Memoria e Historia
(El país de “la tajada”)
Al tener esa experiencia,
poco podemos añadir a lo expresado en LA CUEVA DE ZARATUSTRA a propósito de los
bodrios conmemorativos del Dos de Mayo y en relación a los fastos
oficiales del Bicentenario de la mal llamada Guerra de la Independencia.
Todo sigue igual. Y con la misma buena salud prosigue también el silencio de lo
fundamental y la incultura que nos atosiga.
Tampoco es raro que tal
cosa acontezca en uno de los territorios del planeta donde la densidad de
patriotas profesionales es mayor. Es norma de la especie creer en lo que
inventa y despreciar cuanto ignora. Vicio, por cierto,
españolísimo. Acorde con el defenderla y no enmendarla clásico.
Combatir vicio tan pertinaz
(y tan rentable) como viene a ser el de las patrioterías, es difícil. Sólo
conocemos un antídoto de lenta y mínima eficacia. A nosotros, por lo menos, nos
sirvió para… ir tirando. Es barato, además. Consiste en volver la vista atrás,
releyendo documentos penetrantes, expresivos, nacidos de la experiencia, en
cabezas bien amuebladas, desde los viejos tiempos.
Hoy vamos a glosar un texto
que ya teníamos por excepcional en 1972, cuando lo citamos de manera
fragmentaria en la contratapa de nuestra Historia de caciques, tras
descubrirlo donde menos se pudiera pensar. En un libro de Marx, centrado en
el problema de España y en su análisis (durísimo y muy certero) del pernicioso juntismo
seudo-revolucionario de 1808, origen de nuestras patrioterías actuales.
Su autor, el atlántico Mariano
Luis de Urquijo (Bilbao, 1768/ Destierro de París, 1818) se afrancesó
poco más tarde, como el grueso de los afrancesados españoles. Cuando se
cumplieron, uno tras otro, los vaticinios que van a tener ocasión de leer.
Introito
(El patriotismo
“afrancesado”)
Escrito bajo la forma de
carta, el político bilbaíno la dirigió el 13 de abril de 1808 a su amigo
(enemigo más tarde), el general Gregorio García de la Cuesta. Uno y otro fueron
recuperados del destierro a que les había condenado Godoy por el equipo de
consejeros que rodeaba a Fernandito, el hijo más odiado por la Corte
parásita que acunaba a Carlos IV y María Luisa.
El interés del documento
radica en que Urquijo nos presenta en primeros planos a sus sucesores. Al
desdichado equipo de quien reinó en España con el nombre de Fernando VII, como
consecuencia de un motín señorial y cortesano, y de un golpe de Estado de la
Guardia Real (Aranjuez, marzo, 1808).
Aprovechando el
descalabrado viaje del nuevo rey, cuando ya estaba más que claro que no se
encontraría en territorio español con el Emperador de Francia, el general Cuesta
preparó la entrevista.
El encuentro funcionó, en
lo personal, de manera admirable, demostrando todos (y el propio Fernandito) el
alto reconocimiento que les merecía el corresponsal.
Sentados el rey Fernando,
los consejeros y Urquijo a la mesa, la carta (escrita la noche de autos) entra
en materia de este modo:
La
segunda parte (mi intervención en la comida, con todos ellos) es la más
lastimosa. En mi opinión, todos están ciegos, y caminan a una ruina inevitable.
Todos es todos.
Empezando por el rey; pero la ruina (a la que Urquijo se refería, como patriota
monárquico) era la de los españoles.
Según su parecer, el mal
comenzó con el mismo atajo que se habían tomado los comensales para descalabrar
a Godoy y Carlos IV: Aranjuez. En realidad, según el molesto comensal, en ese
golpe, habían ejecutado justo lo que el Emperador deseaba desde que se enteró
–meses atrás- de que las disputas de Fernandito con sus padres iban a muerte.
