El entrañable misterio de los nombres propios

Memorias de Tonio.- Desde julio de 2011, al morir mi hermano Francisco Manuel (Manolo), sólo quedo yo para contar la historia de la familia que nuclearon nuestros padres (1927): José Manuel (Pepe) Durán Lusquiños y Evangelina Iglesias Tobío. Asumo, pues, como un reto del destino y como curtido analista de nuestro tiempo histórico, la escritura en clave autobiográfica de una intensa crónica familiar en la que nuestra madre jugó su propio papel, francamente extraordinario.

La muerte prematura de nuestro padre (La Seca-Mourente-Pontevedra, 1902/ Pontevedra, 1960), cuando José Antonio (Tonio) era su hijo mayor (¡y sólo tenía 19 años!) agigantó su figura. Pese a ello, siendo fundamental en nuestra casa desde el primer instante, tuvo poco que ver con la elección de mi nombre propio. Sin embargo, siempre lo consideró un acierto de nuestro padre y (lo escribo con satisfacción) por siempre la llenó de orgullo.

Los Durán Lusquiños
(De la lotería de la Vida a la lógica de los Nombres)

Evangelina (20 años) y Pepe (25), que tenía su pequeña fama (bien ganada, según mi madre) de enamoradizo, vivieron un noviazgo relativamente breve, vigilados por Tía Juana (hermana de nuestro abuelo materno, ama de llaves de los Sáenz-Díez Vázquez).

Por una serie de desgracias familiares que aquí no vienen a cuento, esa tieta de nuestra madre tuvo que ejercer de madre (y padre) alternativa de una de las familias burguesas de mayor relieve de la boa vila. Para que la ayudaran en esos menesteres, Tía Juana trajo a Pontevedra de la casa de su hermano Francisco Iglesias a la hija mayor, Manuela (n. en 1901), y a Evangelina (1907), desde la parroquia de Santa María de Asados (Rianxo), cuando mi madre era una niña recién salida de la escuela de doña Pura. Madre-viuda ésta del gran poeta Manuel Antonio (n. en 1900), compañero generacional de los hijos e hijas de nuestro abuelo de Asadelos.

Mujer severa, Tía Juana ejerció –con amor y rigor característico- su papel, tanto con los Sáenz Díez, sus jóvenes señores, huérfanos de padre y madre, como con sus dos sobrinas. Pero el romance de mis padres fue muy bien visto en la gran casa de la Calle de los Comercios. Antonio Sáenz-Díez Vázquez –hijo mayor de la casa, brillante ingeniero de Caminos- lo convirtió en boda de manera abrupta, y cambió el destino de mis padres de forma inesperada. Contaré por qué.

 

Nuestro padre, formado en la Escuela de Artes y Oficios de Pontevedra, pertenecía a una familia artesana de buen acomodo, como correspondía al prestigio inconmensurable de los canteiros de Mourente y Terra de Montes. Prestigio que –en nuestro caso- ya venía de sus antepasados remotos.

Los Durán Lusquiños llegaron a ser nueve hermanos. Dos de ellos (José, 1898-1899 y Josefa Matilde, 1900-1901) fallecieron a los pocos meses de nacer. Nuestro padre (José Manuel, n. en 1902) e Isabel Matilde (n. en 1904) vinieron al mundo a continuación y honraron a sus padres y a los dos difuntos llevando de por vida sus propios nombres. Dada la diferencia de edad, recibieron trato especial de parte de sus hermanas y hermanos mayores: Herminia (1886), Isidoro (1888), Carmen (1889), Eusebia (1891) y Manuel (1896, el único hermano emigrante). Todos ellos –por el contrario de Pepe e Isabel- alcanzaron a tratar a los padres de sus padres. Nuestros bisabuelos.

La endogamia de los viejos oficios y el culto a los antepasados
(Los tres retratos)

Hijos de una familia extensa, con buen oficio, formada en el patriarcal familismo de sus mayores, la casa patronal de los Durán Lusquiños rindió culto a tres magníficos retratos fotográficos, reproducidos también al carboncillo: el de Jacinto Lusquiños Villaverde (1844-1903) mantenía viva la imagen y el recuerdo de nuestro bisabuelo paterno. Una especie de verso suelto de los Lusquiños, casado con Manuela Filgueira Almón (que lo sobrevivió hasta 1911).

Acaso por motivos de salud, Jacinto no se dedicó directamente a la construcción. Fue, bien por el contrario, uno de los primeros bedeles del Instituto Provincial de Enseñanza Media de Pontevedra. Provenía, sin embargo, de una prestigiosa saga de canteiros dieciochescos.

En el arranque de la fase decisiva de la Revolución Liberal los Lusquiños constan como contribuyentes con derecho a voto, en las listas electorales del sufragio restringido de 1837 (cuota de 307 reales de vellón).

 

Yo tengo a nuestro bisabuelo por socio y hermano mayor de José Lusquiños. Una pieza importante de esta historia familiar, porque a él aparecen asociados los Durán Tilve y los hijos de éstos, los Durán López. Razón del nombre propio de nuestro abuelo paterno: José Durán López (Casas Novas-Mourente, 1861-La Seca-Pontevedra, 1918). El que señorea el segundo retrato de culto familiar.

José Piñeiro Ares en su Historia de Puente Cesures da una imagen fija,  compleja y harto contradictoria (desde el ángulo profesional) de este Lusquiños (Villaverde) en los años 90 del siglo XIX (“cantero-albañil y maestro de obras”, así lo escribe).

Lo vincula, además, a otros dos profesionales notorios de la época: “sabemos –precisa- que Lusquiños y Piñeiro (padre del conocido marmolista padronés) eran operarios del famoso Veiga, Maestro de Obras de Pontevedra”. Ese enjuague de mayúsculas, minúsculas, calificativos y parentescos de este autor, revela los distintos estratos existentes en el complejo ramo de la construcción décimonona. Yo lo traduzco de este modo.

 

Entiendo, por otros contextos documentales, que José Lusquiños era –a su nivel– el contratista y empleador principal de las  obras que ejecutaban los Durán. Pasa, sin embargo, que las contratas –a su nivel, insisto- no eran siempre directas ni afectaban al total de la obra contratada.

Piñeiro Ares, por ejemplo, en su relato, está aludiendo –en concreto- a la contratación con José Lusquiños de la bóveda de la iglesia parroquial de Pontecesures, en cuya obra global intervinieron –por lo que se colige del contexto- canteiros, albañiles y marmolistas. Así pues, según la complejidad de las obras, se recurría –como hoy se hace- a las subcontratas y las asociaciones con otros contratistas de mayor o menor nivel.

