 1921 sin nieto que mecer en su colo poderoso. De sus otros dos hijos, Carmen parecía destinada a la soltería por completo; Jaime se empeñaba en jugar también al solterón tardando en casarse tanto como su madre en extinguirse.  Por si fuera poco Cavalcanti ‑”bravo militar y valiente caudillo”, al decir de las crónicas‑ se empeñó en meterse en política, a trancas y barrancas, desde el primer momento, despeñándose cada vez más en la mezcolanza de ambos oficios y en un progresivo ejercicio de reaccionarismo impenitente. Su primer asalto a la vía parlamentaria ‑en vida de su señora suegra‑ fue adelanto escandaloso de lo que iba a venir.

En 1915, en efecto,  quiso ser diputado conservador datista por Betanzos. Consiguió acta con apoyo del todopoderoso Agustín, gran cacique del distrito. Pagó alto tributo. Las maniobras ‑escandalosas‑ resonaron en el Tribunal Supremo. Consta, por cierto, que el mismo llevó adelante la defensa ‑imposible‑ de aquella votación. Utilizó este argumento, tan propio de su oficio, antológico como muestra de ese otro honor que afirman poseer ‑por contraste con los demás mortales‑ los espadones españoles: “Y esto lo digo por mi honor, y cuando así lo manifiesto, puede ser creído sin reparo alguno”. No le creyó nadie, ni entonces ni después. A partir de 1921 (muerte de Emilia, liquidación violenta de Eduardo Dato, desastre de Annual, inserción ‑con cese fulminante‑ en la política africana, resistencia agraria al pago de foros familiares, etc.), Cavalcanti se despeña hacia el abismo de las conspiraciones contantes. El patrón italiano de sus vínculos, orientan hacia fórmulas autoritarias el estilo de su reacción. Su nombre aparecerá siempre invariablemente implicado en todos los golpes, intrigas y contragolpes ‑tan variados‑ que van a sucederse entre 1923 y 1936.

 

Del golpismo de Cavalcanti al parto de doña Blanca

De todas esas intrigas y conspiraciones resultó plenamente exitosa la primera. No voy a detenerme en ella, pese a todo. El lector interesado puede recurrir al libro de Javier Tusell, Radiografía de un golpe de Estado, donde el papel del general Cavalcanti en el advenimiento de la dictadura de Miguel Primo de Rivera queda perfectamente en claro. Lo que echo en falta en ese libro, como suele acontecer en el discurso histórico de los historiadores políticos españoles, es el contexto social, empezando por el preciso detalle de los consortes y los engarces de altura de los protagonistas (tan arrimados todos en este caso, y Cavalcanti especialmente) a la persona del rey. Al hacerlo toma la historia otra profundidad, implicando al mismo monarca por completo.

Blanca Quiroga Pardo‑Bazán, la esposa del espadón, por ejemplo, no se quedó en casa a verlas venir. Fue anfitriona activa del quinteto de conspiradores madrileños. Incluso recibe los telegramas cifrados más comprometedores. A ella dirigió Primo el anuncio de que el Alzamiento militar se ponía en marcha, con cierta antelación a lo previsto. Fechado en Barcelona, firmado por Asunción ‑disfraz en clave del propio Primo‑ se entregó en el domicilio madrileño de los Cavalcanti el 12 de septiembre de 1923. Tiene su gracia, dadas las circunstancias. Decía escuetamente: “María está de parto”. Del rey abajo ninguno quiso parar semejante gestación. En el directorio militar de la naciente Dictadura aparece, como es lógico, el propio Cavalcanti. Pero por breve tiempo. En realidad, a partir de entonces ‑como antes‑ sólo una adhesión firme se le conoce: el rey Alfonso XIII, sin duda ‑para ellos‑ el más ilustre visitante de las Torres de Meirás. No parece muy creíble, por lo tanto,  la anotación de Azaña ‑contradictoria, por cierto, con todas las restantes de su firma‑ donde se dice: “El hombre quería ser jefe del Estado Mayor Central, y estaba algo atufado en nuestra última entrevista, porque no se lo prometía!”). Fue, en realidad, enemigo declarado de la Segunda República y le sobró tiempo para celebrar públicamente el Alzamiento Militar de 1936…

