Quien esto
escribe acababa de cumplir los 9 añitos cuando el delantero vasco
protagonizó el histórico chupinazo. Desde entonces, viví la
recreación un número incalculable de veces; sin embargo, por más que
lo intente, no logro recordar aquel Campeonato.
En nuestra casa
pontevedresa (comparable a la de cualquier españolito urbano de
clase trabajadora) no hubo aparato de radio hasta 1954. Es cierto
que un año antes del gol (1949), al venir a vivir al mismo edificio
unos tíos, su aparato de radio formaba parte de la nuestra. Recuerdo
con nitidez a aquel tío (franquista, por supuesto) pegado a la radio
inglesa, escuchando todos los noticiarios en español de la BBC y
todos los partes de Radio Nacional de España; pero no
recuerdo haber oído el estruendo del gol de Zarra, ni he percibido
jamás su impacto en mi familia. Sin embargo, pocos años antes
(1947), cuando cruzó la ciudad Eva Perón (en coche descubierto, con
amplia pamela blanca), aún hoy me veo en medio de la multitud, con
una nitidez que no he de olvidar mientras viva.

Como
historiador, tengo que conocer la razón de mis recuerdos y olvidos.
También como ciudadano. Sobre todo desde que descubrí (jovencito)
cómo se trafica con ellos.
Algunos de estos
recuerdos y olvidos, relacionados con el cine y el fútbol, los he
contado en
Cesáreo González, el empresario-espectáculo. Viaje al
Taller de Cine, Fútbol y Varietés del general Franco. Mis
lectores de ese libro saben que el Taller del Pardo tardó bastante
más de lo hoy que se piensa en privilegiar el fútbol como mecanismo
de distensión, interna e internacional. Franco prefería el cine y la
radio. Verán por qué.
Una de las
grandes paradojas que entraña la mitología de la furia española,
tan ligada a los orígenes de nuestro fútbol y al éxito
(sorprendente) de los leones rojos en la Olimpiada de Amberes
(1920), radica en este pequeño detalle, digno de la mayor
consideración. En la célebre selección nacional formada por
los Zamora y Cía. sólo participaron las tres canteras
marítimas que originaron la futbolización de España: la catalana, la
vasca y la gallega. ¡Paradógico, pero incuestionable! Las tres
nacionalidades históricas de la (aún) vigente Constitución
alimentaron ese mito, tan español.
Dado el peso
(lógico) de estas tres canteras históricas en la génesis del fútbol
español de alta competición, conocido el habitual mangoneo que
caracteriza a los estamentos deportivos, la Liga y la misma
formación de una selección española de fútbol se retrasó
mucho más de lo que fue común en Europa; pero, desde Amberes, uno de
los grandes sueños de los organizadores de espectáculos deportivos
en España buscaba la confrontación directa con los fundadores del
llamado deporte-rey.
* * *
Como inventores
del fútbol, con potentes campeonatos locales que precedieron a las
Ligas nacionales y a los grandes torneos internacionales, los
británicos mantienen en juego tres selecciones territoriales. Son la
envidia de todos los patriotismos emergentes del planeta.
Desde sus
primitivos torneos locales, el fútbol británico también confrontaba
entre sí las selecciones de Escocia, País de Gales e Inglaterra (de
manera algo más compleja, la de Eire). Cada año. Con la mayor
normalidad.
Una añoranza que
también encandila a muchos patriotas declamatorios en España,
desconocedores (o silenciadores) del hecho de que también aquí se
ensayó el patrón inglés durante dos décadas. Pasa que los torneos
regionales, inter-regionales e inter-nacionales de esas selecciones
locales en España desgastaban al patriotismo local con sus
conflictos, violentos e intestinos, de triste memoria. La Liga
Nacional de Fútbol nació tarde; pero fue un éxito organizativo más
que evidente.
El fútbol, en
definitiva, es una metáfora de la sociedad y un campo de
experimentación de primer orden. Por eso nos interesó siempre como
veteranos investigadores de la sociedad misma. No sólo porque
venimos del deporte…
* * *
Los añorantes de
la privilegiada situación británica (tres selecciones compitiendo,
incluso en el plano internacional) propenden a desconocer (o a
silenciar) otras dos circunstancias particularizadoras.
La vanguardia del
fútbol británico tardó mucho en ser inglesa. Fue mayormente
escocesa (y, dentro del fútbol escocés, aún más católica
que protestante). Tampoco parecen saber (o se lo callan) que
los grandes torneos culminaban en Londres y que las finales,
celebradas con enorme concurrencia, eran a mayor gloria de Victoria
de Kent, reina unitaria e imperial de la Gran Bretaña.
Sentado lo
anterior, se entiende que la representación futbolística de
Inglaterra (no de la Gran Bretaña) tuviera entre nosotros una carga
simbólica adicional. Con todo y eso, acabó por superarse. Los
enfrentamientos con la “pérfida Albión” se iniciaron en 1929,
alentados o asumidos por todos los sectores de la Federación
Española de Fútbol.
* * *
El éxito
organizativo de los hombres que gerenciaban el fútbol español en
1929 (cuando la primera Dictadura: Primo de Rivera, 1923-1930) fue
reconocido en todo el mundo. Y es lógico, porque merecía serlo.
