Crónicas: LA INCREIBLE HISTORIA DE PEPITO HERMIDA Enviado el Wednesday, 10 January a las 18:39:32 Tópico: Texto y fotografía
La Increible Historia de Pepito Hermida. Por José Antonio Durán
Mi primer conocimiento de don José de la Hermida y Castro (Pepito Hermida) es muy lejano.
En Sempre en Galiza, esa especie de testamento patriótico de Castelao, el rianxeiro lo calificaba de ser único: “fidalgo, dono do pazo de Lestrove, e da pobreza mais limpa de todo Padrón”.
Por deformación clásica de investigador, a pesar del énfasis, sólo conservé (durante cierto tiempo) esta precisión, casi topográfica. En casa de don Pepito se reunieron el 16 de marzo de 1930, los firmantes del famoso pacto de Lestrove, origen de la Federación Republicana Gallega.
Matar al Apóstol
Comienzo con esa precisión topográfica de Castelao porque en una exitosa historia de la Galicia del siglo XX, escrita por viejos amigos y difundida recientemente por La Voz de Galicia, se ha introducido uno de esos errores llamados a parecer verdades irrefutables. A pesar de ser absurdos por completo.
No deja de tener su triste gracia, ciertamente, que aquel de quien cuenta la leyenda que fue detenido a la entrada de la catedral de Santiago, armado de carabina, dispuesto a disparar sobre el Apostol (el Pepe Natillas de los clericales compostelanos) se vea privado hasta del orgullo póstumo de haber creado el espacio simbólico para que allí se celebrara la histórica reunión.
Un error topográfico, por supuesto, lo tiene cualquiera; pero en este caso resulta diabólica la confusión entre el pazo histórico de los Hermida, donde morara Jovellanos y funcionó una activa choza de carbonarios, con la mansión católica, apostólica, romana y estival del ¡arzobispo de Santiago! Otro espacio, por cierto, muy bello, sito a pocos metros de distancia; pero con la abismal diferencia que existe –para creyentes- entre el Cielo y el Infierno…
La fascinación de Castelao
Castelao nunca cometió un desliz comparable. Tenía que reconocer al fidalgo como antecedente simbólico de un acontecimiento que dejó descolocados a los nacionalistas de su tradición irmandiña, frente a los casaristas. Porque allí estuvo, en efecto, de forma más o menos clandestina, el otro galleguismo (el excomulgado, acorde con el personaje), fundamental en la historia de la Segunda República española y del primer Estatuto de Autonomía de Galicia.
Otro asunto tan mal contado –entonces como hoy- por los llamados recuperadores oficiosos de la memoria... La confusión patrótico-mitológica, si se prefiere.
Algunos años más tarde, revolviendo papeles de su archivo-biblioteca en el Museo de Pontevedra, di con otro recorte de prensa sin fecha, celosamente guardado por el mismo Castelao.
Era esta vez una semblanza detallada y fantasiosa del hidalgo, construida con la arbitrariedad que es obligatoria en el oficio de los intelectuales orgánicos, que operan como tales en el partidismo político. También en este caso, de enorme utilidad.
El rianxeiro comenzaba así:
Fai algúns días atopeime no cimeterio de Padrón, onde durme na paz o fidalgo que viveu e soñou no pazo de Lestrove. Alí rememorei a vida do vello amigo, e as lembranzas embebéronme de melanconía.
Los Hermida y las Castro
Hermano de Luis (un filósofo efímero, al que dedicó Francisco Giner de los Ríos la traducción de la Estética de Krause), Pepito era primo de Rosalía Castro.
Al ser los hijos varones de la única hermana de su madre, fueron inseparables. Aunque era Pepito un poco más joven, la autora de los Cantares gallegos creció y se formó en su proximidad. En Padrón y Compostela.
Desde la primera juventud, sólo acompañada de estos Hermida pudo ella acceder con normalidad a las distintas convocatorias generadas por el ambiente compostelano que más le importaba frecuentar: el de la más inquieta y radical generación de estudiantes demócratas-progresistas.
La primera hornada, en realidad, que hubo en la ciudad arzobispal de este carácter.
Rosalía y el Librepensamiento
Un ambiente para cuyo estudio siempre es conveniente echar un ojo a los curiosos escritos de Veritas, el seudónimo más reiterado por Pepito Hermida.