En realidad, después de la implicación en la sanjurjada, los Cavalcanti ‑con el general en la segunda reserva‑ aparecen coherentemente situados en la órbita ‑monárquica, autoritaria‑ de Renovación Española. La guerra civil los alcanza en el destierro portugués desde donde ‑el 28 de julio‑ se incorpora, con expresiva   nota de prensa, al Alzamiento. Se vuelve a significar por escrito en la cálida condolencia por la muerte inesperada de Sanjurjo (“En la muerte del Caudillo” se titula su necrológica, publicada por La Voz de Galicia), con el que bien pudieran mantener los Cavalcanti las viejas  conexiones. Su propio óbito (4 de abril de 1937), por  muerte natural, impresiona más que nada por el grave trance que atraviesa la familia.

 

Romance de lobos

Hasta el 11 de agosto de 1936 el destino de Meirás, como el de todas las propiedades que fueron de Emilia Pardo‑Bazán  y de su esposo legal, estaba claro. Había, en efecto, un heredero directo e irrevocable. Cuarentón, su hijo Jaime, oficial de húsares, supo operar ese prodigio. Casó entonces con doña Manuela Estéban‑Collantes y Sandoval, nieta e hija de otros tantos ministros de la Corona. Del matrimonio nació un único descendiente ‑varón, para más‑ que hubiera hecho las delicias de la abuela. Sin embargo, dada la significación política de la familia ‑hecha una piña en la lucha contra la causa y la bandera republicana‑ tampoco sorprenderá al lector demasiado el desenlace de los acontecimientos. Detenido el padre por milicianos en el descontrolado Madrid de la resistencia contra el Alzamiento militar, siendo pública la posición de todos (difundida ya, con trompeteo periodístico, la adhesión activa de los Cavalcanti al mencionado Movimiento), aquella detención era más que preocupante.

Nadie pudo disuadir al hijo en el empeño ‑admirable por demás‑ de acompañar a su padre a donde fuera. Al patíbulo en realidad. Ambos fueron paseados aquel día. Los martirologios posteriores dicen que el grito de “¡Viva Cristo Rey!” salió de sus labios en el último momento. Dicen también que el hijo no murió en el acto; que sería rematado a posteriori, debido a una denuncia. En cualquier caso, el grave acontecimiento justificó para siempre los suspiros de doña Emilia. Su estirpe concluía al modo de las tragedias clásicas, en desenlace despiadado.

En pocos meses, en efecto, se arracimaron todas las muertes. Quedaron, pues, al frente del patrimonio, solas y sin perspectiva alguna, dos viudas, cuñadas entre sí: Blanca y Manuela. Herederas de Meirás, sobre ellas recaerá la decisión de su futuro. La misma guerra fue poniendo en claro el desenlace. Primero, por lo que parece, miraron hacia la donación pura y simple a la Compañía de Jesús, tan movilizada en Portugal y en Galicia a favor de su causa. En la duda de los jesuitas, o por insinuación de éstos, se precipitan los acontecimientos. Mantienen indudable coherencia, pese a todo.

 

¡Meirás, Meirás! ¿cuántas vueltas aún darás!

En febrero de 1938 trascienden las primeras donaciones de Blanca Quiroga Pardo‑Bazán: recuerdos valiosos de su esposo que entrega a la causa franquista, pero con el matiz ‑bien expresivo‑ de hacer depositarios de ellos al partido de  Renovación Española. Algo más tarde, cuando la decisión sobre Meirás está tomada, trasciende la correspondencia cruzada entre la marquesa viuda de Cavalcanti y el general Franco. Ofrecía a éste, para residencia estival de huérfanos del arma de Caballería a que perteneciera el difunto, aquel castillo de Santa Cruz, heredado de su propio padre. El Generalísimo de sus ejércitos recibió encantado aquel tributo poniendo firma sobre el recuerdo de Cavalcanti a quien califica de “gran patriota y militar” (lo que no puede sorprender en quien pertenece por entero a su misma tradición conspirativa).

