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Crónicas: HISTORIAS MAL CONTADAS: ROSALÍA (DE) CASTRO
Enviado el Monday, 23 July a las 19:09:41
Tópico: Texto y fotografía
Historias mal contadas: Rosalía (de) Castro. Por José Antonio Durán
La Flor de Rosalía de Castro

Su obra poética es clara como el agua clara. Original, fresca, innovadora. Desde La flor a En las orillas del Sar, incuestionable. En gallego o castellano. Como muy pocas obras poéticas lo son. Bien por el contrario, la mitomanía patriótica de unos y el gusto de los mismos (y de tantos otros) por ejercer con ella de políticos retrospectivos, fueron malogrando la tarea investigadora de multitud de eruditos de renombre. Acumularon datos y comulgaron con fábulas, creando entre todos un personaje-ficcion a la bajura de los intereses más contradictorios. Convirtieron la vida de esta mujer del siglo XIX en selva de tópicos y tabúes ahistóricos.














Hay que volver a sus orígenes más originarios, para reordenar uno a uno todos los procesos, si se quiere recuperar la frescura de aquella mocita soltera, vestida con las mejores galas de su clase, que se llegó a Madrid en la primavera de 1856 llena de vida e ilusiones, y retornó a los pagos natales con un libro apenas comentado, un marido complejo y un embarazo más que asegurado. Declinaba 1858. Y no había cumplido aún los 22.

El 150 aniversario de La flor, su primer racimo de poemas, no es mal momento para ir comprobando el estado en que se encuentra esa cuestión biográfica, reordenando todas las noticias que acerca de ella hemos ido anotando nosotros mismos (o leyéndolas en los demás) a lo largo de una vida. Será nuestro homenaje por las horas de placer que nos ha deparado en estos años.

La edición príncipe

Todo tiene interés. Comencemos, pues, por echar una mirada al que pudiera ser el primer documento originario salido de sus manos. Enteramente suyo. De la portada al fin.

1857 comenzaba…

La edición príncipe de La flor es hoy un raro, casi inencontrable. Ausente de las principales bibliotecas, públicas y privadas, y de la Biblioteca Nacional de España, pertenece a la clase de las ediciones llamadas de autor. Sin sello editorial, 46 páginas, la obrita fue realizada en la imprenta (modesta, sin duda) de M. González. Se vendió (bien, parece, sobre todo en Santiago) por suscripción; pero no por entregas. Tras la consabida y laboriosa búsqueda de direcciones y compromisarios. Una tarea en la que intervinieron las variadas amistades de la joven autora (19 años). Conocemos, por cierto, a alguno de los movilizados, porque llegaron a alcanzar –como ella- relieve singular… años más tarde.

¿La mano de Eduardo Chao?

Impresor de pocos libros y algunos folletos, firmados por una docena mal contada de autores en el quinquenio 1855-1859, González atendía encargos de pequeña paginación, sin mayores complicaciones, con contenidos multivariados.

El curioso Manual del jugador de la lotería primitiva de José Carrión, los dos discursos del joven demócrata y krausista Nicolás Salmerón (apenas treintañero entonces), y otros tantos folletos de dos figuras de posterior relieve en la vida coruñesa y compostelana (José María Puga Martínez y Francisco Eleizegui Ituarte) salieron entonces de aquella imprenta. Nada tenían que ver con la poesía; pero, bien mirada la coincidencia, la cualidad de sus nombres y esa relación con los orígenes, daba a todos un cierto aire de familia. Incluso Salmerón, que era andaluz, lo ofrece también, si se sabe de su temprana amistad, política y personal, con el gallego Eduardo Chao, llamada a durar toda la vida.

Precisamente porque conocemos esta temprana relación de por vida y porque Chao, el más célebre de los boticarios demócratas españoles de su tiempo, ya era alguien con mucho peso en el Madrid de entonces, maliciamos su mano y su patrocinio en el lanzamiento de la poetisa Castro, dado que también sabemos que disponía de fondos destinados para esos menesteres.

El nombre literario de la autora

Editor de marca, con nombre y leyenda bien ganada, este republicano gallego de Madrid, con toque mazziniano y amistades carbonarias, al margen del radicalismo político, gozaba de excelente posición social. De él era Manuel Murguía una especie colaborador para lo que cuadraba y administrador de los pequeños fondos colaterales que Eduardo destinaba a esta clase de usos y menesteres.

Una edición muy modesta, pues, pero de tipografía clara. Con dos únicos detallitos gráficos, de corte romántico. Uno en portada y haciendo de colofón el otro.

