Ya por entonces había exceso de declamación patriótica en
España, pero la historia social de los pueblos y las gentes permanecía
abandonada. De todas las historias por contar, la recuperación de los
movimientos sociales de antes de la guerra civil (agrarios,
católico-sociales, anarquistas, socialistas, comunistas) nos parecía una
misión. No lo hacíamos sólo por antifranquismo militante. Es
innegable que, faltos de otros medios, también lo hacíamos por esto.
Pero había algo más… Y hoy, a la vista de la evolución de tantos
“compañeros de viaje”, aún nos parece más necesario sentar la
diferencia.
Tengo que decir, en honor a la verdad, que ni la más
mínima molestia he sufrido al publicar esta incursión, de enorme éxito.
Mil veces citada. En las lenguas más diversas. No puedo olvidar, con
todo, la visita que recibí en Pontevedra de la familia Mella. Una
embajada que recordaré toda la vida. Sobrinos lejanos, residentes en
Sevilla (creo recordar) y una hija encantadora, residente en Vigo. De
nombre significativo: Luz. ¡Qué bella amistad iniciamos entonces y con
qué afecto la recordaré siempre!
Los Mella no venían a darme las gracias por un trabajo
que yo había hecho como se hacen estas cosas. Por investigación y por
deleite. Para goce de la ciudadanía. Por nada. Para más, me lo pagaron
dos veces y muy bien. Venían alarmados. A ofrecerme ayuda y solidaridad.
¡¡Elogiar un anarquista!! ¡¡Cómo me había atrevido a meterme en
semejante andada!!. ¡Qué podían hacer ellos ante las que suponían iban a
ser duras consecuencias! No hubo nada, queda dicho. Padre Ricardo Mella
de un hijo comunista (lo supe entonces), eliminado –como tantos otros
frentepopulistas de las más diversas ideas- en los primeros tiempos
atroces de la atroz guerra civil, para los Mella nada había cambiado;
pero todo había cambiado… mucho antes de la muerte del general Franco.
Éste era mi texto de 1975. No se trata de disfrutar,
poniendo de nuevo en circulación una de mis crónicas de mayor éxito. Se
trata de gozar de un personaje entrañable. Y si se me permite el
lenguaje intencionado: patriótico, en el verdadero sentido de la palabra
patria. Un hombre capaz de sentir que lo suyo no tiene más límites que
la humanidad. El pequeño mundo.
Evocación de Aniversario
La ocasión, tan comúnmente aprovechada para recordar y
festejar el sentido de variadísimos personajes, aun de los más
mediocres, no sirvió de acicate para hacer con Mella algo similar. Que
yo sepa, tan sólo la revista Triunfo y su aledaña Tiempo de
Historia cumplieron puntualmente –encargándonos este recuerdo- con
ese cometido. De poco sirvió al anarquista la sobreatención que en los
momentos presentes se presta a la historia de los movimientos obreros.
En Galicia, tierra natal del personaje, fue el silencio ley,
contrastando la cosa con las docenas de actos -entre suspendidos y
celebrados- que motivó el veinticinco aniversario de la muerte de otro
grande del país: Alfonso R. Castelao. Este olvido del internacionalista
parece todo un síndrome de nuestro presente. Así, salvada la excepción
de algunas gentes de edad, hecho lo propio con jóvenes profesores y
estudiantes de los llamados "inquietos", aún la burguesía ilustrada de
Galicia seguirá confundiendo a Mella -cosa que ya sucedió en su tiempo-
con el famoso tribuno del tradicionalismo (Juan Vázquez de…), quedando
Ricardo escondido tras una niebla que ni siquiera –pese a las reiteradas
intentonas- los más animosos estudiantes logran burlar cuando proyectan
en torno a él sus tesis y sus memorias. Acuciados, quizá, por los plazos
académicos, llegan demasiado presurosos para no quedar varados ante la
modestia, sublime, de un personaje que anda, además, oculto entre
papeles de difícil localización, tantas veces desaparecidos para
siempre. Sin embargo -parece la cosa paradójica- los historiadores
reconocen en Ricardo Mella y Cea al más brillante y destacado teórico de
cuantos nacieron del contexto, brillante a su vez, del anarquismo
clásico español. Mas aun esta paradoja, demasiado sacada de la manga, se
disuelve en el hecho de que estudios acerca del tipo y de su obra siguen
estando ausentes del mercado editorial.
En esta Crónica, al aplicarme a recordar a Mella,
intentaré escudriñar, básicamente, dos acontecimientos biográficos,
significativos, inexplorados: su nacimiento como anarquista, su muerte
como ciudadano. De Ricardo Mella, tan olvidado, se puede decir que hizo
posible aquello que el romancero niega de los profetas: serlo en las
puertas de la casa, en la ciudad propia y en su tiempo.
