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¿Qué sucedió para que gallego que en Santillana (hacia 1449) aparece solamente como gentilicio sin otras connotaciones y, sin embargo, no mucho tiempo después, hacia finales de siglo aparezca ya en el Seniloquium con connotaciones peyorativas? Habrá que examinar, al menos, dos cosas. Lo primero es la idea que los castellanos tienen de sí mismos y cuáles las ideas que tienen de otras gentes no castellanas. En segundo lugar, habrá que examinar qué gallegos son objeto de  esa minusvaloración y con qué otras gentes la comparten, que son variadas. Empezaremos por esto último. Los gallegos sobre los que se monta este entramado  ideológico marginante son aquellos que pasan de Galicia a Castilla. Y a Castilla solo se pasa por ir a la guerra contra el moro, como soldado, que no es el caso, o se emigra a las ciudades castellanas más ricas y mejor abastecidas que las gallegas. Hay que hacer notar, pues, que el gallego, como el asturiano o el montañés, en Castilla a finales del XV es fundamentalmente un pobre. Más tarde, será también un segador con su cuadrilla, pero en principio es un pobre que desempeña los oficios más bajos. Muchas veces no los encuentra ni tampoco un amo a quien servir. Pasa así a engrosar la multitud de lo que se llaman homes o mujeres baldíos, sin más oficio ni beneficio que el de mendigar, sin lugar fijo en que vivir.  Desde mediados del XIV, desde la peste negra, sus repeticiones y secuelas, el pobre comienza a ser un problema en las ciudades europeas. La gente huye del campo a las ciudades en busca de sustento, y en ellas las perspectivas, aunque mejores, no dan para mucho. El pobre ya no forma parte de un orden social creado por Dios en que se le considera imagen de Cristo y figura en la que ejercer la virtud cristiana por excelencia, la caridad. Primitivamente los pobres de la parroquia, de la villa, de la ciudad eran los pobres conocidos. Ahora son gentes desconocidas, que vienen de otros lugares y vagan de un sitio para otro, sin recursos y sin trabajo, pues es imposible convertirlos en asalariados a todos. El pobre, especialmente el vagabundo anónimo, se convierte así en un peligro. Los nuevos pobres se desvinculan de su aldea de origen pero tampoco se vinculan a la ciudad a la que llegan a través de un oficio o amo a quien servir. Es un mendigo que va de aquí para allá formando extrañas cuadrillas. Fue así cómo surgieron las diversas leyes contra pobres en este siglo en Inglaterra y en Francia. En Castilla el fenómeno se refleja en las leyes de Toro (1369), de Burgos (1449), Briviesca (1387) o las de Madrid de 1435. En todas ellas se obliga a los pobres, especialmente a los vagabundos, a buscar un trabajo o amo quien servir y a tener un domicilio fijo. En caso, contrario, deben abandonar la ciudad. Pero el fenómeno, lejos de disminuir, se hizo crónico. A fines del XVI, Cristóbal Pérez de Herrera, en su Amparo de pobres dice: Fuera de que es muy cierto que la mayor parte de estos que andana en ese hábito son de buena gente y limpia por ser los más montañeses, asturianos, gallegos, navarros y algunos de tierras débiles, que son más pobres que las de acá y viénense a buscar las más ricas y descansadas, que, ensenándose a mendigar se quedan en este oficio, y muchos son de Castilla la vieja y otras partes que por algunas causas han empobrecido o por pereza de no trabajar se vienen a pedir limosna y a mendigar.

¿Qué sucedió para que gallego que en Santillana (hacia 1449) En el Memorial de algunas cosas que tiene la Imperial Toledo (1576) de Luis Hurtado de Toledo se dice: …agora mucha más cantidad de habitantes, ansi por la sanidad de la tierra como por aver venido tanta cantidad de moriscos, gallegos y asturianos. Esta cantidad de habitantes que parece ser en principio una ventaja, también tiene sus inconvenientes y, además, graves: [los hospitales] los que heran dormitorio de pasajeros y peregrinos aun también son habitados al presente de gente enferma y esto lo causan moriscos y gallegos y asturianos que an traydo a esta ciudad tanta pobreça y enfermedades quanta en este año darán testimonyo nuestros cementerios.

