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Historias del Rastro: DEL AMOR Y LA MUERTE (JUANA DE VEGA Y EL CORAZÓN DE ESPOZ Y MINA)
Enviado el Sunday, 25 December a las 08:29:15
Tópico:
Historia del Rastro de José Antonio Durán. El corazón de Espoz y Mina

En un viejo mercado a donde vienen a parar toda suerte de cachivaches, el visitante nunca sabe con qué se puede encontrar. Por veces, de la manera más inesperada, el Rastro nos aclara cuestiones que parecían confusas o intrigantes. Voy a contarles un caso de actualidad, aunque referido a dos personajes históricos de enorme relevancia.













En la era de los trasplantes de órganos, no debiera extrañarnos tanto; pero en el Bicentenario de Juana de Vega, lo que más intriga del extraordinario personaje son dos particularidades con las que convivieron sin sobresalto todos sus contemporáneos. Hoy nos parecen macabras. Que guardara en el oratorio de su casa-santuario coruñesa el cadáver embalsamado de su esposo, el general Espoz y Mina, la primera; que hiciera un aparte con su corazón, guardándolo de por vida en una urna de ébano, la segunda. Llegada la hora de su fallecimiento, los testamentarios cumplieron fielmente estos dos mandatos de la difunta: el cuerpo de Mina se fue al monumento alzado en su honor en la catedral de Pamplona; el cuerpo de Juana y el corazón de aquél, al viejo cementerio coruñés de San Amaro. Allí, desde 1872, perdida la tumba entre la multitud, despojada del título condal con grandeza de España que disfrutara en vida, puede leerse la inscripción que ella misma redactara: “Aquí yacen don Juan Antonio de la Vega, doña María Josefa Martínez y su hija, doña Juana María de Vega y Martínez, viuda del general Espoz y Mina, cuyo corazón se halla aquí”.

Para eminentes colegas nuestros, las dos particularidades revelan un amor rayano en la locura. Dada su edad (1805-1872), la disculpan, porque les parece un rasgo del romanticismo. No participo en absoluto de ninguno de los tres criterios. En realidad, ni siquiera los más duros contradictores de quien fue aya y camarera mayor de la reina Isabel II (los inventores de su locura de amor) se refirieron jamás al cuerpo embalsamado, ni al corazón de Mina. Contra lo que ellos parecen creer, no era anormal la práctica y tampoco se consideraba por lo tanto tétrica o macabra. Ella misma, acusada de hacer uso excesivo de sus lutos (único síntoma real de su “locura”, dado que los lucía incluso en las ceremonias más solemnes y festivas del Real Palacio), no defendió su actitud como prueba de amor, sino como muestra del respeto que las viudas observaron desde antiguo hacia sus compañeros existenciales. Mitóloga y revolucionaria, dotada de talento indiscutible, el rito del cuerpo y el corazón exigen explicaciones distintas. Aquí veremos sólo lo que se refiere al corazón, aprovechando los cachivaches del Rastro. Como prometía.

Con frecuencia, casi domingo tras domingo, los transeuntes que lo deseen pueden comprar una representación pictórica prerromántica, antiquísima, del corazón como símbolo del amor. Me refiero a las mil y una imágenes del Corazón de Jesús, por veces con el agresivo “Tu vencerás” de los jesuitas. Hasta hace muy pocos años, era normal encontrar esa imagen en los comedores, los salones o en la puerta de entrada a muchas casas. Razón, por cierto, de su salida a este mercado. Los testimonios literarios e históricos del ritual también son muy abundantes y mucho más antiguos que el romanticismo. Nosotros tenemos diversos del siglo XVIII y comienzos del XIX. Y no por afán coleccionista, sino porque guardan directa relación con nuestros personajes habituales. No sólo con Juana de Vega. Sin embargo, no es esta imagen prerromántica, ni a esta clase de pruebas incontrovertibles antiguas a las que quiero referirme. Hay otra prueba post-romántica que –como en el caso del Corazón de Jesús- demuestra la perdurabilidad del rito hasta fechas muy recientes. Y es ésta la que me aclaró el Rastro.

Hace diez años, me encontré de pronto ante un cuadro de salón, de autor anónimo, pintado a todo color en fecha indeterminada, pero muy entrado el siglo XX. Me pareció espeluznante. Se representaba (a modo de pliego de cordel) la operación del recorte, trasplante, salvaguarda y conservación del corazón. Desconcertado con la rotundidad del hallazgo, ni siquiera presté atención al vendedor. Hice mal, bien lo sé. Lo que yo vi entonces lo vieron todos los transeúntes de aquel domingo, pero hoy me hubiera gustado saber de dónde provino y a dónde fue a parar ese cuadro. Y no para comprarlo, ni para exhibirlo en el salón de mi casa, ciertamente.



Nota: Escrito por José Antonio Durán

 
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