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Atlántica Memoria: ACTUALÍSIMA LECCIÓN DE URQUIJO PARA PATRIOTAS PROFESIONALES, 1808-2009
Enviado el Tuesday, 13 January a las 15:22:24
Tópico: Texto y fotografía
Lección patriótica para patriotas profesionales. Escrito por José Antonio Durán

En la vida pública española apenas nada cambia, ni se corrige, ni se actualiza, de lo sustancial. Y así nos luce el pelo desde antiguo. La de España es una vieja historia y siempre acaba igual (Marx, citando a Heine, hace 150 años)

Sólo la propaganda de los gobiernos (centrales o periféricos), costosa y pertinaz, sigue vendiéndonos como históricas las reformas más aparentes y las leyes que van sacando adelante ¡ni se sabe cuántos parlamentos!, sin que a nadie importe saber para qué sirven o cómo funcionan en la realidad.

Como si la vieja España (¡“estado español”!) o la vieja Europa hubiera empezado ayer, aquí todo comienza en el último discurso de nuestros patriotas de profesión.











Iluminar la cueva para leer



Memoria e Historia
(El país de “la tajada”)

Al tener esa experiencia, poco podemos añadir a lo expresado en LA CUEVA DE ZARATUSTRA a propósito de los bodrios conmemorativos del Dos de Mayo y en relación a los fastos oficiales del Bicentenario de la mal llamada Guerra de la Independencia. Todo sigue igual. Y con la misma buena salud prosigue también el silencio de lo fundamental y la incultura que nos atosiga.

Tampoco es raro que tal cosa acontezca en uno de los territorios del planeta donde la densidad de patriotas profesionales es mayor. Es norma de la especie creer en lo que inventa y despreciar cuanto ignora. Vicio, por cierto, españolísimo. Acorde con el defenderla y no enmendarla clásico.

Combatir vicio tan pertinaz (y tan rentable) como viene a ser el de las patrioterías, es difícil. Sólo conocemos un antídoto de lenta y mínima eficacia. A nosotros, por lo menos, nos sirvió para… ir tirando. Es barato, además. Consiste en volver la vista atrás, releyendo documentos penetrantes, expresivos, nacidos de la experiencia, en cabezas bien amuebladas, desde los viejos tiempos.

Hoy vamos a glosar un texto que ya teníamos por excepcional en 1972, cuando lo citamos de manera fragmentaria en la contratapa de nuestra Historia de caciques, tras descubrirlo donde menos se pudiera pensar. En un libro de Marx, centrado en el problema de España y en su análisis (durísimo y muy certero) del pernicioso juntismo seudo-revolucionario de 1808, origen de nuestras patrioterías actuales.

Su autor, el atlántico Mariano Luis de Urquijo (Bilbao, 1768/ Destierro de París, 1818) se afrancesó poco más tarde, como el grueso de los afrancesados españoles. Cuando se cumplieron, uno tras otro, los vaticinios que van a tener ocasión de leer.

Introito
(El patriotismo “afrancesado”)

Escrito bajo la forma de carta, el político bilbaíno la dirigió el 13 de abril de 1808 a su amigo (enemigo más tarde), el general Gregorio García de la Cuesta. Uno y otro fueron recuperados del destierro a que les había condenado Godoy por el equipo de consejeros que rodeaba a Fernandito, el hijo más odiado por la Corte parásita que acunaba a Carlos IV y María Luisa.

El interés del documento radica en que Urquijo nos presenta en primeros planos a sus sucesores. Al desdichado equipo de quien reinó en España con el nombre de Fernando VII, como consecuencia de un motín señorial y cortesano, y de un golpe de Estado de la Guardia Real (Aranjuez, marzo, 1808).


Aprovechando el descalabrado viaje del nuevo rey, cuando ya estaba más que claro que no se encontraría en territorio español con el Emperador de Francia, el general Cuesta preparó la entrevista.

El encuentro funcionó, en lo personal, de manera admirable, demostrando todos (y el propio Fernandito) el alto reconocimiento que les merecía el corresponsal.

Sentados el rey Fernando, los consejeros y Urquijo a la mesa, la carta (escrita la noche de autos) entra en materia de este modo:

La segunda parte (mi intervención en la comida, con todos ellos) es la más lastimosa. En mi opinión, todos están ciegos, y caminan a una ruina inevitable.

