Historia del Rastro de José Antonio Durán. Vender lo prohibido
El 19 de marzo era, tradicionalmente, el Día de los Pepes. Los humoristas le concedían –hasta no hace mucho- el mismo tratamiento que al pavo de Navidad, los zapatitos de Reyes o los Isidros; pero ahora, desde que se convirtió en festividad comercial (Día del Padre), su viejo sentido anda muy devaluado. Ni siquiera en el Rastro se percibe.
Para más, este 2006 la festividad cayó en domingo.
Los meteorólogos de los medios de comunicación
anunciaron para Madrid mañana de perros. El día amaneció
radiante, sin embargo. Una hermosura luminosa y engañosa, como
suelen serlo las que siguen a las noches de lluvia bastante intensa.
Animados por la inesperada perspectiva, el
primer Rastro (07,00 horas, el que yo desconozco por completo) avisó
al mío de la novedad. Fue así como surgió el equívoco y comenzó el
primer espectáculo gratuito. El del quita y pon.
Mañanas de quita y pon
Si la mañana es de perros, los cachivacheros ya
conocen de viejo su destino: hay que montar defensas, disponiéndose
a resistir los elementos. Los puestos habituales se cubren y se
forran con los plasticos correspondientes, convirtiéndose en especie
de casetas provisionales. Un trabajo desagradecido de montaje y
desmontaje, añadido al habitual.
En días engañosos, como éste, la risueña
perspectiva genera pereza en la mayoría. Sólo los previsores y los
que huelen la lluvia como los viejos zahoríes, se molestan. La
mayoría confía en la suerte, poniendo a mano unos plásticos más
provisionales. De quita y pon.
La mañana fue, en efecto, de constante trajín en
este aspecto, porque los chuvascos se empeñaron, como acostumbran,
en jugar a la sorpresa. Y así comenzó el segundo espectáculo
gratuito: las carreras del personal que va a juego con los
vendedores menos previsores.
Valiéndome de la experiencia que me da el haber
nacido en mi tierra gallega, acerté esta vez con la indumentaria:
gabardina tres cuartos con capucha. Una prenda clásica, muy eficaz.
Como de viejo he pensado que los bastones,
además de decorativos, deben usarse cuando no hacen falta, y como
son de especial utilidad en el Rastro, me dispuse a contemplar los
distintos espectáculos gratuitos con cierta altanería.
Mi amigo Juan Manuel González Martel, por
ejemplo, recién llegado de su tierra canaria, maldecía la hora en
que dejó la cama, guarecido en uno de los puestos previsores. Al
escuchar sus lamentos, recordaba yo la sabiduría humorística de
Julio Camba: “¡Seré tonto, he dejado en el coche la lata del
paraguas!” (¡el paraguas, qué invento!, lo más parecido a mi capucha
con bastón, ideal para estos días de chuvasco sin ventolera).
Había comenzado, pues, otra fiesta gratuita
dentro de la fiesta: la tertulia. Enorme, extendida. De temática
inesperada. Les contaré otro momento, relacionándolo con mi esbozada
filosofía del bastón.
El bastón, arma de fuego
Una de las consecuencias habituales del paseo
con bastón son los olvidos. Se producen en cualquier clase de
mercados. No sólo en el Rastro.
Basta con ocupar las manos, al comprar lo que
sea.
Una vez lo olvidé en el kiosco, tras la compra
del periódico.
-¡Oiga! -dijo al kiosquero otro comparador-.
¡Alguno de sus clientes se dejó el bastón!
-Démelo y lo guardo, haga el favor. ¡¡Pero el
dueño no debe estar muy cojo…!!
-¡¡Oiga!! Ese bastón que usted lleva ¿dispara?
–me preguntó de pronto un cachivachero de la clase de los poco
previsores (en pleno chuvasco, cumplido el ajetreo del pon y quita)
-No, amigo mío. Éste es de los de toda la vida.
Como arma ofensiva, sólo consiente los viejos bastonazos.
Y empezó la tertulia. Se sumaron a ella algunos
circundantes. Por pura asociación, yo mismo recordé algunas visitas
de filmación a palacios y casas importantes, en las que me vi
sorprendido por las colecciones de bastones. En una de estas casas,
me atreví a preguntar:
-Veo que te gustan los bastones y que los
coleccionas. Yo también lo hago; pero mi colección es de uso. La
tuya ¡de museo!.
-No son lo que piensas. Forman parte de la
colección de armas que te acabo de mostrar.
* * *
-Yo también tengo de esos bastones que disparan
(me dijo al fin, más reservadamente, el cachivachero cuando me
despedía). Por eso paro a quienes los usan. Ya sabrá usted que está
prohibido venderlos en el Rastro; pero si necesita alguno…
-¡¡Será posible!! ¡¡No deja usted de vender
permitidos y prohibidos ni en medio de un chuvasco!!