Un mozo federal
Ricardo nace en el seno de una modesta familia de
artesanos. Su padre, sombrerero de oficio, militaba en filas
republicano-federales. Educó a su hijo en el respeto a las propias ideas
y en la devoción por su máximo difusor: don Francisco Pi y Margall.
Cursó estudios primarios entre el fervor y el ocaso del republicanismo
histórico, cuando los cantares de La Gloriosa y las ilusiones de
la Primera República se iban apagando. Mantuvo su fe, sin
embargo, en los primeros años juveniles. Era lógico. Pesaba en tal
actitud no sólo la identificación con el padre, también lo específico de
su ciudad natal: Vigo vive entonces un ensanche veloz, atropellado, que
va a llevar a la pequeña villa a ser una ciudad importante en pocos
años. Precisamente en aquellos años, cuando su puerto fue
reconocido como fundamental en las comunicaciones internacionales,
cuando la emigración a tierras americanas comenzaba a arrojar máximos
continuos preocupantes. Urbe fundamentalmente mercantil hasta
aquí, no conoce experiencias más extremosas que las
republicano-federales. Por este hecho el ingreso del mozo, con 16 años,
en el partido de Pi -del que ha de ser pronto secretario- es detalle
cargado de significación: Las ideas "autónomo-pactistas" que los
federales defienden distan mucho de ser aceptadas o consentidas por los
gobiernos de entonces.
Ricardo, en su lucha por la vida, trabaja desde muy
pronto, para una Agencia Marítima: la emigración, el éxodo de las gentes
de su pueblo gallego sobre todo -tema de su primer ensayo- no sólo
estaba en el ambiente, pertenecía como carne de su carne a la propia
biografía. En 1881, cuando tiene 20 años, salta al protagonismo público.
He aquí un año tan básico para su trayectoria como para la evolución
política posterior de las tierras pontevedresas.
Sagasta llega al Poder, por primera vez. Los núcleos
republicanos, siempre desunidos, tratan de reagruparse. En Vigo intentan
la lucha contra el largo dominio conservador, representado por José
Elduayen, marqués flamante del Pazo de la Merced, exministro de
Ultramar, hombre fuerte en la política canovista. Entre profusión
de cenas y banquetes parece, al fin, que la cosa toma cuerpo. Desde
abril este foco "demócrata" cuenta con un portavoz bisemanal: La
Verdad. Ricardo Mella aparece, desde muy pronto, entre sus
colaboradores. El tono polémico, habitual en vísperas electorales, elevó
la excitación política a niveles sorprendentes: Faro de Vigo, que
en su aparente independencia defendía los intereses de Elduayen, se
enzarza, número a número, con La Verdad por el más variado de los
motivos: las aguas de Mondariz, el proteccionismo del puerto... Se
inician procesos por injurias, se organizan tribunales de honor. El
estallido ruidoso se produce, sin embargo, en junio. Ricardo lo
protagoniza: recoge un rumor madrileño asegurando que el motivo del
viaje de Elduayen a la Corte es "para responder a ciertos cargos que
sobre él recaen por un desfalco importante descubierto en el Banco
Nacional", desfalco cuyo origen está en el período de su mandato como
director. Otros periódicos republicanos o demócratas, de tradición
progresista (El Anunciador de Pontevedra, La Concordia de
Vigo) amplían la noticia, al recortarla y difundirla por su cuenta. La
trascendencia del asunto se palpó de inmediato. La Verdad trata
entonces de recomponer la información, precisándola en este sentido:
Uno de los sueltos, inserto en el número del lunes de
este periódico, ha dado pávulo, según tenemos entendido, a ciertas
versiones que en nada favorecen a nuestra humilde publicación.
Al decir que en el Banco Nacional se había descubierto un
desfalco considerable, no hemos querido hacer responsable de él al
Excmo. Sr. Don José Elduayen. Sólo sí, decíamos, que había sido llamado
a Madrid, debido a que el desfalco en cuestión data de la fecha en que
dicho señor era su director, sin que esto implique complicidad ninguna
en el asunto por parte de tan respetable personaje.
Era tarde, sin embargo, Ricardo Mella, por incluirlo;
Indalecio Armesto y Eudoro Fernández, directores de las publicaciones
antes citadas, por reproducirlo, se ven incursos en querella de
injurias graves que desencadena el poderoso marqués. Sin avenencia
en un principio, sin aceptar las sentencias después, la cadena judicial
se pone en marcha. . .

