Como los creyentes que
todo lo fían a la providencia, así los radicales, aunque se llamen
socialistas, continúan poniendo sus esperanzas en los concejales y
diputados y ministros del respectivo partido. «Nuestros concejales harán
esto y lo otro y lo de más allá.» «Nuestros diputados conquistarán tanto
y cuanto y tanto más.» «Nuestros ministros decretarán, crearán,
transformarán cuanto haya que decretar, crear y transformar.» Tal es la
enseñanza de ayer, de hoy y de mañana. Y así el pueblo, a quien se
apela a toda hora, sigue aprendiendo que no tiene otra cosa que hacer
sino votar y esperar pacientemente a que todo se le dé hecho. Y va y
vota y espera.
Tentado estuve de pedir
la palabra y arremeter de frente contra la falaz rutina que así adormece
a las gentes. Tentado estuve de gritar al obrero allí presente y en gran
mayoría:
«Vota, si, vota; pero
escucha. Tu primer deber es salir de aquí y seguidamente actuar por
cuenta propia. Ve y en cada barrio abre una escuela laica, funda un
periódico, una biblioteca; organiza un centro de cultura, un sindicato,
un círculo obrero, una cooperación, algo de lo mucho que te queda por
hacer. Y verás, cuando esto hayas hecho, como los concejales, los
diputados y los ministros, aunque no sean tus representantes, los
representantes de tus ideas, siguen esta corriente de acción y, por
seguirla, promulgan leyes que ni les pides ni necesitas; administran
conforme a estas tendencias, aunque tu nada les exijas; gobiernan, en
fin, según el ambiente por ti creado directamente, aunque a ti maldito
lo que te importe de lo que ellos hagan. Mientras que ahora, como te
cruzas de brazos y duermes sobre los laureles del voto-providencia,
concejales, diputados y ministros, por muy radicales y socialistas que
sean, continuarán la rutina de los discursos vacíos, de las leyes necias
y de la administración cominera. Y suspirarás por la instrucción
popular, y continuarás tan burro como antes, clamarás por la libertad y
tan amarrado como antes a la argolla del salario seguirás, demandarás
equidad, justicia, solidaridad, y te darán fárragos y más fárragos de
decretos, de leyes, reglamentos, pero ni una pizca de aquello a que
tienes derecho y no gozas porque ni sabes ni quieres tomártelo por tu
mano.
«¿Quieres cultura,
libertad, igualdad, justicia? Pues ve y conquístalas, no quieras que
otros vengan a dártelas. La fuerza que tú no tengas, siéndolo todo, no
la tendrán unos cuantos, pequeña parte de ti mismo. Ese milagro de la
política no se ha realizado nunca, no se realizará jamás. Tu
emancipación será tu obra misma, o no te emanciparás en todos los siglos
de los siglos.
«Y ahora ve y vota y
remacha tu cadena.»