Bien se ve desde la tapa y la portada de La flor que fue ella misma la que escogió para ese primer libro, de pura poesía, la denominación literaria que se ha hecho universal: Rosalía de Castro. Pero no olvidemos tampoco, porque refuerza el argumento, que en el momento de escribirlo (desde muchos años antes, en realidad) ese de andaba en cuestión.

La baja nobleza ilustrada, aburguesada

Sus convecinos, los escribanos de Padrón y Compostela, que conocían al dedillo los respectivos historiales, se lo regateaban incluso a su madre: Teresa de Castro Abadía.

Nacida ésta en 1804, muchos años antes de que el Antiguo Régimen y el Imperio Español fueran dinamitados por una Revolución insólita, Teresa lo lucía por derecho propio, al haber nacido en el seno de la pequeña nobleza rural (entre señorial, ilustrada y aburguesada), cuya importancia transparenta aún hoy lo que queda de la casa grande de A Retén. A corta distancia de la Colegiata de Iria y el Cementerio de Adina.

María Rosalía Rita

Rosalía de Castro era, pues, un recorte tan intencionado y selectivo de su nombre de cuna, como cualquiera de sus versos o el título de La flor.

Parece fundado suponer que fue Teresa de Castro Abadía quien escogió para su hija la asociación de los tres nombres que aparecen en el registro que llegó a nosotros de la extraña ceremonia de bautismo: María, Rosalía, Rita. Tres-nombres-tres que ella no iba a utilizar nunca en sus libros, ni a reproducir en ninguno de sus ¡siete hijos!. Una ruptura que -al ser tantos- da que pensar.

Extraña fue, en efecto, aquella ceremonia de bautismo. Sin embargo, Victoria Álvarez Ruiz de Ojeda, en una investigación precisa e incontestable (suya), demostró en 1999 que la misma extrañeza produce saber que la mayor de las primas de Rosalía (Josefa Laureana de Castro) también fue bautizada (como ella), bajo la fórmula de los padres incógnitos y en la misma institución especializada en acoger al ciento y la madre de niños desheredados así ofrecidos: el Real Hospital de la antañona Compostela. Señorial y poderosa. Con enorme territorio arzobispal.

Normas e irregularidades

Que dos de los cuatro casos de fertilidad probada de los Castro (sólo uno murió sin descendencia) vivieran la embarazosa experiencia de la ilegitimidad de otras tantas embarazadas de su nivel, en 1821 y 1837, también da que pensar; pero sobre esa necesaria reflexión volveremos otro día. Hoy, para no despegarnos demasiado de ese primer libro y de la autora de sus días, parece más necesario resaltar (con la ayuda imprescindible de Victoria Álvarez Ruiz de Ojeda) que, en uno y otro caso, las dos primas fueron conducidas al Real Hospital por mujeres de su directo servicio y que, tras la ceremonia, no ingresaron en la Inclusa como expósitos comunes. Y eso sí que era irregular.

Lo que contravenía la norma era, pues, ese comportamiento observado por la Alta Dirección del Real Hospital en los dos casos. Lo otro, esto es, la existencia de madres solteras y la frecuencia de los hijos concebidos al margen del matrimonio, abandonados o conducidos a semejante institución, era más que común en todos los estamentos sociales. Incluso en los privilegiados de los señores de buen linaje o/y los burgueses de buena posición, a los que Teresa de Castro y su cuñada, Segunda García Santamarina, pertenecían..

Heredados y desheredados

Expósitos e ilegítimos (si mantenemos la convención de llamar de este modo a los nacidos de parejas que no habían sido sacralizadas por el matrimonio canónico, ni reconocidos por sus padres) eran un producto -casi inevitable- del sistema establecido. La manera de casar, heredar y mejorar a unos hijos en detrimento de otros, para mantener la unidad vinculada del patrimonio, tenía esa dura consecuencia. Una consecuencia, por tanto, igualmente observada en foristas y foreros, señores o labriegos, sobre todo en la España no urbana, predominante en aquellos tiempos.

En realidad, las situaciones embarazosas que producían los embarazos no deseados acaso no fueran (en número) muy distintas de lo que lo son hoy, en un Occidente liberal y formal-democrático con condones y píldoras, aborto legal, relaciones de hecho y uniones libres. Pero las consecuencias de los embarazos imprevistos sí que eran incomparables.

Pasa, por tanto, que entre los “biógrafos” de Rosalía hubo exceso de beatos y beaterías, laicos o no. Y hasta filósofos de corto análisis sacaron punta a las cuestiones embarazosas, sabiendo que son tan normales como el placer del coito. La sal de la vida.