Redacción de El Estudiante
El obrerismo vigués entra en la historia
El rumbo de La Verdad no debió ser muy del gusto
del joven Mella. La campaña inicial, destinada a sacar diputado en
Cortes por el distrito a un demócrata de enorme envergadura histórica,
Eduardo Chao, se desbarata por conveniencias de facción. El periódico
apoya entonces la coalición republicano-liberal que defiende la
candidatura de Ángel Urzáiz y Eduardo Iglesias Añino. El primero iría a
las Cortes, el segundo, su hombre de confianza, a la Diputación
Provincial. Quien conozca algo de la historia pontevedresa caerá en
cuenta de lo trascendente de una operación que dará al distrito vigués
su diputado casi vitalicio y su gran cacique, superinfluyente,
desde aquí hasta su muerte: Urzáiz e Iglesias Añino, respectivamente.
Aquel año de 1881, de hecho, comienza el turno formal a nivel de
la gran política, pero se inaugura también la permanencia caciquista
al otro nivel de la política "menuda", tan inexplorada, comúnmente,
por los historiadores. Tan reveladora.
Mella, sin duda, percibió todo esto -que era tan claro
como público- con nitidez, por ello inició el repliegue y la
radicalización, rápida, sorprendente en cierto modo. Su partido, hecho a
un lado también, le ayudará no poco en los primeros momentos.
El 31 de julio de 1881, nacido en el ambiente de las
nuevas libertades, aparece en Vigo La Propaganda, un periódico
insólito en los anales de la ciudad como de la provincia. Su
peculiaridad no nace de ejercer en defensa abierta de los ideales
federalistas. En esta instalación, la capital provincial ya cuenta con
El Independiente, animado por la cultura y la causticidad de los
hermanos Muruais. Es su carácter obrerista, aunque envuelto en
terminología federal, lo que lo convertía en insólito. Ricardo Mella, ex
alumno de Jesús Muruais en el Instituto Provincial, compañero allí de
Valle-Inclán, los Rodríguez de Cea y tantos tipos excepcionales más,
volvía a ser su director, pero toda la familia Mella parece alentadora
de una experiencia que tiene en la propia sombrerería el lugar de
redacción y el domicilio social. Los redactores, sin embargo, eran mozos
de la edad de Ricardo, amigos suyos por toda una vida: Angel Bernárdez,
Federico Rodríguez y Joaquín Nogueira, estudiantes los tres, extraídos
de la pequeña-burguesía local. Metidos en edad militar -Mella y Nogueira
son "quintos" ese año- y la crítica del servicio, con el
escándalo de los cupos y las redenciones en metálico, fue
uno de los blancos que hicieron más popular a La Propaganda en
medios obreros. Atenta la publicación a este tipo de planteamientos, muy
concretos, tampoco descuidó las cuestiones generales de más fuste. Por
ejemplo aquella que primaba sobre las demás: si debía ser el obrero
político, cuestión límite en el progresismo de la época, como se
sabe. En el tratamiento de este asunto, vertebral, destaca el joven
Mella sobre los demás; pero mantiene opiniones diametralmente opuestas a
las que años más tarde, con reiteración, defendería:
No le queda al obrero más que un camino: el de la
política digna y honrada, el de la política, en fin, del porvenir, que
se inspira en los modernos y sacrosantos ideales de libertad y trabajo,
democracia y justicia.
Tenga siempre en cuenta el obrero que todo lo que sea
separarse de este camino, es buscar su propia muerte, es correr con
insensatez y precipitación incomprensible hacia el suicidio.
Y este fue el punto de
vista que La Propaganda defendió al hacerse representar en el
Congreso Obrero de Barcelona de 1881, quedando alineada junto a la
minoría. Las tales ideas navegaron contra corriente en una reunión que
empezó federal para terminar en epifanía anarquista. Allí nació la
Federación de Trabajadores de la Región Española (la FTRE).
Varias circunstancias precipitan el viraje, drástico, del
joven Mella, afinizándolo, por una vez, con la corriente dominante en el
obrerismo español: la lectura de la Revista Social fue, según sus
particulares opiniones, fundamental. Y, en efecto, la admiración que
sienten los redactores de La Propaganda por aquella publicación
de Serrano Oteiza, nacida casi al mismo tiempo, se advierte en el hecho
de que apenas pase número sin que recorte de ella abundante material...
Pero, aun contradiciendo al propio Mella, habremos de decir que su
declaración apenas nos explica esta circunstancia, básica para nosotros:
¿Por qué él, precisamente, y ninguno más de sus amigos -federales de por
vida- va a pegar viraje tan considerable, en pocos días? Quizá debamos
aventurarnos con cuidado en el análisis de otros acontecimientos
biográficos que el personaje apenas menta en su obra, escondiéndolos
para siempre, sospechosamente.