Entre estos asociados habituales de los Luquiños, llevando la sección de cantería, iba nuestro abuelo,  el mentado José Durán López, “maestro cantero” (hasta 1911) y “maestro de obras” desde  entonces hasta su muerte (1918). Razón de su casamiento (¿de trato?) con una de las hijas de Jacinto y Manuela, nuestra abuela (1885).

El carballón simbólico de Santa Margarita
(La casa patronal de La Seca)

Como mi madre en nuestra propia casa, Matilde Lusquiños Filgueira (1863-1918), nuestra abuela, se convirtió en una de las claves –reconocida por todos- de la progresión familiar de los Durán López, asociados con los Lusquiños Villaverde. Razón de que complete el trío de retratos de culto familiar de los Durán Lusquiños.

En esa continuada progresión de dos generaciones, nuestros antepasados fueron comprando distintos bienes, en parte procedentes de sus parientes más próximos. Así fue naciendo, sucesivamente, el espacio que ocuparían sus respectivas casas patronales.

Desde 1892 la casa patronal de los Durán Lusquiños quedó situada en el lugar de La Seca, parroquia de Mourente (antiguo Ayuntamiento). Desde 1868, al desaparecer ese Ayuntamiento, pasó a ser el lugar más próximo de la nueva parroquia-distrito pontevedrés al novísimo centro urbano de la ciudad de Pontevedra, tras el derribo de las murallas. Pero continuó situado en las afueras. Razón de que, además de las pocas casas de los residentes, estuvieran allí radicados los pazos y las quintas de recreo de quienes residían en la ciudad entre semana y allí en días o temporadas de veraneo o recolección.

 

Los Durán Lusquiños se convirtieron, pues, en una de las pocas familias (de muy  diferente condición, pero todas con nombre propio y muy ligadas entre sí) que humanizaban el corto espacio (de aquella, más bien deshabitado) que va de la capilla de Santa Margarita (custodiada por el venerado y varias veces centenario carballón simbólico de las libertades galaico-pontevedresas) a La Seca de mi primera infancia. Uno de los espacios de más densa historia social, política y cultural, que pueda concebirse en un área no urbana. Tanto en lo que se refiere a la Alta Cultura Canónica (con las casonas campestres donde comenzó el culto al memorable Fray Martín Sarmiento, amante privilegiado del carballón y de estos parajes) a las familias que propiciaron los encuentros secretos que precedieron al alzamiento liberal progresista de 1846: los Pita, Riega, Mucientes. La pequeña industria cultural de Pontevedra y Vigo encaminaba con la mayor normalidad hacia aquellos parajes a José Vilas García, Miguel Fernández Dios o Manuel Portela Valladares. También el primer galleguismo literario (por veces, con la lengua gallega en ristre) hizo familiares a los Pintos y los Amado de distintas generaciones. Incluso el helenismo mitológico de la “Bella Helenes” o la hipótesis del Colón galaico-pontevedrés (Celso García de la Riega) fueron populares en La Seca desde sus comienzos; pero, al seguir ligados los lugareños a la parroquia de Mourente, tanto por los familiares vivos como por los del cementerio (la parroquia de los muertos), también el obrerismo organizado a la moderna y el sorprendente movimiento agrario de Mourente encontró arraigo entre los residentes permanentes de La Seca.

Los Durán Lusquiños particularizan a su manera y a su nivel, en razón de las peculiaridades de su oficio, esta última tradición, de la que yo mismo he sido estudioso privilegiado y pionero en distintos libros de los llamados de culto, por novedosos, madrugadores e ineludibles.

La transición del Abuelo a Tío Isidoro
(El socialismo agrario de los canteiros)

Con la ayuda de Ángeles Tilve Jar, conservadora del Museo de Pontevedra, que también procede –en una de sus ramas, los Tilve Durán– de las mismas raíces y de La Seca, estamos en condiciones de afirmar que se dedicaban estos antepasados nuestros a la construcción de marca, por lo menos desde el siglo XVIII.

Sin dejar de mano el uso directo del pico, el martillo y la pala (como se dice) hacían contratas (o asumían subcontratas) oficiales o privadas, y se desplazaban unidos, formando equipos y redes familiares, allí donde había trabajo. La endogamia reinaba necesariamente.

Migrantes y sedentarios al mismo tiempo, gozaban del mayor prestigio profesional. No sólo en Galicia.

Tras la gran transición revolucionaria que va del gremialismo de los viejos oficios a la moderna asociación obrera, los canteiros aprendieron pronto a organizarse, para poder afrontar con garantía esos desplazamientos de desigual duración a los lugares más diversos, inmediatos o distantes.

 

Desde finales del siglo XIX, como expliqué en Agrarismo y movilización campesina en el País Gallego, al salir (amparados por su organización obrera, que empezaba a ser española e internacional) los canteiros de Mourente y Terra de Montes expandían con normalidad la asociación y el socialismo en sus desplazamientos; al retornar, favorecieron la organización agraria, desde sus orígenes.

No es casualidad que José Araújo Pérez (Mourente, 1868/ Vigo, 1929), canteiro, siete años más joven que nuestro abuelo, como les he contado en mis libros de Crónicas, llegase a ser –con nuestro vecino de enfrente en la calle Herreros, el tipógrafo Enrique Heraclio Botana (Pontevedra, 1871/ Vigo, 1936, hermano de padre de Manuel Portela Valladares) una de las dos columnas vertebrales del socialismo partidario de la Segunda Internacional en la provincia de Pontevedra (y en Galicia). Como tantos otros pontevedreses, al radicarse (1880) en la expansiva ciudad de Vigo, Araújo y Botana se convirtieron en los más fieles amigos gallegos –políticos y personales- de su paisano, Pablo Iglesias.

 

No he logrado averiguar cuál fue la posición político-social de nuestro abuelo, José Durán López, ni si tuvo trato personal con el Abuelo del socialismo español; pero es fácil presuponerlo atendiendo a lo que sabemos de sus hijos.