El fútbol
británico era reacio hasta entonces a abandonar las Islas; pero la
ocasión parecía propicia. En territorio español, ese mismo año,
nacieron formalmente los Campeonatos del Mundo de selecciones
nacionales. Hasta entonces, como se sabe, el fútbol internacional
lucía en exclusiva como un número más de las Olimpiadas.
El primer
España-Inglaterra, como tantos otros fastos de 1929, se tejió en
Barcelona; pero el histórico partido se celebró en Madrid. Confirmó
todas las expectativas y supuso un nuevo éxito deportivo de la
Selección española.

Fue en aquel
acontecimiento cuando a la épica de los jugadores en el campo de
juego se sumó, por primera vez, la narración radiofónica. La
protagonizó un locutor gallego de Radio Madrid: Santiago Fuertes
Peralba. Sin embargo, ¿quién recuerda hoy el resultado o al locutor?
¡¡Qué diferencia
con el gol de Zarra!!
* * *
Cesáreo González
tuvo mucho que ver con la evolución posterior del espectáculo
futbolístico, indisociado ya del radiofónico. Presidente del Real
Club Celta durante la República, como falangista fue nombrado
“gestor único” del fútbol gallego en la Guerra Civil.
Como gestor,
Cesáreo montó los primeros partidos internacionales de fútbol de la
España insurrecta. La F.I.F.A., nacida en Barcelona en 1929, se
encontró de pronto con una cuestión de enorme alcance político y
diplomático.
Esos partidos
internacionales de Cesáreo González, en efecto, suponían el tácito
reconocimiento de unos insurgentes, muy ligados al fútbol (cierto),
pero alzados en armas contra el Gobierno de la República. ¡El único
Gobierno legal, reconocido internacionalmente!
Los
disciplinados “historiadores” españoles de la España Leal,
nos han contado como gestas, las desdichadas salidas del Barcelona y
de la Selección de Euskadi. La “guerra dentro de la guerra” de
aquella España se hizo aún más pública y manifiesta en su absurdo
periplo “propagandístico”. Mientras tanto, los mismos
“historiadores” guardan riguroso silencio o aminoran cuanto pueden
la importancia de la selección unitaria del gestor gallego.
Esto es: de quienes serían (a la postre) vencedores de la guerra
civil. ¡¡La más pura desmemoria se vende como memoria histórica!!
¿Otra metáfora?
Tras su triunfo
en la guerra civil española, la segunda guerra mundial interrumpió
todo el proceso futbolístico. Al confirmarse la victoria aliada,
el Taller de Espectáculos del general Franco, escudándose en los
malos resultados, cortó la presencia de una España mal situada
internacionalmente en las competiciones y enfrentamientos
exteriores. No eran los resultados, sin embargo. El régimen evitaba
lo inevitable: conflictos y abucheos –lógicos- de los vencedores y
de los desterrados españoles. Una circunstancia que también alcanzó
a Alemania e Italia, grandes potencias futbolísticas ya por
entonces. El cine y la radio resultaban, como diversiones públicas
de fácil control, más rentables.
Sin embargo,
casi de la noche a la mañana, en la peor de las circunstancias que
se pueda suponer, cuando los embajadores abandonaban las embajadas
en Madrid (diciembre, 1946), la futbolización española, aliada a la
argentina del general Perón, transformó el mundo en lo que hace a
este deporte-espectáculo (la primera Copa de la Liga de España
se llamó entre nosotros Trofeo Eva Duarte de Perón). Y fue
así como la España de Franco, tan mal vista en el plano
(político) internacional, pudo concurrir a los Campeonatos del Mundo
de Brasil (1950), primeros de posguerra (donde no pudieron estar
Italia, ni Alemania). ¡¡Como si nada!!
Al éxito
diplomático, evidente, del franquismo, se unió el deportivo.
El gol de
Zarra, cantado de manera mítica por los mitólogos más cálidos de
la radio de entonces (Matías Prats y Enrique Mariñas) sólo
fue un gol. Ni siquiera, como tal, añadía nada al ciento y la madre
de los que Telmo Zarraonaindía hizo antes y después; pero aun hoy lo
firmarían, con idéntico entusiasmo, los Gobiernos. ¡Fueran del color
que fueren!
Para más, el gol
se le coló a Inglaterra, a la radio inglesa y a todos los
adversarios exteriores del general Franco. Por eso fue el No-Do,
como informativo oficial, más que la radio, quien lo convirtió (con
la voz exclusiva de Matías Prats) en mitológico.
Desde el punto
de vista futbolístico, la victoria tenía poco mérito, porque una
Gran Bretaña con tres selecciones nacionales en el campo
internacional, no puede aspirar a mucho más de lo que ha conseguido.
En el siguiente
compás del Campeonato, la “hombrada” de España la repitieron los
Estados Unidos, que nada eran (ni son) en el mundo del fútbol; pero,
incluso en el plano deportivo, la selección española logró un
honroso cuarto puesto.
Y ahora,
queridos lectores-as, pongan ustedes el punto y final.
Si este año
(2006), la selección española lograra mejorar aquella clasificación,
jamás igualada ¿cual no sería la locura y el voceo mítico de los
curitas y frailones que nos agobian en el día a día con la “mejor
Liga del mundo”?
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