Tenemos, pues, que ver al gallego que anda por Castilla y sus ciudades como uno de estos pobres arriba citados por Cristóbal Pérez de Herrera. Un pobre de la empobrecida Galicia de finales del XV que vagabundea por la rica Castilla, especialmente por ese arco económico que desde Tordesillas, pasa por Medina, Valladolid, Avila, Segovia y llega a Burgos y de ahí a Santander. Ese gallego pobre va a ser descrito paródicamente a partir de sus andrajos, de un físico de hombre grueso, bajo, sin apenas cuello, y con mujeres de parecido talle con grandes tetas o domingas, y que, además, hablan una jerigonza mezcla de castellano antiguo y portugués. Es la imagen depauperada del otro, de aquel que no es castellano, y que el gallego va a compartir, cada uno con sus características, con el asturiano, el montañés y el vizcaíno.  Todos ellos gentes del norte, cristianos viejos por excelencia, pero no castellanos. Castilla empieza a segregar una idea sobre sí misma como núcleo de las Españas que se opone a cualquier particularismo. El estereotipo del castellano, y en consecuencia, de lo no castellano se construye a fines del XV y comienzos del XVI.

En La tía fingida, atribuida a Cervantes, el estereotipo está ya fuertemente consolidado. Cuando la supuesta tía le da a la supuesta sobrina un listado de las clases de hombres que por la Salamanca universitaria pasan y hace mención de sus cualidades y defectos, el gallego aparece en el escalón más bajo. Los vizcaínos son gente corta de razones; los manchegos, gente avalentonada; los aragoneses, valencianos y catalanes, gente pulida, olorosa, bien criada y mejor aderezada; los castellano nuevos, nobles de pensamientos; los andaluces, agudos y perpicaces de ingenio; los extremeños, tienen todo como en botica; los asturianos, buenos para el sábado, porque traen a casa grosura y mugre; los portugueses, gente enjuta de cerebro; y finalmente: los gallegos no se colocan en predicamento porque no son alguien.

CODA
(Los gallegos y su lengua gallega)

¿Qué sucedió para que gallego que en Santillana (hacia 1449) La marginación y desprecio de todo aquello que no sea castellano, en nuestro caso del gallego y de lo gallego, es un hecho que se produce necesariamente en tierras de Castilla y en bocas castellanas. Sin embargo, y paralelamente a este proceso, se produce en Galicia un fenómeno simétrico. Comienza allí también un tipo de marginación, que comienza por la preterición de la lengua gallega.  Primero se la excluye como lengua escrita. Toda la documentación que se produce a partir del primer tercio del XVI será en castellano y no en gallego. Por lo tanto, las elites urbanas (jueces, fiscales, alcaldes, escribanos, ricos homes…) abandonan el gallego y escriben o mandan escribir en castellano aunque su lengua de relación habitual siguiese siendo el gallego. Si analizamos, por ejemplo, la documentación del pleito entre los arzobispos Tavera-Fonseca habido en 1523 en Compostela, veremos que los amanuenses, escriben al dictado y  en castellano, que es ya la norma, pero de vez en cuando se le escapan palabras en gallego o calcan en el castellano estructuras morfosintácticas del gallego, incluso infinitivos conjugados. Esto parece indicar esa dualidad, de castellano lengua escrita, gallego lengua hablada. Pero poco a poco, en las ciudades, lo que en principio fue solo lengua escrita, comienza a ser también lengua hablada entre las clases altas ilustradas (alcaldes, jueces, regidores, notarios…) El castellano es ya la lengua urbana y de prestigio frente a la lengua gallega lengua rural o artesana.  La división de clases, se refuerza así con la separación de lenguas. En el siglo XVIII, el padre Sarmiento o el cura liberal Juan Antonio Posse dan testimonio ya del afán de saber y manifestarse en castellano en las villas y ciudades.

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