El primero tiene también que ver con la Revista,
metiendo en carne viva aquella lectura general: Un obrero consciente
replica, con no pequeña intención, en las mismas páginas de la
admirada publicación madrileña, sus puntos de vista sobre la
política. Mella responde, pero lo hace sin verdadera convicción. No
deja de reconocer, honradamente, la dificultad teórica en que le ponen
los argumentos contrarios: la política, ciertamente, enloda. Nadie, y
menos aun el obrero, puede librarse de su fangal. Ricardo lo conocía
bien, distinguiéndose en esto de todos y cada uno de sus compañeros.
Pocos mozos radicales, como él, habían tenido ocasión de vivir, intensa,
tempranamente, la experiencia, sentida como nauseante, de la política.
Por otra parte, pero en la misma línea, su proceso seguía curso, y yo
veo en él otra de las claves, decisivas, para comprender su rápida
evolución.
En abril de 1882 la Audiencia Territorial de La Coruña
dicta sentencia contra nuestro personaje; pero no es una sentencia
cualquiera: es la más dura dictada contra periodista o escritor alguno
de Galicia en los años que iban de Restauración. Es, además, por lo que
sabemos, la primera decididamente política:
Acaba de ser revocada en la Audiencia de La Coruña la
sentencia del Juzgado de Primera Instancia de esta ciudad en causa
seguida a petición de José Elduayen, exdiputado y exministro, y
condenado a cuatro años y tres meses de destierro y multa de 625 pesetas
nuestro estimado compañero en la prensa, don Ricardo Mella, director de
La Propaganda.
Sí tenemos que lamentar, lo hacemos con verdadero
sentimiento, la suerte del Sr. Mella, porque el golpe es rudo, no debe
congratularse sin embargo aquel caballero del éxito alcanzado, pues a
estas horas se habrá interpuesto la apelación ante el Tribunal Supremo.
En efecto, apelación sin esperanzas. Era aquí,
precisamente, a donde Elduayen quería llegar: Ricardo Mella, Indalecio
Armesto y Eudoro Fernández fueron condenados a duros destierros. Nuestro
personaje, concretamente, a 3 años, 7 meses y 200 pesetas de multa. Era
noviembre de 1882. Muy poco tiempo había pasado, apenas días, que
Ricardo Mella, llevando la representación de la sección viguesa, había
asistido al II Congreso de la F.T.R.E. Era un anarquista.
La radicalización, siguiendo paso por paso a su proceso,
se confirma entre abril (fecha de su condena en La Coruña) y septiembre,
cuando se celebra en Sevilla la famosa reunión. La acción del joven
neoanarquista en el obrerismo pontevedrés había sido tan breve como
eficiente: Vigo y Pontevedra cuentan ahora con periódicos que defienden,
abiertamente, la Federación, la Anarquía y el Colectivismo. La ciudad
olívica cuenta, además, con una sección obrera, en continuo crecimiento,
que parecía asegurar al movimiento obrero el mejor de los futuros.
Mella, por su parte, aunque Elduayen –con habilidad de político avezado-
le ofrece el perdón que niega a Armesto y a Eudoro- lo rechaza. Toma,
como ellos, el camino del destierro en 1883. Madrid será su lugar de
asentamiento, donde se confirma su evolución.
Un largo y fecundo destierro
En realidad, la clave de su fácil instalación en Madrid
se encierra en el citado congreso sevillano. Mella hace de secretario
del mismo y, pese a su juventud, aureolado por la dureza del proceso,
destaca en intervenciones y discursos. Allí nace la amistad con el
propio Serrano Oteiza, «notario» de Madrid como se le decía, relación
que rematará en vínculo familiar, al formalizarse las relaciones con
Esperanza, su compañera de toda la vida, hija del célebre director de la
Revista Social. Por otra parte, Ricardo, residente acaso en la
morado de los Serrano, estudia Topografía. Una oposición le permite
cumplir la ilusión de entonces: vivir en Andalucía, palpar la
experiencia del anarquismo andaluz, que tanto le había impresionado.
Así, quien ha de ser "el escritor anarquista español de
más recia pluma", según la bella caracterización de Soledad Gustavo,
vivió en la Andalucía Atlántica años decisivos, quizá los más
decididamente militantes. Fundó periódicos, vivió de cerca e intervino
como propagandista la experiencia societaria del momento, mereciendo en
aquel contexto la admiración y el respeto que se trasluce en las prosas
de la época o en el famoso libro de Díaz del Moral. Pero tal admiración
es recíproca: abandona él, definitivamente, la «morriña» gallega, que
aún le asaltaba en Madrid; canta la rebeldía, formidable, de los
andaluces rebeldes:
La tierra andaluza -llegará a escribir este atlántico
gallego de la Andalucía atlántica- es la tierra de la libertad. Desde el
año 1812, fecha de la proclamación en Cádiz de la primera constitución
española, hasta el día, el pueblo andaluz, el pueblo que trabaja y paga,
no ha negado ni 'una sola vez su sangre y su vida a todo movimiento en
favor del progreso de las ideas y de las instituciones. Pero la tierra
andaluza es también la tierra del despotismo gubernamental y
capitalista, es la tierra de la mayor riqueza y de la mayor miseria, y
pobres y ricos viven en una tensión nerviosa que los conduce
frecuentemente a la más brutal tiranía de un lado y a la sedición
constante del otro.