Quedaban las piedras más preciadas del patrimonio. Tampoco tardó en esclarecerse su destino. El 31 de marzo de 1938 toda la prensa gallega dió a conocer la noticia, oficialmente aderezada: “La Coruña regala al Caudillo, como residencia veraniega, el señorial pazo de las Torres de Meirás”, reza en titulares. El hecho estaba consumado. “La Coruña” venía a ser en realidad el gobernador civil, Julio Muñoz Aguilar, y una pequeña comisión de notables provinciales, afincados en la capital la mayoría, con bien comprobada implicación o adhesión al Alzamiento: Pedro Barrié de la Maza, Fernando Alvarez de Sotomayor, Alfonso Molina, José María Rivero de Aguilar, José Luis Bugallal, José María Marchesi, Jacobo López Rua, José Casteleiro Varela, Joaquín Barcia Goyanes, destacaron entre los junteros pro‑pazo. La operación, escandalosamente arbitraria, se hizo pasar por patriótica.

No movió al entusiasmo popular precisamente. En la pequeña campaña orquestada para conseguir fondos voluntarios apenas si entraron una docena de firmas de significado muy similar a los nombrados: Dámaso Calvo, Manuel Linares Rivas, Manuel Casás Fernández, Isidoro Millán, Federico Maciñeira…, se esforzaron por plasmar las virtudes que adornaban, en su concepto, al agraciado (“a tal señor tal honor”, vino a decir el rector compostelano, Felipe Gil Casares, uno de los civiles implicados ‑con sus mozos de las JAP‑ en el Alzamiento de Compostela); abundó el repiqueteo sobre las “hordas marxistas” y acerca de la “salvación de la cultura occidental”. Wenceslao Fernández Flórez, que veraneaba en Coruña, hizo el mejor artículo de aquella serie de encargo y de ocasión, pero no dio tampoco con razones más convincentes para adornar el asunto. La cuestación popular, pese al culto a la personalidad por entonces implantado, no tuvo demasiado éxito, tampoco en esta ocasión. Así, como si nada, la voluntaria donación se convirtió en impuesto añadido a la recaudación forzosa de cédulas provinciales, entre otras minucias más o menos encubiertas.

En cualquier caso, faltaba todavía el parecer más importante. Carmen Polo de Franco, con su hija Carmencita, llegó a la ciudad “de riguroso incógnito”. Fueron recibidas por una expectante multitud. Entre brazos en alto, mercedes, regalos y parabienes sin cuento, se pusieron a tomar notas acerca del alcance del presente. Quedaron prendadas de su empaque y del entorno. Estaba claro, sin embargo, que el jefe de un Estado como el Español, que aspiraba a reconquistar el Imperio, no podía compararse con doña Emilia. Los gustos intelectuales, y hasta la vida privada de ésta, contrastaba en exceso con los de la nueva señora de Meirás. Bastaba con leer sus cartas, tan llenas a veces de amorío perverso y de pecado; con pasear los anaqueles de la biblioteca, descubriendo los títulos más perseguidos por los sicarios del Nuevo Estado. En aquel recinto podía fácilmente conseguirse pasaporte de primera para los calderones infernales…

Sería igual. La decisión era firme. Los cuantiosos gastos del remodelado se hicieron con cargo a la provincia: había que completar las diez hectáreas de terreno, circundarlas con cierre  idóneo (que ofreciera, además, seguridades estrictas al dictador). Se estableció un nuevo plan de accesos, comunicaciones, acometidas de agua, teléfono y electricidad… La Señora tuvo el verano para dirigir el remozamiento interior, poniéndolo acorde con sus propios gustos. Todo un poema en el que mucho tendría que contar el arquitecto Feduchi y el director de la radio patriótica local, Francisco Hervada. Faltos de su testimonio, seguiremos con la experiencia relatada por alguno de los artistas que hubieron de hacer de tripas corazón en ese trance: barnizar sillones isabelinos, rescatar entre las pilas de papeles y libros de mayor valor algún retrato de Voltaire o el autógrafo del mismo Víctor Hugo