Aunque pudiera parecer atrabiliario, era un librepensador, con excelente formación naturista, de cuerpo entero. Sus escritos aparecen publicados por los focos más activos de Galicia y de Madrid. Aquí, en los dos periódicos más importantes de ese carácter: El Motín y Las Dominicales. En La Coruña republicana publicó Expansión político-libre pensadora (1887); en Pontevedra, ¿Fue el cristianismo un progreso? (1892); en Santiago, Cuba (1892) y Sobre el universitario abismo...
Sacando a una pobreza de texto sagrado sus últimos impulsos, publicaba periódicamente en Padrón El Libertador. En su fuente y en su ejemplo hubieron de beber siempre las más firmes personalidades libertarias de la comarca: Manuel Barros fue carbonario de su choza, antes del obligatorio destierro americano; Nicasio Pajares y Ramón Rey Baltar difundieron en Buenos Aires mil y una historias de don Pepito, cuyo recuerdo honraron de por vida. Este último, que era el Verduguillo de El Barbero Municipal de Rianxo, fue el introductor del primer Castelao en su mundo.
Aurelio Aguirre y la libertad de conciencia
De los escritos del librepensador proceden recuerdos fundamentales, que sólo en ellos se pueden encontrar.
Recuerdos, por ejemplo, del legendario Banquete democrático de Conxo (1856), ni siquiera mentados por su protagonista, Aurelio Aguirre (otro personaje colosal, sobre el que vienen echando el manto de su incultura contemporánea prototípica los habituales pontífices del patriotismo declamatorio, desde hace medio siglo).
Sólo don Pepito, en efecto, se atrevió a recoger y difundir -en Compostela y con su firma-, sin que nadie se atreviera a desmentirlo, el brindis más osado de la historia de Galicia.
Allí, en medio de un bosque milenario, los obreros y los artesanos fueron recibidos -por primera vez- por los apostólicos estudiantes (demócratas y progresistas) en una especie de primera comunión del movimiento obrero en el viejo país atlántico.
El poeta Aurelio, que humanizaba con su presencia los prostíbulos y era el más amado de los jóvenes que animaban la quinta ciudad, hizo este canto librepensador a la libertad de conciencia y la libertad de cultos, estremeciendo a los presentes, quedándole grabado al mocito de los Hermida y Castro para siempre:
Brindo,
aunque al Papa cause risa,
por el primer protestante
que en España diga misa.
La Corte de los Milagros
Cuento en Murguía 1833-1923 cómo los Hermida y Rosalía se instalaron en Madrid poco más tarde, en proximidad con otros parientes muy próximos.
Exquisitos y cultivados, los tres llamaron de inmediato la atención. Y Pepito, que ha de merecer en el final de sus días una memorable corrección necrológica del telégrafo, con la marca sin firma de Alfredo Vicenti, es evocado así por el Maestro del periodismo español, en aquel pasaje de su vida:
En su juventud, bastante anterior a la Revolución de septiembre, había triunfado en la Corte. Igualmente familiares le eran los salones, gracias a su gallarda presencia y su exquisita educación, que los centros políticos y literarios. Tuvo por amigos los poetas, los pintores, los filósofos y hasta los banqueros más notables de aquel tiempo. Su hermosa voz y su instinto musical le hacían sobresalir en las tertulias, y lo mismo alternaba con Bécquer y Alarcón que con los más vehementes conspiradores progresistas.
De Bécquer nos ha llegado el eco galante de la habitual presencia de los Hermida y las Castro en las fiestas de Luis González Bravo, cuando resplandecía la belleza física y la cultura internacional de los Avendaño. A través de éstos y de sus parientes, los Romea, sabemos de una pasada (cuando menos) de Pepito por París. Con ellos, que eran los mejores amigos españoles de Verdi, aprendió a amar la ópera italiana…
Retorno a Lestrove
Poco antes de la Gloriosa Revolución de 1868, decepcionado de todo, arruinado, regresó a las Torres de la Hermida (A Casa de Hermida que se convertirá en A Dormida, tras su muerte). Allí resistió como hidalgüelo de lugar las embestidas, extraordinariamente adversas para la nobleza aldeana, de los nuevos valores, las nuevas ideas, las nuevas cosas, alimentándose (al decir de Castelao) de leite, de boroa e de sol. El naturista, desnudó su hermoso cuerpo, guardando sus ropajes de Madrid para las salidas, cada vez más contadas, a las tertulias y las fiestas populares.