En Andalucía, por otra parte, comienza a cargarse de
hijos su familia: Esperanza habría de criar una docena en un período de
veinticinco años. Y. este culto a la familia, tan característico como
significativo de su tranquila placidez, debe llevarse muy de cuenta para
comprender sus alternativas políticas, su rechazo de la violencia
gratuita, por ejemplo. Del terrorismo inútil, protagonizado por tantos
“compañeros de viaje”.
Cuando en 1895, en plena madurez, regresa a Vigo, Ricardo
es un propagandista extraordinariamente conocido y respetado en el
pequeño mundo de los “obreros conscientes” de la época. En realidad, si
bien de manera fugaz, Mella estuvo en su ciudad natal en 1892. Sus
antiguos amigos, los federales, redactores de La Vanguaria le
invitan a conferenciar acerca de una discusión clásica: «Evolución y
Revolución», el tema de su charla. Pero si atendemos a la fecha y al año
(abril) no parece aventurado suponer que sus viejos amigos están, en
realidad, arropando a un "escapado" de los acontecimientos andaluces del
92, acontecimientos y represión que había de denunciar en uno de sus
múltiples folletos. El luchador tomó, sin duda, buena cuenta del estado
de cosas en Galicia, una Galicia tensa, que parecía incumplir sus
teorías: en plena organización obrera, con gravísimos tumultos
campesinos - caso de los pontevedrenses del verano-, con las primeras
huelgas... Llega, sin embargo, demasiado tarde para variar el signo de
ciertas cosas: Vigo, por ejemplo, contaba en 1895 con un elemento
obrero, de marcado carácter socialista partidario, que comienza a
manifestarse activo. Desconectado del obrerismo más inmediato a su
persona, mantiene sus colaboraciones intelectuales, muy demandadas, con
las principales publicaciones anarquistas de la época. Vuelven a ser
años duros para los ácratas españoles: los sucesos barceloneses imponen
cautela aun a hombres que, como él, siempre estuvieron públicamente
contra toda forma de atrocidad, caso de la llamada propaganda por el
hecho: el terror de aquella época. Otro clásico de la literatura
anarquista, tan opuesto como Mella al atentado, José Prat, llega
entonces a su casa, escapando de la represión que sigue a la famosa
procesión del Corpus, Ricardo prepara el embarque del amigo y denuncia
los acontecimientos en las páginas de El Corsario, el portavoz
del poderoso anarquismo coruñés y en un folleto editado más tarde
en Brooklyn.
Atado a su
profesión de topógrafo, trabaja generalmente para él ferrocarril en
construcción. Vive en Pontevedra desde 1897. En esta ciudad aparece
estrechamente ligado a los combativos redactores de La Unión
Republicana, un diario que animan mozos que jugarán papeles
destacados en la política lerrouxista, años más tarde: Emiliano
Iglesias, por ejemplo; José Juncal, hermano político del propio Lerroux.
También Ricardo colabora entonces, abundantemente, en El Progreso,
diario madrileño del famoso «emperador del Paralelo», denunciador
constante de los procesos de Montjuich. Nuestro personaje deja en aquel
«papel» pontevedrés artículos dignos de leer, destacando sobre todo la
polémica con el futuro Azorín, aquel "divino reaccionario", tan
anarquizante en estos años... La muerte de Elduayen, acontecimiento de
1898, ofrece ocasión de ver cómo Ricardo Mella mantenía en Galicia una
aureola, que jamás hizo jugar en su beneficio:
No lo sentimos -decía La Unión-, en su terminante
necrológica, porque fue el más encarnizado enemigo de los republicanos
de esta provincia, y no podemos olvidar que por sus persecuciones sufrió
amargo destierro nuestro inolvidable Armesto, lo sufrieron dos
periodistas demócratas de Vigo, uno de los cuales, don Ricardo Mella, se
halla hoy entre nosotros, y por él sufrió injusta prisión en un castillo
de La Coruña nuestro inolvidable correligionario, Emilio Couto.
Mella vuelve en Pontevedra al activismo. Se le ve junto
con la izquierda obrera, republicana y socialista de la ciudad, en la
campaña de mítines de protesta por los procesamientos barceloneses, pero
le habría de interesar, sobre todo, la importante lucha en favor de la
organización campesina, que se viene librando entonces en las
inmediaciones de la "boa vila". Por ello incorpora esta experiencia
suya, como propagandista societario en el campo, gallego y andaluz, a un
folleto nacido en aquellas circunstancias, dedicado A los campesinos.