Nuestro padre, que sólo tenía 16 años al morir el suyo (1918), siempre me habló con admiración de la competencia profesional y de la formación socio-política de su hermano mayor, Isidoro Durán Lusquiños (1888-1967). A pesar de sus diferencias, que eran enormes, la devoción debió ser recíproca, porque –siendo habitual el trato afectuosísimo de Tío Isidoro para conmigo desde que tuve uso de razón- advierto en mis notas que, al morir nuestro padre, se intensificaron mis visitas a la casa donde moraba con sus hijos y nietos.

 

Fue lástima que yo estuviera empezando por aquel entonces mi intensa dedicación al estudio de los movimientos sociales contemporáneos, porque –ya como investigador- fui sabiendo que Tío Isidoro formó parte (en vida de su padre) de la Agrupación Socialista local de Pontevedra (desde sus orígenes), ocupando cargos orgánicos en la misma cuando comenzó a organizase la poderosa Conjunción Agraria-Republicano-Socialista de Pontevedra (1909). Hace 100 años, en 1914, era vicepresidente de la Sociedad de Canteros y vocal de la Agraria de Mourente, organizaciones que comandaba una de las personalidades más notables y complejas del movimiento obrero de Pontevedra: Manuel García Filgueira (n. en Mourente, 1882), canteiro también, acaso pariente de los Durán por el Filgueira. Concejal electo del Ayuntamiento de Pontevedra tras el primer éxito electoral resonante de aquel movimiento (1913), todos los conjuncionistas fueron cesados gubernativamente en 1915…; pero García Filgueira llegará a ser alcalde frentepopulista de Pontevedra en 1936…

Acaso parientes, amigos políticos y originarios de Mourente hasta entonces, en 1921 (en plena pujanza de la Conjunción y del abolicionismo antiforal agrario), surgió con fuerza en Pontevedra el neo-comunismo de la Tercera Internacional. La Nueva Aurora, su madrugador portavoz pontevedrés, fue uno de los primeros órganos españoles de esta disidencia comunista. Tío Isidoro, sin embargo,  se mantuvo fiel a la dirección pablista del PSOE, por el contrario de García Filgueira. Será ésta una de las razones de que -como investigador- fuera yo muy bien acogido por sus compañeros y, de manera particular, por el diputado socialista por Pontevedra en el Frente Popular (1936), Amando Guiance Pampín (1891-1979), cuando supo que –además de entrañable amigo de Carlos Iglesias Dapena, sobrino suyo- era yo “sobriño de Isidoro”…

“Maestros de canteiros” y “maestros de obras”
(Entre la ingeniería militar y la arquitectura “popular”)

Al margen de las ideologías, las posiciones políticas o la dignidad proletaria, la pericia profesional de nuestros antepasados está presente -para quien quiera gozar de ella- en lugares de culto pontevedrés, desde el airoso santuario de la Peregrina a la entrañable capillita de Las Ánimas, objeto ésta (hasta la desdichada remodelación reciente del entorno) de fervor popular del transeúnte, que dejaba comida e ingredientes culinarios a las “benditas ánimas del Purgatorio”, en eterna y perpetua peregrinación.

 

Cuando la familia político-militar del arzobispo Sebastián Malvar y Pinto (alias Soldadón) y su sobrino, el ex ministro Pedro Acuña Malvar, encargaron a Fernando Gaver, brigadier de los Reales Ejércitos, el diseño del camino real que iba de Santiago a Pontesampaio, desde el puente de Valga, cruzando la provincia militar que fue naciendo al compás del Regimiento provincial de Milicias de Pontevedra, se valieron de la pericia de estos canteiros para hermosear –con sus puentes, fuentes, vegetación anexa y relojes de piedra y sol- una de las vías de comunicación más ponderadas –por su calidad y belleza- de la vieja Europa.

Fue en aquel lejano entonces dieciochesco cuando comenzó a nacer bajo la dirección de los ingenieros militares (o de ellos mismos, como “maestros de canteiros” y “maestros de obras”) el área de más constante trabajo profesional de nuestros antepasados, centrado en la construcción de edificios singulares (cuarteles, iglesias, fábricas, pazos, instituciones públicas), viviendas familiares o nuevos viales de comunicación terrestre o ferroviaria, llevando (muchas veces) la dirección técnica de sus contratas. Desde la gran época de la construcción señorial de Pontevedra, insisto. Cuando la boa vila –al haberse convertido en la tercera población de la Galicia dieciochesca en el plano militar- vivió su paréntesis aristocrático, al instalarse en la ciudad distintas familias –tituladas o no- del mayor ringo rango, con sus formidables y orgullosos escudos tallados en piedra…

 

Volviendo los ojos a la entrañable y misteriosa historia de los nombres propios, no dejará de sorprender al lector de estas memorias, en lo que se refiere a los Durán Lusquiños, que el José y el Matilde de nuestros abuelos no figure en sus cinco primeros hijos (nacidos entre 1886 y 1896). Sí que figura después, con sintomática reiteración (debido a las defunciones prematuras de los dos hermanos citados) hasta el nacimiento de nuestro padre (José Manuel, 1902) y nuestra tía más joven: Isabel Matilde (1904).

En 1911, acaso por enfermedad o fallecimiento de José Lusquiños, nuestro abuelo asumió la jefatura unitaria de su empresa familiar. Tenía 50 años.

 

En ese momento, al estar claro que Tío Isidoro –por su propio mérito- lo relevaría como “maestro de canteiros”, su otro hijo, Manuel (que no veía futuro en su casa, ni cometido claro en la nueva empresa) planteó a su padre –“maestro de obras” y jefe absoluto de la misma- la aventurada salida (entonces común) de la emigración americana. Nuestro abuelo aprobó su decisión (30-XII-1911), gestionando el reclamo desde Buenos Aires a través de su cuñado, Bernardino Lusquiños, padrino del aspirante, costeándole el pasaje, en una operación de compra del patrimonio de estos Lusquiños americanos que intermedió otro agrario destacado de La Seca, muy ligado a ellos desde su nombre propio: Bernardino Fondevila de la Iglesia. Desde ese momento, nuestro padre (9 años) se convirtió en candidato a suceder al suyo en la dirección de obras, por lo que -al salir de la escuela- comenzó a alternar los trabajos a tiempo parcial como albañil con las clases de formación profesional en la Escuela de Artes y Oficios de Pontevedra.

