Vaya la anécdota por delante para proclamar que ni
el anticlericalismo ni el anticomunismo contaron jamás entre las notas
características de quien esto escribe; pero la desconfianza hacia el
clericalismo (con sotana o sin ella, de derechas o de izquierdas) y
hacia las fes de carbonero, puestas al servicio de cualquier
“doctrina”, sí.
Reconozco que no es sencillo seguir en la vida
intelectual, con fidelidad, aquel mandato de Marx, cuando era joven. Que
la crítica de la religión sea condición previa a toda crítica, es
exigencia muy difícil de observar, y el marxismo (trocado en
religión laica por sus cansinos predicadores) ejemplo excelente de
desvarío. Por él, uno de los grandes sueños igualitarios de la humanidad
ha llegado a convertirse en la estafa más sonora y sanguinolenta de la
historia contemporánea. Con consecuencias aterradoras aún por reconocer.
Para empezar, muchos de aquellos curitas laicos que nos adoctrinaban
entonces han olvidado hoy hasta el razonamiento dialéctico (ni siquiera
era marxista), para trocar a secas en curitas disfrazados de laicismo.
Van camino de hacer buenos a los frailones históricos.
Todo lo que resuena en los medios de comunicación
convencionales, españoles e internacionales, suena a púlpito rancio. Los
que creían, por poner un ejemplo más cercano, que el gabilondismo
o el harismo iban a desaparecer de la radio o el periódico con
sus respectivos creadores, estarán perplejos ante las predicaciones que
nos lanza cada media hora matinal su sucesor radiofónico. Si de una
emisora cambiamos a la alternativa, empezando por la cadena de la
Iglesia ¿qué decir? En realidad, todos predican, atendiendo a órdenes
previas dimanadas por sus eclesiales intereses originarios. Todos
bienpensantes. Todos de real orden, dentro del bando en el
que se encuentran situados. Todos… difíciles de soportar. Como en los
viejos tiempos.
Se corregiría, acaso, ese sermoneo por orden de
su respectiva superioridad si los profesores, por lo menos los que
operan en el sistema público de salud mental, se tomaran alguna
vez en serio el modelo dialéctico del profesor hegeliano, abandonando la
doctrina por el ejercicio de la enseñanza, pura y dura, llevando a sus
discípulos a distanciarse de las prédicas dominantes, para pensar acerca
de ellas como ciudadanos; pero ahí es nada de lo que estamos
hablando. En todos los niveles del desdichado sistema mil veces
reformado (para peor), los predicadores retornan, y tanto más
predicadores hay cuanto más subimos por la escala de los viejos niveles
del sistema.
Hoy hasta el misal se ha hecho manual.
En el intermedio de la Segunda República, Miguel de Unamuno escribió
acerca de la “enseñanza religiosa laica”. Aunque se enredaba, en exceso
para nuestro gusto, malogrando la penetración del título, la paradoja de
don Miguel, formulada en 1933, viene a cuento hoy, porque ni siquiera él
(que estaba en vísperas del desastre y de la tumba) pudo suponer
entonces la que liaron los curitas de toda laya cuando su carne
indigesta volvió a condimentar la tragedia que estaba por llegar.
Y en ese fangal de prédicas, patriotismos
interesados y anatemas vuelven a enfangarnos los sempiternos frailones.
¿Con qué por venir?

Dibujo de Alfonso R. Castelao