Toda esta labor, ciertamente intensa, remata con la publicación de
otro ensayo importante: La Ley del Número, editado en Vigo. Uno
de los escritos clásicos de crítica del formalismo democrático, basados
en las layorías, el número... Los anarquistas coruñeses, que conocían
tanto su activismo como su formidable modestia, clamaron entonces para
que fuera Mella quien representara al obrerismo español en el frustrado
Congreso Anarquista Internacional.
La obra de Ricardo Mella
Siguiendo otra vez los azares de su vida profesional y
las exigencias de su cada vez más poblada familia, Mella marcha a
Asturias en los años iniciales del presente siglo. Como hiciera en
Andalucía, deja huella. Su marca queda, para muchos años, en la hechura
de los más lúcidos representantes del anarquismo asturiano: Pedro
Sierra, su primer biógrafo; Eleuterio Quintanilla, sobre todo. Con ellos
anima o dirige varias experiencias periodísticas que cuentan entre lo
más destacable -al menos desde el punto de vista teórico- de la prensa
anarquista. Crítico constante de toda política basada en el atentado,
descontento con el rumbo que toma el sindicalismo revolucionario, Mella
ensaya en Asturias su primer periodo de silencio. Los acontecimientos
que siguen a la Semana Trágica (1909) le devuelven a la propaganda,
reiniciando una etapa de periodismo febril, crítico y elegante; son las
prosas periodísticas de Acción Literaria y de El Libertario,
por ejemplo. Ese mismo año de 1909, casi cincuentón, regresa
a Vigo, ciudad en la que residirá hasta su muerte. Lo traen a su ciudad
natal personajes muy notables que reconocen en Ricardo a un profesional
de rara competencia: Ramiro Pascual, concretamente, cuenta con su
eficiencia para dar fin al plano de la ciudad, proyecto siempre
inacabado. Martín de Echegaray le embarca en una experiencia, muy
popular entonces, que será su vida a partir de aquí: la red viaria de
los tranvías eléctricos. Cuando el proyecto se ultima, Ricardo no pudo
esquivar el puesto de Director Gerente de la importante Compañía. Desde
entonces hasta una semana escasa antes de su óbito vive, con notable
intensidad, la vida de la empresa. El antiguo propagandista societario
se ha convertido también en un notable local. Su formidable modestia,
ahora como antaño, contribuye a oscurecerle. En el año 1922, cuando lo
visita Abad de Santillán, se confiesa acabado para la lucha, distante de
la experiencia sindicalista de un Seguí o de un Pestaña. El retrato
parece de lo más ajustado:
Era un hombre de talla más bien baja, delgado, nada
llamativo en su aspecto exterior: de apariencia sencilla, modesta y
tímida. El que lo viese recorrer las calles de Vigo desde su oficina en
la Compañía de Tranvías hasta su casa, no habría sospechado que se
trataba de uno de los, sin disputa, mejores escritores libertarios de
España y de los países de habla castellana, de uno de los pensadores más
sutiles y proféticos, de un educador y ensayista de excepción, dueño de
un estilo literario perfecto, molde de un pensamiento muy elaborado y de
una sensibilidad muy fina.
Esto era, ciertamente. En sus escritos se encierra
la más brillante aportación española a las teorías revolucionarias de su
tiempo. Mella escribió, aparte de un número indeterminado de artículos,
más de treinta ensayos de muy variable interés y extensión. La mayoría
alcanzaron varias ediciones sucesivas, siendo con anterioridad premiados
en los más famosos certámenes anarquistas, celebrados no sólo en los
países de habla castellana. Se le pudo leer en italiano, en holandés, en
portugués, en francés, además de en castellano, por lo que sabemos. Hay
ediciones de sus escritos fechadas en Brooklyn, en Amsterdam, en Orleans,
en Prato, en Oporto, en Buenos Aires, en Montevideo, así como en los más
variados puntos de la geografía española. Alguna de sus polémicas -caso
de la sostenida con Lombroso- dio la vuelta al mundo. Por otra
parte, su curiosidad intelectual no conoce fronteras: escribió acerca
del amor y de las pasiones, son audaces sus opiniones acerca de la
cuestión de la enseñanza, contribuyó a la difusión y clarificación de la
teoría, la práctica y la utopía anarquista (a esta regaló, incluso, una
"novela imaginaria"), tradujo a Bakunin, a Kropotkin, a Malatesta...
criticando sus puntos de vista. La crítica de la democracia formal debe
llevarse muy de cuenta, por todo lo que había de venir, con el comunismo
y el fascismo, por los sistemas trucados de obtener las mayorías, por
los cheques en blanco que presuponen, sin otro control social. Fue, en
suma, rara avis en el horizonte del país y en el contexto de las
teorías y del análisis sociológico de su tiempo.