No trataré hoy de su alta valoración de la educación y la cultura académica como palanca incomparable para la movilidad social ascendente, ni del duro (casi brutal) sentido de la disciplina, tan común en padres, madres y maestros de nuestra mocedad y de la suya; pero me consta, por las cartas y anotaciones que de él conservo, que su propia cultura escolar fue la justita de la época en gentes de su condición: lectura, escritura y las reglas básicas de cálculo. La redacción era correcta; pero la letra y la ortografía deficientes. Sin embargo, en otros aspectos más relacionados con la vida profesional, su cualificación será siempre reconocida por los demás y para mi sorprendente.

 

Fue nuestro padre quien me enseñó a utilizar correctamente la regla, el compás y el cartabón, para trazar con seguridad líneas sobre papel, explicándome la importancia de los niveles y alineamientos en el espacio.

Además del instrumental propio de su oficio, guardó como oro en paño un libro gráfico, con colores, con el que yo mismo aprendí a realizar mis trabajos escolares de dibujo lineal. Incluso me enseñó a copiar e inventar figuras con perspectivas, y a trasladar al papel retratos valiéndome de cuadrículas. Tareas de diseño en las que yo me admiraba de la pasión que ponía en su limpieza y perfección, algo que –sin duda- procedía de las tradiciones familiares y de esa Escuela pontevedresa de formación profesional, donde sería destacado profesor de Carpintería y Ebanistería (andando los años) su mejor amigo, Emilio Rodríguez Solla. Tío Emilio, casado en primeras nupcias con Tía Matilde, su hermana menor.

La alianza de los Sagasta y los Salgado
(Los puentes de la modernidad)

Nuestro padre sentía el orgullo profesional de los de su estirpe. Sin duda por ello puso especial interés en señalarme algunas obras emblemáticas en las que él o sus antepasados habían intervenido. Yo le escuchaba con atención; pero sin entender el alcance de aquellas “batallitas”.

Fue muchos años más tarde (y ya como investigador) cuando me fui dando cuenta del alcance de sus “batallitas”. Sobre todo, al comparar la austera construcción en piedra y madera de su tiempo y de mi juventud (muy afectada ya por el gusto modernista a los recubrimientos de hormigón, pero conciliada aún con la exuberancia del paisaje) con la hecatombe que vino después…

Ahora, al poner al día los papeles familiares, para escribir estas memorias, también comprendo su orgullo por una tarea que continuaron los suyos; pero que él abandonó –lleno de contento- a los 25 años.

Trataré de explicar esta aparente contradicción, tratando de rellenar (en la medida de mis posibles) la deuda que sus descendientes tenemos contraída con aquellos extraordinarios profesionales.

 

Más que en los edificios, ponía un énfasis muy especial en resaltar la importancia de los puentes en cuya construcción o reforma habían intervenido sus mayores. Pese a ese énfasis, nunca tuve clara cuál fue la participación de nuestros antepasados en dos puentes célebres de la Galicia atlántica.

En el puente de Valga arrancaba el camino real del arzobispo Malvar. Sus antepasados más lejanos, debieron intervenir en el ajuste al criterio de un proyecto de ingeniería militar que incluía, además del paso de carromatos y diligencias, el desfile regimientos con armamento pesado, sin descuidar el embellecimiento vegetal de su entorno (Real Plantío).

Las mismas dudas mantengo sobre la alusión directa de nuestro padre acerca de la intervención familiar en los puentes de Cesures.

Francisco Javier Sánchez Cantón encontró las mismas dificultades cuando tuvo que informar a la Comisión Central de Monumentos sobre el antiquísimo puente cesureño (1950), objeto de distintas intervenciones, entre las que no cuestiona la del mismísimo maestro Mateo del Pórtico de la Gloria compostelano.

 

Eran niños nuestros abuelos cuando se instaló en Pontevedra el matrimonio formado por el ingeniero de caminos Pedro Mateo Sagasta Escolar (n. en Torrecilla de Cameros, 1830) y Juana Echevarría. Comenzó así el desembarco provincial de una de las grandes sagas del progresismo partidario español: los Sagasta. La razón de que naciera en la boa vila el hijo de ese matrimonio: Bernardo Mateo Sagasta Echevarría, en 1866.

Eran riojanos de la Tierra de Cameros y progresistas históricos, insisto, como el general Espartero, si bien en este caso venían de Palencia para estudiar los trazados ferroviarios que debían enlazar la Galicia Sur con el Norte, Madrid y Portugal. Dada la índole del asentamiento, parecía coyuntural; pero Pedro, que era hermano de Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), figura de máximo nivel en la masonería y el liberalismo partidario español, enfeudó en Pontevedra a su familia, convirtiéndola en agente de ese liberalismo partidario, durante medio siglo (1871-1923). Así pues, como ya sucediera en el paréntesis señorial-aristocrático con los Acuña y Malvar, al crear los Sagasta –a través de sus redes familiares, clientelares y caciqueriles- un espacio de poder oligárquico tan sólido, cuyo centro estuvo en el partido judicial y en el distrito electoral de Caldas de Reis, nuestros antepasados continuaron trabajando con continuidad en los ayuntamientos de Barro, Caldas, Campolameiro, Catoira, Cuntis, Moraña, Portas,  Valga y Pontecesures durante ese medio siglo.

La línea de continuidad que los Sagasta mantuvieron en la representación en Cortes desde 1871, cuando Pedro Mateo Sagasta representó a Pontevedra por primera vez, se acrecentó en la Restauración borbona (1875-1923), sobre todo a partir de los años ochenta y noventa, cuando su hijo –el pontevedrés Bernardo- en alianza estratégica con sus amigos políticos (a la par que parientes), los hermanos José y Laureano Salgado Rodríguez y José Echevarría Harguindey, pasaron a formar parte de la oligarquía provincial que dominaba la Diputación Provincial de Pontevedra y la representación en Cortes, haciendo de esta provincia una balsa de aceite (a pesar de sus potentes movimientos sociales, de orientación agraria, republicana, anarquista o socialista).

Tal como había sucedido en el siglo XVIII con el dominio señorial y militar de los Malvar y los Acuña, la asociación profesional de los Durán y los Lusquiños se benefició de esa nueva continuidad burguesa de la oligarquía liberal de los Riestra, Montero Ríos, Vincenti, Sagasta, Salgado y Echevarría, en estratégica sintonía con su alternativa conservadora (Besadas, Bugallales, etc), interviniendo profesionalmente en buen número de iniciativas que estas familias acometieron en sus áreas principales de influencia desde finales del siglo XIX al primer tercio del XX.