La casa terminará por ser el marco de su honrada soledad. En ella ahondó en las motivaciones de su desengaño, reflexionando sobre la humana condición. En los más bellos parajes que cabe imaginar, desde la desnudez del librepensamiento, se batió en la más desigual de las batallas.
Amaba el trinado de las aves, nombraba como si por nombre propio le entendieran incluso a los reptiles, e hizo incomprensible para la vecindad el refrán más lógico de su tiempo: “Fidalgos probes e bestas vellas acaban cas nosas terras”.
Don Pepito, cada vez más afín con las viejas piedras de su pazo, talló una estampa venerable y venerada, querida por todos, entrañable como ninguna otra de aquellas comarcas.
Al heredar la propiedad de sus mayores, el viejo amor de los Hermida y los Castro renació. En sus continuas desventuras, Rosalía participaba por temporadas de aquella pobreza limpia, gozando de ella y del paisaje, hasta las últimas horas de su vida. Ni siquiera el nudismo, que habitualmente practicaba, retardó sus presencias, reiteradas y dilatadas, hasta la poética visión del paisaje, poco antes de su hora final.
El enfrentamiento con Murguía
Al morir (1885), Pepito se convirtió en defensor radical de su memoria, llegando al enfrentamiento público con Manuel Murguía, el talentudo viudo de la difunta.
Sobre todo, cuando éste consintió en que los restos de ella pasaran del bello cementerio aldeano de Iria a formar parte del llamado Panteón de Gallegos Ilustres, situándose en el fúnebre ambiente de Santo Domingo de Bonaval tras una sorprendente peregrinación católica, la furia de Hermida rozó el escándalo.
Fue por aquel entonces cuando escribió de ella, de Juana de Vega y Concepción Arenal esta precisión, cargada de sentido, porque aquellas santas mujeres “si no llegaron a ser librepensadoras, merecían serlo”.
Era un gran señor –escribía Vicenti- que durante treinta años (1883-1913) soportó con altísima dignidad, sin pedir nada a nadie, sonriente e irónico, la más desnuda pobreza.
Vivía solo en su casa de Lestrove, de la cual no quedaban relativamente sólidos más que los muros.
No tenía la vivienda más que dos departamentos practicables: la amplia sala, que servía de dormitorio y despacho al dueño, y una extensa bodega, en donde se desmenuzaban, roídas por el polvo, unas cuantas cubas vacías.
En aquel marco, opúsculo tras opúsculo (le gustaba este género, breve y sentencioso) fue soñando su Biblioteca de “La Luz”.
Tratamientos plásticos y literarios
No sólo para Rosalía estuvo siempre abierta de par en par aquella casa. En la última fase de su vida, se llegaron allí, como se dijo, el Castelao universitario, guiado por Rey Baltar, y Luis Antón del Olmet. Éste, escaso de ingenio, trató de inmortalizar al personaje en El Hidalgo don Tirso de Guimeraes.
Con mayor frecuencia lo visitaba José Arcos, director de El Barbero Municipal, semanario católico, conservador y maurista de Rianxo, que dispensaba al hidalgo la más sincera de las admiraciones:
De ameno y sencillo trato, cortés por educación y naturaleza, era don Pepito el prototipo de la delicadeza y de la corrección.
Enemigo de hablillas, jamás sus labios se abrieron para murmurar de nadie.
Metido en su casona solariega, vivía completamente solo, abstraído de todo lo que a su alrededor pasaba, sin más ambiciones ni deseos que ver a la humanidad libre y dichosa.
Frugal hasta la exageración, apenas se preocupaba de su sustento. Toda su atención era para las cuestiones de alta política y para los problemas filosóficos y religiosos.
Entonces, cuando en la conversación se tocaba alguno de sus temas favoritos, su cara se transfiguraba, de sus ojos parecían brotar chispas, y su voz de trueno se erguía solemne en medio del silencio de sus oyentes. Y aunque era duro en el ataque, cual cumplía a su carácter varonil y franco, siempre su lengua permanecía muda ante las flaquezas y debilidades humanas.