Por fin, al finalizar el año, con frialdad en él característica, el propio Caudillo puso un alto en su tiempo de guerra y entró en aquel Meirás remozado, reconvertido en residencia estival del Generalísimo, con la más total complacencia de su dama, por primera vez. Hubo entonces nueva ocasión de comprobar cómo le apreciaba “La Coruña”: Rafael González Villar, que era excelente arquitecto, y Seijo Rubio, se esmeraron en los pergaminos de ofrecimiento y entrega. José Juan ornó la llave y el cofre donde se contenía. Hubo los discursos de rigor y la parafernalia acostumbrada en aquellos momentos. Franco se limitó a decir que aceptaba el regalo únicamente por ser prueba de afecto de sus paisanos.

Final con moraleja

Meirás fue en realidad la segunda donación que “los gallegos” hicimos a otros tantos jefes del Estado español en lo que iba de siglo XX. Las autoridades gobernantes buscaban con ello ‑por el camino más descaminado‑ conseguir mercedes y privilegios por el puro efecto indirecto de su presencia. Es bien sabido que al rey Alfonso le regaló la “provincia de Pontevedra” (el marqués de Riestra, en realidad) una isla de indudable belleza y posibilidades, plantada en la ría de Arosa. La Casa Real prometió visitas periódicas y estancias estivales. Los técnicos de palacio hicieron llegar a las revistas ilustradas planos de la ostentosa residencia proyectada, con puente colgante de gusto inglés. Una maravilla. La isla de Cortegada, con el paso del tiempo, quedó en “finca manifiestamente mejorable” y en escandalosa amenaza. Treinta años más tarde “La Coruña” repitió con el general Franco y en Meirás una operación parecida.

Reconozcamos que, en este caso, el general sí que cumplió la palabra. Transitando con su imponente acompañamiento, cada año se llegaba a Meirás para pasar una parte del verano. Lo hacía, como sus Gobiernos, por calzadas impresentables que convirtieron al bello país atlántico ‑su tierra gallega‑ en una especie de isla casi inaccesible durante siete lustros. Todo un símbolo. Pero ‑eso sí‑ durante esa breve temporada “La Coruña“, capital del Nuevo Estado (cada vez más viejo), brillaba con el lujo de charoles y entorchados, en incomparables encuentros “de sociedad”. ¡Cuántas bodas, entronques, negocios de ventaja, salieron de aquellos veranos de Meirás! La arbitrariedad había dado frutos. Todo un éxito.

* * *

Hoy, como ayer, el futuro del pazo es enigmático. En 1978 sufrió las consecuencias de un incendio cuyo origen y alcance se desconoce por completo. Los rumores apuntan siempre tanteos de instituciones públicas para recuperarlo, a precio de oro (y de ¡látigo al contribuyente!). Incluso no dejan de hacerse notar voces que piden a grito abierto la restitución al patrimonio ‑provincial o gallego‑ de lo que arbitrariamente fue donado en tan excepcionales circunstancias.

Lo más curioso del caso es que doña Blanca Quiroga Pardo‑Bazán dijo muchas veces a quien quiso escucharla esta verdad. Que ella se encontró con el raro movimiento de aquellos prohombres, ajetreados en poner precio y en dibujar papeles y pergaminos ciento. Ella se lo hubiera regalado sin mayor interés ni ceremonia, como hizo con tantas otras cosas a tales y cuales entidades. Al fin Francisco Franco Bahamonde estaba vinculado por completo a su ideario y al de su difunto esposo, venían además a ser ‑aunque por vía lejana‑ de la misma estirpe, fundiéndose los ancestros del uno y de la otra en hidalgos musgos de la Torre de Lama.

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