Poner el ramo
(El arte de trabajar la piedra como si fuera madera)

La importancia que nuestro padre concedía a los puentes, guardaba evidente relación por lo tanto con lo que hubiera sido su vida familiar, de no haberse producido el cambio de rumbo de 1927. Cambio que también guarda lógica relación con ese mismo pasado familiar y con mi nombre propio. Se refería, en efecto, a la participación de sus antepasados en la construcción del bellísimo camino real antiguo, de las carreteras que lo sucedieron al compás de la Revolución Industrial y al remate de ésta en su símbolo: el llamado ferrocarril compostelano, primer camino de hierro de Galicia.

 

Ya como investigador, he podido leer en las crónicas periodísticas de la época que la expectación por este camino de hierro, afincado sobre la más sólida cantería, era enorme en julio de 1873. Sobre todo en un punto concreto: el puente nuevo de Cesures. El día de la gran prueba. Cuando tres locomotoras sucesivas a toda máquina comprobaron su estabilidad y la seguridad de la obra.

El éxito –rotundo- se celebró con lógica algarabía el día 15 de julio de 1873. Hubo fiesta en todo el trazado ferroviario que intermedia las estaciones de Carril y Cornes (Compostela), con edificios engalanados, bombas de palenque, bandas de música, gaitas y suelta del clásico globo aerostático.

 

Un cuarto de siglo más tarde, como pontevedreses, mis abuelos vivieron con similar emoción la conexión directa ferroviaria con Carril de la ciudad de Pontevedra, pasando por Portas, donde se iba a establecer uno de los emblemas de la modernidad de los Sagasta, los Salgado y los Echevarría: la legendaria Azucarera Gallega en cuya construcción también intervinieron los Durán y los Lusquiños.

Las historias locales nos permiten hablar de manera precisa de otras obras emblemáticas. En Cesures, Valga y Caldas de Reis, nuestros antepasados llegaron a ser populares, al representar el antes del después de esa modernidad (no siempre exitosa –para su desgracia- desde el punto de vista económico). Contamos incluso –para hacernos una idea del alcance de lo que les vengo diciendo- con un testimonio fotográfico excepcional.

Al margen de la consideración que nos merezca la histórica demolición, se comprenderá fácilmente la emoción singularísima que nos produce –como descendientes- ver a nuestros antepasados, piqueta en mano, cuando se disponían a echar abajo la Torre de doña Urraca (Caldas de Reis, 1891), para alzar con sus propias manos en sus proximidades, los grandes edificios urbanos de Caldas o Pontecesures, empezando por sus fábricas, balnearios e iglesias parroquiales, aún hoy existentes.

 

Estoy viendo con los ojos del recuerdo la cara de sorpresa de nuestro inolvidable amigo, Raimundo García Domínguez, Borobó, cuando le comenté que el héroe-protagonista de la contrata de las torres de la iglesia de Pontecesures, su pueblo natal, con Manuel Otero Acevedo (1865-1920), era tío de nuestra abuela Matilde. Y que la contrata la ejecutó nuestro abuelo, su “maestro cantero”.

Borobó y Piñeiro Ares cuentan a su modo una de las extravagancias de aquel prestigioso neurocirujano, nacido en América, pero cesureño, amigo de Valle-Inclán, con fama de espiritista y anticlerical.

Conclusa la obra, Otero Acevedo consideró que –dada la índole del edificio y el carácter de los nuevos tiempos- en lugar de “poner el ramo” (que era el rito habitual en el remate de las obras de cantería) había que poner una cruz de hierro que se fundió al efecto. Y lanzó el reto, con suculenta apuesta: ¿quién se atrevía a poner ´-aunque sólo fuera por un instante- aquel remate simbólico?

José Lusquiños lo asumió de inmediato. Aunque se programaron grandes fiestas con motivo de la inauguración de la iglesia entre el 7 y el 9 de octubre de 1893, nada mereció mayor expectación que ver en sus respectivos papeles a los dos protagonistas teatrales del evento: Acevedo, plantado al pie, en el atrio, “con elegante frac y una pequeña maletita en la mano”, con remedios de urgencia para el caso de que se produjera un accidente, y Lusquiños. Pero los remedios del cirujano fueron innecesarios porque ni el más consumado escalatorres mejoraría la escalada de nuestro antepasado…

 

Una actividad, pues, demoledora y constructora, con sus tiempos de placer y ritual celebración colectiva, que hoy forma parte de los anales históricos de distintos pueblos; pero dura por demás en verano e invierno, con larguísimas jornadas de sol a sol que los canteiros sólo lograrían aliviar con su potente organización bien entrado el siglo XX. Actividad concentrada mayormente en esa ruta, hasta penetrar –como los negocios de los Sagasta y los Salgado en la ciudad de Pontevedra.

 

Julio Caro Baroja -con frase lapidaria- nos lo dijo al conocer mi procedencia en el inolvidable paseo pontevedrés que hicimos juntos hace medio siglo (1968), cuando Tonio comenzaba a darle vueltas a la idea de vivir una vida como la suya. Al margen del mercado académico al que parecía abocado.

Echaba en falta don Julio estudios que estuvieran a la altura de unos hombres –los canteiros de nuestra familia y nuestra tierra- “que trabajaron la piedra como si fuera madera”

La cara agrícola de los canteiros
(Los huertanos de Mourente)

Mientras ellos acometían esas obras –mayores o menores- sus mujeres y parientes, con consortes e hijos, en su papel de huertanos, convertían en jardín multicolor los espacios de La Seca, Santa Margarita, Monteporreiro y Mourente. Una parte importante de las ponderadas afueras de meu Pontevedra (la gozosa expresión del Castelao rianxeiro-pontevedrés). Las que descienden desde lo más alto de Mourente hasta las marismas y los enormes humedales del bellísimo río Lérez, donde estaban sus predios rústicos, propios o aparceros. Como si quisieran competir con la radiante belleza de los ríos y la ría pontevedresa, con sus cientos de veleros faenando en el entorno maravilloso de la isla de Tambo.

Eran los suyos pequeños huertos, cultivados con mimo. Una tradición que mis padres siempre buscaron la manera mantener, como complemento de su pequeña economía familiar, allí donde residieron.

Faenas campestres en las que yo mismo acompañé a nuestro padre, en O Caeiro, la pequeña finca de La Seca que le correspondió en el reparto de los bienes propios de sus padres, rodeada de otras pequeñas fincas que pasaron a sus hermanos y hermanas.