El santo laico
A su extensa cultura, añadían los redactores de El Barbero, “una bondad sin límites”. Aquí las referencias de amigos y adversarios coinciden sin matiz.
Los vecinos hacían uso de la finca como de un “país conquistado”.
Él, discretamente, para no objetivar como ladrón a lo que sólo era un producto más de la miseria, se escondía. Castelao reconoce que non dou a terra, endexamais, un home semellante. Junto a él cabalgaban las horas, el estudiante perdía el faetón, teniendo que echarse a caminar las tres leguas que hasta Compostela le restaban; pero todo lo merecían las ideas de aquel home extraordinario.
Hay recuerdos gráficos de su bondad:
Cuando sorprendía a los niños subidos a los frutales, se les acercaba, discreto, buscando no provocar con el susto una mala caída. Los ayudaba a descender, los acompañaba hasta la puerta, recordándoles, por único sermón, que quizá no fuera aquélla la enseñanza de sus padres recibida.
Parecía un personaje de otro mundo.
La historia de los bojes
Una vez, atacado -como siempre- por la precariedad, se vio forzado a vender dos viejos bojes, hermosos y queridos, que malguardaban su casa y tenían su edad. Cobró por adelantado, pero al llegarse el nuevo dueño para efectuar la corta se encontró con que a don Pepito le habían sido robados.
Esta vez, la indignación del hidalgo fue mucho más temible de lo que Castelao cuenta. No se limitó a decir: Se sabedes quen foi o ladrón dos buxos non mo digades, porque... porque son capaz de levalo o xusgado.
Fue más sublime la cosa:
Hubo investigación local y los ladrones fueron descubiertos por los vecinos; pero, conociéndolo, el portavoz vecinal se presentó ante él con la noticia, antes de hacer efectiva la denuncia:
-Don Pepito, xa sabemos a identidade dos ladróns.
-¡Vaya! Más de uno.
-Dous.
-¿Tienen hijos?
-Varios.
-¿Son labriegos?
-Sí, señor.
-Pobres ¿no es cierto.?
-Non poden ser máis probes.
Retumbó en ese punto la voz del increíble personaje.
-¡Qué hago! Si fuera rico, esos hombres irían a presidio. Ya me encargaría de sostener a sus hijos. ¿Qué consigo ahora si los denuncio y los meten en la cárcel.? Nada. Que tengan ellos comida y cama, mientras sus hijos se mueren de hambre... No. ¡Les perdono! Ve y diles que les perdono; que no lo hago por ellos, lo hago por sus hijos.
Don José no sólo perdió los bojes, tuvo que pagar su importe.
El Tolstoi gallego
José Nakens, que conocía a don Pepito por cálidas referencias, se admiraba de ellas. Lo comparaba a Tolstoi, haciendo ganar a Hermida lo que denostaba del formidable místico de Yasnaia Poniana:
Hermida –escribe el artífice de El Motín- ha reproducido en nuestros días el tipo del antiguo santo, perfeccionado por el avance de las ideas morales. Hizo del liberalismo, no una profesión, no un oficio, no una plataforma, ni siquera una filosofía: elevólo a la categoría de religión, realizando el superhombre soñado por Tolstoi, y que éste puso con los actos de su vida tantas veces en caricatura; al contrario de Hermida, que lo enalteció con los suyos de la suya.
No inferior a Tolstoi en sus convicciones y en sus conocimientos, por más paradógico que parezca esta comparación, fuéle superior en la práctica, considerada por José Hermida como conclusión forzosa de las teorías. Decía mucho y hacía aún más. Y hacía y decía sin escenario, sin estridencia, sin exhibición, convencido de que sus actos no se salían de lo ordinario y común, no buscaba más aplauso que el de su propia conciencia.
El célebre anticlerical reconocía también que los escritos de Veritas le desconcertaban: “desprendían cierto perfume exquisito, embalsamaban las páginas de El Motín”.
No era para menos. Curiosos siempre, distan de ser de “escaso interés”, como desatinadamente sentenciaron algunos bio-bibliófilos gallegos, empeñados en divorciar a Rosalía de su primo más amado.
He aquí algún ejemplo de su peregrino ingenio.
