Hay que
volver a sus orígenes más originarios, para reordenar uno a uno todos los
procesos, si se quiere recuperar la frescura de aquella mocita soltera, vestida
con las mejores galas de su clase, que se llegó a Madrid en la primavera de 1856
llena de vida e ilusiones, y retornó a los pagos natales con un libro apenas
comentado, un marido complejo y un embarazo más que asegurado. Declinaba 1858. Y
no había cumplido aún los 22.
El 150
aniversario de La flor, su primer racimo de poemas, no es mal momento
para ir comprobando el estado en que se encuentra esa cuestión biográfica,
reordenando todas las noticias que acerca de ella hemos ido anotando nosotros
mismos (o leyéndolas en los demás) a lo largo de una vida. Será nuestro homenaje
por las horas de placer que nos ha deparado en estos años.
La edición príncipe
Todo
tiene interés. Comencemos, pues, por echar una mirada al que pudiera ser el
primer documento originario salido de sus manos. Enteramente suyo. De la
portada al fin.
1857
comenzaba…
La
edición príncipe de La flor es hoy un raro, casi inencontrable.
Ausente de las principales bibliotecas, públicas y privadas, y de la Biblioteca
Nacional de España, pertenece a la clase de las ediciones llamadas de autor.
Sin sello editorial, 46 páginas, la obrita fue realizada en la imprenta
(modesta, sin duda) de M. González. Se vendió (bien, parece, sobre todo en
Santiago) por suscripción; pero no por entregas. Tras la consabida
y laboriosa búsqueda de direcciones y compromisarios. Una tarea en la que
intervinieron las variadas amistades de la joven autora (19 años). Conocemos,
por cierto, a alguno de los movilizados, porque llegaron a alcanzar –como ella-
relieve singular… años más tarde.
¿La mano de Eduardo Chao?
Impresor de pocos libros y algunos folletos, firmados por una docena mal
contada de autores en el quinquenio 1855-1859, González atendía encargos de
pequeña paginación, sin mayores complicaciones, con contenidos multivariados.
El
curioso Manual del jugador de la lotería primitiva de José Carrión, los
dos discursos del joven demócrata y krausista Nicolás Salmerón (apenas
treintañero entonces), y otros tantos folletos de dos figuras de posterior
relieve en la vida coruñesa y compostelana (José María Puga Martínez y Francisco
Eleizegui Ituarte) salieron entonces de aquella imprenta. Nada tenían que ver
con la poesía; pero, bien mirada la coincidencia, la cualidad de sus nombres y
esa relación con los orígenes, daba a todos un cierto aire de familia. Incluso
Salmerón, que era andaluz, lo ofrece también, si se sabe de su temprana amistad,
política y personal, con el gallego Eduardo Chao, llamada a durar toda la vida.
Precisamente porque conocemos esta temprana relación de por vida y porque
Chao, el más célebre de los boticarios demócratas españoles de su tiempo, ya era
alguien con mucho peso en el Madrid de entonces, maliciamos su mano y su
patrocinio en el lanzamiento de la poetisa Castro, dado que también
sabemos que disponía de fondos destinados para esos menesteres.
El nombre literario de la autora
Editor
de marca, con nombre y leyenda bien ganada, este republicano gallego de Madrid,
con toque mazziniano y amistades carbonarias, al margen del radicalismo
político, gozaba de excelente posición social. De él era Manuel Murguía una
especie colaborador para lo que cuadraba y administrador de los pequeños fondos
colaterales que Eduardo destinaba a esta clase de usos y menesteres.
Una
edición muy modesta, pues, pero de tipografía clara. Con dos únicos detallitos
gráficos, de corte romántico. Uno en portada y haciendo de colofón el otro.
Bien se ve desde la
tapa y la portada de La flor que fue ella misma la que escogió para ese
primer libro, de pura poesía, la denominación literaria que se ha hecho
universal: Rosalía de Castro. Pero no olvidemos tampoco, porque
refuerza el argumento, que en el momento de escribirlo (desde muchos años antes,
en realidad) ese de andaba en cuestión.
La baja nobleza ilustrada,
aburguesada
Sus
convecinos, los escribanos de Padrón y Compostela, que conocían al dedillo los
respectivos historiales, se lo regateaban incluso a su madre: Teresa de
Castro Abadía.
