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Crónicas: ALFREDO VICENTI: ''EL MAESTRO'' DEL PERIODISMO ESPAÑOL
Enviado el Friday, 13 January a las 15:46:12
Tópico: Texto y fotografía
Alfredo Vicenti: maestro del periodismo. Crea la Asociación de la Prensa de Madrid, Dirige El Globo y El Liberal

Su poder de seducción entre las damas fue legendario. Se llegó a decir que Valle-Inclán había ideado la figura del marqués de Bradomín como contratipo de Vicenti. Lejos de ser "feo, católico y sentimental", aristócrata y carlista, la suya fue –de principio a fin- la gallarda figura del amador discreto, enemigo del donjuanismo. Como no se conocían a ciencia cierta, muchos de esos amoríos de leyenda, se inventaron. Paseaba la aventajada estatura enfundado en austera vestimenta de corte clásico, a juego con el rostro, afilado, y los provocadores bigotes que blanqueó el tiempo, pero que fueron en su día "negros como el azabache".

Demócrata, siempre será partidario de una Iberia federal, civil y tolerante, ajena a cualquier absoluto. Cuando apenas quedaban republicanos en España, su prestigio (y el de Galdós, su viejo amigo) adornaba las candidaturas republicanas.








Ni siquiera los humoristas gráficos osaron descomponer una figura así. Tampoco los adversarios. Vicenti era... distinto. El misterioso caballero del Greco revivido. Los primeros espadas de la Institución Libre de Enseñanza lo tuvieron por el "gran desdeñoso", porque con lo que no quiso ser, sería feliz una muchedumbre. "Con lo que posee -su nombre- y un puñado de puros de la Tabacalera, le basta para ser dichoso, si acaso lo es".
Valle-Inclán hereda de su padre la pasión de los progresistas gallegos por el personaje, y recurre a él cuando sólo era un desconocido. Otro tanto sucedió con Castelao, un cuarto de siglo más tarde. Uno y otro supieron por sí mismos lo que callaron casi todos: que la nueva edad de oro de la cultura humanística española debe más de lo que se piensa al alto concepto que tuvo del periodismo aquel poeta cuyos versos y prosas juveniles leyeron con fruición Murguía y Rosalía Castro; pero que "dejó la poesía para descubir poetas"...
Para Vicenti el periodismo era escritura. Revolucionó, sobre todo, la semblanza, el perfil biográfico, los artículos de fondo y los editoriales. Pero los grandes reportajes (la grave enfermedad de Alfonso XII, la cuestión de las Carolinas, la presencia del protestantismo, la pre-revolución rusa de 1905...) hicieron época. No tenía que firmar. La belleza de la prosa y la originalidad del enfoque le denuncia. Varios gobiernos se tambalearon con aquellas punzadas anónimas. Numerosas cuestiones de Estado surgieron de su anonimato. Eran delicias exclusivas de Vicenti. El Maestro por excelencia del periodismo español. Así, correctamente expresada, comparecía la noticia. Sus redactores eran de Vicenti. Según los memorialistas de la época, sonaban a diario "como una gran orquesta", nucleada por profesionales selectos; pero los solistas, esporádicos o continuados, formaban parte de su orgullo más íntimo. Llegaron a él desconocidos; pero fueron despues protagonistas de la edad de oro.
"Tenía el andar pausado, la voz grave pero sonora y el genio vivo". Como se dijo de Kant, los relojes de Madrid marchaban a su paso. Cuando comenzaba a recibir (las once en punto de la noche), la escalera del periódico era un jolgorio de primerizos y sablistas. Soñaban con que les prestara atención el "cerebro de bronce", clavado a un "corazón de blanda cera". Hasta los ordenanzas eran distintos. Leían a Eça de Queiroz y sabían quién era Curros o Lamas Carvajal. En su pasión por mostrar lo que la España oficial desconocía, Vicenti provocaba al centralismo afrancesado con el ejemplo de las comunidades atlánticas. Galicia y Portugal le dieron admirable juego. La información servida desde la city londinense (Luis Araquistain fue uno de sus corresponsales predilectos), llamaba la atención, hasta el extremo de que se le llegó a tener por agente de la Embajada inglesa.
Hablaba como escribía; pero, en público, se prodigaba poco. A sus contadas conferencias del Ateneo asistía “el todo Madrid”. Restringida la palabra al círculo de los amigos y colaboradores íntimos, marcó con sus observaciones los asuntos más peregrinos. Rafael Villar, legendario defensor del cura Galeote, atribuía su instantánea celebridad a la interpretación vicentiniana del célebre asesinato del obispo de Madrid.
Se dijo que "hubiera sido un burgrave provinciano si el cardenal Payá y Rico, excomulgándole en 1878, no le hubiera desterrado de Compostela". Se desconoce, sin embargo, la profunda admiración que sentía el más "liberal" y talentudo de los purpurados españoles por aquel jovencísimo director de El Diario de Santiago. El mejor de Galicia. Tampoco se sabe que desterrador y desterrado volvieron a ser grandes amigos cuando Payá (tras “inventar” los huesos del Apóstol, restaurar las peregrinaciones modernas a Compostela y meter el germen constitucional en el reaccionario catolicismo español) se convirtió en cardenal de Toledo, Primado de las Españas. Ni por eso dejó de defender Vicenti la libertad de cultos, ni de mandar a sus redactores a las funciones eclesiásticas, para que informasen acerca de las barbaridades que el clericalismo católico echaba por la boca en púlpitos, misiones y escuelas. Galicia, su otra pasión, tampoco le perdió. Fue "cónsul" en Madrid, emblema del movimiento agrario de “Acción Gallega” y abogado prestigioso de todas sus causas.
Caso único, solía superar las crisis biográficas mejorando el status profesional. Apenas llegado a la Villa y Corte, sustituyó a Murguía en la dirección de la extraordinaria Ilustración Gallega y Asturiana de Alejandro Chao (1880-1882) y fue clave en la progresión de El Globo, el gran diario de Castelar (1880-1895). Aún lo dirigía, cuando logró convocar representantes de veintitantos periódicos y seis agencias de distintos colores políticos para crear la Asociación de la Prensa de Madrid (15-II-1895). Enemigo de los cargos, cedió a Miguel Moya la presidencia. Cuando se fue al paro, disconforme con la evolución política de Castelar, Moya lo introdujo en El Liberal (1896-1916). En ambos casos, como jefe de redacción, dispuso y afinó "la gran orquesta", dirigiéndola después en los mejores años. Así murió. Como director del diario de mayor fuste intelectual de la España de su tiempo.




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Nota: Escrito por José Antonio Durán

 
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