La Universidad y la Cultura
Francisco Pi y Margall guardó en su biblioteca una joya, modesta en la apariencia, como hija de don Pepito. Se titula: ¡Leed, estudiantes! (Santiago, 1900). Encabeza el escrito esta dedicatoria:
A los universitarios estudiantes portugueses e iberoamecanos que quieran hacer de Cristo que arranque a la muerte al Lázaro de la hispana estudiantina y ser la tempestad formidable que torne las pestilencias ambientes que infestan los ibéricos países, medio donde la salud y la vida rebose dedica esta modesta labor. Véritas.
El opúsculo es casi un alegato contracultural. En él denuncia a la Universidad libresca, falsaria, de todo tiempo, productora de estudiantes pícaros, aprendices de saberes e ideologías oficiosas y confortables; alejados para siempre de la única lucha digna: la del estudiante que se dedica a ser “alba brillante que rompa las sepulcrales tinieblas en que yacen los humildes, ángel exterminador de toda clase de infamias, insoluble lazo que una a las iberas gentes”.
Para llegar a esto, el universitario ha de ponerse en guardia contra su Universidad, recinto mentiroso donde se defiende y apuntala el derecho a derruir, donde predican levíticos personajes o sumos sacerdotes de confusionismo. Y aquí no para mientes don Pepito poniéndose a nombrarlos por su nombre: ni Unamuno ni Brañas, ni Clarín, se libran de su anatema.
“¡Alerta, estudiantes, ojo con esa tumba de vivos que filosofan!”.
Su opúsculo -El nepotismo en las Universidades - merece una lectura aparte, por su perenne actualidad.
El último de sus escritos, publicado en El Motin (faltaba menos de un mes para su fallecimiento) describe la Biblioteca de «La Luz», próxima ya, según sus imaginarias previsiones, a ser editada. En ella sólo tendrían cabida opúsculos de autores íberos, peninsulares e insulares, “que detestan las tinieblas”. Los títulos, lastimosamente perdidos, éstos: ¿Finis Hispaniae?, Cumbres Liberadoras Iberas, A través de Costa, ¡Leed, trabajadores ibéricos! Todos en la línea iconoclasta que inaugura Surge, Impietas.
Iberismo internacionalista
Hermida, como tantos otros místicos del descreimiento, creyó demasiadas cosas.
Fue, por ejemplo, un progresista en el estricto sentido del ambiguo término. El horizonte panibérico que establece en la mayoría de sus escritos nos desconcierta. Recelaba por igual de nacionalistas y regionalistas. Admirador de Aurelio Aguirre y el primer Pondal, a pesar de la intimidad con Rosalía, denostaba del patriotismo declamatorio, al considerarlo falso en su reivindincación primordial: la identidad del territorio con una lengua determinada. Combatió a su modo la Solidaridad Gallega, dejando a propósito de esto un importante documento, desconocido, donde describe el comportamiento lingüístico de uno de los matrimonios claves del galleguismo histórico: el de Rosalía y Murguía, sus parientes.
De ella dice que “no hablaba apenas” gallego y, según le escuchó muchas veces, “nunca pensaba” en esa lengua. Su acento -asegura- “era perfectamente madrileño”. Sobre todo, Hermida se avalanza sobre el diminuto e importante polígrafo por quien no siente, desde luego, afecto alguno:
No se conoce del que pasa por el Mesías del regionalismo ni un renglón en gallego, a pesar de ser autor de varios libros, y me consta que este señor habla castellano hasta con las gentes del campo, y que como la antedicha autora piensa en él.
La República Social
Su peculiaridad -según mi concepto- brota del solidarismo que trata de establecer entre ilustrados librepensadores y humildes (obreros y campesinos). En ellos ve la diada salvadora. Por esto, como veremos, salido del progresismo más limitado, sintió honda admiración por el primer Lerroux
Veía en él, al igual que tantos contemporáneos suyos, la última esperanza republicana de generar en España una revolución salvífica. Por ello también, cuando llegan los últimos años de su vida -si no engañan las coincidencias- colabora en publicaciones tan alineadas como La Revista Socialista, matizando mucho -eso sí- su punto de opinión: el primero de mayo, por ejemplo, no debía entenderse como festividad meramente socialista o cerradamente proletaria. Él prefería entenderla como epifanía de los humildes, en general.