Pero su esfuerzo intelectual, que lo hace aún hoy
clásico, vivo, actual en cierto modo, se concentra en el vigor que puso
en no someterse a ninguna imposición, en luchar contra todas las
corrientes y coyunturalismos que hacían -según su concepto- naufragar de
Idea, la Libertad, donde se concentraban todas sus ilusiones y afanes de
una vida de lucha. Se advierte, por otra parte, en su disciplina
intelectual que lo llevó a disciplinar el lenguaje. Por esto
mismo sus escritos son, la mayoría de las veces, literariamente
correctos, resbalando el tiempo sobre ellos muchas veces. Esta discreta
elegancia le valió el rótulo de elitista, siendo así que su lucha
por ennoblecer el lenguaje y la cultura de la clase trabajadora cuenta,
en nuestro concepto, entre lo más revulsivo de su aportación: revela la
creencia en que la gente, por llana que sea, aparece siempre dispuesta a
saborear la realidad en toda su complejidad, que nada hay menos
revolucionario que la simplificación y la consigna, buen instrumento en
manos de intermediarios...
Fue el último gran nombre del anarquismo clásico español.
En los momentos de mayor confusionismo ideológico, cuando vociferan los
clérigos y los frailones encapuchados, él prefirió siempre el silencio a
la palabra. Pero fueron silencios sonoros, dignos de ser escuchados
también. Por ello los más grandes anarquistas de su tiempo le tenían
hondo respeto. Y no sólo ellos, aun para sus adversarios ideológicos
Mella es una figura intachable. Juan José Morato, socialista, dedicó al
personaje una cálida reseña biográfica:
Tuve el altísimo honor de estrechar la mano del insigne
pensador, limpio totalmente de todo prejuicio; charlé con él tres tardes
en aquel café de Vigo al que - solitario casi siempre- concurría un rato
antes de volver al trabajo de la tarde, y fui amigo suyo y él lo fue mío
y cordialísimo.
En España, el anarquismo supera al socialismo en haber
tenido pensadores, soñadores, hombres de cultura excepcional y artistas
llenos de emoción (...).
De estos elementos nobilísimos del pensamiento, del
arte, del ideal casi en abstracto, Ricardo Mella es, en nuestro sentir,
la encarnación suprema.
La placidez intelectual
de Mella va paralela de su ejemplaridad, francamente «burguesa». Hemos
visto como rendía culto a la vida de familia, cómo fue de laborioso,
bondadoso y competente. Todas las virtudes de la sociedad que buscaba
demoler las atesoraba en sí mismo (Se ha señalado, como cosa paradógica
en cierto modo, que los dos hombres públicamente ejemplares del Vigo del
primer tercio del siglo, tuvieran ideas enfrentadas entre sí, pero
participaran de un izquierdismo radical: Mella, anarquista, con toda una
vida de militancia, y Enrique Heraclio Botana, medio hermano de Manuel Portela Valladares, masón como él, y la máxima figura del socialismo
gallego durante decenios). Por esto, quizá, la noticia de su muerte hizo
más ruido, causó más revuelo, que su caminar diario, la soledad de su
instante en el café. Incluso que su labor de tantos años. Y todo,
téngase muy en cuenta, en 1925, cuando aún parecía sólida la Dictadura
de Primo de Rivera.
La muerte y el poeta
El 7 de agosto de 1925, hace 80 años, murió Ricardo
Mella. La noticia llegó tarde a los periódicos del día; pero su pueblo
entero, aquella ciudad de cincuenta mil almas, se movilizó de manera que
parecía a un tiempo espontánea y emotiva. Las gentes se arremolinaron en
su portal para dejar constancia, con la firma a ser posible, de la
admiración y el respeto que por el personaje profesaban. Los obreros de
la Compañía hubieron de ser contenidos por la familia para no
inmovilizar en las cocheras los tranvías. Aun así, la circulación cesó
una tarde entera. Hay que leer la prensa del 8 para caer en la cuenta de
la grandeza, nunca vista, de aquellos acontecimientos: la conducción del
cuerpo de un hombre "descreído", llevado de imponente acompañamiento;
las amplias y sentidas biografías necrológicas que jamás ocultaron su
significación; la emoción, anecdótica, que parece melodramática, de
ciertas situaciones:
Todo un pueblo, el pueblo vario y polijerárquico, seguía
el féretro -esquife del tétrico barquero - que llevaba a los mudos
playales del más allá del cuerpo, lo que había de arcilla en
aquel hombre admirable, amasado en la rebeldía y en la probidad, que se
llamó Ricardo Mella y del que conservamos aún, en los dedos que atenazan
esta pluma, el calor de la mano leal.
