En la era de los trasplantes de
órganos, no debiera extrañarnos tanto; pero en el
Bicentenario de Juana de Vega, lo que más intriga del
extraordinario personaje son dos particularidades con las que
convivieron sin sobresalto todos sus contemporáneos. Hoy nos parecen macabras. Que guardara en el oratorio de su
casa-santuario coruñesa el cadáver embalsamado de su esposo, el
general Espoz y Mina, la primera; que hiciera un aparte con su
corazón, guardándolo de por vida en una urna de ébano, la
segunda. Llegada la hora de su fallecimiento, los testamentarios
cumplieron fielmente estos dos mandatos de la difunta: el cuerpo
de Mina se fue al monumento alzado en su honor en la catedral de
Pamplona; el cuerpo de Juana y el corazón de aquél, al viejo
cementerio coruñés de San Amaro. Allí, desde 1872, perdida la tumba entre la multitud, despojada del título condal con grandeza de
España que disfrutara en vida, puede leerse la inscripción que
ella misma redactara: “Aquí yacen don Juan Antonio de la
Vega, doña María Josefa Martínez y su hija, doña Juana María de
Vega y Martínez, viuda del general Espoz y Mina, cuyo corazón se
halla aquí”.
Para
eminentes colegas nuestros, las dos particularidades revelan un
amor rayano en la locura. Dada su edad (1805-1872), la
disculpan, porque les parece un rasgo del romanticismo. No
participo en absoluto de ninguno de los tres criterios. En
realidad, ni siquiera los más duros contradictores de quien fue
aya y camarera mayor de la reina Isabel II (los inventores de su
locura de amor) se refirieron jamás al cuerpo embalsamado, ni al
corazón de Mina. Contra lo que ellos parecen creer, no era anormal la práctica y tampoco se consideraba por lo tanto tétrica o macabra. Ella misma, acusada de hacer uso excesivo de
sus lutos (único síntoma real de su “locura”, dado que los lucía
incluso en las ceremonias más solemnes y festivas del Real
Palacio), no defendió su actitud como prueba de amor, sino como
muestra del respeto que las viudas observaron desde antiguo
hacia sus compañeros existenciales. Mitóloga y revolucionaria,
dotada de talento indiscutible, el rito del cuerpo y el corazón
exigen explicaciones distintas. Aquí veremos sólo lo que se
refiere al corazón, aprovechando los cachivaches del Rastro.
Como prometía.

Con
frecuencia, casi domingo tras domingo, los transeuntes que lo
deseen pueden comprar una representación pictórica
prerromántica, antiquísima, del corazón como símbolo del amor.
Me refiero a las mil y una imágenes del Corazón de Jesús, por
veces con el agresivo “Tu vencerás” de los jesuitas. Hasta hace
muy pocos años, era normal encontrar esa imagen en los
comedores, los salones o en la puerta de entrada a muchas casas.
Razón, por cierto, de su salida a este mercado. Los testimonios
literarios e históricos del ritual también son muy abundantes y
mucho más antiguos que el romanticismo. Nosotros tenemos
diversos del siglo XVIII y comienzos del XIX. Y no por afán
coleccionista, sino porque guardan directa relación con nuestros
personajes habituales. No sólo con Juana de Vega. Sin embargo,
no es esta imagen prerromántica, ni a esta clase de pruebas
incontrovertibles antiguas a las que quiero referirme. Hay otra
prueba post-romántica que –como en el caso del Corazón de
Jesús- demuestra la perdurabilidad del rito hasta fechas muy
recientes. Y es ésta la que me aclaró el Rastro.
Hace diez
años, me encontré de pronto ante un cuadro de salón, de autor
anónimo, pintado a todo color en fecha indeterminada, pero muy
entrado el siglo XX. Me pareció espeluznante. Se representaba (a
modo de pliego de cordel) la operación del recorte, trasplante,
salvaguarda y conservación del corazón. Desconcertado con la
rotundidad del hallazgo, ni siquiera presté atención al
vendedor. Hice mal, bien lo sé. Lo que yo vi entonces lo vieron
todos los transeúntes de aquel domingo, pero hoy me hubiera
gustado saber de dónde provino y a dónde fue a parar ese cuadro.
Y no para comprarlo, ni para exhibirlo en el salón de mi casa,
ciertamente.