Componedor de himnos (su amor a la música se mantenía, haciendo que en su encierro padronés tan sólo añorase las óperas madrileñas del Real) forman parte de esta serie de colaboraciones:
Si yo lucho con fervor
contra el régimen traidor,
obtendré al final
la República Social.
Su fe en el progreso, así como la creencia en que las contradicciones de una sociedad montada sobre el capital, asentada sobre antagónicos intereses de clase, que conducían inexorablemente a su disolución liberadora, le llevó a construir la más curiosa de las hipótesis de “desarrollo social”. Tiene muchos visos de actualidad.
Habría que abreviar los trámites disolutivos, “facilitando a las burguesías más adelantadas la dominación del mundo civilizado”. De esta forma, los pueblos más atrasados, absorbidos por los poderosos, pasarían a recabar para sí propios la autonomía y el progreso, “útiles predisposiciones para la confederación futura”. Así pues, la sobredominación colonial (la mundialización, decimos hoy) debía traer, anticipadamente, la liberación general. Por ello Veritas se opone con denuedo a cualquier género de nacionalismo, único culpable de retrasar este proceso.
Para él “los pueblos que son un estorbo para el progreso se merecen un puntapié en salva sea la parte, dicho sea sin hipótesis...”
La última estafa
Alejandro Lerroux parecía a todos, por aquellas comarcas arosanas, el coco de las izquierdas.
Los conservadores de El Barbero Municipal llegaron a compararle con Danton. Don Pepito, como el propio Nakens, Ferrer Guardia, Baroja y tantos otros, tenían puesta en su actividad la Última esperanza. Pues bien: invitado por los agraristas de Teo (un municipio rural del partido de Padrón), he aquí que el emperador del Paralelo se llegó a las tierras padronesas y compostelanas en mitinesco son.
1913 mayeaba.
El iconoclasta, montado sobre sus atrabiliarias vestimentas, salió a su encuentro. Abrazó con entusiasmo a su ídolo en la casa padronesa de Tanis Pérez Artime y tras él se fue, de mitin en mitin. No quería dar crédito a lo que veía y escuchaba… hasta que llegó la concentración compostelana del 12 de mayo. Un día después murió.
Hasta aquí, los hechos; pero prosiguieron las interpretaciones y la leyenda.
Castelao, por ejemplo, que debe a don Ale un destierro y que jamás sintió por él (como nacionalista a la catalana)admiración alguna, fue el más caústico de los comentaristas. De creerle (antes de cumplir con el último gesto de echarse a morir), Hermida se aproximó al jefe radical y le dijo, sin perder la calma:
-La suya, don Ale, es la última estafa que conmigo se comete.
La noticia de su muerte hizo más ruido que su vida de acción y de retiro. Los republicanos españoles tuvieron entonces amplio recuento de la grandeza de su correligionario. Sin embargo, salvada la excepción de El Motín, fueron periódicos alejados de sus puntos de vista quienes acertaron en el curioso género de la biografía necrológica.
Alfredo Vicenti, director de El Liberal, el diario de mayor prestigio intelectual de la época, ligado a Rosalía y los Hermida desde la juventud, corrigió –como decíamos- el escueto telegrama de su corresponsal para contar la historia:
Descanse en paz, bajo la tierra florida que tanto amó, el eminente republicano y librepensador que fue, sobre todo, un noble caballero.
El Barbero Municipal dejó quizá la más inesperada estampa. Por ello, siendo un semanario conservador de Maura, su semblanza corre por “la mala prensa” demócrata y socialista, como mejor palabra:
¡Pobre don José! Nosotros le queríamos entrañablemente. Era un hombre bueno. ¡Y hay tan pocos! Por eso, porque era bueno, estuvo su entierro tan concurrido. Se le dio sepultura, conforme a su voluntad, en el cementerio civil de Padrón... Su recuerdo nunca se borrará de nuestra memoria.
Nakens leía el telegrama relativo al fallecimiento en tanto Nicasio Pajares, recién llegado de Buenos Aires, le contaba anécdotas y anécdotas de su admirable convecino de Lestrove. El golpe de la coincidencia hizo más duro el efecto. Por ello se hace tan emotiva la lectura de El Motín del 22 de mayo de 1913, que dedica al hidalgo toda su primera plana:
Estos son nuestros místicos… Su vida es su propio aplauso. Su juez es su conciencia.