José María Pisa, el convocante, activísimo editor aragonés
de estas cuestiones gastronómicas llegó a saber (acaso por
Xavier Castro, fértil estudioso gallego de la cuestión), que
andaba yo con asuntos relacionados con Muro, no tanto porque
fuera experto en materia culinaria como por el interés que
me suscitaron determinados escritos del autor de El
Practicón (madrileño, fallecido en Vigo) y por sus
relaciones –muy intensas- con algunos de mis personajes
habituales. Todos, como Muro, con una visión entre
intelectual y divertida de la cocina y la inevitable
sociedad de comedores del mundo (incluso de los que pasan
hambres, esporádicas o ancestrales).
Mal
que les pese a los esencialistas, España, Madrid, Galicia,
Aragón, Cataluña, el País Vasco… es esto. Así de inesencial.
Un mundo de interrelaciones esperadas e inesperadas, con
nombres propios, amistades, relaciones de parentesco, etc.
etc.. Lo viene siendo, además, desde mucho antes de que
ellos se pusieran la
venda de las ideologías y los
intereses
patriótico-diferencialistas. Los libros de Alberto Gil
Novales abundan (incluso sin que él se lo proponga como
autor) en estas evidencias, ineludibles e inevitables.
Es de
todos bien sabido que su magna aportación a la historia
española contemporánea tiene que ver con uno de los períodos
más efímeros, desdichados y fascinantes que se puedan
concebir: el llamado Trienio Liberal (1820-1823). A él
dedicó dos extensos volúmenes (Las Sociedades Patrióticas,
Tecnos, Madrid, 1975), sinnúmero de aproximaciones
monográficas (curiosa su conferencia sobre el primer Ateneo
de Madrid o la aproximación biográfica a Rafael del Riego,
asturiano). Desde hace años publica Trienio, una
revistita donde acoge aproximaciones muy diversas al estudio
del siglo XIX, y hace quince años, junto a sus
colaboradores, ha dado a la publicidad un Diccionario
biográfico de enorme utilidad (El Museo Universal,
Madrid, 1991). Ahora nos sorprende con otra primicia del
mismo rango, pero de apariencia más fronteriza:
Diccionario biográfico aragonés, 1808-1833 (Instituto de
Estudios Altoaragoneses, Diputación de Huesca, 2005). Ha
ampliado, pues, el tramo temporal, para que comprenda todo
el reinado de Fernando VII, por lo que resulta de especial
utilidad para conocer a los protagonistas de una de las
cuestiones cruciales de sociedad contemporánea: la
Revolución de las revoluciones, la Única propiamente dicha,
de la provienen todas las demás revoluciones (con
minúscula): la Liberal.
Aunque
nacido en Barcelona (25 de enero, 1930), Alberto viene de
raíces aragonesas y le tiene afecto a las cosas de su tierra
y de sus gentes. Le pasa, pues, lo que nos pasa a la inmensa
mayoría de los mortales. Esta aportación lo demuestra, sin
necesidad de recurrir al habitual tachín-tachín
patriótico-declamatorio, de real orden y con cargo a los
presupuestos del Estado. De todos modos, como no se pueden
poner puertas al campo, ni vendas ideológicas que impidan
entender lo que queremos explicar con nuestras historias,
sus diccionarios acogen (por muy diversas razones, todas de
peso) aragoneses de nacimiento y de adhesión. Personajes de
múltiples procedencias y destinos. Es ese enfoque, al no
cerrar la puerta a los inmigrados y al no excluir a los que
se fueron, el que convierte su diccionario –fronterizo, en
apariencia- en libro de evidente interés para los lectores e
investigadores de cualquiera comunidad. Yo confieso, como
veterano investigador, apegado -desde mis primeros libros- a
las biografías y a las historias locales, mi devoción por
estos tratamientos (biográficos y locales) precisamente
porque acribillan las historias manuales generales: nuevos
misales desde los que nos sermonean
curitas y frailones de
toda laya, en los que se afirman cuantos tópicos se han
convertido en objeto de peligrosa comunión. Porque no estoy
comentando un libro que trate de estos tiempos nuestros de internautas, turistas internacionales, inmigrantes más o
menos trágicos o titulados en cualquier lugar del pequeño
mundo. Alberto anota reseñas biográficas ¡con 200 años de
antigüedad!.
Para
que los visitantes de LA CUEVA DE ZARATUSTRA adviertan la
utilidad y la precisión de su diccionario, hemos
seleccionado (con el consentimiento de su autor) un ejemplo
de todo lo que venimos diciendo: la “voz” Francisco Espoz
y Mina (Idocin, Navarra, 1781-1836).
La
trayectoria de este navarro brutal y fascinante forma parte
al mismo tiempo de la historia de Navarra, el País Vasco,
Aragón, Galicia, Cataluña, España, Francia, Gran Bretaña o
Portugal. Presenta, pues, particular importancia probatoria.
Sobre todo para quienes hemos tenido que explicar, por
propia cuenta, cómo y por qué –viviendo en París (1815), en
el entorno galaico-asturiano del conde de Toreno- se enamoró
de la bellísima historia de amor trenzada entre la hermana
del conde (asturiana) y su trágico esposo: Juan Díaz Porlier
(cántabro, compañero de guerrillas, ejecutado por liberal en
el Campo de la Horca de La Coruña). Una historia que lleva
por sus pasos a quien fue capitán general de Galicia en el
Trienio Liberal (1821), a establecer trato de matrimonio con
los Vega (galaico-cubanos, establecidos en el puerto
atlántico de La Coruña), razón de su casamiento con
Juana de
Vega, condesa viuda después de Espoz y Mina.
Pero el de Espoz es sólo un ejemplo entre los innumerables que
podríamos espigar, operando en todas las direcciones arriba
sugeridas: desde el aragonés Joaquín Abarca, celebérrimo
obispo carlista de León, en el inmenso arzobispado de
Compostela, escondido en Portugal y metido en la carlistada
del Norte, a dos Alonso Cuevillas de resonancia gallega y
galleguista, pasando por los no menos resonantes Álvarez
Sotomayor (galaico-andaluces, ligados a otra tragedia
liberal, andaluza y española: la de Mariana Pineda)… Todo sin
apurar las cosas. Sin salir siquiera de la letra “A” del
diccionario de Gil Novales. Bienvenido sea y enhorabuena,
Alberto. Esperamos como agua de mayo (y nunca mejor dicho)
lo que nos anuncias para entonces: ¡el Diccionario
Biográfico Español de todo el período fernandino!
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