 

En los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, nuestra antigua casa de la calle Herreros, recién construida con el concurso de nuestro padre y demás parientes de La Seca, se nutría de las patatas, los tomates, las legumbres, verduras, habas, uvas… que él cultivaba en aquel huerto, con la ayuda de sus familiares circundantes, en las épocas de siembra o recolección.

Siendo como era un hombre más bien contenido y circunspecto, aún recuerdo cómo desbordaba de felicidad cuando –con su concurso y bajo su dirección- alzaron entre todos la vivienda de uno de esos parientes más jóvenes, para que pudiera pasar a residir en ella tras el casamiento.

 

Encantador panorama el de aquel cuidado jardín, a juego con la incomparable belleza de la llegada del Lérez al Atlántico. Gozo que yo aprendí a saborear de niño a través de los ojos de nuestro padre, cuando éste me lo mostraba con orgullo desde los altozanos de las casas de mis tíos, desde lo más alto del Caeiro o desde el maravilloso mirador de la parroquial de Mourente.

Belleza riente, loada y reconocida por todos los viajeros que pasaron por Pontevedra con mucha anterioridad, incluyendo el alto mando del formidable Ejército napoleónico y josefino que dejaron maltrecha la calzada dieciochesca (1809), nostálgica aún y nada exenta de belleza en los relatos de los viajeros que la utilizaron en los años cuarenta del siglo XIX.

Unas vistas sin final de una belleza incomparable, más bien machacada o entorpecida con posterioridad por las soluciones urbanísticas, ingenieriles y arquitectónicas que se fueron sucediendo desde los años sesenta del pasado siglo hasta nuestros días…

La catástrofe familiar de 1918
(Cambio de destino y nombre propio)

La arrasadora gripe de 1918, inesperado vendaval de desgracia que dejó en la España neutral la Gran Guerra, se llevó por delante a mis dos abuelos paternos y a su hijo emigrante, dejando a nuestro padre y a dos hermanas solteras en orfandad total, y a mi hermano y a mi sin abuelas que ensalzaran nuestras pequeñas ocurrencias.

José Durán López fue el primero en morir.

 

El primero de mayo de 1918 escuchó por última vez el murmullo de la procesión cívica que se fue formando cada año, desde las primeras concentraciones agrarias del Directorio Antiforista de Teis, en el entorno del venerado carballón simbólico de Santa Margarita, para bajar por delante de la casa patronal de los Durán Lusquiños hasta la Alameda de Pontevedra. Estaba gravísimo.

“Murió nuestro padre a las 11”, escribió Tía Carmen, la heroína de aquella catástrofe, cerrando con la anotación el cuaderno de notas familiares del difunto. Documento básico para esta memoria, que custodia su hija Fina, nuestra prima, tesorera de tantos otros recuerdos familiares…

El Diario de Pontevedra, liberal-riestrista, daba cuenta el 3 de la muerte del “conocido maestro de obras”. Un día más tarde, Progreso, timoneado a la sazón por el beligerante periodista José Carbonell (J. Cea), simpatizante del movimiento agrario anti-riestrista, además de la esquela, daba cuenta de la “imponente manifestación” de afecto y simpatía de cuantos acompañaron la conducción del cadáver hasta el cementerio de Mourente…

 

La peste de aquella gripe europea arrasadora comenzó en abril, cuando nuestro abuelo estaba encamado por serias dolencias reumáticas propias de su oficio… Al no tener aún nombre ni explicación clara el mal reinante, nadie malició entonces que su muerte pudiera ser uno de los primeros avisos de la tragedia que se avecinaba. Por eso la gente acudió en tropel a su entierro.

Su viuda asumió con valentía la dirección familiar, tomando decisiones inmediatas y de alcance. La primera, pedir a su hijo emigrante que retornara urgentemente de Buenos Aires, dado que lo necesitaba la casa y la empresa familiar. La segunda, honrar la memoria del difunto alzando el panteón de piedra (con notorio interés arquitectónico, por su amplia instalación subterránea), al que iría a morar –en 1939- de la manera más inesperada (dos años antes de mi nacimiento) el primero de los dos José Antonio Durán Iglesias que estábamos llamados a habitar en este pequeño mundo. La razón de esta crónica sobre el entrañable misterio de mis nombres propios.

 

Como se dice de las fatales coincidencias, “los males nunca vienen solos”. Se arremolinan.

El pobre Manuel Durán Lusquiños, que acudió obediente desde Buenos Aires a la llamada de su madre, murió de gripe a poco de su llegada, en octubre de 1918. Pocos días más tarde, en noviembre, cuando su hermana Eusebia estaba de parto de Manuel Tilve Durán (que llevará de por vida el nombre de ese tío difunto, nombre que también pasará a su ahijado, mi hermano Manuel Francisco) falleció la abuela Matilde. Aunque se guardó el secreto a la parturienta, ésta intuyó la muerte de su madre al ver pasar el extraño cortejo del entierro sin gente por delante de su ventana, en el ambiente de terror y muerte de aquellos días patéticos…

 

El familismo antiguo de los Durán y los Lusquiños aún se mantuvo, contra el viento y la marea, en el durísimo trance de 1918; pero, tras dos generaciones de navegación constante, aguantando las furias cotidianas de la vida misma, aquel arrasador temporal la dejó gravemente afectada. Sin futuro claro.

Tía Carmen, la heroína, que aún estaba soltera, tras cuidar a su padre, su hermano y su madre hasta la hora de la muerte, se hizo cargo de los dos hermanos menores, administrando la casa patronal y la herencia indivisa de sus padres hasta más allá de su brevísimo casamiento (1922-1924).

Tras quedar viuda, con una hija sentenciada y emplazada a sobrellevar un parto del que nacerían mis primas Fina y Lila, la situación de nuestro padre y de su hermana Matilde, parecía insostenible; pero se sostuvo. Incluso, por la admirable gestión de Tía Carmen, nuestro padre pudo pagar la licencia del servicio militar, en los años complicados de la guerra de África. Por esos motivos y tantos otros, tanto Pepe como Evangelina siempre trataron de estar a la altura de la enorme gratitud contraída con aquella casa patronal de los tres grandes retratos de culto, con su gran reloj de pared, su lareira de cantería, y el huertecillo con las riquísimas manzanas inolvidables de Tía Carmen, que yo mismo he frecuentado y degustado con deleite.