Nación y nación
(Con mayúscula
y minúscula)
El segundo capítulo de la
tragedia por venir (destinado a consumar la estrategia habilísima del Emperador
Bonaparte), era aquel viaje en el que estaban todos empeñados. Contra ese viaje,
que remataría en las escandalosas abdicaciones de Bayona, Urquijo se
empleó a fondo, echando sobre los manteles toda suerte de argumentos molestos. Y
ya fue en ese nudo argumental cuando la palabra nación, escrita así, con
minúscula, comparece por primera vez:
Que no
se debían confundir las naciones con los hombres que se hallaban al frente de
ellas momentáneamente y sobre todo que no era cuestión del día, sino en mi
sentir, la de querer Napoleón quitar de España la dinastía de Borbón, y poner la
suya.
Cuando el duque del
Infantado, que siempre pareció a Urquijo el menos descerebrado de aquellos
palatinos, introdujo en el relato la palabra perfidia (dos semanas más
tarde iba a ser el santo y seña de la cuestión patriótica en la vieja Iberia),
la línea argumental del invitado molesto volvió sobre el acontecimiento
histórico de Aranjuez. Esto es: sobre el modo pérfido al que recurrieron
los fernandistas para descalabrar a Carlos IV poniendo a Fernandito como
Fernando VII, y las consecuencias que, a no tardar mucho, tendría en Bayona el
vaticinio:
Díjele
que el Emperador no reconocía como rey a Fernando; que diría que la abdicación
de su padre, hecha entre el estrépito de armas y motines era nula; que Carlos IV
no dejará de alegarlo, y (que) la cosa era delicada.
Europa
(Ese viejo
ensueño)
A tratar de esa
cuestión delicada (la perfidia, la intriga, el falso motín
y el golpe de Estado, consustanciales en la historia política),
recurriendo a la cultura histórica de nuestros políticos ilustrados
(incomparable –¡ni qué decir!- a la de nuestros nada ilustrados políticos del
día), Urquijo dio una serie de ejemplos de uso de la perfidia en la
acción política, sin salir del marco de la Monarquía española.
Fue entonces cuando el
duque del Infantado trató de poner a Europa como escudo final contra la
perfidia napoleónica. ¿Cómo había de atreverse Bonaparte a cambiar a los
Borbones en España? Europa no lo consentiría.
No está de más comparar, en
la respuesta de Urquijo, la similitud entre la Europa señorial de entonces con
la del día, porque viene a cuento. Incluso viene a cuento para entender la
paralela progresión de los Estados Unidos de Norteamérica (sobre la que el propio
Urquijo volvería).
Hay que tener muy en
cuenta, en efecto, que –como consecuencia de las guerras napoleónicas-
el mapa europeo (los principados señoriales) de 1808 tiene poco que
ver (en la apariencia) con el de los Estados nacionales de 2009; pero sí que
tiene mucho que ver, en la argumentación del patriota bilbaíno, con el eterno
recurso al enfrentamiento de las pequeñas patrias, tan napoleónico, y
tan viejo y tan del día entre nosotros (2009). ¡En plena mundialización y en
plena crísis del aparato capitalista internacional, doscientos años más tarde,
la vieja historia!:
Me
replicó Infantado que la Europa y la Francia misma no lo llevarían bien, y podía
temerse a la España ayudada entonces por la Inglaterra, y contesté a los tres
puntos.
A la de
la Europa, (dije) que estaba pobre, y sin medios para emprender nuevas guerras,
y desunida entre sí, porque tenían más fuerza los intereses privados y las miras
ambiciosas de cada jefe de gobierno, y de cada estado, que el sacrificio que
todos debían haber hecho de mancomún, para destruir el sistema que la Francia
había adoptado desde su funesta revolución. En prueba de ella, recordé la
conducta de las coaliciones; sus planes mal combinados; sus deserciones
intempestivas; y que las mismas habían acarreado el engrandecimiento de la
Francia.
Gran Bretaña,
la falsa alternativa
Tras considerar, con su
experiencia de estadista, las únicas combinaciones posibles en esa Europa de
señoríos y pequeñas patrias, desunida, de abril de 1808, tampoco la alianza
británica con la España señorial de los Borbones le hacía feliz.
