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Historias del Rastro: VENDER LO PROHIBIDO
Enviado el Sunday, 26 March a las 16:11:35
Tópico: Texto y fotografía
Historia del Rastro de José Antonio Durán. Vender lo prohibido
Bastones

El 19 de marzo era, tradicionalmente, el Día de los Pepes. Los humoristas le concedían –hasta no hace mucho- el mismo tratamiento que al pavo de Navidad, los zapatitos de Reyes o los Isidros; pero ahora, desde que se convirtió en festividad comercial (Día del Padre), su viejo sentido anda muy devaluado. Ni siquiera en el Rastro se percibe.

Para más, este 2006 la festividad cayó en domingo.














Los meteorólogos de los medios de comunicación anunciaron para Madrid mañana de perros. El día amaneció radiante, sin embargo. Una hermosura luminosa y engañosa, como suelen serlo las que siguen a las noches de lluvia bastante intensa.

Animados por la inesperada perspectiva, el primer Rastro (07,00 horas, el que yo desconozco por completo) avisó al mío de la novedad. Fue así como surgió el equívoco y comenzó el primer espectáculo gratuito. El del quita y pon.

Mañanas de quita y pon

Si la mañana es de perros, los cachivacheros ya conocen de viejo su destino: hay que montar defensas, disponiéndose a resistir los elementos. Los puestos habituales se cubren y se forran con los plasticos correspondientes, convirtiéndose en especie de casetas provisionales. Un trabajo desagradecido de montaje y desmontaje, añadido al habitual.

En días engañosos, como éste, la risueña perspectiva genera pereza en la mayoría. Sólo los previsores y los que huelen la lluvia como los viejos zahoríes, se molestan. La mayoría confía en la suerte, poniendo a mano unos plásticos más provisionales. De quita y pon.

La mañana fue, en efecto, de constante trajín en este aspecto, porque los chuvascos se empeñaron, como acostumbran, en jugar a la sorpresa. Y así comenzó el segundo espectáculo gratuito: las carreras del personal que va a juego con los vendedores menos previsores.


Valiéndome de la experiencia que me da el haber nacido en mi tierra gallega, acerté esta vez con la indumentaria: gabardina tres cuartos con capucha. Una prenda clásica, muy eficaz.

Como de viejo he pensado que los bastones, además de decorativos, deben usarse cuando no hacen falta, y como son de especial utilidad en el Rastro, me dispuse a contemplar los distintos espectáculos gratuitos con cierta altanería.

Mi amigo Juan Manuel González Martel, por ejemplo, recién llegado de su tierra canaria, maldecía la hora en que dejó la cama, guarecido en uno de los puestos previsores. Al escuchar sus lamentos, recordaba yo la sabiduría humorística de Julio Camba: “¡Seré tonto, he dejado en el coche la lata del paraguas!” (¡el paraguas, qué invento!, lo más parecido a mi capucha con bastón, ideal para estos días de chuvasco sin ventolera).

Había comenzado, pues, otra fiesta gratuita dentro de la fiesta: la tertulia. Enorme, extendida. De temática inesperada. Les contaré otro momento, relacionándolo con mi esbozada filosofía del bastón.

El bastón, arma de fuego

Colección de armas

Una de las consecuencias habituales del paseo con bastón son los olvidos. Se producen en cualquier clase de mercados. No sólo en el Rastro.

Basta con ocupar las manos, al comprar lo que sea.

Una vez lo olvidé en el kiosco, tras la compra del periódico.

-¡Oiga! -dijo al kiosquero otro comparador-. ¡Alguno de sus clientes se dejó el bastón!

-Démelo y lo guardo, haga el favor. ¡¡Pero el dueño no debe estar muy cojo…!!

-¡¡Oiga!! Ese bastón que usted lleva ¿dispara? –me preguntó de pronto un cachivachero de la clase de los poco previsores (en pleno chuvasco, cumplido el ajetreo del pon y quita)

-No, amigo mío. Éste es de los de toda la vida. Como arma ofensiva, sólo consiente los viejos bastonazos.

Y empezó la tertulia. Se sumaron a ella algunos circundantes. Por pura asociación, yo mismo recordé algunas visitas de filmación a palacios y casas importantes, en las que me vi sorprendido por las colecciones de bastones. En una de estas casas, me atreví a preguntar:

-Veo que te gustan los bastones y que los coleccionas. Yo también lo hago; pero mi colección es de uso. La tuya ¡de museo!.

-No son lo que piensas. Forman parte de la colección de armas que te acabo de mostrar.


* * *


-Yo también tengo de esos bastones que disparan (me dijo al fin, más reservadamente, el cachivachero cuando me despedía). Por eso paro a quienes los usan. Ya sabrá usted que está prohibido venderlos en el Rastro; pero si necesita alguno…

-¡¡Será posible!! ¡¡No deja usted de vender permitidos y prohibidos ni en medio de un chuvasco!!





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Nota: Escrito por José Antonio Durán

 
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