 

El familismo antiguo había funcionado; pero la empresa familiar estaba herida de muerte. Las celebraciones rituales de nuestra familia también fueron quedando circunscritas a los paseos dominicales con nuestros padres a La Seca, haciendo un alto en cada una de las casas de los tíos, la comida de San Juan en la gran huerta de Tío Juanito y Tía Eusebia (los Lisboanos) y a la campestre comida agosteña del día de Santa Margarita, en sus inmediaciones. Se había impuesto –tal como se ve- el sálvese quien pueda, propio de las nuevas familias nucleares.

Así, en 1927, cuando Antonio Sáenz-Díez Vázquez (don Antonio, que procedía de una familia de comerciantes y profesionales, originarios de La Rioja y de la Tierra de Cameros, como Espartero y los Sagasta) sacó a nuestro padre de la incertidumbre, la decisión de éste supuso un alivio para todos.

Era una propuesta tan inesperada como generosa, aunque ajustada a la tradición constructora de infraestructuras viarias de nuestra familia. Favorecía su casamiento con Evangelina y le ofrecía un empleo (modesto, pero seguro e incomparablemente más cómodo), para que lo acompañara como vigilante de obras y hombre de confianza del flamante ingeniero jefe de las grandes obras del Ferrocarril Zamora-La Coruña.

Boda y Empleo
(La progresión de Antonio Sáenz-Díez Vázquez)

En 1989, cuando estábamos realizando mi historia con data titulada Manolo Quiroga, un violín e a melancolía (producción de La Voz de Galicia para la Televisión de Galicia, TVG, 1989), mi madre allanó el contacto directo con la familia del célebre violinista y compositor pontevedrés (el que da nombre hoy a la antigua calle de los Comercios).

Su hermana, Pilar Quiroga, anciana entonces de una coquetería encantadora, recibió al equipo de realización en la casa familiar, colindante con la de los Sáenz-Díez (Comercio, 35).

Mientras ellos filmaban los álbumes familiares, Pilar aprovechó la ocasión para contarme historias de la juventud de mi madre que yo desconocía por completo. Ésta viene a cuento.

Dado el rigor que la Tía Juana ponía en el control de su sobrina, mis padres moceaban en el portal de los Quiroga. Con gran contento por parte de esta familia, que siempre demostró predilección por Evangelina.

El moceo cesó de forma abrupta, por otro acontecimiento luctuoso e inesperado que, a modo del Destino, cruzó –como tantas otras veces- a distintos personajes de mis propias historias narrativas, audiovisuales y familiares.

 

Corría 1927 y había en España Dictadura. El general Primo de Rivera cedió una parte importante de su poder a los antiguos jóvenes mauristas y de manera particular a un gallego de Tuy de enorme relieve histórico: José Calvo Sotelo, ministro de Hacienda, personaje al que he dedicado una conferencia (Función del calvosotelismo en la articulación de la derecha autoritaria gallega. El caso de Orense, publicada en 1991) y una trilogía audiovisual Muerto en la tierra: José Calvo Sotelo (con La Voz de Galicia para la TVG: serie “Historias con data”, 1993, 90 minutos). Dos aportaciones aún hoy (2014) ineludibles.

 

Con apoyo público de dos Ministerios, apoyo político del maurismo (y de su continuación, el naciente calvosotelismo gallego), la Dictadura de Primo de Rivera logró la implicación de bancos y empresas privadas de garantía en un proyecto siempre pospuesto. Parecía llegada la hora de dar el impulso definitivo al tramo Zamora-Coruña del ferrocarril.

Todo iba viento en popa a toda vela, pero el 26 de mayo el ingeniero-jefe de la formidable obra se empeñó en sustituir al chófer, conduciendo el mismo su flamante automóvil y protagonizando uno de los primeros sonados accidentes de la historia del automovilismo atlántico. José Fernández-España y Vigil, que era yerno de Juan Fernández Latorre, el fundador de La Voz de Galicia y presidía el Consejo de Administración del gran diario coruñés, padre de una recién nacida María Victoria (Totora-Victoria Armesto) murió en el acto.

Los rumores saltaron en todas direcciones, llegando a hablarse de atentado; pero, en lo que a esta historia concierne, la rumorología también comenzó a circular en el sentido de que el poderoso calvosotelismo (orensano y pontevedrés) apostaba por Antonio Sáenz-Díez Vázquez, Don Antonio, brillante ingeniero de Caminos, como sustituto del difunto. Así, quien estaba llamado a ser figura de relieve en la historia de las comunicaciones atlánticas (por ferrocarril y carretera), sobre todo en las provincias de Zamora y Orense (fue hijo adoptivo de esa ciudad y da nombre a una de sus arterias urbanas), precisado de formar equipo de estricta confianza, pensó en nuestro padre e hizo la sorprendente proposición a  Juana, ama de llaves de su casa, como tía y tutora de Evangelina.

Dadas las circunstancias, no hubo titubeos, porque nuestro padre –huérfano de padre y madre, y con futuro profesional poco claro- aceptó sin rechistar  Habría boda y empleo fijo, con padrino de postín: el propio don Antonio. Y ahí radica el misterio de los nombres de mi hermano mayor y del mío propio: José, como nuestro padre y abuelo, y Antonio, por la gratitud debida de por vida a don Antonio. Un recurso que venía de viejo en la familia, como he ido probando en esta memoria.

Puentes, vías y túneles
(¡Adiós Pontevedra! ¡Sanabria a la vista!)

Mis padres casaron en la parroquial pontevedresa de San Bartolomé el lunes, 26 de diciembre de 1927, después de pasar mi madre en Asadelos, en la casa patronal de sus padres, su última Nochebuena de soltera, y nuestro padre la suya con los suyos en la casa patronal de La Seca, que regía Tía  Carmen. Los dos refugios gallegos de ambos durante los muchos años que iba a durar su estancia en tierra zamorana…

A la solemnidad de la boda siguió el ágape nupcial. Lo ofreció el padrino, con selectiva presencia de hermanos, hermanas y amistades de la ciudad, pues Antucho, que es como lo llamaban sus amigos de Pontevedra, era dueño y patrón de La Reina, la embarcación de recreo en la que navegaban por el río Lérez los Karepas. Esto es: Alfonso R. Castelao, Antonio Losada Diéguez, los Lino Sánchez y otros pontevedreses de relieve, sin olvidar a Francisco Javier Sánchez-Cantón, el más brillante evocador del conjunto.