Nacida
ésta en 1804, muchos años antes de que el Antiguo Régimen y el Imperio Español
fueran dinamitados por una Revolución insólita, Teresa lo lucía por derecho
propio, al haber nacido en el seno de la pequeña nobleza rural (entre señorial,
ilustrada y aburguesada), cuya importancia transparenta aún hoy lo que queda de
la casa grande de A Retén. A corta distancia de la Colegiata de Iria y el
Cementerio de Adina.
María Rosalía Rita
Rosalía de Castro era, pues, un recorte tan intencionado y selectivo de
su nombre de cuna, como cualquiera de sus versos o el título de La flor.
Parece
fundado suponer que fue Teresa de Castro Abadía quien escogió para su hija la
asociación de los tres nombres que aparecen en el registro que llegó a nosotros
de la extraña ceremonia de bautismo: María, Rosalía, Rita.
Tres-nombres-tres que ella no iba a utilizar nunca en sus libros, ni a
reproducir en ninguno de sus ¡siete hijos!. Una ruptura que -al ser tantos- da
que pensar.
Extraña
fue, en efecto, aquella ceremonia de bautismo. Sin embargo, Victoria Álvarez
Ruiz de Ojeda, en una investigación precisa e incontestable (suya), demostró en
1999 que la misma extrañeza produce saber que la mayor de las primas de Rosalía
(Josefa Laureana de Castro) también fue bautizada (como ella), bajo la fórmula
de los padres incógnitos y en la misma institución especializada en
acoger al ciento y la madre de niños desheredados así ofrecidos: el Real
Hospital de la antañona Compostela. Señorial y poderosa. Con enorme territorio
arzobispal.
Normas e irregularidades
Que
dos de los cuatro casos de fertilidad probada de los Castro
(sólo uno murió sin descendencia) vivieran la embarazosa experiencia de
la ilegitimidad de otras tantas embarazadas de su nivel, en 1821 y 1837,
también da que pensar; pero sobre esa necesaria reflexión volveremos otro día.
Hoy, para no despegarnos demasiado de ese primer libro y de la autora de sus
días, parece más necesario resaltar (con la ayuda imprescindible de Victoria
Álvarez Ruiz de Ojeda) que, en uno y otro caso, las dos primas fueron conducidas
al Real Hospital por mujeres de su directo servicio y que, tras la ceremonia, no
ingresaron en la Inclusa como expósitos comunes. Y eso sí que era irregular.
Lo que
contravenía la norma era, pues, ese comportamiento observado por la Alta
Dirección del Real Hospital en los dos casos. Lo otro, esto es, la existencia de
madres solteras y la frecuencia de los hijos concebidos al margen del
matrimonio, abandonados o conducidos a semejante institución, era más que común
en todos los estamentos sociales. Incluso en los privilegiados de los señores
de buen linaje o/y los burgueses de buena posición, a los que Teresa
de Castro y su cuñada, Segunda García Santamarina, pertenecían..
Heredados y desheredados
Expósitos e ilegítimos (si mantenemos la convención de llamar de este
modo a los nacidos de parejas que no habían sido sacralizadas por el matrimonio
canónico, ni reconocidos por sus padres) eran un producto -casi inevitable- del
sistema establecido. La manera de casar, heredar y mejorar a unos hijos en
detrimento de otros, para mantener la unidad vinculada del patrimonio, tenía esa
dura consecuencia. Una consecuencia, por tanto, igualmente observada en foristas
y foreros, señores o labriegos, sobre todo en la España no urbana, predominante
en aquellos tiempos.
En
realidad, las situaciones embarazosas que producían los embarazos no
deseados acaso no fueran (en número) muy distintas de lo que lo son hoy, en
un Occidente liberal y formal-democrático con condones y
píldoras, aborto legal, relaciones de hecho y uniones libres.
Pero las consecuencias de los embarazos imprevistos sí que eran
incomparables.
Pasa,
por tanto, que entre los “biógrafos” de Rosalía hubo exceso de beatos y
beaterías, laicos o no. Y hasta filósofos de corto análisis sacaron punta a las
cuestiones embarazosas, sabiendo que son tan normales como el placer del coito.
La sal de la vida.
La paternidad de un cura
A este
orden de tabúes gratuitos, que se convierten –en manos de analistas apresurados-
en las negras sombras de nuestra autora, corresponde la especie de que
esos “amoríos” ilegítimos (pero normales y hasta saludables de su madre,
de su tía y de tantos otros mortales de todos los tiempos) fueron, según rum rum
generalizado a partir de cierto momento, con un seminarista o un curita de aldea
o colegiata, al que (como en los tabúes de postín) se tardó muchos años en poner
nombre propio.