Temía lo peor y vaticinaba
lo que a la postre iba a suceder: el desastre de convertir el territorio español
en escenario de una confrontación de grandes potencias, librado en tierra
ajena.
Nosotros
quedaríamos sin marina, y la España convertida por los ingleses en teatro de la
guerra contra Francia; guerra en que nunca éstos se expondrían, sino cuando
tuviesen que ganar, pues por sí solos no eran potencia suficiente para
contrarrestar por tierra a la Francia, la que acabaría por una conquista,
después de acarrear nuestra desolación.
Pero tampoco en Francia
encontraba consuelo. El amor a las novedades le parecía consustancial a los
vecinos, y el tiempo transcurrido desde la Revolución y las transformaciones
revolucionarias habían creado una nueva sociedad acomodada a ellas, y muy
distinta de lo que seguía siendo la España de los Borbones. Así pues, de las
tres falsas alternativas, sólo quedaba la confrontación patriótica, propiamente
española.
Justo es el momento en que
Marx y, si se me permite, nosotros mismos, quedamos fascinados y atrapados por
la exposición, maravillosamente narrada, de lo que iba a suceder en Ruedo
Ibérico. Y en América.
España, 2009: ¿retorno patriótico
al siglo XVIII?
(De la ausencia
de Espíritu Público)
Como en lo anterior,
no tocaré en este apartado memorable nada sustancial. Sólo voy a aplicarle la
actual normalización ortográfica, para reforzar su comprensión y cabal cita
posterior de quien lo estime necesario, advirtiéndo que LA CUEVA DE ZARATUSTRA
servirá con mucho gusto el documento íntegro a quien quiera directamente
consultarlo:
En el
tercer punto, de armarse nuestra nación (ojo, con minúscula), entré aún
en más explicaciones. Se observó que, por desgracia, desde Carlos V no había
Nación (con mayúscula), pues faltaban cuerpos que la representasen e
intereses que la ligasen. Que nuestra España era un edificio gótico, compuesto
de remiendos, con tantos fueros, privilegios, legislaciones y costumbres casi
como provincias. Que no había espíritu público. Que esto impediría la formación
de un gobierno sólidamente constituido para la reunión de fuerzas, actividad y
movimientos. Que los motines y alborotos populares duraban poco. Que todo ello
podría trascender a las Indias, y aquellos naturales desenvolverse de una vez, y
sacudir el yugo que les pesaba desde la conquista. Que la Inglaterra misma les
ayudaría en venganza justa de lo que imprudentemente ayudamos, unidos con la
Francia, al levantamiento de las colonias inglesas. Que no se olvidasen los
ensayos del gabinete de San James en Caracas y otros puntos de nuestras Indias.
En fin,
amigo mío, he dicho a Infantado cuanto hay que decir sobre lo arriesgado del
viaje, y que sus consecuencias podrían ser el exterminio nacional. He hecho más:
le he dicho que si él no quiere ir de embajador a Bayona, iré yo a pactar con el
emperador, y concluir este desagradable negocio, tan mal principiado y
conducido. Pero que, entretanto, por una de las casas inmediatas al alojamiento
del rey, se saque a S.M. a media noche, disfrazado, y se lleve por lo de pronto
a Aragón…
Regreso a
Bilbao
(Vísperas del
Dos de Mayo de 1808)
Acabado de
comer y recogido ya el rey, ha llegado un edecán que viene con pliegos del
emperador. El tono en que se ha presentado, exigiendo que se le oyese al
momento, el ver cómo se ha hecho salir a S.M. casi visitiéndose, etc. etc. (y
más el haber comprendido el asunto de que se trataba) ha irritado mi amor propio
español, y me he despedido repitiendo infructuosamente mis pronósticos,
viniéndome a escribir a Vd. tan largamente como lo he hecho, para que vea Vd. en
toda su extensión mi diligencia, y que nada me ha quedado que hacer, por lo que
al amanecer mañana (o por mejor decir dentro de tres horas) me vuelvo a Bilbao.
Mariano Luis de Urquijo, 13-IV-1808
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