Todos, salvando las distancias y los gustos de cada cual, eran del círculo cotidiano (en el sentido pautado y señorial que explicaré otro día) de mis padres. Mi madre, sin ir más lejos, fue entusiasta del Eiriña, el histórico club de fútbol pontevedrés, a cuyos partidos nunca dejó de asistir en compañía de los y las Sáenz-Díez, famosas hinchas del mismo y de su continuación: el Pontevedra C.F. del ¡hai que roelo!

Se celebró el ágape en el nuevo Hotel Madrid, que acababa de pasar del parterre de la Herrería a las inmediaciones de la Estación vieja del ferrocarril, llamada a ser sustituida por la nueva, bajo la alta dirección del padrino y con el concurso de nuestro padre, por lo que tuvo –por esta misma ubicación y el nuevo destino de éste- cierto aire simbólico de despedida de lo viejo y de entrada en la nueva era. Sobre todo en lo que se refiere a nuestra vida familiar y a la nueva estructura urbana de la Pontevedra de mi juventud.

 

Mis padres nunca dejaron del todo la ciudad, y siempre pensaron en volver a residir en ella.

Todos los años, salvo el fatídico 1936, vacacionaban en agosto, repartiendo la estancia gallega entre las casas patronales de La Seca y Asadelos. Y ya por entonces, a pesar de la residencia exterior, comenzaron a comprar el solar donde edificaron –con diseño de Juan Argenti Navajas (1893-1971) y bajo la dirección y los conocimientos de albañilería de nuestro padre- la que fue nuestra digna casa familiar. Solar donde hoy, derruida aquella, se alza la nuestra, con la sede gallega del luminoso Taller de trabajo y La Cueva de Zaratustra.  Un edificio de nueva planta desde el sótano al tejado de zinc, diseñado con el afecto y el talento arquitectónico de nuestros queridos amigos, Enrique y Quique Barreiro, y rigurosamente ejecutado por su constructor, Raúl Taboada Pallares. En honor de nuestros padres y de nuestros antepasados.

 

En 1927 comenzó, pues, para los recién casados una nueva vida, ligada por completo a la historia del ferrocarril atlántico.

Nuestro padre, hasta el final de sus días (1928-1960), tuvo por misión principal la vigilancia de las obras y las vías, empezando por las del tramo sanabrés, el más complejo (con el túnel del Padornelo, el más largo de España). Directamente ligado a la alta dirección técnica de don Antonio y los ingenieros intermedios, la larga estancia dio ocasión a mi madre para coser de manera profesional para las familias de sus jefes más directos, sin descuidar el pequeño huerto que circundaba su modesta residencia.

Llegados a Requejo de Sanabria en los primeros días de 1928, yo nací en el célebre Campamento de Santa Bárbara 14 años más tarde. En 1941. En ese momento, mis padres (que vivieron en el lugar la huelga general ferroviaria de 1932, la dramática radicalización sindical revolucionaria de octubre del 34, el Alzamiento militar de julio del 36, las atrocidades de una retaguardia archipolitizada y militarizada en pie de guerra, y el mazazo que supuso la muerte inesperada de mi hermano, 1939), aprovecharon la construcción del tramo ferroviario Coruña-Santiago para disponer el definitivo retorno a Galicia…

La coda del nombre propio
(“Primo, sí; pero de mis primas”)

Al quedar sin su hijo único y tan amado (nuestro padre perdió los 20 kilos que había ganado con el casamiento), yo fui –al decir de mi madre- el hijo más buscado y deseado. Cuando -con el paso de la mocedad a la primera madurez- comenzó a trascender en Pontevedra, Rianxo, Compostela o Madrid el posicionamiento antifranquista de Tonio, no faltó progre o carca (“nada más parecido a un tonto de derechas que un tonto de izquierdas”) que sacara a relucir la cuestión de mis nombres.

Muchas veces, desde jovencito, tuve que corregir a quienes, al conocerlo, decían (en tono chistoso e inocente, pero al unísono con el Régimen): “¡Vaya! José Antonio Primo (de Rivera)…” Mi inteligencia verbal –rápida y eficaz- los contenía desde el empiece: “No. Si te da igual, Primo de mis primos y primas”. Bastaba con ello, porque el franquismo –como todos los regímenes establecidos de antes y ahora mismo- tenía mucho de falsa careta mundana; pero, en un país con clara tendencia al guerracivilismo, por veces, la alusión era más maliciosa. Había como un intento de alusión a que mis nombres propios (como nacido en 1941) evidenciaban el oportunismo político de mis padres (y particularmente de nuestro padre). Siempre me contuve, sin entrar al trapo; pero quedé con ganas de contar lo que aquí les he contado: la existencia de mi pobre hermano difunto, José Antonio, bautizado en 1929, con la muestra expresa de gratitud de mis padres hacia don Antonio, cuando el hijo del general Primo de Rivera sólo era eso: hijo de papá. Y no el ideólogo de Falange Española de un poquito más tarde…

 

Durante muchos años, cuando visitaba el cementerio de Mourente los primeros de noviembre, al observar cómo constaba en lápida el nombre propio y los dos apellidos de mi hermano, sentía una sensación algo molesta. No me agradaba leerme, escrito en mármol, como si estuviera muerto desde antes de nacer. Todo cambió cuando caí en la cuenta de que era una prueba de amor, respeto y gratitud pasada de los padres a los hijos, que provenía de los viejos tiempos. Al menos en uno de los grupos profesionales de mayor prestigio de mi tierra: los canteiros.

En la última visita al camposanto de Mourente para hacer unas tomas fotográficas de aquella tumba (18-XI-2013), comprobé que –acaso por respeto hacia mi persona- esa lápida ha sido sustituida por otra en la que están mis padres con otros descendientes directos de los abuelos. Sólo falta el nombre de mi pobre hermano. Y yo, que soy candidato a la cremación y que esquivo cuando puedo los ritos y costumbres funerales, si quieren que les diga la verdad, sentí su ausencia, como la sentirían mis padres. Y no pude impedir que se empañaran mis ojos.

Comments are closed.




La Cueva de Zaratustra

LA CUEVA DE ZARATUSTRA es la apuesta del TALLER DE J. A. DURÁN (ED)  por el Librepensamiento. Una de las mejores bitácoras audiovisuales del mundo (BOBs 2004, Concurso internacional de webs de la Televisión Pública de Alemania Federal, 2004).

¡¡¡ QUÉ SE ABURRAN LOS NECIOS !!!

RINCONES DE LA CUEVA

Enlaces

Meta