Todos es todos. Empezando por el rey; pero la ruina (a la que Urquijo se refería, como patriota monárquico) era la de los españoles.

Según su parecer, el mal comenzó con el mismo atajo que se habían tomado los comensales para descalabrar a Godoy y Carlos IV: Aranjuez. En realidad, según el molesto comensal, en ese golpe, habían ejecutado justo lo que el Emperador deseaba desde que se enteró –meses atrás- de que las disputas de Fernandito con sus padres iban a muerte.


Nación y nación
(Con mayúscula y minúscula)

El segundo capítulo de la tragedia por venir (destinado a consumar la estrategia habilísima del Emperador Bonaparte), era aquel viaje en el que estaban todos empeñados. Contra ese viaje, que remataría en las escandalosas abdicaciones de Bayona, Urquijo se empleó a fondo, echando sobre los manteles toda suerte de argumentos molestos. Y ya fue en ese nudo argumental cuando la palabra nación, escrita así, con minúscula, comparece por primera vez:

Que no se debían confundir las naciones con los hombres que se hallaban al frente de ellas momentáneamente y sobre todo que no era cuestión del día, sino en mi sentir, la de querer Napoleón quitar de España la dinastía de Borbón, y poner la suya.

Cuando el duque del Infantado, que siempre pareció a Urquijo el menos descerebrado de aquellos palatinos, introdujo en el relato la palabra perfidia (dos semanas más tarde iba a ser el santo y seña de la cuestión patriótica en la vieja Iberia), la línea argumental del invitado molesto volvió sobre el acontecimiento histórico de Aranjuez. Esto es: sobre el modo pérfido al que recurrieron los fernandistas para descalabrar a Carlos IV poniendo a Fernandito como Fernando VII, y las consecuencias que, a no tardar mucho, tendría en Bayona el vaticinio:

Díjele que el Emperador no reconocía como rey a Fernando; que diría que la abdicación de su padre, hecha entre el estrépito de armas y motines era nula; que Carlos IV no dejará de alegarlo, y (que) la cosa era delicada.

Europa
(Ese viejo ensueño)

A tratar de esa cuestión delicada (la perfidia, la intriga, el falso motín y el golpe de Estado, consustanciales en la historia política), recurriendo a la cultura histórica de nuestros políticos ilustrados (incomparable –¡ni qué decir!- a la de nuestros nada ilustrados políticos del día), Urquijo dio una serie de ejemplos de uso de la perfidia en la acción política, sin salir del marco de la Monarquía española.

Fue entonces cuando el duque del Infantado trató de poner a Europa como escudo final contra la perfidia napoleónica. ¿Cómo había de atreverse Bonaparte a cambiar a los Borbones en España? Europa no lo consentiría.

No está de más comparar, en la respuesta de Urquijo, la similitud entre la Europa señorial de entonces con la del día, porque viene a cuento. Incluso viene a cuento para entender la paralela progresión de los Estados Unidos de Norteamérica (sobre la que el propio Urquijo volvería).

Hay que tener muy en cuenta, en efecto, que –como consecuencia de las guerras napoleónicas- el mapa europeo (los principados señoriales) de 1808 tiene poco que ver (en la apariencia) con el de los Estados nacionales de 2009; pero sí que tiene mucho que ver, en la argumentación del patriota bilbaíno, con el eterno recurso al enfrentamiento de las pequeñas patrias, tan napoleónico, y tan viejo y tan del día entre nosotros (2009). ¡En plena mundialización y en plena crísis del aparato capitalista internacional, doscientos años más tarde, la vieja historia!:

Me replicó Infantado que la Europa y la Francia misma no lo llevarían bien, y podía temerse a la España ayudada entonces por la Inglaterra, y contesté a los tres puntos.
A la de la Europa, (dije) que estaba pobre, y sin medios para emprender nuevas guerras, y desunida entre sí, porque tenían más fuerza los intereses privados y las miras ambiciosas de cada jefe de gobierno, y de cada estado, que el sacrificio que todos debían haber hecho de mancomún, para destruir el sistema que la Francia había adoptado desde su funesta revolución. En prueba de ella, recordé la conducta de las coaliciones; sus planes mal combinados; sus deserciones intempestivas; y que las mismas habían acarreado el engrandecimiento de la Francia.