Eso era Mella: La Lealtad. Lealtad para sus ideas, jamás
traicionadas ni encubiertas, ideas que muchas veces le ofrecieron
cicutas de persecución y sacrificio y a las que nunca puso precio, ni en
oro ni en gloria; lealtad para los humildes, para los trabajadores, para
sus subordinados, a los que sirvió siempre la fuerte vianda del ejemplo
y para quienes tuvo en las hora de la exaltación irreflexiva, sueros de
serenidad, y en las de la justicia o de la reivindicación, abierta y
abnegada ayuda; lealtad para su pueblo al que Ricardo Mella, que no
creía en el artificio de las fronteras, entregó el ancho talento y
profundo civismo; lealtad para los amigos, que escoltaban, en denso haz,
su cadáver con la crispada tristeza de los que súbitamente se quedan
abandonados o ciegos; lealtad en la vida dinámica, afanosa y pura, y en
la muerte estoica.
¡Así era Mella!
Lo escribía Ramón
Fernández Mato, director de El Pueblo Gallego, en el diario de
Manuel Portela Valladares, el mejor y el más difundido de Galicia. Hace
ahora, cuando reviso este texto, treinta años, emotivamente, me
confesaba el propio Mato, recordando el acontecimiento, todo el
simbolismo que tuvo en Vigo el entierro de Mella. Fue como un canto a la
libertad entre las cadenas de las circunstancias. Algo que recuerda, sin
duda, la movilización espontánea y la tristeza cierta del pueblo de
Madrid al despedir a otro gran personaje, paisano y contradictor de
Mella, de significación inequívoca: Pablo Iglesias. En ambos casos,
aquel echarse de la gente a la calle, haciendo a uno y al otro profetas
en tierra, no sólo tiene belleza. Para nosotros tiene un sentido más
hondo, porque jamás vivieron de ella.
Aquella movilización viguesa en favor de Mella duró días.
No hubo disidencias: los tres diarios burgueses, el semanario
socialista, animaban a participar en las cuestaciones públicas. La cosa
remató en cuatro actos, a cada cual más significativo: En plena
dictadura, el Ayuntamiento llamó "Avenida Ricardo Mella" a la actual de
"La Florida" (¡!). Sus amigos, con estrellas invitadas y papeles
enviados de diversos puntos, organizaron una velada en su honor, muy
variada, en el Teatro Tamberlick. Asorey, el más importante y cotizado
imaginero gallego de entonces, labró el austero mausoleo que guarda sus
restos en el rincón civil del bello cementerio de Pereiró. Como en el
caso de los Muruais o de Indalecio Armesto, ni el franquismo ni nadie se
atrevió a tocar ese monumento. Como debe ser... Pero quizá lo más
emotivo, aquello que propuso y quiso sobre todo José Villaverde, tomó
cuerpo: editar, una a una, sus obras completas, difundir sus
ideas en las tierras peninsulares como ya estaban haciendo los
libertarios argentinos. Ciertamente, la publicación de Ideario
(1926), con el cálido prólogo de Prat, como la tardía salida de sus
Ensayos y Conferencias (1934), precedido por el estudio de
Quintanilla, quedó muy lejos del proyecto inicial, mas en nada invalida
su sentido, la actitud de su propia gente que desconcertó en la época a
los propios amigos y compañeros ideológicos de Ricardo Mella. Leamos la
cosa en el texto de Soledad Gustavo:
Al morir Ricardo Mella era Director-Gerente de los
Tranvías de Vigo, y la prensa local ha hecho debida justicia a la
inteligencia del que fue nuestro compañero, dedicando a su entierro y a
su muerte largas columnas, tratándole como una celebridad de Galicia, a
pesar de las ideas del muerto, que no ocultó la prensa.
Para asistir al entierro se cerraron las fábricas, los
talleres y los comercios, lo cual honra mucho a aquella población,
porque Mella sostuvo sus ideas anarquistas y ateas hasta el último
momento.
Invalidada la profecía del romance, siempre
sanchesco, escasamente ensoñador, hechos a la idea de aquel póstumo
homenaje, tan calido que parece cuento, todavía encontramos un vacío en
su tumba cuando la visitamos en el cementerio vigués. Faltan,
ciertamente, los versos, tan bellos, del poeta (hoy radicado en Vigo)
Carlos Oroza, que a él, como a pocos, servirían de epitafio:
"Libertad",
el nombre que tanto amó
y que nunca pudo acariciar sus alas.
(Conservamos como oro en paño –amiga Luz, para que lo
sepas allá donde estés y estén los tuyos- tu regalo. Las obras –todas-
de tu padre. Las que fuiste coleccionando en silencio, año tras año, día
a día)