La paternidad de un cura

A este orden de tabúes gratuitos, que se convierten –en manos de analistas apresurados- en las negras sombras de nuestra autora, corresponde la especie de que esos “amoríos” ilegítimos (pero normales y hasta saludables de su madre, de su tía y de tantos otros mortales de todos los tiempos) fueron, según rum rum generalizado a partir de cierto momento, con un seminarista o un curita de aldea o colegiata, al que (como en los tabúes de postín) se tardó muchos años en poner nombre propio.

Para nosotros, que nos importa una higa la cuestión de la paternidad de María Rosalía Rita, hay otras hipótesis alternativas, de mayor consistencia, que explicaremos –con criterio histórico y sociológico- en su día.

Pues bien: en 1999, cuando publicamos A loita pola vida (1833-1923). Conflictos e tenruras de Manuel Murguía (el esposo de Rosalía también fue, como explicamos en nuestros libros, hijo ilegítimo, aunque legitimado -como la prima carnal de su esposa- meses más tarde), produjo conmoción en los rosaliólogos este apunte, que introducía como nota a pie de página:

A obra de Rosalía mostra como disociaba sexualidade e moralidade, anque a violentaran os detalles excesivos. A reivindicación pública da figura de Teresa Castro Abadía (A mi madre), que a concibiu solteira (mantendo o segredo a voces da maternidade ata lograr do pai "incógnito" descoñecidos compromisos), produce emoción. Non só poética. Anque non é asunto deste libro, pensamos que a atribución da paternidade ó cura Martínez Viojo -introducida nos estudios rosalianos nada máis producirse a morte de Murguía- é insostenible.

La figura de su madre

Xosé Luís Méndez Ferrín (Faro de Vigo, 16 de marzo, 2007), expresó la misma sensación que nosotros manifestábamos en 1999, y así nos lo refrendaba, con su característica contundencia, cuando charlamos a propósito de Novoneyra y María Mariño hace pocos días:

Que Rosalía fose abandonada pola súa naiciña dona Tareixa (así dicía Carballo Calero nos seus días de esplendor erudito) e que se criase coa familia do seu pai no Castro de Ortoño é algo que non pasa de ruxe-ruxe e que non ten nin unha proba na cal sosterse de pé. Que ela fose filla dun crego de pouco pelo apelidado Martínez Viojo constitúe só unha novela familiar fraguada polos sobriños e sobriños netos daquel señor e da cal tamén non existen probas documentais.

Tarea y atractivo

Así pues, si ya desde el mismo empiece de la historia las dudas que hoy tenemos planteadas son de tamaña envergadura, juzguen los lectores donde estamos. Piensen, por lo demás, que Rosalía y Murguía compusieron otro (entre tantos) matrimonios de intelectuales, en los que resulta harto complejo saber dónde comienza uno y remata su “contrario”.

La gravedad del caso es mayor en este matrimonio histórico, dado que su esposo, mitólogo patriótico eminente y político retrospectivo, dotado de excelente pluma, puso el mayor empeño (desde la misma hora de la muerte de su esposa) en situar a su mujer como emblema de sus propios intereses, personales y políticos. Debido a ello, al quedar atada la difunta a dolientes versiones, más que sospechosas, de la autoridad más próxima, la bruma, el tabú y el silencio se hizo total. Máxime cuando es de todos harto sabido que los papeles íntimos de ella fueron sometidos a rotunda quema, acometida con diligencia cruel por los circundantes, en el momento insólito en que la difunta estaba amortajada y de cuerpo presente.

Una destrucción increíble que hubiera evitado (es de creer) su viudo, archivero muy destacado del llamado Reino de Galicia, si hubiera estado a la vera de su esposa en la hora final. Pero pasa que el doliente tampoco estaba en casa esa vez… y los circundantes no tuvieron poder para impedir la quema ordenada por una hija nada infantil. ¡De 26 añitos!

Rosalía Castro en
LA CUEVA DE ZARATUSTRA

Con motivo, pues, de celebrar el 150 Aniversario de La flor iremos dando distintas aproximaciones y noticias de tan atractiva historia aún por contar.

De hecho, como saben nuestros lectores, Rosalía no es ninguna extraña en La Cueva de Zaratustra. A ella nos hemos referido al publicar las bellísimas Memorias de su admirado Heinrich Heine y, sobre todo, al contar –más recientemente- la increíble historia de su primo más amado (y el más odiado, tanto por Murguía como por el sector murguista de los rosaliólogos): Pepito Hermida y Castro.


Colofón de La Flor




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Nota: Escrito por José Antonio Durán

 
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