Gran Bretaña,
la falsa alternativa

Tras considerar, con su experiencia de estadista, las únicas combinaciones posibles en esa Europa de señoríos y pequeñas patrias, desunida, de abril de 1808, tampoco la alianza británica con la España señorial de los Borbones le hacía feliz.

Temía lo peor y vaticinaba lo que a la postre iba a suceder: el desastre de convertir el territorio español en escenario de una confrontación de grandes potencias, librado en tierra ajena.

Nosotros quedaríamos sin marina, y la España convertida por los ingleses en teatro de la guerra contra Francia; guerra en que nunca éstos se expondrían, sino cuando tuviesen que ganar, pues por sí solos no eran potencia suficiente para contrarrestar por tierra a la Francia, la que acabaría por una conquista, después de acarrear nuestra desolación.

Pero tampoco en Francia encontraba consuelo. El amor a las novedades le parecía consustancial a los vecinos, y el tiempo transcurrido desde la Revolución y las transformaciones revolucionarias habían creado una nueva sociedad acomodada a ellas, y muy distinta de lo que seguía siendo la España de los Borbones. Así pues, de las tres falsas alternativas, sólo quedaba la confrontación patriótica, propiamente española.

Justo es el momento en que Marx y, si se me permite, nosotros mismos, quedamos fascinados y atrapados por la exposición, maravillosamente narrada, de lo que iba a suceder en Ruedo Ibérico. Y en América.

España, 2009: ¿retorno patriótico al siglo XVIII?
(De la ausencia de Espíritu Público)

Como en lo anterior, no tocaré en este apartado memorable nada sustancial. Sólo voy a aplicarle la actual normalización ortográfica, para reforzar su comprensión y cabal cita posterior de quien lo estime necesario, advirtiéndo que LA CUEVA DE ZARATUSTRA servirá con mucho gusto el documento íntegro a quien quiera directamente consultarlo:

En el tercer punto, de armarse nuestra nación (ojo, con minúscula), entré aún en más explicaciones. Se observó que, por desgracia, desde Carlos V no había Nación (con mayúscula), pues faltaban cuerpos que la representasen e intereses que la ligasen. Que nuestra España era un edificio gótico, compuesto de remiendos, con tantos fueros, privilegios, legislaciones y costumbres casi como provincias. Que no había espíritu público. Que esto impediría la formación de un gobierno sólidamente constituido para la reunión de fuerzas, actividad y movimientos. Que los motines y alborotos populares duraban poco. Que todo ello podría trascender a las Indias, y aquellos naturales desenvolverse de una vez, y sacudir el yugo que les pesaba desde la conquista. Que la Inglaterra misma les ayudaría en venganza justa de lo que imprudentemente ayudamos, unidos con la Francia, al levantamiento de las colonias inglesas. Que no se olvidasen los ensayos del gabinete de San James en Caracas y otros puntos de nuestras Indias.

En fin, amigo mío, he dicho a Infantado cuanto hay que decir sobre lo arriesgado del viaje, y que sus consecuencias podrían ser el exterminio nacional. He hecho más: le he dicho que si él no quiere ir de embajador a Bayona, iré yo a pactar con el emperador, y concluir este desagradable negocio, tan mal principiado y conducido. Pero que, entretanto, por una de las casas inmediatas al alojamiento del rey, se saque a S.M. a media noche, disfrazado, y se lleve por lo de pronto a Aragón…

Regreso a Bilbao
(Vísperas del Dos de Mayo de 1808)

Acabado de comer y recogido ya el rey, ha llegado un edecán que viene con pliegos del emperador. El tono en que se ha presentado, exigiendo que se le oyese al momento, el ver cómo se ha hecho salir a S.M. casi visitiéndose, etc. etc. (y más el haber comprendido el asunto de que se trataba) ha irritado mi amor propio español, y me he despedido repitiendo infructuosamente mis pronósticos, viniéndome a escribir a Vd. tan largamente como lo he hecho, para que vea Vd. en toda su extensión mi diligencia, y que nada me ha quedado que hacer, por lo que al amanecer mañana (o por mejor decir dentro de tres horas) me vuelvo a Bilbao. Mariano Luis de Urquijo, 13-IV-1808



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Nota: Escrito por José Antonio Durán

 
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