Para
nosotros, que nos importa una higa la cuestión de la paternidad de María Rosalía
Rita, hay otras hipótesis alternativas, de mayor consistencia, que explicaremos
–con criterio histórico y sociológico- en su día.
Pues
bien: en 1999, cuando publicamos A loita pola vida (1833-1923). Conflictos e
tenruras de Manuel Murguía (el esposo de Rosalía también fue, como
explicamos en nuestros libros, hijo ilegítimo, aunque legitimado -como la
prima carnal de su esposa- meses más tarde), produjo conmoción en los
rosaliólogos este apunte, que introducía como nota a pie de página:
A obra de Rosalía mostra como disociaba sexualidade e moralidade, anque a
violentaran os detalles excesivos. A reivindicación pública da figura de Teresa
Castro Abadía (A mi madre), que a concibiu solteira (mantendo o segredo a
voces da maternidade ata lograr do pai "incógnito" descoñecidos compromisos),
produce emoción. Non só poética. Anque non é asunto deste libro, pensamos que a
atribución da paternidade ó cura Martínez Viojo -introducida nos estudios
rosalianos nada máis producirse a morte de Murguía- é insostenible.
La figura de su madre
Xosé Luís Méndez Ferrín (Faro de Vigo, 16 de marzo, 2007), expresó la
misma sensación que nosotros manifestábamos en 1999, y así nos lo refrendaba,
con su característica contundencia, cuando charlamos a propósito de Novoneyra y
María Mariño hace pocos días:
Que Rosalía fose abandonada pola súa
naiciña dona Tareixa (así dicía Carballo Calero nos seus días de esplendor
erudito) e que se criase coa familia do seu pai no Castro de Ortoño é algo que
non pasa de ruxe-ruxe e que non ten nin unha proba na cal sosterse de pé. Que
ela fose filla dun crego de pouco pelo apelidado Martínez Viojo constitúe só
unha novela familiar fraguada polos sobriños e sobriños netos daquel señor e da
cal tamén non existen probas documentais.
Tarea y
atractivo
Así pues, si ya desde el mismo empiece
de la historia las dudas que hoy tenemos planteadas son de tamaña
envergadura, juzguen los lectores donde estamos. Piensen, por lo demás, que
Rosalía y Murguía compusieron otro (entre tantos) matrimonios de
intelectuales, en los que resulta harto complejo saber dónde comienza uno y
remata su “contrario”.
La
gravedad del caso es mayor en este matrimonio histórico, dado que su esposo,
mitólogo patriótico eminente y político retrospectivo, dotado de excelente
pluma, puso el mayor empeño (desde la misma hora de la muerte de su esposa) en
situar a su mujer como emblema de sus propios intereses, personales y políticos.
Debido a ello, al quedar atada la difunta a dolientes versiones, más que
sospechosas, de la autoridad más próxima, la bruma, el tabú y el silencio se
hizo total. Máxime cuando es de todos harto sabido que los papeles íntimos de
ella fueron sometidos a rotunda quema, acometida con diligencia cruel por los
circundantes, en el momento insólito en que la difunta estaba amortajada y de
cuerpo presente.
Una
destrucción increíble que hubiera evitado (es de creer) su viudo, archivero
muy destacado del llamado Reino de Galicia, si hubiera estado a la
vera de su esposa en la hora final. Pero pasa que el doliente tampoco estaba en
casa esa vez… y los circundantes no tuvieron poder para impedir la quema
ordenada por una hija nada infantil. ¡De 26 añitos!
Rosalía
Castro en
LA CUEVA
DE ZARATUSTRA
Con
motivo, pues, de celebrar el 150 Aniversario de La flor iremos dando
distintas aproximaciones y noticias de tan atractiva historia aún por
contar.
De
hecho, como saben nuestros lectores, Rosalía no es ninguna extraña en La
Cueva de Zaratustra. A ella nos hemos referido al publicar las bellísimas
Memorias de su admirado Heinrich Heine y,
sobre todo, al contar –más recientemente- la increíble historia de su primo más
amado (y el más odiado, tanto por Murguía como por el sector murguista de
los rosaliólogos): Pepito Hermida y Castro.
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